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Cuando ya llevaba
unos años involucrado en mi tesis
en la Universidad de Nijmegen, uno de
mis tutores aceptó un trabajo en
los Estados Unidos. Este giro de los acontecimientos
pudo haber perjudicado mi proyecto pero
resultó ser una verdadera oportunidad
de oro. De los cinco años de investigación
doctoral, acabé pasando más
de un año en los Estados Unidos:
unos cuantos meses en la Universidad de
Pensilvánia y el resto del tiempo
en la Ohio State University, en Columbus.
Mi investigación está relacionada
con la visión humana, y mi estancia
en estas dos instituciones me dio la oportunidad
de tener a mi alcance un colectivo realmente
internacional de "observadores"
para mis experimentos.
Algunas personas de los Departamentos
en los que trabajaba mi tutor estaban
un tanto confundidos en cuanto a mi estatus.
No podía considerarme un alumno
de Doctorado porque no estaba matriculado
en ninguno de sus programas. Técnicamente,
tampoco era un alumno de Doctorado en
mi país. En Holanda, las personas
que están realizando tesis se denominan
investigadores júnior: es un trabajo
con su salario, prestaciones sociales
y vacaciones pagadas. Obviamente, tampoco
podía ser considerado un investigador
posdoctoral ya que todavía no tenía
el título de Doctor. Al final,
acabé refiriéndome a mí
mismo como investigador predoctoral.
Mi experiencia en EE.UU. fue emocionante
y enriquecedora. En la actualidad, Estados
Unidos constituye, sin lugar a dudas,
el centro científico a nivel mundial.
Esto no quiere decir que allí se
haga, necesariamente, la mejor ciencia,
pero los prerequisitos para una cultura
científica exitosa - mucho dinero
y una buena infraestructura de comunicaciones
- están omnipresentes en abundancia.
No es de extrañar que los mejores
cerebros acudan en masa, logrando así
que la atmósfera científica
sea todavía más vibrante
y global.
Personalmente, una de las cosas me más
me emocionaron de mi primera estancia
en EE.UU. fue constatar la intensa interacción
entre los científicos. Casi todos
se sentían implicados y comprometidos
con su trabajo. Apenas fui testigo de
ese sentimiento de complacencia que a
menudo caracteriza a los científicos
sénior de mi país, una vez
han alcanzado un puesto confortable. Las
reuniones en los Estados Unidos son más
informales e interactivas que en Holanda.
Aunque las distancias son mucho más
largas en Estados Unidos que en mi tierra,
los científicos parecen estar viajando
contínuamente para dar conferencias
y discutir su trabajo con otros colegas.
Encontré todo esto realmente inspirante.
La relativa abundancia de fondos científicos
no me afectó de un modo directo.
Financié parcialmente mis estancias
con becas para viajes de la NWO
(el equivalente holandés de la
Fundación
Nacional para la Ciencia norteamericana)
y contribuciones de mi Instituto de investigación
de la Universidad de Nijmegen. Pagué
el resto de mis gastos de mi propio bolsillo,
salvo algunas facturas pendientes, de
las que ocasionalmente se hacía
cargo mi tutor. Los meses que pasé
en el extranjero, continué percibiendo
mi salario. Aunque mi situación
no podía ni compararse con la de
los trabajadores de empresas multinacionales,
que incluso reciben aumentos salariales
cuando están dispuestos a trabajar
en otro país, logré hacer
frente a todos mis gastos.
Comenzó mi quinto año de
Doctorado y con él, la hora de
pensar en el "qué haré
después". Habiendo probado
la vida científica en los Estados
Unidos, de algo estaba seguro: quería
más. Tras muchas conversaciones
con colegas, me puse en contacto con los
directores de tres laboratorios a los
que me apetecía unirme. Uno de
ellos jamás me respondió,
aunque más tarde mencionó
a mi tutor que había recibido mi
carta (un simple correo electrónico
era demasiado pedir). Los otros dos, en
cambio, sí que me contestaron,
ofreciéndome sendos puestos de
investigador posdoctoral. Junto con otra
oferta de un laboratorio industrial en
Japón, ¡ya tenía tres
ofertas en mano! Pero todavía no
tenía el Doctorado.
Había llegado el momento de cambiar
de marcha y terminar la tesis doctoral
de una vez por todas. Ese último
año volví a desempeñar
el papel de investigador predoctoral y
pasé el cuatrimestre de otoño
en la Ohio State University. Una vez hube
terminado todos mis experimentos, regresé
a Holanda y comencé a trabajar
en la tesis a tiempo completo. Solía
escribir en casa por las mañanas,
ir al laboratorio hacia las doce del mediodía,
mecanografiar las secciones nuevas, cenar
con colegas, trabajar hasta tarde, ir
a casa y dormir. Si se repite esta rutina
120 veces, uno obtiene una idea de cómo
fueron esos últimos meses. A principios
de mayo, ¡misión cumplida!
Con el título de Doctor en mano,
abandoné mi despacho y mi apartamento.
Estaba preparado para la transición:
a partir de ahora sería un investigador
posdoctoral del Instituto Tecnológico
de Massachusetts.
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