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De Mexicali a Harvard

VICTOR CHASE

ESTADOS UNIDOS

08/07/05

 

La distancia entre Mexicali, ciudad mejicana situada en Baja California, colindante con la frontera de los Estados Unidos, y la Universidad de Harvard (Cambridge, Massachussets) es de unas 3000 millas. Luis León, estudiante de 3º año de Doctorado del Departamento de Inmunología de Harvard, nunca soñó con que un día recorrería este largo trayecto.

Para León, recientemente galardonado con una de las primeras becas predoctorales del Howard Hughes Medical Institute (HHMI), conocidas como las Gilliam Graduate Fellowships, llegar a este punto ha exigido años de trabajo duro. Tras varios empleos mal remunerados, su paso por un community college local y una licenciatura en la Universidad de Washington, Luis aterrizó en un programa de doctorado de la Universidad de Harvard. León cree que su historia no es en absoluto única; anima a otros jóvenes a creer en ellos mismos. “Soy de los que opinan que sólo yo puedo marcar una diferencia sobre mi propia vida; así que no me queda más que decirle a los demás que si quieren hacer algo, en principio no duden que pueden hacerlo”.

Cuando León tenía ocho años, su madre, costurera, y él, se trasladaron a El Centro, en California, Estados Unidos, a unas 50 millas de la frontera con Méjico. Su padre, contable, permaneció en su tierra. León describe El Centro como una zona agrícola en la que pocos estudiantes de Secundaria logran graduarse: la universidad no es objetivo primordial de casi nadie. A León le iba muy bien en la escuela, en la que destacaba principalmente en matemáticas y ciencias. Hizo los exámenes de acceso a la universidad (los SATs), pero no solicitó la admisión en ningún centro porque carecía de los medios económicos para hacerlo.

“En Méjico pertenecíamos a la clase media, pero cuando nos trasladamos a los Estados Unidos, con el peso contra el dólar, la verdad es que descendimos mucho en el escalafón social”, explica. Como resultado de todo ello, “cuando estaba en el instituto, me asustaba la idea de ir a la universidad, principalmente porque no creía que pudiese permitírmelo”, dice.

Tirando para adelante

Pero León sabía que no se quería quedar en El Centro, “porque de hacerlo sabía que pasaría allí toda mi vida, trabajando”, dice. Así que el día después de su graduación en el instituto, alquiló un pequeño vehículo, metió en él unas cuantas pertenencias, y con 600 dólares en el bolsillo se dirigió a Seattle, Washington, la única otra ciudad que conocía aparte de Mexicali y El Centro.

Allí comenzó una serie de trabajos: primero en un quiosco de refrescos y después en un cine. A continuación, pasó a trabajar en una cafetería, en una tienda de material deportivo y, finalmente en un restaurante, como camarero. Y así pasaron tres años, pero León sentía que no estaba yendo a ninguna parte.

“Sentí que estaba desperdiciando mis neuronas”, dic León. “Así que decidí hacer algo al respecto”. Ese algo fue matricularse en un curso de cálculo en un community college local. León triunfó en esa clase, incluso entre los estudiantes que estaban simultáneamente inscritos en la Universidad de Washington. Este éxito le dio la confianza necesaria para solicitar su admisión en la citada universidad.

Cuando rellenó el impreso de solicitud de residencia, señaló que se había trasladado a Washington para fines formativos, y al hacerlo se vio forzado a pagar las tasas universitarias para alumnos de fuera del estado de Washington, considerablemente más caras que las establecidas para los estudiantes de dentro del mismo. Así que para poder financiarse su educación, León trabajó de camarero a jornada completa, además de ir a la universidad a jornada completa. “Poco dormía”, dice. Pero le encantaba ser un estudiante full-time. “Nunca creí que llegase a ese nivel de estudios. Fue una época realmente emotiva para mí”.

El descubrimiento del laboratorio

Aunque sabía que se le daban bien las matemáticas y las ciencias, y le gustaba mucho la biología, cuando entró en la Universidad, León aún no sabía en qué querría licenciarse. Todo eso cambió cuando decidió dejar a un lado su trabajo como camarero y buscar un trabajo en uno de los laboratorios de la universidad. Acabó encontrando uno en el laboratorio de biología estructural de Barry Stoddard, que pasaría ser el primero de una cadena de mentores que cambiarían el rumbo de la vida de León. El laboratorio de Stoddard se dedicaba a examinar el comportamiento de las proteínas, su movimiento y sus uniones. El trabajo que realizo en el laboratorio de Stoddard constituyó un factor importante a la hora de decidir la trayectoria futura de nuestro protagonista.

Además de enseñarle el funcionamiento de un laboratorio y transmitirle el amor por el proceso científico, Stoddard ayudó a León a solicitar ayuda financiera. También le animó a abrir horizontes trabajando en otros laboratorios. León solicitó y recibió una beca de prácticas de la Universidad de Stanford que le permitió trabajar en el laboratorio de Chris García en el verano entre su segundo y tercer año de carrera. El laboratorio de García también estaba centrado en estudios proteicos, pero en sistemas biológicos distintos.

“Ese verano aprendí mucho, no sólo de ciencia, también de mí mismo: rumbos a tomar, etc. En ese momento, decidí que lo mío era proseguir la vía investigadora con el doctorado”, dice León. También decidió que querría centrarse en la bioquímica.

Más independiente

Fue por aquel entonces cuando todos sus esfuerzos y sudores empezaron a dar fruto en forma de becas y distinciones. Cuando regresó a la Universidad de Washington para su último año de licenciatura comenzó a trabajar para el bioquímico Joaquim Deeg y recibió una beca de investigación Howard Hughes.

León dice que Deeg tuvo “una influencia tremenda en mi vida. Me dejó estar a cargo de un proyecto científico y, básicamente, dirigirlo a mi modo. Siempre estuvo a mi lado, como tutor que era, pero insistía en que debía ser cada vez más independiente, así que en el día a día, era yo el que dictaba la trayectoria del proyecto”.

Cuando le llegó la hora de solicitar escuelas de postgrado, también solicitó la Howard Hughes Exceptional Research Opportunities Grant, que proporciona, a estudiantes con menos posibilidades, entre los que se incluirían los de minorías poco representadas, una oportunidad de trabajar en laboratorios dirigidos por investigadores Howard Hughes. León recibió la beca, y pasó el verano posterior a su graduación en el John Hopkins University Laboratory de Robert Siciliano, donde estudió las células infectadas por el virus VIH.

Del John Hopkins, León pasó a Harvard, donde comenzó su doctorado en inmunología en el otoño del 2002. León escogió inmunología porque es un campo amplio relacionado con muchas otras ciencias, tales como la neurociencia y la investigación metabólica.

Cosechando las recompensas

El sudor de León aún le está dando fruto. En mayo del 2005, León fue uno de los seis estudiantes de doctorado que recibió una William Graduate Fellowship por parte del HHMI. Estas becas ofrecen apoyo económico a estudiantes predoctorales de ciencias, pertenecientes a minorías. También ha averiguado hace poco que un artículo del que es co-autor ha sido aceptado para su publicación en la prestigiosa revista Science.

En cuanto a las lecciones vitales que aprendió a lo largo de su travesía intelectual, León dice: “Sé que hay muchas personas ahí fuera tan ingenuas como yo lo era hace unos años. No saben mucho sobre la universidad, ni sobre cómo funciona. No es que no sean inteligentes; simplemente no están en un entorno en el que se les plantee con facilidad y naturalidad la vía académica”. Ahora que León sabe lo que es y lo que puede ofrecer la universidad, espera que sus experiencias animen a otros a seguirle los pasos.

Victor D. Chase es escritor freelance. Pueden ponerse en contacto con él mediante el siguiente correo electrónico:4vdc@optonline.net.

 

 

 

 

 

 

 

 

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