Pasión por la naturaleza
Cuando era niña me fascinaba la naturaleza. Me atrevería a decir que siempre he estado llamada a ser científica. En 1990, comencé mi licenciatura en ingeniería bioquímica en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM), en el Campus Guaymas. Para mí, esto supuso dejar mi hogar familiar por vez primera y trasladarme a Guaymas, una ciudad costera paradisíaca en el Norte de Méjico. Debido a su ubicación, el campus constituyó un excelente puerto de salida para realizar pequeños cruceros con fines diversos: toma de muestras de agua marina, observación de mamíferos, cuantificación de la fauna... El entorno de aprendizaje que me proporcionó el ITESM y la pasión que me transmitieron cada uno de mis profesores por sus asignaturas desempeñaron, sin lugar a duda, un papel fundamental a la hora de proyectar mi siguiente paso profesional.
Tras licenciarme en 1994, solicité un Master en ecología en el Instituto de Ecología de la Universidad Nacional Autónoma de Méjico (UNAM). Tras varias pruebas de admisión y una entrevista, fui aceptada y recipiente de una beca del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACyT). Esta organización elabora anualmente un “padrón de excelencia”, esto es, una lista de los institutos de más prestigio, y ofrece becas a los estudiantes aceptados para comenzar estudios.
Mi tesina de Master versaba sobre el papel de los colífagos como indicadores de contaminación bacteriana y vírica en los acuíferos profundos de Ciudad de Méjico. Me gustaba la investigación, pero a veces me resultaba un poquillo demasiado técnica y alejada de los “problemas de la vida real”. Mi trabajo del laboratorio contrastaba con el que hacía en varias ONGs, en las que me enfrentaba a problemas del día a día, que afectaban a las vidas de personas de carne y hueso. Colaborando como voluntaria, y más adelante, empleada a tiempo parcial, encontré un auténtico estímulo en el hecho de estar involucrada con caras y sentimientos, algo que a menudo echaba de menos en la investigación.
Una beca japonesa
Tras graduarme en 1998, solicité en dos ocasiones una beca de la Japan International Cooperation Agency (JICA). La primera vez fue para hacer un curso en agricultura biológica.Me había comenzado a interesar este tema debido a que estaba trabajando en algo semejante en SEDEPAC, una organización mejicana de desarrollo. No conseguí la beca porque mis conocimientos de agricultura biológica eran limitados, pero pasé todas las pruebas médicas (electrocardiograma, rayos-x, análisis de sangre y certificados médicos) necesarias para obtener un visado. Afortunadamente, unos meses más tarde me aceptaron en un curso de gestión de lagos para ILEC, una ONG internacional que lucha por la gestión sostenible de los recursos acuíferos. Gracias a mi experiencia en calidad de aguas y mi formación académica en ecología, conseguí la beca y me fui a Japón durante un periodo de tres meses. Regresé con muchos sueños e ideas frescas que poner en práctica, pero pronto choqué con la realidad. Méjico estaba sufriendo una crisis económica, así que la gestión del agua no estaba en las agendas ni del gobierno mejicano ni de ningún instituto de investigación nacional.
En contraste con lo que esperaba, me costó mucho encontrar un trabajo con más responsabilidades y remuneración que en el pasado, cuando trabajaba a tiempo parcial para ONGs o para pequeños proyectos académicos. La mayoría de los puestos interesantes exigían estar en posesión de un doctorado. No desistí y seguí distribuyendo mi currículo y tratando de ponerme en contacto con institutos de investigación y empresas privadas. Tras un año en el que viví cerca del paro, la suerte se puso de mi parte. Y tanto fue así que, de repente, me encontré en una encrucijada de tres caminos.
Por una parte, el Centro de Investigación en Alimentación y Desarrollo (CIAD), uno de los centros de investigación a los que había enviado mi CV, me ofreció un puesto como doctoranda en el área en el grupo de acuicultura de la universidad de Wageningen, en los Países Bajos. Al mismo tiempo, me ofrecieron un trabajo bien remunerado en la industria para trabajar en la restauración de zonas costeras afectadas por las operaciones de extracción de fuel. Mi tercera opción era continuar con un contrato indefinido en una de las ONGs en las que colaboraba, trabajando en un proyecto harto interesante. Tras meditarlo mucho, decidí optar por el puesto de investigador pre-doctoral en Wageningen. Pensé que nunca tendría la oportunidad de volver a un puesto de estas características tras un periodo de tres o cuatro años de trabajo y desarrollo profesional en un empleo “de verdad”. Asimismo, pensé que, de así quererlo, podría conseguir cualquiera de los otros dos trabajos a mi regreso, especialmente teniendo en cuenta la experiencia internacional que adquiriría en mi estancia en el extranjero.
Fellowships
Debo admitir que en los comienzos de mi etapa doctoral no me sentí demasiado segura de mí misma. Si pudiese retroceder en el tiempo, sin duda hubiese hecho las cosas de diferente manera. En primer lugar, habría tenido más cuidado a la hora de seleccionar mi tema de investigación. He pasado por momentos en los que he llegado a arrepentirme de mi decisión de doctorarme, fundamentalmente debido a que el tema al que dediqué gran parte de mi tiempo tenía bastante poco que ver con el solicitado originalmente. Tras constatar que la experiencia del grupo de trabajo en investigación basada en isótopos era relativamente pobre, me vi obligada a rescribir mi propuesta de tesis. Por otra parte, mi trabajo no formaba parte de un proyecto más amplio, por lo que tuve que construir su marco teórico y técnico en solitario. Al final, conseguí redactar una buena propuesta de tema, pero una parte importante de ésta resultó ser demasiado ambiciosa.En aquel momento, no tuve en cuenta muchos condicionantes prácticos típicos del trabajo en laboratorio, como el número de pruebas ensayo-error que se requieren para hacer funcionar un experimento, o el tiempo que se necesita para poner en marcha una nueva técnica.
En ocasiones también me cuestionaba mis propias habilidades. Mi doctorado ha constituido todo un proceso de aprendizaje, en el que las habilidades a aprender y los pasos a dar no estaban claramente definidos desde el principio. Me resultó difícil elaborar mi propio cronograma especialmente dado que no podía comparar mi progreso con el de mis colegas, que estaban trabajando en algo completamente distinto. El apoyo y la ayuda de mi supervisor han sido vitales, pero, lamentablemente, él tampoco pudo ofrecerme asesoramiento técnico en el laboratorio. Así que todo se redujo a auto-experiencia, auto-disciplina y auto-aprendizaje.
La inseguridad financiera también ha constituido a menudo un factor de estrés, ya que, cuando comencé la tesis, mi proyecto no estaba becado en su totalidad. Mi financiación inicial provenía del presupuesto de OrganicPond, un proyecto de cooperación internacional encuadrable dentro del IV programa MARCO de la Unión Europea. No obstante, cuando comencé el doctorado, OrganicPond ya estaba en sus últimas, así que tuve que buscar otras fuentes de financiación. Encontré un programa de becas dentro de la universidad de Wageningen: el denominado Sandwich Fellowship. Originalmente, estas becas estaban destinadas a estudiantes del continente africano, pero mi año, sus requisitos fueron modificados, y pude solicitarlas. Lamentablemente, sólo obtuve fondos para un curso, así que mis dos últimos años de doctorado tuve que volver a recurrir al CONACYT, que resolvió concederme una beca tipo hipoteca para estudios en el extranjero. Siempre he tratado de evitar este tipo de convenios, porque se conceden bajo determinadas condiciones – el compromiso de regresar a Méjico y trabajar en una institución determinada, o la devolución aplazada del importe de la beca – pero en esta ocasión, no tenía ninguna otra opción.
Sentirse extranjera
El proceso de estar en el extranjero es, por sí mismo, todo un reto mayúsculo. Siempre me he considerado una persona muy adaptable, habiéndome trasladado a menudo de un lugar a otro y trabajado en entornos diferentes con una gran variedad de personas. Sin embargo, en esta ocasión, sí que me sentí una extranjera, e iba de un lado a otro con el sentimiento constante de que “no pertenecía ni a este lugar ni a esta gente”. Como no hablo holandés, siempre me he considerado una “visitante permanente”, en lugar de una residente, a pesar de que todo el mundo en los Países Bajos habla inglés. Todo esto me ha hecho pensar que podría estar más ligada a la cultura y al modo de vida mejicanos de lo que creía anteriormente.
El futuro
Cuando me gradúe, tendré que plantarle cara a nuevos desafíos y enfrentarme a muchas preguntas que hasta la fecha todavía no han encontrado respuesta. He de regresar a mi país, pero mi falta de contactos con su mundo científico me dificulta un poco la vuelta. En Méjico, el apoyo político y financiero a la ciencia y la investigación están in crescendo, pero no lo suficiente como para acoger a científicos formados y para satisfacer las necesidades y expectativas crecientes de los centros de investigación. Pienso que el gobierno mejicano debería tener entre sus prioridades el desarrollo científico, además del económico, de la nación. Con todo, espero encontrar un buen empleo en Méjico. Por lo menos, sé que podré decirle a mi madre que un doctorado en Europa o en cualquier otro lugar del mundo es mucho más que unas meras vacaciones largas.
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