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Trabajando en laboratorios japoneses

TONY MICHAEL
INSTITUTE OF FOOD RESEARCH
NORWICH (REINO UNIDO)

19/09/03

 

Hasta hace siete años, jamás había pisado suelo japonés y tan sólo conocía a unos cuatro nativos de esa nación. Desde entonces, he tenido un contacto científico continuo y gratificante con Japón y he podido visitarlo ya nueve veces. Nunca había contemplado seriamente la posibilidad de trabajar en Japón, pero en el momento menos pensado, se me pusieron en el camino varias oportunidades, realmente útiles y formativas, de colaboración a largo plazo con grupos de ese fascinante país.

Tras doctorarme en biología molecular vegetal en el John Innes Institute de Norwich (Reino Unido), tuve mi primera experiencia de investigación "internacional" como post-doctorando en el Centre National de Recherche Agronomique [Centro Nacional de Investigación Agronómica] de Versalles (Francia). Cuatro años más tarde, regresé a Norwich y comencé a trabajar en el Institute of Food Research [Instituto de Investigación Alimentaria]. En la actualidad, soy el jefe del Laboratorio de Metabolismo Molecular del mismo.

Mi colaboración con Japón comenzó hace ahora ocho años, cuando asistí a un congreso Gordon de investigación en New Hampshire (EE.UU.) donde tuve el privilegio de escuchar al Profesor Kazuei Igarashi, de la Universidad Chiba (Japón), describir su enfoque genético para el aislamiento de los transportadores de poliamina en la levadura. Su trabajo me pareció muy elegante y empecé a considerarlo como una posible línea investigadora futura para mi propio laboratorio. Más adelante, recibí información del Consejo de Investigación de Ciencias Biotecnológicas y Biológicas (Biotechnological and Biological Sciences Research Council o BBSRC) sobre diferentes oportunidades de financiación. Entre las convocatorias anunciadas, había una de la Sociedad Japonesa para la Promoción de la Ciencia (Japanese Society for the Promotion of Science o JSPS) en la que se anunciaban unas becas de cuatro meses de duración para trabajar en un laboratorio japonés.

En un arrebato de locura, escribí un correo electrónico al Profesor Igarashi y le pregunté si podía ir a trabajar en su laboratorio. Recibí una respuesta tremendamente acogedora. Me tramitó todo el papeleo y me buscó alojamiento en la residencia internacional para científicos visitantes (donde debo admitir que los taiwaneses son, definitivamente, los más divertidos). Tuve que posponer mi llegada a la Universidad Chiva unos seis meses más, sin embargo, porque en aquel entonces tenía un post-doc y dos doctorandos visitantes en mi laboratorio, y pensé que no estaba bien que me fuese a Japón hasta que todos ellos no hubiesen finalizado sus respectivos proyectos.

Llegar a Tokio es como meterse de lleno en una película de Blade Runner. Tras el shock cultural inicial, y después de habituarme a la idea de que tenía la nariz más grande de todo Chiba (imagino que es por eso por lo que la gente no paraba de mirarme), tuvo que pasar un tiempo considerable hasta que el hecho de "trabajar en Japón" dejase de resultarme extraño. Los modos de proceder en el laboratorio son muy diferentes. Puede parecer un cliché, pero la ciencia japonesa se concibe como una verdadera actividad de grupo, y todos los miembros del laboratorio mostraban una gran preocupación por el cuidado del equipo y los materiales comunes. Aprendí una barbaridad a lo largo de esos cuatro meses, no sólo sobre mi campo de estudio, sino también sobre modos diferentes de enfocar los propios experimentos.

Para trabajar bien entre japoneses, también es esencial empatizar con sus costumbres. El jefe del laboratorio, por ejemplo, es tratado como una deidad menor (mi única deidad es mi mujer) y nadie abandona el laboratorio por las tardes antes que él. El concepto de grupo también tiene, como adelanté anteriormente, una gran importancia. El mundo está formado por los que están dentro y fuera del mismo. Este hecho puede afectar considerablemente a la interacción que puede tener uno con otros departamentos japoneses, ya que siempre han de tenerse muy en cuenta en cuenta las implicaciones del concepto de lealtad al laboratorio al que se pertenece.

Así que, ¿qué puede esperar obtener de una colaboración con Japón? En primer lugar, resulta harto interesante ver el mundo desde una perspectiva diferente. Yo estoy impresionado por la increíble fortaleza y valentía de los jóvenes investigadores japoneses: nada les parece ni demasiado difícil ni demasiado exigente desde el punto de vista técnico. Ya he tenido la oportunidad de acoger a dos post-docs japoneses en mi laboratorio y el año que viene llegará otro. El cuanto a la investigación científica como tal, la temática de la colaboración ha variado significativamente con los años, dándose a entender que lo que más importa es el trabajar juntos, más que el trabajo en sí.

Los contactos personales son muy importantes en Japón y una vez te has integrado medianamente, las puertas se te abren. En mi caso, ya he tenido la ocasión de pronunciar conferencias en varias reuniones y he sido presentado a científicos de largas trayectorias profesionales simplemente por el hecho de ser un invitado. Hoy por hoy, mi colaboración con Japón se traduce en un mínimo de un viaje anual, siempre para colaborar con el mismo grupo (aunque también suelo acercarme a otras universidades). Debo admitir que mis visitas a mi país anfitrión son más largas que las del sonsei (el jefe) a Norwich.

Existe un número sorprendente de fuentes de financiación para visitar Japón. Si se adecúa a los requisitos de la BBSRC, puede solicitar los Japan Partnering Awards de la Oficina Internacional (International Office). También están los programas de becas de investigación de la Fundación Daiwa y las Becas Internacionales Marie Curie, dentro del 6º Programa MARCO de la Unión Europea. El British Council de Tokio también le servirá de inestimable fuente de información: en su página web podrá encontrar un listado de cuarenta y dos programas de intercambio, entre los que se incluyen todos aquellos financiados por fuentes japonesas.

Si es un estudiante pre-doctoral de segundo curso y le apetece pasar dos meses en un laboratorio japonés el próximo verano, le recomiendo fervientemente las Research Experience Fellowships for Young Foreign Researchers [Becas de Investigación para Jóvenes Investigadores Extranjeros] del British Council y el JSPS. Incluyen los gastos de viaje a y de Japón, una semana de clases de lengua y cultura japonesa con otros científicos visitantes de todo el mundo, y de seis a siete semanas de trabajo en un laboratorio japonés. Además de todo esto, recibirá unas dietas muy, muy generosas.

No cabe duda de que Kyoto es el enclave japonés más popular para los científicos visitantes extranjeros, así que si quiere utilizar una de las becas mencionadas allí, deberá comenzar pronto a ponerse en contacto con un laboratorio. También les recomiendo el pub Pig & Whistle en esta misma ciudad: debe de tener la mayor densidad de científicos extranjeros de todo el Este Asiático.

Mi dinámica de trabajo y colaboración con científicos japoneses ha resultado en una experiencia interesante, agotadora y gratificante que me ha abierto los ojos. Mi último consejo es que practique mucho por lo menos una canción de karaoke y que se asegure de que no escoge pasta de dientes con sabor a sal en el supermercado.

 

 

 

 

 

 

 

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