|
Viendo
lo visto (que era un crío académicamente
capaz), mis padres siempre optaron por
ofrecerme, en casa, diferentes estímulos
y oportunidades para el aprendizaje. Por
ejemplo, aún es hoy el día
que mi aldea no cuenta con una librería
decente, así que mis padres me
compraron una enciclopedia multivolumen
y una colección de clásicos
infantiles, y pasé muchas horas
leyéndolos. (Hoy sigo siendo un
lector voraz; leo libros continuamente
sobre temas que van mucho más allá
de mis intereses profesionales propiamente
dichos). En otra ocasión, mis padres
me regalaron, por Navidad, un set de química.
Hasta ese momento (iba en Primaria), la
ciencia nunca me había llamado
particularmente la atención, pero
todos esos cambios de color, de olor y
de estado físico, el burbujeo y
las pequeñas explosiones que conseguiría
en esos primeros experimentos con aquel
regalo, tendrían consecuencias
indelebles en mi vida, como pronto veremos.
Primero la química,
luego la informática
Tan pronto dejé
la escuela primaria, mi profesora de lengua
extranjera decidió que podría
beneficiarme mucho de atención
individual en esta materia. Durante los
años siguientes, me entregué
al estudio del inglés. Mis calificaciones
eran buenas y a los diecisiete años
fui seleccionado para pasar un año
como estudiante de intercambio en los
Estados Unidos. Fue allí, en Bay
Shore (Nueva York) donde tuve mi primera
exposición a la ciencia de calidad
"bien enseñada". Esta
experiencia, combinada con mis buenos
recuerdos de aquel set de química
al que le había sacado tanto jugo
en el pasado, me impulsaron a matricularme
en ciencias químicas en la universidad.
No obstante, resultó
que lo odié, y después de
dos años decidí dejarlo.
A menudo he reflexionado acerca de esta
decisión. Creo que, a fin de cuentas,
fue la adecuada, a pesar de que, efectivamente,
retrasase el comienzo de mi carrera científica...
Las clases tenían un alto grado
de dificultad y no lograban motivarme,
pero sobre todo diría que en ese
momento no tenía todavía
la madurez necesaria para llevar a término
unos estudios, con todo lo que éstos
implican. Sería, como mencioné
anteriormente, un lector precoz, pero
en muchas otras áreas siempre he
sido un estudiante lento.
Ya han pasado treinta
años desde que acepté mi
primer trabajo como programador informático.
Pasarían diez años antes
de que me decidiese a obtener una licenciatura
universitaria (en económicas),
a tiempo parcial, en el régimen
de estudiantes "maduros", mayores
de veinticinco años. Durante los
quince años siguientes, mi carrera
profesional en el campo de la industria
prosperó. Tras ocupar dos puestos
junior, asumí uno de mayor
responsabilidad técnica en lo que
por aquel entonces era la mayor empresa
de tecnologías de la información
de toda América Latina. (Había
sido establecido por el gobierno federal
de Brasil, para que fuese su principal
proveedora de sistemas de software).
Pasé a ser,
de facto, informático. Fui promocionándome
internamente (eludiendo toda responsabilidad
de gestión) hasta que alcancé
un puesto técnico senior.
Me gustaba la idea de formar parte de
un grupo cuya principal deber era identificar
e introducir soluciones técnicas
de alta tecnología para resolver
los problemas de nuestra empresa; para
alguien como yo, motivado por la novedad
y la complejidad, no cabía concebir
un trabajo mejor.
Irónicamente,
después de un tiempo decidí
que este puesto no era suficientemente
bueno para mí. Quería volver
a la universidad y aprender más
acerca de aquellos problemas de base que
en mi trabajo sólo tocaba de refilón.
Financiado por el
British Council, pasé un año
en la Universidad de Edimburgo (Reino
Unido) haciendo un Máster en sistemas
basados en el conocimiento. (Estos sistemas
le dieron sabor a toda la década
de los ochenta). Disfruté enormemente
con todos los desafíos que se me
plantearon. Aprendí mucho y, al
finalizar el curso académico, me
sentía preparado para regresar
a mi trabajo y poner todas los nuevos
conocimientos en práctica.
Desgraciadamente
(o no), las cosas estaban llamadas a ser
de otra manera. Mientras estaba en el
extranjero, fui víctima de una
reducción de plantilla en mi empresa.
En ese momento, me
surgió la posibilidad de asumir
un puesto de investigador en la Universidad
de Heriot-Watt, en Edimburgo. Pasé
cinco años, extremadamente productivos
y felices, por esos lares, y entre tanto,
obtuve un doctorado en informática.
Bajo la supervisión de los catedráticos
Howard Williams y Norman Paton, me formé
y desarrollé como investigador.
Me pareció
emocionante compartir laboratorio con
otros compañeros. Los retos intelectuales
a los que nos enfrentamos nos impulsaron
a la acción. Aprendí la
importancia que tiene la concentración,
la actitud crítica y la fidelidad
al camino elegido aún en los momentos
difíciles. Aprendí también
a buscar la claridad, la claridad, y todavía
más claridad; y sobre todo, aprendí
a escribir bien: cada palabra es una farola
y todas las farolas juntas forman el mapa.
Hasta hoy, creo que la palabra adecuada
vale más que mil imágenes
pobres.
Como ya había
entrado tarde en la profesión,
y no me sentía un jovenzuelo, decidí
buscar un puesto titular, permanente,
como académico. Pasé año
y medio en el Goldsmiths College, de la
Universidad de Londres, antes de trasladarme
a mi actual cargo en la Universidad de
Manchester, hace ya seis años.
Aquí en Manchester
tengo la suerte de formar parte de uno
de los mejores departamentos
de informática de todo el mundo.
El departamento es, de hecho, pionero
en el Reino Unido en lo que se refiere
a la enseñanza y la investigación
en esta área. Fue en Manchester
donde se desarrolló el primer programa
almacenado (y por lo tanto, universal),
en 1948. Durante una época, el
mismo Alan Turing participó en
estas hazañas, en los albores de
su etapa investigadora en las áreas
de lógica matemática y descodificación
durante la II Guerra Mundial. El departamento
todavía está en un momento
de esplendor y a la vanguardia en muchos
proyectos revolucionarios, tales como
la Web Semántica, el Grid
y la e-Science, o ciencia electrónica.
En el sistema británico,
los académicos han de involucrarse
no sólo en actividades de docencia
e investigación, sino también
en otras de carácter administrativo.
Esto supone esforzarse por dirigir e influir
en los avances realizados en cada una
de nuestras áreas de especialidad
y enriquecer nuestras clases con los frutos
de la investigación, aparte de
ser bueno en todos nuestros demás
deberes.
Mi investigación
más reciente se centró en
formas avanzadas de gestión distribuida
de la información. La mayoría
de las problemáticas que he considerado
en mis estudios parten de la convergencia
revolucionaria de comunicación
y computación (Internet es el mejor
ejemplo de ello). Otro campo en el que
también he colaborado asiduamente
es el de la bioinformática, en
la cual la proliferación de recursos
de datos presenta todo un desafío
para aquellos de nosotros que nos dedicamos
a estudiar la integración de fuentes
heterogéneas de información.
Tecnología
para realizar consultas en fuentes de
datos remotas
En la actualidad,
estoy muy involucrado en la iniciativa
de investigación en e-Science
del Reino Unido: un enorme esfuerzo
colectivo cuyo fin es transferir los beneficios
de las tecnologías emergentes,
tales como el Grid, al ámbito de
la ciencia. Yo me he centrado particularmente
en el desarrollo de tecnologías
para realizar consultas en fuentes de
datos remotas de forma transparente y
sin dejar huella. El logro reciente del
que me siento más orgulloso es
el OGSA-DQP,
un procesador de consultas en el Grid.
Es parte del influyente proyecto conocido
como myGrid
project, cuyo objeto es construir
servicios de alto nivel para la integración
de recursos de datos y aplicaciones, tales
como el descubrimiento de recursos, la
aprobación del flujo de trabajo
y el procesamiento de consultas distribuidas.
Es muy probable que
la bioinformática desempeñe
un papel crucial en el nuevo siglo. La
mayoría de los científicos
coincidirían conmigo en que la
próxima ola de descubrimientos
biológicos tendrá lugar
in silico. Si está considerando
un giro profesional para incorporarse
a esta búsqueda, debe tener en
cuenta que la informática es principalmente
una ciencia analítica, no empírica.
En la informática, uno trabaja
y avanza más mediante el diseño,
y no a través de la experimentación
manual. Para los científicos de
laboratorio, amantes del trabajo de campo
y atraídos a la exploración
por simple y llana curiosidad, el cambio
al mundo de la computación podrá
exigirle ponerle freno a alguno de sus
impulsos naturales.
También estoy
habitualmente involucrado en una serie
de proyectos de investigación para
los que están contratados varios
investigadores a jornada completa. Superviso
el trabajo de doctorandos y estudiantes
de Máster, y tengo varias responsabilidades
pastorales, especialmente entre la población
de estudiantes investigadores. Uno de
mis mayores retos diarios consiste en
equilibrar inteligentemente la necesidad
de convocar múltiples reuniones
semanales y el tiempo que he necesariamente
de invertir en la investigación.
En una ciencia en la que los experimentos
y el trabajo de campo no son prominentes,
la tarea consiste básicamente en
leer, pensar y escribir. Aquí,
una vez más, la auto-disciplina
y la capacidad de concentración
resultan vitales. Aquí, una vez
más, si alguien me pidiese consejo
sobre si seguir o no mis pasos, le diría:
"¡No! ¡Sé sensato
y, siempre que te sea posible, vete directo
a tu objetivo!".
Siendo un poco
más serios, lo que más me
interesa de la ciencia es el desafío
intelectual y la oportunidad, elusiva,
de aportar cosas buenas a las vidas de
los demás. Siempre recomiendo a
mis alumnos que lean y escriban: no sólo
a menudo, sino también de forma
crítica, gozosa, profunda, exhaustiva.
También soy de los que opinan que
la ciencia, por muy competitiva que sea,
se hace mejor mediante alianzas y convenios
de colaboración. En última
instancia, se trata de un viaje en el
que explorar lo lejos que puede uno llegar
en el descubrimiento y empleo de capacidades
que jamás creía tener. Y
para mí, eso sólo basta.
|