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En
1972, entonces, decidí que la carrera
académica no sería lo mío,
y comencé a trabajar como recolector
de seres vivos para una empresa de material
biológico. Me dedicaba a rastrear
fincas y lagos del Oeste de Massachussets
en busca de anfibios, plantas e invertebrados.
Este trabajo empezó a disgustarme
ligeramente conforme me fui dando cuenta
de que estaba literalmente desnudando
amplias áreas de vida salvaje,
algo que - aunque en servicio de la educación
- no me parecía demasiado positivo.
Tras dejarlo, inicié un periodo,
quizás típico en aquella
época, en el que tuve varios trabajos:
pasé una temporada recolectando
manzanas, creé mi propia pequeña
empresa de construcción y, finalmente,
me dediqué a trabajar como especialista
técnico en hospitales.
En 1976, comencé
a darle vueltas a la idea de regresar
a la universidad. Probé las aguas
apuntándome a un curso de química
orgánica y a otro de programación
informática, que en aquel entonces
era sinónimo de Fortran Caber 70
con tarjetas perforadas. Esta experiencia
me convenció a mí mismo
de que debería retornar al campo
de la zoología, así que
en agosto fui a hablar con mi profesor
de histología, cuya asignatura
me había encantado, y le comenté
que barajaba la idea de solicitar estudios
de postgrado el curso siguiente. Cual
sería mi sorpresa cuando me informó
de que en su programa todavía tenían
una vacante, que se acordaba de mí,
y que la plaza era mía si la quería.
Dos semanas más tarde estaba enseñando
técnicas de laboratorio dentro
de la asignatura de fisiología
celular, y desde entonces la biología
ha sido la constante de mi vida profesional.
Quizás fuese
la naturaleza precipitada de mi entrada
al Tercer Ciclo, pero lo cierto es que
yo no tenía plan alguno en cuanto
a objetivos laborales post-doctorado.
Aunque no lo recomiendo necesariamente
como estrategia profesional, sentí
una libertad absoluta para seguir cualquier
vía investigadora que me pareciese
interesante. Hoy por hoy, le estoy muy
agradecido al departamento de zoología
de la Universidad de Massachusetts por
haberme acogido. Terminé realizando
una tesina de Master en la que describí
la anatomía y las últimas
etapas de desarrollo de la glándula
accesoria del grillo macho, que deja de
ser un bulbo pequeño no diferenciado
para convertirse en una glándula
de tamaño considerable con cientos
de túbulos secretorios diferenciados
con una capacidad de síntesis proteica
alucinante. Describí el órgano
reconstruyéndolo a partir de secciones
en serie utilizando una serie de técnicas
histoquímicas de tintado, verifiqué
el trabajo realizado microdiseccionando
túbulos individuales y caracterizando
sus productos proteicos mediante electroforesis
en gel, y examiné las regiones
especializadas empleando escaneado y microscopía
de transmisión de electrones.
Cuando me faltaba
muy poco para terminar este proyecto,
me encontré a mí mismo preguntándome
cómo era posible que surgiese semejante
nivel de complejidad a partir de unos
comienzos tan simples. Uno de mis asesores
me sugirió que, para encontrar
respuestas a mis interrogantes, debería
adentrarme en el nuevo (por aquel entonces)
campo de la biología molecular,
haciendo un doctorado. Al principio no
las tenía todas conmigo, ya que
mi experiencia con los cursos de bioquímica
había consistido fundamentalmente
en memorizar el ciclo de Krebs, pero al
final acabaron convenciéndome.
Tuve la tremenda
suerte de ser aceptado en el laboratorio
de Fotis Kafatos, dentro de los BioLabs
de la Universidad de Harvard en 1979.
Fue una etapa harto emocionante para estar
precisamente allí y los BioLabs
estaban llenos de personas estimulantes
y con nuevas ideas. La secuenciación
del ADN y el clonaje del cADN eran innovaciones
recientes, y acababa de describirse la
organización génica de algunos
virus y plagas. Me dejé arrastrar
por la emoción que dominaba el
ambiente ¡y mi trabajo no tenía
nada que ver con la memorización
del ciclo de Krebs! En poco tiempo, ya
había clonado y secuenciado pero,
de súbito, me encontré perdido
de nuevo. ¿Y ahora qué?
Alguien me sugirió que, con una
computadora, quizás, sólo
quizás, podría aspirar a
encontrar algo de significado en mi secuencia.
El laboratorio de
Kafatos tenía la tecnología
más avanzada de la época.
No sólo contábamos con un
modem de 300 baudios que conectaba un
terminal ASCII al proyecto MolGen de la
Universidad de Stanford; también
teníamos un microcomputador CP/M
(8 bits) con 48 kilobytes de memoria y
disqueteras de 8 pulgadas para nuestro
uso personal. Por supuesto, la secretaria
tenía prioridad para utilizarlo
como procesador de textos durante el día,
pero los investigadores podríamos
usarlo con fines científicos por
las noches siempre que quisiésemos.
La computadora siempre se estaba estropeando,
así que los especialistas de servicio
técnico nos hacían compañía
a menudo. Yo había sido operador
de radio y me interesaba la electrónica,
así que un día Fotis me
vio cómo observaba detenidamente
a los técnicos que reparaban el
disco duro, y me preguntó si sabía
algo de informática. Cuando le
respondí "Un poco", sonrió
y me dijo: "¡Genial! A partir
de ahora estás a cargo de la computadora".
Explorando mi nuevo
dominio, descubrí que en el laboratorio
había un clasificador Fortran,
que había venido con la computadora,
y mucha documentación fotocopiada
procedente de una pequeña empresa
con sede en Washington llamada Microsoft.
Como el empleo de MolGen me había
decepcionado, empecé a escribir
mi propio software de secuencias en este
pequeño artilugio, añadiendo
algunas innovaciones, tales como que el
programa le hiciese preguntas en inglés
al usuario, que reportase los sitios de
corte de las encimas de restricción
en lugar de sus sitios de reconocimiento,
etc. Todas estas aportaciones me facilitaban
mi propio trabajo como biólogo.
Pronto, otros científicos del laboratorio
comenzaron a utilizar el software; más
adelante, otra gente del edificio donde
trabajaba. Aguijoneado por mis compañeros
de trabajo, redacté una descripción
del software y lo publiqué en el
primer volumen especial sobre computadoras
de la revista Nucleic Acids Research.
Ofrecí copias a todos los que me
la pidieron. Para mi sorpresa, resultó
ser uno de los paquetes más completos
de software de biología molecular
que existían en aquella época,
y uno de los únicos que podían
ejecutarse en microcomputador.
Me vi inundado de
demandas de software, para todo tipo de
máquinas. Pronto me vi realizando
cientos de instalaciones por todo el mundo.
Esto me llevó a más sugerencias
y colaboraciones con otros científicos.
Me dedicaba a poco más que a mantener
el paquete del software y a trabajar en
análisis informáticos de
secuencias de ADN. Gradualmente, vi con
claridad que sería realmente útil
que mi comité aceptase mi trabajo
con la computadora junto con el trabajo
de laboratorio y las colaboraciones a
las que me había dedicado como
base para mi tesis doctoral. Los miembros
del comité tenían opiniones
encontradas en cuanto a si este trabajo
era apropiado para un doctorado en biología
molecular o no, y la verdad es que me
pareció que cualquier resolución
en este sentido tardaría bastante
en llegar.
Más o menos
por aquel entonces, se puso en contacto
conmigo International Biotechnologies
Inc., interesado en crear y comercializar
un producto basado en mi software. Harvard
me dio permiso para hacerlo, y pronto
pasé a auto-financiar mi trabajo
en el laboratorio, aunque seguía
siendo un doctorando. El software se puso
a la venta con el nombre de Paquete de
Análisis de Secuencias IBI/Pustell,
y pasó a ser uno de los paquetes
más utilizados para microcomputadoras.
Se me abrieron así las puertas
las puertas a un nivel mucho más
alto de desarrollo, mantenimiento y fiabilidad
de software que aquel en el que me había
movido en el ámbito del software
de dominio público. Durante esa
época, también continué
con mis colaboraciones científicas.
En un momento dado, y siguiendo la trayectoria
médica de mi mujer, me vi viviendo
en una granja de 1862 en Vermont, con
seis acres de terreno y las montañas
a mi vera, escribiendo software de biología
molecular. Allí completé
una versión del software para una
nueva computadora, la Macintosh, que finalmente
se convertiría en el producto Mac
Vector que todavía se vende hoy
en día. E incluso conseguí
doctorarme, en Harvard, en el año
1987...
Aunque toda esta
historia suene idílica (porque
era idílica), era consciente de
que estaba distanciándome cada
vez más de los nuevos avances en
la biología molecular. Por aquel
entonces se hablaba mucho del Proyecto
Genoma Humano, y yo tenía muy claro
que los grandes cambios pasarían
por lo que hoy se conoce como bioinformática,
y sentía que como no hiciese algo,
no formaría parte de toda aquella
revolución. Sobre esa época,
me ofrecieron un puesto en el recién
creado Centro Nacional para la Información
de Biotecnología (National Center
for Biotechnology Information, NCBI),
ubicado en la Biblioteca de Medicina de
los Institutos Nacionales de Salud. Era
una oportunidad para utilizar mi década
de experiencia proporcionando software
a biólogos moleculares en servicio
de una nueva hazaña a nivel nacional.
Con gran sacrificio y generosidad, mi
mujer aceptó vender la granja de
Vermont y juntos nos trasladamos a una
casa mucho más cara e infinitamente
más pequeña en las afueras
de Washington D.C. Cedí todos mis
derechos a mi paquete de software comercial
y pasé a ser funcionario en noviembre
de 1988.
En los años
siguientes, el NCBI ha pasado a ser, probablemente,
la institución más reconocida
del ámbito de la informática
a nivel mundial. Hemos creado recursos
tan ampliamente utilizados como BLAST
y Entrez. Ahora producimos GenBank y proporcionamos
apoyo informático para OMIM. Estamos
involucrados en muchos otros nuevos proyectos
y en multitud de colaboraciones científicas.
Como jefe de la rama de ingeniería
de la información en el NCBI, ha
sido un privilegio poder proporcionar
parte de la visión de conjunto
de lo que hemos realizado, y un auténtico
orgullo el formar parte de un grupo tan
excepcional de científicos y desarrolladores
de software.
Mi trabajo
toca un muy amplio espectro de temas de
investigación biomédica
y, en conjunto, doy fe de que mi temor
estudiantil de especializarme demasiado
no me constituye un problema. Más
bien diría que esforzarse por estar
al día en informática y
biomedicina es un poco como tratar de
montar dos caballos a la vez. Si consigo
permanecer de pie al final del día
ya me doy por satisfecho. El ritmo aceleradísimo
de los acontecimientos no me permite profundizar
tanto como quisiera en los últimos
avances del campo de la biología,
pero no soy el único biólogo
de la modernidad que siente la presión
del tiempo y de los recursos. Sin embargo,
mi puesto me permite estar en contacto
con muchos científicos extraordinarios
que están participando muy activamente
en el desarrollo de la biología,
y me ayudan con cariño a que no
me quede irremediablemente desfasado,
mientras que yo trato de suplir sus demandas
de información. Aunque no siempre
es fácil ni agradable, me apasiona
estar en la cresta de esta ola desordenada
de información biológica
que nace de la comunidad científica,
y hacer todo lo posible para que se convierta
en una herramienta poderosa y eficaz para
comprender el mundo en el que vivimos.
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