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Toda una vida a partir de un pasatiempo

JIM OSTELL
ESTADOS UNIDOS

12/07/96


Siempre me han impresionado la forma y la simetría de los seres vivos y he disfrutado de lo lindo reflexionando acerca de su origen. En 1968 me matriculé en la Universidad de Massachussets, donde me licencié en Zoología en el 72. Pensé en aquel entonces en iniciar estudios de doctorado. La asignatura de la carrera que más me había marcado había sido la de zoología invertebrada, donde descubrí que la diversidad de formas corporales y estilos de vida es muchísimo más amplia y misteriosa que lo que jamás había imaginado. No obstante, por mucho que me gustase esta materia, tenía miedo de que el doctorado me condujese a especializarme demasiado y, así, a perder de vista esa panorámica general del milagro de la vida que me parecía tan emocionante. Le comenté estas preocupaciones a uno de mis profesores preferidos, quien me aseguró que eso no ocurriría, señalándome que "aunque su carrera giraba en torno a los cestodos, también era una autoridad mundial en una orden entera de copépodos"...

En 1972, entonces, decidí que la carrera académica no sería lo mío, y comencé a trabajar como recolector de seres vivos para una empresa de material biológico. Me dedicaba a rastrear fincas y lagos del Oeste de Massachussets en busca de anfibios, plantas e invertebrados. Este trabajo empezó a disgustarme ligeramente conforme me fui dando cuenta de que estaba literalmente desnudando amplias áreas de vida salvaje, algo que - aunque en servicio de la educación - no me parecía demasiado positivo. Tras dejarlo, inicié un periodo, quizás típico en aquella época, en el que tuve varios trabajos: pasé una temporada recolectando manzanas, creé mi propia pequeña empresa de construcción y, finalmente, me dediqué a trabajar como especialista técnico en hospitales.

En 1976, comencé a darle vueltas a la idea de regresar a la universidad. Probé las aguas apuntándome a un curso de química orgánica y a otro de programación informática, que en aquel entonces era sinónimo de Fortran Caber 70 con tarjetas perforadas. Esta experiencia me convenció a mí mismo de que debería retornar al campo de la zoología, así que en agosto fui a hablar con mi profesor de histología, cuya asignatura me había encantado, y le comenté que barajaba la idea de solicitar estudios de postgrado el curso siguiente. Cual sería mi sorpresa cuando me informó de que en su programa todavía tenían una vacante, que se acordaba de mí, y que la plaza era mía si la quería. Dos semanas más tarde estaba enseñando técnicas de laboratorio dentro de la asignatura de fisiología celular, y desde entonces la biología ha sido la constante de mi vida profesional.

Quizás fuese la naturaleza precipitada de mi entrada al Tercer Ciclo, pero lo cierto es que yo no tenía plan alguno en cuanto a objetivos laborales post-doctorado. Aunque no lo recomiendo necesariamente como estrategia profesional, sentí una libertad absoluta para seguir cualquier vía investigadora que me pareciese interesante. Hoy por hoy, le estoy muy agradecido al departamento de zoología de la Universidad de Massachusetts por haberme acogido. Terminé realizando una tesina de Master en la que describí la anatomía y las últimas etapas de desarrollo de la glándula accesoria del grillo macho, que deja de ser un bulbo pequeño no diferenciado para convertirse en una glándula de tamaño considerable con cientos de túbulos secretorios diferenciados con una capacidad de síntesis proteica alucinante. Describí el órgano reconstruyéndolo a partir de secciones en serie utilizando una serie de técnicas histoquímicas de tintado, verifiqué el trabajo realizado microdiseccionando túbulos individuales y caracterizando sus productos proteicos mediante electroforesis en gel, y examiné las regiones especializadas empleando escaneado y microscopía de transmisión de electrones.

Cuando me faltaba muy poco para terminar este proyecto, me encontré a mí mismo preguntándome cómo era posible que surgiese semejante nivel de complejidad a partir de unos comienzos tan simples. Uno de mis asesores me sugirió que, para encontrar respuestas a mis interrogantes, debería adentrarme en el nuevo (por aquel entonces) campo de la biología molecular, haciendo un doctorado. Al principio no las tenía todas conmigo, ya que mi experiencia con los cursos de bioquímica había consistido fundamentalmente en memorizar el ciclo de Krebs, pero al final acabaron convenciéndome.

Tuve la tremenda suerte de ser aceptado en el laboratorio de Fotis Kafatos, dentro de los BioLabs de la Universidad de Harvard en 1979. Fue una etapa harto emocionante para estar precisamente allí y los BioLabs estaban llenos de personas estimulantes y con nuevas ideas. La secuenciación del ADN y el clonaje del cADN eran innovaciones recientes, y acababa de describirse la organización génica de algunos virus y plagas. Me dejé arrastrar por la emoción que dominaba el ambiente ¡y mi trabajo no tenía nada que ver con la memorización del ciclo de Krebs! En poco tiempo, ya había clonado y secuenciado pero, de súbito, me encontré perdido de nuevo. ¿Y ahora qué? Alguien me sugirió que, con una computadora, quizás, sólo quizás, podría aspirar a encontrar algo de significado en mi secuencia.

El laboratorio de Kafatos tenía la tecnología más avanzada de la época. No sólo contábamos con un modem de 300 baudios que conectaba un terminal ASCII al proyecto MolGen de la Universidad de Stanford; también teníamos un microcomputador CP/M (8 bits) con 48 kilobytes de memoria y disqueteras de 8 pulgadas para nuestro uso personal. Por supuesto, la secretaria tenía prioridad para utilizarlo como procesador de textos durante el día, pero los investigadores podríamos usarlo con fines científicos por las noches siempre que quisiésemos. La computadora siempre se estaba estropeando, así que los especialistas de servicio técnico nos hacían compañía a menudo. Yo había sido operador de radio y me interesaba la electrónica, así que un día Fotis me vio cómo observaba detenidamente a los técnicos que reparaban el disco duro, y me preguntó si sabía algo de informática. Cuando le respondí "Un poco", sonrió y me dijo: "¡Genial! A partir de ahora estás a cargo de la computadora".

Explorando mi nuevo dominio, descubrí que en el laboratorio había un clasificador Fortran, que había venido con la computadora, y mucha documentación fotocopiada procedente de una pequeña empresa con sede en Washington llamada Microsoft. Como el empleo de MolGen me había decepcionado, empecé a escribir mi propio software de secuencias en este pequeño artilugio, añadiendo algunas innovaciones, tales como que el programa le hiciese preguntas en inglés al usuario, que reportase los sitios de corte de las encimas de restricción en lugar de sus sitios de reconocimiento, etc. Todas estas aportaciones me facilitaban mi propio trabajo como biólogo. Pronto, otros científicos del laboratorio comenzaron a utilizar el software; más adelante, otra gente del edificio donde trabajaba. Aguijoneado por mis compañeros de trabajo, redacté una descripción del software y lo publiqué en el primer volumen especial sobre computadoras de la revista Nucleic Acids Research. Ofrecí copias a todos los que me la pidieron. Para mi sorpresa, resultó ser uno de los paquetes más completos de software de biología molecular que existían en aquella época, y uno de los únicos que podían ejecutarse en microcomputador.

Me vi inundado de demandas de software, para todo tipo de máquinas. Pronto me vi realizando cientos de instalaciones por todo el mundo. Esto me llevó a más sugerencias y colaboraciones con otros científicos. Me dedicaba a poco más que a mantener el paquete del software y a trabajar en análisis informáticos de secuencias de ADN. Gradualmente, vi con claridad que sería realmente útil que mi comité aceptase mi trabajo con la computadora junto con el trabajo de laboratorio y las colaboraciones a las que me había dedicado como base para mi tesis doctoral. Los miembros del comité tenían opiniones encontradas en cuanto a si este trabajo era apropiado para un doctorado en biología molecular o no, y la verdad es que me pareció que cualquier resolución en este sentido tardaría bastante en llegar.

Más o menos por aquel entonces, se puso en contacto conmigo International Biotechnologies Inc., interesado en crear y comercializar un producto basado en mi software. Harvard me dio permiso para hacerlo, y pronto pasé a auto-financiar mi trabajo en el laboratorio, aunque seguía siendo un doctorando. El software se puso a la venta con el nombre de Paquete de Análisis de Secuencias IBI/Pustell, y pasó a ser uno de los paquetes más utilizados para microcomputadoras. Se me abrieron así las puertas las puertas a un nivel mucho más alto de desarrollo, mantenimiento y fiabilidad de software que aquel en el que me había movido en el ámbito del software de dominio público. Durante esa época, también continué con mis colaboraciones científicas. En un momento dado, y siguiendo la trayectoria médica de mi mujer, me vi viviendo en una granja de 1862 en Vermont, con seis acres de terreno y las montañas a mi vera, escribiendo software de biología molecular. Allí completé una versión del software para una nueva computadora, la Macintosh, que finalmente se convertiría en el producto Mac Vector que todavía se vende hoy en día. E incluso conseguí doctorarme, en Harvard, en el año 1987...

Aunque toda esta historia suene idílica (porque era idílica), era consciente de que estaba distanciándome cada vez más de los nuevos avances en la biología molecular. Por aquel entonces se hablaba mucho del Proyecto Genoma Humano, y yo tenía muy claro que los grandes cambios pasarían por lo que hoy se conoce como bioinformática, y sentía que como no hiciese algo, no formaría parte de toda aquella revolución. Sobre esa época, me ofrecieron un puesto en el recién creado Centro Nacional para la Información de Biotecnología (National Center for Biotechnology Information, NCBI), ubicado en la Biblioteca de Medicina de los Institutos Nacionales de Salud. Era una oportunidad para utilizar mi década de experiencia proporcionando software a biólogos moleculares en servicio de una nueva hazaña a nivel nacional. Con gran sacrificio y generosidad, mi mujer aceptó vender la granja de Vermont y juntos nos trasladamos a una casa mucho más cara e infinitamente más pequeña en las afueras de Washington D.C. Cedí todos mis derechos a mi paquete de software comercial y pasé a ser funcionario en noviembre de 1988.

En los años siguientes, el NCBI ha pasado a ser, probablemente, la institución más reconocida del ámbito de la informática a nivel mundial. Hemos creado recursos tan ampliamente utilizados como BLAST y Entrez. Ahora producimos GenBank y proporcionamos apoyo informático para OMIM. Estamos involucrados en muchos otros nuevos proyectos y en multitud de colaboraciones científicas. Como jefe de la rama de ingeniería de la información en el NCBI, ha sido un privilegio poder proporcionar parte de la visión de conjunto de lo que hemos realizado, y un auténtico orgullo el formar parte de un grupo tan excepcional de científicos y desarrolladores de software.

Mi trabajo toca un muy amplio espectro de temas de investigación biomédica y, en conjunto, doy fe de que mi temor estudiantil de especializarme demasiado no me constituye un problema. Más bien diría que esforzarse por estar al día en informática y biomedicina es un poco como tratar de montar dos caballos a la vez. Si consigo permanecer de pie al final del día ya me doy por satisfecho. El ritmo aceleradísimo de los acontecimientos no me permite profundizar tanto como quisiera en los últimos avances del campo de la biología, pero no soy el único biólogo de la modernidad que siente la presión del tiempo y de los recursos. Sin embargo, mi puesto me permite estar en contacto con muchos científicos extraordinarios que están participando muy activamente en el desarrollo de la biología, y me ayudan con cariño a que no me quede irremediablemente desfasado, mientras que yo trato de suplir sus demandas de información. Aunque no siempre es fácil ni agradable, me apasiona estar en la cresta de esta ola desordenada de información biológica que nace de la comunidad científica, y hacer todo lo posible para que se convierta en una herramienta poderosa y eficaz para comprender el mundo en el que vivimos.

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