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Esta
semana marca el comienzo de mi vigésimo
mes como recolector de gusanos. Se trata
de un logro del que mis padres se pueden
sentir orgullosos, a pesar que tiene más
bien poco que ver con la profesión
que antaño proyectaron para su
hijo mayor. Hasta cierto punto, no obstante,
el trabajo que desempeño hoy en
día se parece mucho a aquel con
el que soñaba a los seis años
y medio, cuando abandoné mi, hasta
entonces, inamovible ambición de
ser lechero y opté, en su lugar,
por una carrera profesional que implicase
trabajar con animales.
El hecho de que estuviese
bastante indeciso a la hora de escoger
carrera universitaria me indujo a decantarme
por una licenciatura muy general, en ciencias
biológicas, en la Universidad de
Oxford, en lugar de por una licenciatura
más específica en cualquier
otro lugar (hoy por hoy considero que
esta incertidumbre valió mucho
la pena...). Todavía vacilaba en
cuanto a qué dedicarme profesionalmente
cuando tres años más tarde
decidí hacer un doctorado "que
implicase el uso de microscopios"
y me incorporé al programa de doctorado,
de cuatro años de duración,
del Laboratorio de Biología Celular
y Molecular (Laboratory for Molecular
Cell Biology, LMCB) del University
College London. El programa del LMCB
era ideal para una persona como yo, que
llegó con apenas experiencia práctica.
Las rotaciones iniciales por cuatro laboratorios
distintos me proporcionaron una base sólida
en varios campos e hicieron que me resultase
tremendamente sencillo escoger el laboratorio
en el que quedarme para proseguir con
mi propia investigación. Afortunadamente,
hoy puedo decir que seleccioné
bien. Los tres años que dediqué
a investigar sobre el citoesqueleto de
actina en el laboratorio dirigido por
Laura Machesky (cuyas instalaciones fueron
trasladadas a Birmingham coincidiendo
con mi incorporación) fueron, en
conjunto, muy productivas y gratificantes,
gracias - en gran medida - al entusiasmo
y al apoyo de la propia Laura.
¿Por qué,
se preguntarán entonces ustedes,
me encuentro ahora trabajando con gusanos
en los Países Bajos? Buena pregunta...
Dada mi tendencia
a la incertidumbre, decidí comenzar
a buscar un puesto postdoctoral relativamente
pronto (cuando no llevaba ni dos años
en el programa de doctorado), tratando
de ganarle tiempo al tiempo. En aquel
entonces, ya sabía que necesitaba
un cambio. El mundo de la actina era (y
todavía es) enormemente interesante,
pero sentía que ya sabía
mucho sobre el citoesqueleto y que había
llegado la hora de pasar capítulo.
Así que me dispuse a buscar un
nuevo desafío para el futuro.
Mi estrategia de búsqueda fue,
eso creo, excelente en su simplicidad:
me leí las revistas de Science
y Nature de arriba a abajo semanalmente,
subrayé los puestos que me sonaron
interesante (y que excluyesen el citoesqueleto)
y asistí a conferencias no-citoesqueletales
para hacerme una visión de conjunto
de lo que sucedía en otros rincones
del mundo académico. Dado que muchos
congresos cuentan con fondos para facilitar
la participación de doctorandos,
conseguí desaparecer del mapa y
acudir a varios congresos no relacionados
con lo mío sin que esto supusiese
un gran desembolso para mi laboratorio
(aunque sospecho que Laura sí que
se preguntó dónde diablos
estaría en unas cuantas ocasiones
- ¡le sigo estando muy agradecido
por no darle mayor importancia a mis ausencias!).
La búsqueda
de mi siguiente laboratorio sólo
se vio condicionado por una consideración
personal: deseaba cruzar el Canal de la
Mancha (para ampliar mis horizontes con
una estancia en el extranjero) pero en
ningún caso quería tener
que cruzar el Atlántico. Esta exclusión
deliberada de los Estados Unidos como
destino postdoctoral fue fuente de multitud
de comentarios por parte de amigos y compañeros
de trabajo, la mayoría de los cuales
o habían finalizado, o planeaban,
una estancia postdoctoral en Norteamérica.
Para mí, la decisión no
fue difícil: por una parte, no
me convencía la idea de firmar
un contrato que me obligase a pasar varios
años trabajando lejos de familia
y amigos, en un país acerca del
cual tenía referencias variadas;
por otra, mi experiencia en congresos
y colaboraciones en Europa me habían
hecho descalificar esa idea, que a veces
se transmite, de que la ciencia europea
es de segunda clase.
Sorprendentemente,
en tan sólo unas semanas mi revisión
"europa-céntrica" de
las revistas académicas mencionadas
comenzó a dar sus frutos, materializados
en un listado con posibilidades tentadoras.
Envié varios correos electrónicos,
con currículums adjuntos, y tras
un breve periodo de espera, recibí
una selección de invitaciones para
ser entrevistado (nota: preguntando entre
mis compañeros, todavía
no he conocido a nadie que NO haya sido
invitado a una entrevista a un laboratorio
al que haya enviado su CV, así
que no se preocupe demasiado por el destino
de sus emails de solicitud).
Como todas mis entrevistas
iban a tener lugar en la Europa continental,
en un momento de poca lucidez, concluí
que el mejor plan sería ordenar
mis entrevistas de forma que se sucediesen
de forma consecutiva, con el menor tiempo
posible de separación entre cada
una. Creía que de este modo podría
comparar mi impresión de los distintos
laboratorios de una manera más
precisa... pero pronto descubrí
que mi estrategia era poco inteligente.
Tras dos semanas en las que me dediqué
a saltar de aeropuerto a estación
de tren, de ahí al hotel, de ahí
al laboratorio, a la estación de
tren y vuelta al aeropuerto, puedo considerarme
cualificado para escribir la guía
de viajes Lonely Planet sobre transporte
europeo por carretera, ferrocarril y aire.
No sólo acabé dedicándole
más tiempo del que se generalmente
se considera "sano" a la lectura
de catálogos de duty-free;
también tuve que hacer serios malabarismos
mentales para tratar de recordar qué
laboratorio era cuál. El mezclarse
los nombres de los investigadores principales
de cada centro, el decir que tienes un
interés enorme por la patogénesis
viral durante una entrevista en un departamento
de división de células vegetales...
son, por lo general, malas ideas.
Increíblemente,
a pesar de errores garrafales como los
citados, y los contratiempos adicionales
de tener que encontrar y llegar a ciudades
determinadas en medio de la noche, tras
vuelos retrasados, puse punto y final
a mi tour por Europa sin un desfallecimiento
y con ofertas de todos los laboratorios
que visité. Durante un mes, me
debatí entre las dos opciones más
atractivas para, finalmente, escoger el
puesto que se me ofreció en el
laboratorio Plasterk en Utrecht (Países
Bajos), para investigar la interferencia
del ARN en los C. elegans.
Durante mi safari
europeo ya había comenzado a explorar
las diferentes opciones de becas (¡no
me faltó tiempo para la lectura
durante los vuelos!), y ahora que ya había
decidido mi destino, me quedaba convencer
a alguien para que me financiase mi trabajo.
La beca que me resultaba más apetecible
era la long-term
fellowship, o beca a largo plazo,
del Human Frontier Science Program
(Programa Científico Frontera
Humana) o HFSP. Me habían llegado
comentarios muy positivos acerca de estas
becas por parte de antiguos becarios,
los estipendios que ofertaban eran realmente
buenos y, sobre todo, me atrajo el hecho
de que el HFSP tuviese la reputación
de financiar a investigadores postdoctorales
que estuviesen cambiándose de campo
de estudio. Dado que el plazo de solicitud
del HFSP era el más inmediato (y
su procedimiento de solicitud el más
sencillo, con diferencia), comencé
mi búsqueda de financiación
solicitando este programa y fue para mí
una gran alegría el obtener una
respuesta positiva por parte de éste
antes de haber invertido mucho tiempo
en otras solicitudes.
Teniendo ya un destino,
un proyecto y una beca, pude consagrar
los últimos meses de mi doctorado
a... bueno, mi doctorado. Una vez hube
completado los últimos retoques,
me fui a Uganda dos meses (a observar
chimpancés y a jugar a ser un biólogo
"de verdad"... ¡lo recomiendo
encarecidamente como terapia "post-redacción
de la tesis"!) y luego regresé
a un nuevo hogar, a un nuevo laboratorio
y a un nuevo estilo de vida en los Países
Bajos.
Los laboratorios
nuevos son como los zapatos nuevos: el
primer día son bellos, brillantes;
el segundo día "duelen".
Afortunadamente, como con los zapatos,
uno puede finalmente "hacerse"
al laboratorio, habituarse a él,
aunque en mi caso este proceso duró
más (de acuerdo, lo reconozco:
mucho más) de lo esperado:
más un reflejo de mi exceso de
optimismo que por cualquier característica
fundamental de mi nueva residencia científica,
sospecho.
Había previsto
tres "problemas de adaptación":
nuevo país (cultura, idioma), nuevo
campo de investigación (ideas,
base de conocimientos, saber quién
es quién) y nuevo laboratorio (¿Dónde
se guardan los productos químicos?
¿Con quién tengo que hablar
para conseguir espacio en el congelador?).
El primer problema
fue prácticamente inexistente,
aunque me da la sensación de que,
desde el punto de vista de la integración,
pocos lugares del mundo no anglófonos
son más sencillos para un angloparlante
que los Países Bajos. Simplemente
recuerde no comprar bricks de leche con
letras en rojo ("karnemelk"
- les ahorro los detalles) y todo le irá
bien.
El cambio de campo
constituyó un obstáculo
comparativamente mayor, pero en realidad
el problema se redujo básicamente
a uno de "auto-imagen". Esperaba
ser considerado un poco "segundón",
dada mi falta de conocimientos y experiencia
en mi nueva área de estudio. (¿Intentó
alguna vez identificar el sexo de un nematodo?
No es tan fácil como parece...)
No obstante, nadie parecía darle
mucha importancia (o quizás simplemente
estaban siendo agradables) y, al cabo
de un tiempo, me di cuenta de que ni estaba
tan atrasado en las lecturas ni importa
demasiado estarlo.
Con mucha diferencia,
el problema mayor al que tuve que hacer
frente fue el cambio físico de
laboratorio. En mi caso, la diferencia
fue una de escala, ya que me trasladé
de un laboratorio de ocho personas a otro
de más de veinte. No tenía
ni idea de quién se dedicaba a
qué, ni de quién era nuevo,
ni de quién tenía tiempo
para enseñarme como distinguir
un gusano sano de uno enfermo... Ese "sentimiento"
general de control sobre el propio entorno
(que habitualmente damos por sentado)
me faltó repentinamente, y sólo
logré recuperarlo muy lentamente.
De hecho, pasaron unos doce meses antes
de que pudiese comenzar a sentirme cómodo,
como en casa, dentro del laboratorio.
Me consta que todo
esto no es característico únicamente
ni de mi propia situación personal
ni de los laboratorios grandes, sino que
se trata, más bien, de una reflexión
acerca de algo que podríamos definir
como el indiscernible "karma"
de cada laboratorio. Me explico. Algunos
laboratorios tienen pausas "obligatorias"
para el té, en otros se espera
que lleves tarta el día de tu cumpleaños,
en otros que lleves champán cada
vez que terminas un trabajo... En fin:
que cada laboratorio tiene sus pequeñas
manías. El tema aquí no
es que algunos laboratorios tengan los
hábitos correctos y otros no, sino
que cada laboratorio es diferente, y los
laboratorios de los diferentes países,
pues más aún. Y es a esas
pequeñas cosas - el té frente
a la cerveza frente a las tartas frente
a Dios sabe qué - a las que cuesta
MUCHO adaptarse. ¿Suena un poco
tonto, no?
Sin embargo, como
en todos los buenos cuentos de hadas,
al final todo acaba bien, y somos felices
y comemos perdices. Tras dos infructuosos
meses añorando largas pausas para
tomar el té y de paso hablar de
qué especies de ameba podrían
ganarle la batalla a la muerte, dejé
de suspirar. Y cuando paré, descubrí
algo grandioso. Se puede tener conversaciones
sobre las guerras de las amebas sin una
taza de té. Y se puede aprender
a querer el karma del nuevo laboratorio
incluso aunque esto implique celebraciones
obligatorias de cumpleaños sin
té. Y cuando se consigue, de repente,
uno se vuelve a sentir como en casa.
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