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Un cambio de escenario

ROBIN MAY

HUBRECHT LABORATORY
UBTRECHT (PAÍSES BAJOS)

12/09/03


Nota del editor: sobra enfatizar que si uno, hoy por hoy, desea forjarse una triunfante carrera investigadora, es básicamente obligatorio obtener experiencia postdoctoral en un laboratorio distinto a aquel donde se ha realizado la tesis. ¿Pero qué sucede si usted aspira no sólo a cambiar de laboratorio y de país sino también de campo de investigación? ¿Es una buena idea? ¿Y cómo se puede llevar a la práctica? Robin May comparte con nosotros su experiencia de cambio de dirección.

Esta semana marca el comienzo de mi vigésimo mes como recolector de gusanos. Se trata de un logro del que mis padres se pueden sentir orgullosos, a pesar que tiene más bien poco que ver con la profesión que antaño proyectaron para su hijo mayor. Hasta cierto punto, no obstante, el trabajo que desempeño hoy en día se parece mucho a aquel con el que soñaba a los seis años y medio, cuando abandoné mi, hasta entonces, inamovible ambición de ser lechero y opté, en su lugar, por una carrera profesional que implicase trabajar con animales.

El hecho de que estuviese bastante indeciso a la hora de escoger carrera universitaria me indujo a decantarme por una licenciatura muy general, en ciencias biológicas, en la Universidad de Oxford, en lugar de por una licenciatura más específica en cualquier otro lugar (hoy por hoy considero que esta incertidumbre valió mucho la pena...). Todavía vacilaba en cuanto a qué dedicarme profesionalmente cuando tres años más tarde decidí hacer un doctorado "que implicase el uso de microscopios" y me incorporé al programa de doctorado, de cuatro años de duración, del Laboratorio de Biología Celular y Molecular (Laboratory for Molecular Cell Biology, LMCB) del University College London. El programa del LMCB era ideal para una persona como yo, que llegó con apenas experiencia práctica. Las rotaciones iniciales por cuatro laboratorios distintos me proporcionaron una base sólida en varios campos e hicieron que me resultase tremendamente sencillo escoger el laboratorio en el que quedarme para proseguir con mi propia investigación. Afortunadamente, hoy puedo decir que seleccioné bien. Los tres años que dediqué a investigar sobre el citoesqueleto de actina en el laboratorio dirigido por Laura Machesky (cuyas instalaciones fueron trasladadas a Birmingham coincidiendo con mi incorporación) fueron, en conjunto, muy productivas y gratificantes, gracias - en gran medida - al entusiasmo y al apoyo de la propia Laura.

¿Por qué, se preguntarán entonces ustedes, me encuentro ahora trabajando con gusanos en los Países Bajos? Buena pregunta...

Dada mi tendencia a la incertidumbre, decidí comenzar a buscar un puesto postdoctoral relativamente pronto (cuando no llevaba ni dos años en el programa de doctorado), tratando de ganarle tiempo al tiempo. En aquel entonces, ya sabía que necesitaba un cambio. El mundo de la actina era (y todavía es) enormemente interesante, pero sentía que ya sabía mucho sobre el citoesqueleto y que había llegado la hora de pasar capítulo. Así que me dispuse a buscar un nuevo desafío para el futuro.


Mi estrategia de búsqueda fue, eso creo, excelente en su simplicidad: me leí las revistas de Science y Nature de arriba a abajo semanalmente, subrayé los puestos que me sonaron interesante (y que excluyesen el citoesqueleto) y asistí a conferencias no-citoesqueletales para hacerme una visión de conjunto de lo que sucedía en otros rincones del mundo académico. Dado que muchos congresos cuentan con fondos para facilitar la participación de doctorandos, conseguí desaparecer del mapa y acudir a varios congresos no relacionados con lo mío sin que esto supusiese un gran desembolso para mi laboratorio (aunque sospecho que Laura sí que se preguntó dónde diablos estaría en unas cuantas ocasiones - ¡le sigo estando muy agradecido por no darle mayor importancia a mis ausencias!).

La búsqueda de mi siguiente laboratorio sólo se vio condicionado por una consideración personal: deseaba cruzar el Canal de la Mancha (para ampliar mis horizontes con una estancia en el extranjero) pero en ningún caso quería tener que cruzar el Atlántico. Esta exclusión deliberada de los Estados Unidos como destino postdoctoral fue fuente de multitud de comentarios por parte de amigos y compañeros de trabajo, la mayoría de los cuales o habían finalizado, o planeaban, una estancia postdoctoral en Norteamérica. Para mí, la decisión no fue difícil: por una parte, no me convencía la idea de firmar un contrato que me obligase a pasar varios años trabajando lejos de familia y amigos, en un país acerca del cual tenía referencias variadas; por otra, mi experiencia en congresos y colaboraciones en Europa me habían hecho descalificar esa idea, que a veces se transmite, de que la ciencia europea es de segunda clase.

Sorprendentemente, en tan sólo unas semanas mi revisión "europa-céntrica" de las revistas académicas mencionadas comenzó a dar sus frutos, materializados en un listado con posibilidades tentadoras. Envié varios correos electrónicos, con currículums adjuntos, y tras un breve periodo de espera, recibí una selección de invitaciones para ser entrevistado (nota: preguntando entre mis compañeros, todavía no he conocido a nadie que NO haya sido invitado a una entrevista a un laboratorio al que haya enviado su CV, así que no se preocupe demasiado por el destino de sus emails de solicitud).

Como todas mis entrevistas iban a tener lugar en la Europa continental, en un momento de poca lucidez, concluí que el mejor plan sería ordenar mis entrevistas de forma que se sucediesen de forma consecutiva, con el menor tiempo posible de separación entre cada una. Creía que de este modo podría comparar mi impresión de los distintos laboratorios de una manera más precisa... pero pronto descubrí que mi estrategia era poco inteligente. Tras dos semanas en las que me dediqué a saltar de aeropuerto a estación de tren, de ahí al hotel, de ahí al laboratorio, a la estación de tren y vuelta al aeropuerto, puedo considerarme cualificado para escribir la guía de viajes Lonely Planet sobre transporte europeo por carretera, ferrocarril y aire. No sólo acabé dedicándole más tiempo del que se generalmente se considera "sano" a la lectura de catálogos de duty-free; también tuve que hacer serios malabarismos mentales para tratar de recordar qué laboratorio era cuál. El mezclarse los nombres de los investigadores principales de cada centro, el decir que tienes un interés enorme por la patogénesis viral durante una entrevista en un departamento de división de células vegetales... son, por lo general, malas ideas.

Increíblemente, a pesar de errores garrafales como los citados, y los contratiempos adicionales de tener que encontrar y llegar a ciudades determinadas en medio de la noche, tras vuelos retrasados, puse punto y final a mi tour por Europa sin un desfallecimiento y con ofertas de todos los laboratorios que visité. Durante un mes, me debatí entre las dos opciones más atractivas para, finalmente, escoger el puesto que se me ofreció en el laboratorio Plasterk en Utrecht (Países Bajos), para investigar la interferencia del ARN en los C. elegans.

Durante mi safari europeo ya había comenzado a explorar las diferentes opciones de becas (¡no me faltó tiempo para la lectura durante los vuelos!), y ahora que ya había decidido mi destino, me quedaba convencer a alguien para que me financiase mi trabajo. La beca que me resultaba más apetecible era la long-term fellowship, o beca a largo plazo, del Human Frontier Science Program (Programa Científico Frontera Humana) o HFSP. Me habían llegado comentarios muy positivos acerca de estas becas por parte de antiguos becarios, los estipendios que ofertaban eran realmente buenos y, sobre todo, me atrajo el hecho de que el HFSP tuviese la reputación de financiar a investigadores postdoctorales que estuviesen cambiándose de campo de estudio. Dado que el plazo de solicitud del HFSP era el más inmediato (y su procedimiento de solicitud el más sencillo, con diferencia), comencé mi búsqueda de financiación solicitando este programa y fue para mí una gran alegría el obtener una respuesta positiva por parte de éste antes de haber invertido mucho tiempo en otras solicitudes.

Teniendo ya un destino, un proyecto y una beca, pude consagrar los últimos meses de mi doctorado a... bueno, mi doctorado. Una vez hube completado los últimos retoques, me fui a Uganda dos meses (a observar chimpancés y a jugar a ser un biólogo "de verdad"... ¡lo recomiendo encarecidamente como terapia "post-redacción de la tesis"!) y luego regresé a un nuevo hogar, a un nuevo laboratorio y a un nuevo estilo de vida en los Países Bajos.

Los laboratorios nuevos son como los zapatos nuevos: el primer día son bellos, brillantes; el segundo día "duelen". Afortunadamente, como con los zapatos, uno puede finalmente "hacerse" al laboratorio, habituarse a él, aunque en mi caso este proceso duró más (de acuerdo, lo reconozco: mucho más) de lo esperado: más un reflejo de mi exceso de optimismo que por cualquier característica fundamental de mi nueva residencia científica, sospecho.

Había previsto tres "problemas de adaptación": nuevo país (cultura, idioma), nuevo campo de investigación (ideas, base de conocimientos, saber quién es quién) y nuevo laboratorio (¿Dónde se guardan los productos químicos? ¿Con quién tengo que hablar para conseguir espacio en el congelador?).

El primer problema fue prácticamente inexistente, aunque me da la sensación de que, desde el punto de vista de la integración, pocos lugares del mundo no anglófonos son más sencillos para un angloparlante que los Países Bajos. Simplemente recuerde no comprar bricks de leche con letras en rojo ("karnemelk" - les ahorro los detalles) y todo le irá bien.

El cambio de campo constituyó un obstáculo comparativamente mayor, pero en realidad el problema se redujo básicamente a uno de "auto-imagen". Esperaba ser considerado un poco "segundón", dada mi falta de conocimientos y experiencia en mi nueva área de estudio. (¿Intentó alguna vez identificar el sexo de un nematodo? No es tan fácil como parece...) No obstante, nadie parecía darle mucha importancia (o quizás simplemente estaban siendo agradables) y, al cabo de un tiempo, me di cuenta de que ni estaba tan atrasado en las lecturas ni importa demasiado estarlo.

Con mucha diferencia, el problema mayor al que tuve que hacer frente fue el cambio físico de laboratorio. En mi caso, la diferencia fue una de escala, ya que me trasladé de un laboratorio de ocho personas a otro de más de veinte. No tenía ni idea de quién se dedicaba a qué, ni de quién era nuevo, ni de quién tenía tiempo para enseñarme como distinguir un gusano sano de uno enfermo... Ese "sentimiento" general de control sobre el propio entorno (que habitualmente damos por sentado) me faltó repentinamente, y sólo logré recuperarlo muy lentamente. De hecho, pasaron unos doce meses antes de que pudiese comenzar a sentirme cómodo, como en casa, dentro del laboratorio.

Me consta que todo esto no es característico únicamente ni de mi propia situación personal ni de los laboratorios grandes, sino que se trata, más bien, de una reflexión acerca de algo que podríamos definir como el indiscernible "karma" de cada laboratorio. Me explico. Algunos laboratorios tienen pausas "obligatorias" para el té, en otros se espera que lleves tarta el día de tu cumpleaños, en otros que lleves champán cada vez que terminas un trabajo... En fin: que cada laboratorio tiene sus pequeñas manías. El tema aquí no es que algunos laboratorios tengan los hábitos correctos y otros no, sino que cada laboratorio es diferente, y los laboratorios de los diferentes países, pues más aún. Y es a esas pequeñas cosas - el té frente a la cerveza frente a las tartas frente a Dios sabe qué - a las que cuesta MUCHO adaptarse. ¿Suena un poco tonto, no?

Sin embargo, como en todos los buenos cuentos de hadas, al final todo acaba bien, y somos felices y comemos perdices. Tras dos infructuosos meses añorando largas pausas para tomar el té y de paso hablar de qué especies de ameba podrían ganarle la batalla a la muerte, dejé de suspirar. Y cuando paré, descubrí algo grandioso. Se puede tener conversaciones sobre las guerras de las amebas sin una taza de té. Y se puede aprender a querer el karma del nuevo laboratorio incluso aunque esto implique celebraciones obligatorias de cumpleaños sin té. Y cuando se consigue, de repente, uno se vuelve a sentir como en casa.

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