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Un trabajo en Italia

ROB GRUNDY

INSTITUTO DE INVESTIGACIÓN SCHERING-PLOUGH
MILAN (ITALIA)

08/06/01

 

La idea de trabajar en el extranjero (la inmersión en otra cultura y la adaptación a la vida en otro país) siempre me había atraído, así que, cuando estaba en medio de mi doctorado, decidí coger el toro por lo cuernos y procurarme un puesto investigador en otro país.

La investigación científica ofrece excelentes oportunidades para combinar trabajo y viajes, por lo que las alternativas son casi siempre numerosas y de amplio espectro. Sin embargo, uno no debe contentarse tener "cualquier" experiencia laboral en el extranjero: el asegurarse un puesto de calidad resulta igualmente vital. Para mí fueron esenciales los consejos de los científicos senior de mi laboratorio. Tras consultar el tema con mi supervisor, cuya reputación internacional me permitió ponerme en contacto con varias personalidades científicas ubicadas en lugares geográficos de lo más exóticos, envié un lote de currículums con apetitosas cartas de presentación vendiendo mis diversas habilidades y destrezas. Semanalmente, la revista Science anuncia numerosas ofertas de empleo internacional. Sin embargo, en lugar de solicitar las vacantes disponibles, opté por mostrar mi iniciativa poniéndome en contacto directamente con grupos de investigación de gran reputación en los que sabía que me gustaría trabajar.

Inevitablemente, hubo varios rechazos y cartas jamás contestadas, pero también unas cuantas respuestas que calificaría como muy positivas provenientes de ambos lados del Atlántico. Tras mucha deliberación, decidí optar en contra de los puestos en Estados Unidos. Aunque los institutos estadounidenses ofrecen, sin lugar a dudas, las mejores perspectivas de desarrollo profesional, sentí una mayor afinidad geográfica, cultural y política con Europa. Por lo tanto, tras una serie de entrevistas, acepté de buena gana un puesto posdoctoral en el Instituto de Investigación Schering-Plough de Milán, Italia.

Debo admitir que mi transición a la ciencia italiana fue mucho más suave de lo que hubiese podido ser. Al ser ciudadano de la Unión Europea, no necesité permiso de trabajo. Del resto de la burocracia, de la que tanto se habla, se encargaron mis compañeros de trabajo, que me acompañaron por las calles de Milán en mi recolecta de los diferentes impresos que me habilitaron para trabajar legalmente en Italia. Mi empresa también tuvo la gran deferencia de proporcionarme alojamiento durante un periodo de tres meses, mientras que otro compañero escudriñaba los periódicos locales en búsqueda de un lugar adecuado para vivir para mí.

Comencé a trabajar en calidad de científico senior contratado pero, poco después, obtuve una Beca Individual Marie Curie (Marie Curie Individual Fellowship), por un periodo de dos años. Esto mejoró tanto mi salario como mi currículum. Estas becas representan una tremenda oportunidad para jóvenes investigadores europeos que desean trabajar en otros países europeos, y realmente vale la pena tenerlas en cuenta y analizarlas.

No es ni fácil ni justo comparar directamente la experiencia que he tenido hasta ahora en el laboratorio en Milán con la de Manchester, porque las vivencias de un estudiante de doctorado en un laboratorio académico y las de un científico senior en un instituto de investigación industrial no tienen mucho que ver; pero en cualquier caso, lo intentaré.

Al poco de comenzar trabajar en el laboratorio italiano, me di cuenta de que el sistema de formación para la investigación de Italia es considerablemente diferente al del Reino Unido. Como investigador de veinticinco años de edad con más de tres años de experiencia práctica, yo era hasta cierto punto una rara avis en Italia. La mayoría de los italianos no culminan su predominantemente teórica licenciatura universitaria hasta los veinticinco, o incluso más tarde si son hombres que no han conseguido evadirse del servicio militar. Yo, por lo menos, sentí que era importante que demostrase que podía dar lo que había prometido "con tan poquitos años". Logré esto haciendo aquello para lo que me habían formado y para lo que me había desplazado a Milán, esto es, trabajar en un equipo con confianza y un anhelo entusiasta por aprender de mis compañeros. Aunque la cultura científica italiana parece, en ocasiones, depender más de la edad que de los méritos, yo creo que fui contratado por mis méritos y que si consigo cumplir, o incluso exceder, las expectativas de mis empleadores, mis esfuerzos serán apreciados y por lo tanto recompensados. Si éste es el caso, o no, todavía está por ver, aunque todavía no me han mandado de vuelta a Inglaterra, ¡así que no debo de estar haciéndolo mal del todo!

Mi adaptación a la vida en el laboratorio italiano fue, en conjunto, bastante sencilla, porque aunque prácticamente todos los investigadores que lo componen son italianos, la mayoría hablan al menos algo de inglés. La edad media de los investigadores también es relativamente baja (de unos treinta años, aproximadamente). Esto es habitual en Italia, porque los bajos salarios fuerzan a todos los investigadores, excepto a los más entregados a la causa, a abandonar la profesión conforme, con la edad, se van acentuando sus obligaciones financieras. Esta edad media joven crea un entorno de trabajo dinámico y entusiasta, muy comparable al del laboratorio en el que trabajaba en Manchester.

En cuanto a las dificultades lingüísticas, aunque el idioma oficial del laboratorio es el inglés, muchas reuniones importantes se celebran en italiano, y pueden ser tanto confusas como soporíferas. Consecuentemente, pronto me di cuenta de que tendría que aprender italiano, no sólo para comprar cerveza, sino también para comprender lo que estaba sucediendo en el trabajo. Habiendo aprendido únicamente a decir "¿Dónde está el estadio San Siro?", comencé a desear que hubiese invertido un poco más de tiempo en el aprendizaje del idioma nacional. Debo enfatizar, sin embargo, que nadie, en Italia al menos, esperó que hablase italiano. (Sospecho que los que vayan a Francia pueden toparse con una actitud diferente). Después de un curso intensivo de italiano, llegué a ser razonablemente incompetente en el idioma, lo que, unido a una ingenua confianza en mis recién adquiridas habilidades lingüísticas, me condujo a algunos interesantes pasos en falso. Por ejemplo, las palabras italianas para "investigador" y para la persona que vende objetos robados son increíblemente parecidas. Por lo tanto, en mis primeros tres meses en Italia me dediqué a presentarme a todo el mundo como ladrón. Cuando la gente me increpaba al respecto, les aseguraba que sí, que era verdad, ¡y que incluso tenía un doctorado en el tema que lo demostraba!

Cuando acepté mi puesto en Italia, era muy consciente de las ideas preconcebidas que se suelen tener en torno a la ciencia italiana, considerada en conjunto un tanto inferior a la británica o a la estadounidense. En base a mi experiencia, puede decir honestamente que si se está rodeado de buenos científicos, como afortunadamente lo estoy aquí, y como lo estaba en Manchester, es posible hacer investigación científica de calidad. El único obstáculo para la maximización del fantástico potencial de la ciencia italiana es la relativa falta de fondos para la investigación, en comparación con otros países más prósperos. Afortunadamente, esto no afecta realmente a mi puesto dentro de la industria, auque la temible burocracia (que puede hacer que un reactivo que tardaría un día en conseguirse en Gran Bretaña, aquí tarde hasta un mes en conseguirse) puede ser enormemente frustrante.

En cuanto al futuro, tras nueve meses en Italia, debo decir que me siento muy cómodo. Todavía está por ver de qué modo afectará el tiempo que me queda por aquí a mis futuros pasos profesionales. Por el momento, la idea de permanecer en el país no me disgusta, aunque es posible que los bajos salarios me fuercen a regresar al Reino Unido o a cruzar el charco a los Estados Unidos. Si éste fuese el caso, me presentaré como un joven investigador que ha disfrutado una estancia posdoctoral en un país extranjero, a menudo trabajando en un idioma distinto al suyo, y que ha adquirido todas las destrezas y experiencias asociadas a un desafío de este calibre. En cualquier caso, las perspectivas parecen buenas.

En conjunto, trabajar en un laboratorio italiano ha sido una experiencia tremendamente gratificante, desde el punto de vista profesional, cultural y personal. Mi consejo para otros jóvenes investigadores que se encuentran con ganas de viajar y descubrir nuevos horizontes es que vayan a por ello. No obstante, no dejaré nunca de subrayar la importancia de encontrar un buen puesto de trabajo. Al fin y al cabo, no se trata de unas vacaciones, sino de una vida, la tuya.

 


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