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¿Qué sabe una doctora en Química sobre dar clases a niños de doce años?

ANGELA KELLY

IRLANDA

05/07/02

Allá por el año 1987, cuando estaba en el instituto, preparándome para los exámenes finales de acceso a la universidad (lo que en Irlanda se conoce como el “leaving certificate”) y pensando en a qué dedicarme en el futuro, me preguntaba si debería estudiar algo de ciencias y luego buscar un empleo en la industria, o por el contrario optar por algo de letras y ser profesora. Al final, las ciencias ganaron la batalla, más que nada porque no tenía interés alguno por dedicarme a la docencia.

Tras cuatro años en la University College Cork y un currículo académico repleto de asignaturas científicas, me licencié en químicas. Pero aún no estaba segura de lo que quería hacer con mi vida. Así que cuando se me planteó la posibilidad de aplazar el momento de adentrarme en el mundo laboral, la atrapé al vuelo: me fui a Edimburgo a hacer un doctorado en química de péptidos.

En mi segundo año, estuve a cargo de unas clases prácticas para alumnos de licenciatura, y fue por aquel entonces cuando empecé a pensar en que no me disgustaría nada la idea de dedicarme a la docencia a jornada completa. No sabía a qué nivel querría enseñar, pero la progresión natural era que me decantase por la educación superior. Obtuve un permiso de residencia y trabajo para los Estados Unidos (en la época de los visados Morrisson, ser irlandés era una ventaja) y, tan pronto como me doctoré, crucé el charco.

Pasé dos años en EE.UU., ocupando dos puestos docentes diferentes. En ambos casos, se trató de sustituciones en universidades privadas, en las que se esperaba que el profesor se dedicase fundamentalmente a la investigación. Impartí varias asignaturas a clases con un número de alumnos que oscilaba entre los seis y los treinta y cinco, y la experiencia me ayudó a decidir que la docencia era, sin lugar a dudas, lo mío. No obstante, como la mayoría de mis clases tenían una media de veinte estudiantes, empecé a pensar que lo que estaba haciendo se parecía más a la docencia en Secundaria en mi país, que a Tercer Ciclo. Así que, cuando me llegó la hora de volverme a Irlanda, decidí arriesgarlo todo y ¡lanzarme a dar clases a adolescentes!

Comencé mi curso superior de formación pedagógica (lo que aquí se conoce como un Higher Diploma in Education) en la University College Dublin (UCD) en septiembre de 1997. La ventaja del curso de la UCD era que me permitía compaginar ir a clases por las tardes y dar clase en un colegio por las mañanas. Esto te permite experimentar lo que supone dar clases a diario. También le permite al colegio darte responsabilidad plena sobre una clase en particular, en lugar de tener que compartir dicha responsabilidad con otro profesor con jornada completa.

Otras universidades tienen otros programas en los cuales se plantea que el estudiante-profesor vaya a clases dos días y medio a la semana, y otros dos días y medio haga prácticas en un colegio. A los colegios no les resulta fácil encajar este tipo de disponibilidad, desde el punto de vista de horarios, así que, en la práctica, se acaba compartiendo un grupo de alumnos con otro profesor con jornada completa. Tú les das clase unos dos días a la semana, pero es el otro profesor el que se encarga de la asignatura las tres jornadas restantes. En mi opinión, este planteamiento lleva a que el profesor en prácticas sea etiquetado por los alumnos como el estudiante-profesor, y los adolescentes son adolescentes: ¡les encantan las nuevas dianas!

Con un título universitario de ciencias, puedes enseñar cualquiera de las asignaturas que hayas cursado a nivel de licenciatura, incluso si sólo las estudiaste durante un año académico. Durante mi año de formación, me encargaron de una clase de matemáticas de primero de Secundaria, y de una clase de química para alumnos de transición entre itinerarios. En la UCD, te examinan de sólo una de las asignaturas de las que tienes que dar clase (aunque algunos programas te exigen que te examines de las dos) y el alumno puede elegir cuál de ellas, así que yo escogí la clase de 1º de matemáticas. Los alumnos de la clase de transición no se enteraron de que era profesora en prácticas hasta fin de curso. Se lo dije cuando tuve que ausentarme toda una semana en mayo para hacer mi examen.

Las universidades no te buscan las prácticas en un colegio; es la responsabilidad del estudiante. No lo dejes para demasiado tarde, o puede que te encuentres con que todas las plazas están cubiertas. Esto, por supuesto, quiere decir que uno ha de comenzar a solicitar puestos en colegios antes de saber en qué universidad ha sido admitido, y esto es algo a tener en cuenta si se ha de viajar del colegio a la universidad cada día.

El proceso de solicitud para los Higher Diploma in Education ha cambiado en los últimos años. Antes, el estudiante solicitaba a cada universidad individualmente, pero ahora se ha establecido una central de solicitudes, que te permite poner en un ranking las universidades en las que querrías estudiar, por orden de preferencia. Todos los cursos tienen un año de duración, y es posible obtener ayudas económicas si se entra en la categoría de mayores de 24 (mature students) o si no se ha obtenido financiación gubernamental para un curso de postgrado con anterioridad. En 1997, la cuantía de la beca cubría unos dos meses de alquiler en Dublín y poco más… Aunque puede que ahora haya aumentado un poco, también han subido los alquileres, así que no espere que el apoyo económico le resuelva la vida. En mi caso concreto, el haber trabajado antes resultó ser una gran ventaja: pude utilizar los ahorros de mis dos, muy lucrativos, años en Estados Unidos para poder llegar a fin de curso.

El proceso de solicitud de trabajos comienza en torno a la Semana Santa. Todavía no me he topado con ningún profesor de ciencias que no haya encontrado ningún tipo de trabajo, pero sí que conozco a muchos que no consiguieron el trabajo de sus sueños a la primera. Las estadísticas dicen que la mayor parte de la gente comienza con un puesto a tiempo parcial de un tipo u otro.

La multiplicidad de contratos resulta liosa, por no llamarla de otra manera. Empezando por la base de la pirámide, puede ser contratado como profesor a tiempo parcial, y pagado por hora de docencia. En segundo lugar, puede ser contratado como profesor a tiempo parcial, con posibilidades de permanencia, de surgir una vacante (lo que aquí en Irlanda se conoce como EPT, o eligible part time). Cualquier profesor con más de once horas de docencia puede acceder a un puesto de estos, y la ventaja frente a cualquier otro trabajo a tiempo parcial es que uno recibe el salario mensual que establece el baremo de salarios del Ministerio de Educación para todo profesor que de hasta 22 horas de clase.

Después está el puesto de profesor temporal con jornada completa (TWT: temporary whole time): como profesor tienes un horario completo, con su correspondiente salario, pero nadie te garantiza que seguirás teniendo el puesto el curso siguiente (podrías estar, por ejemplo, sustituyendo a alguien que solicitó un año de excedencia, y que regresará pronto).

Finalmente, están los puestos indefinidos, al principio tan difíciles de atrapar. El número de puestos permanentes en un colegio depende del número de alumnos, así que los colegios grandes tendrán más – y también tenderán a tener un mayor movimiento de personal, por lo que la espera podría no ser tan larga como pudiera pensar.

A la hora de buscar trabajo, he descubierto que el mailing general de currículos es un enfoque muy inteligente. Muchos de los puestos que se anuncian formalmente, ya tienen un candidato dentro de la propia escuela, por lo que el anuncio responde únicamente a la obligación de cumplir los requisitos legales. A menudo, el envío de currículos, dando a conocer su disponibilidad y sus habilidades, puede llevar a entrevistas para trabajos que nunca llegan a anunciarse. También es extremadamente importante mostrar flexibilidad en el rango de asignaturas que está dispuesto a enseñar. Como profesor de ciencias, es posible que le pidan que imparta una asignatura que no ha estudiado desde su primer año de la universidad. Esto es lo que me pasó a mí con el primer trabajo que me ofrecieron: había estudiado química un sinfín de años, pero querían una profesora de físicas. Acepté el puesto no sabiendo si lograría nadar, o si por el contrario me ahogaría, y acabé sorprendida de lo mucho que disfruté con el reto.

Estar en posesión de un doctorado puede tener sus ventajas y sus desventajas a la hora de buscar un trabajo. En muchas de mis primeras entrevistas, me costó lo suyo convencer a la gente de que quería, realmente, dedicarme a la docencia en Secundaria. Por otra parte, en muchas otras entrevistas sentí que mi experiencia se valoraba muy positivamente. Como las actitudes variaban de colegio a colegio, aprendí a estar preparada para defender mi decisión y no mostrar ningún indicio de ofensa ante la pregunta que en una ocasión hasta me plantearon de la siguiente manera: ¿Qué sabe alguien de sus cualificaciones sobre enseñanza a niños de doce años? Siendo sinceros, en aquel momento sólo tenía un año de experiencia sobre el que basarme. No obstante, sabía que la excitación que obtenía dando clase, a gente de todas las edades, era muy real, así que sólo era cuestión de encontrar las palabras adecuadas.

Cuatro años más tarde, ¿sigo siendo tan entusiasta como creía serlo al principio? Bueno… los primeros dos o tres años en cualquier puesto docente siempre resultan duros, particularmente si se encuentra, de repente, enseñando materias que no ha estudiado durante un buen número de años.Hay que invertir muchas horas en la preparación de las clases, y con diferencia, el mayor problema al que se enfrenta cualquier docente de ciencias en Irlanda es la falta de financiación para contratar a técnicos de laboratorio. A falta de estos profesionales, es el profesor de ciencias el que se tiene que encargar de preparar las muchas clases prácticas semanales, y esta actividad exige mucha organización.

A todo este trabajo de preparación de las clases, añadámosle el que, hasta ahora, cada año que he dado clases, me he encargado de una asignatura diferente. Ahora mismo enseño química a nivel de “leaving certificate”, y también física. El curso que viene, tendré, por primera vez, que impartir matemáticas, a nivel de “leaving certificate” y “junior certificate”, y ciencias a los alumnos más jóvenes del instituto. La ventaja de todo esto es que con tanta variedad de alumnos y disciplinas, cada día es harto diferente. Sí: puede ser muy cansado, y a veces estresante, especialmente aquellos días que tengo que cambiar de chip cada hora, con cada cambio de clases. Por otra parte, en mi mente el estrés es mínimo si lo comparo a lo que me supondría tener que estar haciendo, día tras día, un mismo trabajo con el que no disfrutase.

La enseñaza no es una profesión en la que uno pueda hacer, simplemente,”lo justo”. Las largas vacaciones de verano son maravillosas, pero no te sostienen a lo largo de los meses de enero y febrero si no disfrutas con lo que estás haciendo. Creo que los alumnos captan muy rápidamente si te gusta enseñarles, o no, y pueden responder de manera muy negativa si piensan que no te gusta estar con ellos, con lo que el problema se agrava todavía más.

La disciplina es, precisamente, uno de los temas colaterales a la enseñaza que más práctica requiere, y algo para lo que la universidad te prepara bien poco. En esto, como en tantas otras cosas, la experiencia es la única maestra. Nadie puede esperar que todo le salga bien a la primera, pero este juego es el que hace que la enseñanza a adolescentes pueda ser tan disfrutable. Saben personar, y mucho, y detestan los resentimientos. Estoy segura de que mis colegas varones dirían lo mismo.

Implicarse en alguna actividad extracurricular también puede ayudar a mantener el entusiasmo, siempre y cuando se haga algo con lo que se disfrute. Yo ayudo a otro profesor del colegio a organizar un club de ciencias, una tarde a la semana. Está dirigido, sobre todo, a alumnos de primeros cursos, y usamos este espacio para exponer a los chicos a muchos experimentos divertidos que no forman parte del currículo. Los días en que pierdo motivación con la docencia, el club me ayuda a confirmarme a mí misma que estoy en el lugar adecuado. La emoción que se percibe en las caras de los niños, cuando les permitimos, por primera vez, fabricar sus propias bombas de hidrógeno, hacen que cada minuto de esfuerzo invertido valga la pena.

Otra manera de mantener el entusiasmo por la profesión es aprender de otros profesores. Pasé una semana en Holanda, durante las vacaciones de Semana Santa, asistiendo a un congreso para profesores de física (Physics on Stage 2). Fueron siete días impresionantes, intercambiando ideas pedagógicas con profesores de toda Europa. Cada país tenía un stand en el que organizar sus propias demostraciones, así que tuvimos la oportunidad de ver y comparar maneras de enseñar la física en distintos países. De Irlanda, asistimos al evento un total de seis profesores, y ahora mismo estamos en el proceso de intentar desarrollar una publicación que recoja las ideas pedagógicas que sacamos del congreso, como recurso para todos los profesores de físicas del país. Menos mal que tenemos un buen paréntesis veraniego…

Para concluir, decir que disfruto enormemente con lo que hago y que no me arrepiento nada de haber dejado atrás el mundo de la investigación. Valoro en particular, la independencia a la hora de decidir cómo llevar mis clases, y qué enseñar y cuándo. Sé, por ejemplo, que, en este sentido, aquí en Irlanda los profesores tenemos más libertad que en el Reino Unidos. Si el doctorado me preparó para algo, fue para aprender a trabajar de manera independiente, sin tener que responder ante alguien a diario. ¿Qué otro trabajo te ofrece tal cantidad de libertad y riendas para ser tu propio jefe?





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