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Afortunadamente,
este tipo de clientes cerrados sólo
son la excepción; lo que nos importa
aquí es la problemática
que subyace a comentarios como éste:
los "traductores de palabras"
están, permanentemente, en riesgo
de producir textos definitivos, en la
más fiel tradición de esos
notorios manuales de instrucciones de
electrodomésticos japoneses. La
traducción - o la traducción
técnica, al menos - es todo semántica.
Requiere una comprensión adecuada
del texto de origen (además de
un marco conceptual asociado) y la habilidad
de expresarlo coherentemente, utilizando
un estilo correcto y la terminología
adecuada, en el idioma de destino, que
normalmente debería coincidir con
la lengua nativa del traductor.
No todos los licenciados
en lenguas modernas poseen, ni mucho menos,
todas estas habilidades de forma natural,
y aunque las licenciaturas en idiomas
podrían considerase los trampolines
tradicionales para caer en el mundo profesional
de la traducción, son muchos los
que entran, o viran, hacia esta profesión
desde otras direcciones. Reconozco que
mi ruta fue convencional, a pesar de que
no me decanté por la traducción
como salida laboral hasta relativamente
tarde. Tras titularme en francés
y alemán en el Reino Unido, pasé
un breve periodo en Londres trabajando
como programador informático y
enseñé inglés en
un instituto para adultos en Alemania
durante unos seis años. En 1990,
opté por dedicarme a la traducción
a tiempo completo.
Por supuesto, ayuda
estar en el lugar adecuado en el momento
adecuado. A través de un amigo,
que era supervisor de cantidades, comencé
a traducir textos del alemán al
inglés para una empresa de Zurich
que producía herramientas de control
de costes y de normalización para
la industria de construcción suiza.
El año 1990 marcó el comienzo
de una intensa colaboración, que
duraría siete años, y -
para mí, lingüista con pocos
conocimientos sobre la construcción
- un verdadero periodo de aprendizaje,
durante el cual me propuse dedicarme a
tender puentes para sortear las brechas
de conocimiento.
Los campos de la
arquitectura, la construcción y,
de manera más reciente, la propiedad
inmobiliaria, constituyen mi particular
hueco en el mercado. Trabajo, en parte,
de forma solitaria con mi propio, modesto,
inventario de clientes (ej. fabricantes
de productos de construcción) y
parcialmente en colaboración con
una agencia de traducción suiza.
Aunque en Alemania,
al menos, no hay restricciones estatutarias
en lo relativo al uso del título
de "traductor", sin duda ayuda
a encontrar trabajo la pertenencia a una
asociación profesional (cuyos requisitos
suelen ser relativamente exigentes en
términos de formación específica,
experiencia laboral, etc.). Asimismo,
la importancia de una íntima familiaridad
con el idioma extranjero no debería
infravalorarse. Después de todo,
se suele decir que se necesita toda una
vida para aprender la lengua materna,
cuanto más si se trata de dominar
un idioma extranjero para poder después
lanzarse a cualquier tipo de trabajo de
traducción. En este sentido, sobra
decir que un periodo extendido de estudio
del idioma en cuestión, preferiblemente
en el país en el que se habla,
es más que esencial.
El trabajo desde
casa como freelance, o autónomo,
otorga a uno considerables cotas de libertad,
particularmente en términos de
horario. Aunque la disciplina es imprescindible,
es posible optar por varias rutinas diferentes.
Hay quien prefiere comenzar temprano por
la mañana y terminar pronto, pero
nada (ni nadie) te impide demorarte en
una comida y su posterior tertulia siempre
y cuando no te importe quedarte a trabajar
hasta tarde. (Los traductores "extremos"
son los que trabajan toda la noche y entregan
sus traducciones, sistemáticamente,
"justo a tiempo"). Muchos traductores
se quejan de los breves plazos, y, en
este sentido, es muy cierto que uno ha
de pensarse mucho qué trabajos
acepta y cuáles es preferible rechazar.
Aunque los periodos de vacaciones (Ej.
verano y Navidad) suelen ser menos estresantes,
los fines de semana requieren una gestión
más prudente del tiempo del que
se dispone, ya que es muy habitual que
los clientes entreguen los viernes los
textos que necesiten para el lunes.
La libertad geográfica
que proporciona Internet también
permite que aquellos que deseen emigrar
a climas más cálidos puedan
hacerlo, y aún así estar
siempre a un correo electrónico
de distancia: hoy por hoy, el trabajo
puede llegar en un clic de un lado a otro
del planeta. (¡Todavía recuerdo
la época en que teníamos
que enviar los liosos disquetes por correo!).
Desde el punto de
vista de las tecnologías de la
información, creo que es vital
mantenerse al día en cuanto a los
últimos avances de hardware y software,
para así garantizar la compatibilidad
con las aplicaciones de los clientes.
Aunque existen varios programas de apoyo
a la traducción en el mercado (los
cuales, entre otras cosas, te dicen si
has traducido una frase semejante o idéntica
en el pasado, y si es así, cómo),
todavía no se consideran imprescindibles.
Personalmente, me las apaño con
un programa de gestión de la terminología.
También uso un sistema de reconocimiento
de voz para dictar traducciones, que logra
aumentar mi output de forma apreciable.
Entre otros recursos
clave destacaría los diccionarios,
auque su calidad y practicidad puede variar
de forma muy considerable. Tal y como
yo lo veo, los diccionarios especializados
del futuro es probable que trasciendan
la clasificación A - Z convencional
y se centren más en la presentación
de estructuras del conocimiento, dentro
de las cuales se ubicarían los
términos, las definiciones y sus
traducciones. Los diccionarios de este
tipo los producirán, inevitablemente,
personas con los currículums científicos
y técnicos relevantes.
Yo mismo tiendo a
utilizar mucho más diccionarios
monolingües, glosarios y manuales.
Internet también es otro recurso
inestimable, que proporciona tanto información
ilimitada sobre cualquier tema imaginable
como un método eficaz para validar
la terminología.
Por supuesto, en
un mundo ideal el cliente también
constituiría un recurso adicional.
Sin embargo, y sin ánimo de ser
excesivamente crítico, he de decir
que el autor (técnico) del texto
de origen a menudo contribuye - mediante
ambigüedades, atajos semánticos,
abreviaturas indescifrables, un uso no
sistemático de la terminología,
etc. - a la problemática de la
traducción. Además, aparte
de una brecha de conocimiento, existe
una brecha de información: los
documentos de proyectos, por ejemplo,
casi nunca son entidades "auto-suficientes",
y cierta información de fondo sobre
el proyecto en cuestión a menudo
ayuda significativamente a interpretar
referencias de otro modo crípticas.
Lo que de nuevo subraya
por qué resulta tan crucial que
exista una estrecha y activa colaboración
entre cliente y traductor - y nos hace
pensar una vez más en ese traductor
frustrado, concienzudo, al que nos referíamos
al comienzo del artículo, con su
lista de preguntas dirigidas a eliminar
los huecos de su traducción. No
existe, me temo, una respuesta sencilla.
La comprensión de las minucias
técnicas puede constituir todo
un reto, duro y largo, para los que están
insuficientemente preparados. ¿Pero
quién dijo que la traducción
era coser y cantar?
La Bundesverband
der Dolmetscher und Übersetzer
e.V. es la principal asociación
alemana de traductores e intérpretes.
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