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Por
lo que así comenzó todo.
Después de
la ceremonia de graduación en el
instituto, llegó la hora de ir
a la universidad. En ese momento, ya tenía
en mi haber cuatro años intensivos
de clases de ruso y unos cuantos cursos
básicos de ciencias. La dicotomía
ruso / ciencias persistió durante
toda mi etapa de estudios de pre y postgrado.
Aunque siguiendo el currículum
de materias de la licenciatura de químicas,
también me matriculé en
todas y cada una de las pocas asignaturas
de ruso que ofrecía la universidad
(e incluso en unas cuantas creadas ex
profeso para mí). Me licencié
finalmente en ciencias químicas
(mi universidad no tenía suficientes
materias de ruso como para poder obtener
una segunda licenciatura en este idioma).
El hecho de que suspendiese
el primer examen oral de mis estudios
de postgrado resultó ser toda una
bendición. El tribunal que me escuchó
estaba compuesto, como es lo habitual,
por varios profesores del área
de ciencias químicas y un miembro
del departamento de farmacología.
Para resumir, el profesor de farmacología
y yo no estuvimos de acuerdo en unas cuantas
cuestiones. Sugirió al resto del
comité que se me suspendiese. Al
final, lo reemplacé con el profesor
ruso que me estaba dando clase - "paralelamente"
- y solicité a la universidad salir
de ésta con una sub-especialidad
en ruso. Poco después, comencé
mi primer trabajo como investigador postdoctoral
con un doctorado en química inorgánica
y una sub-especialidad en ruso bajo el
brazo.
Dedique los siguientes
doce años a obtener experiencia
científica: primero, como investigador
postdoctoral en el laboratorio de una
importante compañía petrolífera;
después, como químico ayudante
en el departamento de energía de
un laboratorio nacional; y finalmente,
como investigador sénior para una
empresa radio-farmacéutica y para
una start-up biotecnológica. Mi
interés por el ruso no decaía.
Mantuve la fluidez en el idioma leyendo,
escuchando la radio y cultivando amistades
rusas siempre que me fue posible. Durante
mi etapa en el laboratorio nacional tuve
la ocasión de practicar bastante
la lectura, porque los rusos eran considerados
nuestros principales competidores y la
biblioteca estaba bien surtida de revistas
y otras publicaciones en su idioma. Aunque
ya había considerado con anterioridad
la posibilidad de hacerme traductor, las
semillas de mi anhelo de traducir germinaron
cuando me vi a mí mismo teniendo
que consultar muy a menudo los textos
originales en ruso porque la calidad de
las traducciones existentes era un tanto
cuestionable. Sabía que podría
hacer traducciones mejores que las que
estaban siendo publicadas.
Y llegó "el
día". No fue un anuncio que
llamase particularmente la atención.
Una importante editorial de Nueva York
estaba buscando a licenciados en ciencias
y con conocimientos de ruso para hacer
traducciones como freelance. Les
envié mi currículo y, si
no recuerdo mal, me respondieron poco
después. Me mandaron tres artículos
de prueba en ruso. Les envié las
traducciones al inglés. Les gustó
lo que vieron y comenzaron a enviarme
artículos de varias revistas rusas
sobre química de forma habitual.
Parecía irónico que me estuviesen
pagando por lo que, hasta entonces, había
estado haciendo por mi propia voluntad.
Luego la oportunidad
me llamó a la puerta. La pequeña
empresa de biotecnología para la
que trabajaba se vio obligada a reducir
gastos. Los jefes decidieron que el personal
de investigación debería
abandonar el barco primero. Así
que ahí me quedé, en la
calle, con todo el tiempo del mundo. La
mañana siguiente llamé a
la editorial y les pedí que me
enviasen todo lo que pudiesen. Durante
todo el siguiente año, tuve todo
el trabajo de traducción que pudiese
desear. Me levantaba pronto cada mañana
y traducía, en solitario, sin parar...
Pero la atracción
que ejercía el laboratorio en mi
alma era demasiado fuerte. Después
de todo, ¿cómo podía
dejar que el ruso dominase mi vida y descuidar
tanto la química? Así que
llamé a un amigo que trabajaba
en el departamento de energía de
un laboratorio nacional cercano y le pregunté
si tenían alguna vacante. Resultó
que estaban buscando a alguien con exactamente
mi perfil. Volví al laboratorio
durante el día, y relegué
la traducción a las tardes-noches
y a los fines de semana. Mi volumen de
trabajo aumentó hasta el punto
en el que no tenía tiempo para
absolutamente nada que no fuese trabajo
y traducción.
Y luego Gorbachev
disolvió la Unión Soviética.
En una frenética
lucha por asir cualquier cosa que les
pudiese proporcionar efectivo, los rusos
hicieron lo posible por sacar la traducción
de las revistas científicas de
las manos de los occidentales. Mi volumen
de trabajo de traducción se vio
reducido a su mínima expresión.
No obstante, el contacto entre científicos
rusos y estadounidenses estaba definitivamente
en alza. Por ejemplo, durante la última
década he tenido numerosas oportunidades
de conocer a algunos de los científicos
cuyas publicaciones he estado traduciendo
al inglés; me ofrecieron gestionar,
durante tres años, el programa
de un departamento de energía en
Moscú, gracias a mis habilidades
lingüísticas; y trabajé
en varios programas conjuntos ruso-estadounidenses
en el laboratorio nacional. La época
inmediatamente posterior a la fragmentación
de la Unión Soviética fue
dorada para mí, ya que era un mirlo
blanco en la comunidad científica
estadounidense. Ahora, no obstante, ya
son muchos los científicos rusos
o ex-soviéticos que pueblan nuestros
laboratorios e incluso hay algunos científicos
estadounidenses que se han lanzado a aprender
ruso - en la actualidad, pues, el que
sabe ruso ya no es lo exótico que
era hace diez años. La acreditación
que obtuve de la Asociación Americana
de Traductores fue un modo de distinguirme
de estos recién incorporados al
gremio.
En la actualidad,
estoy preparándome para obtener
la jubilación del laboratorio y
centrarme exclusivamente en la traducción.
Los programas ruso - estadounidenses del
laboratorio nacional me han resultado
inestimables: en ellos fue donde aprendí
la terminología especializada asociada
con algunos temas extremadamente específicos
tales como la no-proliferación
o la seguridad nuclear. Mi objetivo es
adquirir experiencia en varios de estos
programas para expandir mi base técnica
y, sobre todo, para obtener reconocimiento
como experto en estos campos. De este
modo, cuando llegue la hora de retirarme
del laboratorio, estaré en una
posición excelente para asumir
el papel de traductor freelance
para algunas de las agencias que nos proporcionan
nuestras traducciones.
Para resumir, no
puedo enfatizar más que una sólida
formación técnica es imprescindible
si se quiere ser traductor técnico.
Las razones son múltiples. En primer
lugar, uno ha de comprender el texto a
traducir, para que al lector le tenga
sentido. La traducción literal
de los textos científicos casi
nunca reproducen el significado transmitido
por el autor. En segundo lugar, se ha
de estar familiarizado con las bases de
datos y otras fuentes de información
para resolver cuestiones de terminología.
Si todo lo demás falla, se ha de
poder contar con una red de especialistas
disponibles para consultas sobre términos
o acrónimos oscuros.
A día
de hoy, siento que he resuelto mi dilema
vital. Traducir constituye un modo ideal
de combinar mis conocimientos de ciencias
químicas y de ruso en un solo trabajo.
Un trabajo que me ofrece el desafío
de aprender nuevos temas técnicos
de forma continua. Pasar tiempo en la
biblioteca buscando referencias y terminología
adecuada es, en muchos sentidos, semejante
a redactar una propuesta de investigación
exitosa. Las consultas con compañeros
del gremio sobre todo tipo de cuestiones
técnicas otorga al trabajo ese
componente de interacción humana
que es tan necesario para impedir que
uno se quede pegado al fax y al teclado.
Para mí, la traducción freelance
es el futuro.
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