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Traducción técnica: combinando carreras profesionales

DENNIS WESTER
ESTADOS UNIDOS

17/05/02

 

Durante décadas me pregunté lo siguiente: ¿Existirá alguna forma de combinar la química y el ruso en un mismo trabajo? Es curioso, pero de hecho, empecé a estudiar ruso antes que química. Desde mi primera lección de ruso, cuando estaba en el instituto de Secundaria, supe que ese idioma iba a acompañarme toda la vida. Por supuesto, también sabía que quería ser científico.

Por lo que así comenzó todo.

Después de la ceremonia de graduación en el instituto, llegó la hora de ir a la universidad. En ese momento, ya tenía en mi haber cuatro años intensivos de clases de ruso y unos cuantos cursos básicos de ciencias. La dicotomía ruso / ciencias persistió durante toda mi etapa de estudios de pre y postgrado. Aunque siguiendo el currículum de materias de la licenciatura de químicas, también me matriculé en todas y cada una de las pocas asignaturas de ruso que ofrecía la universidad (e incluso en unas cuantas creadas ex profeso para mí). Me licencié finalmente en ciencias químicas (mi universidad no tenía suficientes materias de ruso como para poder obtener una segunda licenciatura en este idioma).

El hecho de que suspendiese el primer examen oral de mis estudios de postgrado resultó ser toda una bendición. El tribunal que me escuchó estaba compuesto, como es lo habitual, por varios profesores del área de ciencias químicas y un miembro del departamento de farmacología. Para resumir, el profesor de farmacología y yo no estuvimos de acuerdo en unas cuantas cuestiones. Sugirió al resto del comité que se me suspendiese. Al final, lo reemplacé con el profesor ruso que me estaba dando clase - "paralelamente" - y solicité a la universidad salir de ésta con una sub-especialidad en ruso. Poco después, comencé mi primer trabajo como investigador postdoctoral con un doctorado en química inorgánica y una sub-especialidad en ruso bajo el brazo.

Dedique los siguientes doce años a obtener experiencia científica: primero, como investigador postdoctoral en el laboratorio de una importante compañía petrolífera; después, como químico ayudante en el departamento de energía de un laboratorio nacional; y finalmente, como investigador sénior para una empresa radio-farmacéutica y para una start-up biotecnológica. Mi interés por el ruso no decaía. Mantuve la fluidez en el idioma leyendo, escuchando la radio y cultivando amistades rusas siempre que me fue posible. Durante mi etapa en el laboratorio nacional tuve la ocasión de practicar bastante la lectura, porque los rusos eran considerados nuestros principales competidores y la biblioteca estaba bien surtida de revistas y otras publicaciones en su idioma. Aunque ya había considerado con anterioridad la posibilidad de hacerme traductor, las semillas de mi anhelo de traducir germinaron cuando me vi a mí mismo teniendo que consultar muy a menudo los textos originales en ruso porque la calidad de las traducciones existentes era un tanto cuestionable. Sabía que podría hacer traducciones mejores que las que estaban siendo publicadas.

Y llegó "el día". No fue un anuncio que llamase particularmente la atención. Una importante editorial de Nueva York estaba buscando a licenciados en ciencias y con conocimientos de ruso para hacer traducciones como freelance. Les envié mi currículo y, si no recuerdo mal, me respondieron poco después. Me mandaron tres artículos de prueba en ruso. Les envié las traducciones al inglés. Les gustó lo que vieron y comenzaron a enviarme artículos de varias revistas rusas sobre química de forma habitual. Parecía irónico que me estuviesen pagando por lo que, hasta entonces, había estado haciendo por mi propia voluntad.

Luego la oportunidad me llamó a la puerta. La pequeña empresa de biotecnología para la que trabajaba se vio obligada a reducir gastos. Los jefes decidieron que el personal de investigación debería abandonar el barco primero. Así que ahí me quedé, en la calle, con todo el tiempo del mundo. La mañana siguiente llamé a la editorial y les pedí que me enviasen todo lo que pudiesen. Durante todo el siguiente año, tuve todo el trabajo de traducción que pudiese desear. Me levantaba pronto cada mañana y traducía, en solitario, sin parar...

Pero la atracción que ejercía el laboratorio en mi alma era demasiado fuerte. Después de todo, ¿cómo podía dejar que el ruso dominase mi vida y descuidar tanto la química? Así que llamé a un amigo que trabajaba en el departamento de energía de un laboratorio nacional cercano y le pregunté si tenían alguna vacante. Resultó que estaban buscando a alguien con exactamente mi perfil. Volví al laboratorio durante el día, y relegué la traducción a las tardes-noches y a los fines de semana. Mi volumen de trabajo aumentó hasta el punto en el que no tenía tiempo para absolutamente nada que no fuese trabajo y traducción.

Y luego Gorbachev disolvió la Unión Soviética.

En una frenética lucha por asir cualquier cosa que les pudiese proporcionar efectivo, los rusos hicieron lo posible por sacar la traducción de las revistas científicas de las manos de los occidentales. Mi volumen de trabajo de traducción se vio reducido a su mínima expresión. No obstante, el contacto entre científicos rusos y estadounidenses estaba definitivamente en alza. Por ejemplo, durante la última década he tenido numerosas oportunidades de conocer a algunos de los científicos cuyas publicaciones he estado traduciendo al inglés; me ofrecieron gestionar, durante tres años, el programa de un departamento de energía en Moscú, gracias a mis habilidades lingüísticas; y trabajé en varios programas conjuntos ruso-estadounidenses en el laboratorio nacional. La época inmediatamente posterior a la fragmentación de la Unión Soviética fue dorada para mí, ya que era un mirlo blanco en la comunidad científica estadounidense. Ahora, no obstante, ya son muchos los científicos rusos o ex-soviéticos que pueblan nuestros laboratorios e incluso hay algunos científicos estadounidenses que se han lanzado a aprender ruso - en la actualidad, pues, el que sabe ruso ya no es lo exótico que era hace diez años. La acreditación que obtuve de la Asociación Americana de Traductores fue un modo de distinguirme de estos recién incorporados al gremio.

En la actualidad, estoy preparándome para obtener la jubilación del laboratorio y centrarme exclusivamente en la traducción. Los programas ruso - estadounidenses del laboratorio nacional me han resultado inestimables: en ellos fue donde aprendí la terminología especializada asociada con algunos temas extremadamente específicos tales como la no-proliferación o la seguridad nuclear. Mi objetivo es adquirir experiencia en varios de estos programas para expandir mi base técnica y, sobre todo, para obtener reconocimiento como experto en estos campos. De este modo, cuando llegue la hora de retirarme del laboratorio, estaré en una posición excelente para asumir el papel de traductor freelance para algunas de las agencias que nos proporcionan nuestras traducciones.

Para resumir, no puedo enfatizar más que una sólida formación técnica es imprescindible si se quiere ser traductor técnico. Las razones son múltiples. En primer lugar, uno ha de comprender el texto a traducir, para que al lector le tenga sentido. La traducción literal de los textos científicos casi nunca reproducen el significado transmitido por el autor. En segundo lugar, se ha de estar familiarizado con las bases de datos y otras fuentes de información para resolver cuestiones de terminología. Si todo lo demás falla, se ha de poder contar con una red de especialistas disponibles para consultas sobre términos o acrónimos oscuros.

A día de hoy, siento que he resuelto mi dilema vital. Traducir constituye un modo ideal de combinar mis conocimientos de ciencias químicas y de ruso en un solo trabajo. Un trabajo que me ofrece el desafío de aprender nuevos temas técnicos de forma continua. Pasar tiempo en la biblioteca buscando referencias y terminología adecuada es, en muchos sentidos, semejante a redactar una propuesta de investigación exitosa. Las consultas con compañeros del gremio sobre todo tipo de cuestiones técnicas otorga al trabajo ese componente de interacción humana que es tan necesario para impedir que uno se quede pegado al fax y al teclado. Para mí, la traducción freelance es el futuro.


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