| Se
tiende a creer que la labor de las revistas
académicas es proporcionar un servicio
a sus respectivos segmentos de público.
Al final del día, sin embargo, las
revistas también tienen que conseguir
beneficios. La mayoría de las revistas
están sustentadas por una combinación
de cuotas de inscripción e ingresos
por publicidad (y, en ocasiones, tarifas
por página). Los anunciantes compran
espacio de la revista basándose en
su volumen de lectores (o sea, suscriptores),
por lo que, en última instancia,
las revistas ganan más dinero cuantas
más suscripciones tengan. En Cell
Press, al igual que en otras muchas revistas
de gran impacto, la filosofía era
asegurarse de que sus revistas publicaban
los trabajos más importantes que
todo el mundo quería leer, los que
están en boca de todos. De este modo,
la revista pasa a ser de "lectura obligatoria"
para la comunidad científica. Al
mismo tiempo, las revistas mantienen sus
cuotas de suscripción lo suficientemente
bajas como para que un alto porcentaje de
científicos compren su propia suscripción
en lugar de depender de un ejemplar prestado.
En mi experiencia,
la edición científica tiene
mucho más que ver con la comprensión
de la ciencia y de los científicos
que con la construcción de frases
bonitas. El papel principal del editor
es hacer de intermediario entre el autor
y su audiencia. En una revista científica,
los científicos son, principalmente,
editores de contenido. Su labor es decidir
qué trabajos son apropiados para
publicación.
En el trabajo tuve
que aprender rápido. Resultó
ser de utilidad el que, en mi época
de doctoranda, hubiese pasado "demasiado"
tiempo asistiendo a seminarios y leyendo
trabajos sobre áreas ajenas a mi
propia investigación. La lectura
de números recientes de varias
revistas también me sirvió
de introducción general a mi tarea.
Una de las cosas más importantes
que hice para ampliar mis conocimientos
sobre un gran repertorio de temas de investigación
fue asistir, anualmente, a varias reuniones.
Me centré en reuniones pequeñas,
exclusivas hasta cierto punto, sobre temas
específicos, donde pudiese conocer
y oír las intervenciones de un
amplio espectro de investigadores sobre
un campo muy concreto. Gracias a estas
sesiones, pude saber quién se consideraba
interesante dentro del área en
cuestión (esto es, a quién
se le invitaba a hablar sobre cada tema),
quién estaba compitiendo por encontrar
respuestas a las preguntas de más
actualidad en un campo determinado, y
quiénes eran los individuos que
hacían preguntas incisivas y los
que podrían, por lo tanto, ser
revisores apropiados para esa área
de conocimiento en particular.
Sin embargo, lo más
importante fue la lectura de los manuscritos
presentados a la revista, y de los comentarios
de los revisores, que aclaran qué
es lo que los investigadores encuentran
interesante (y lo que no) y por qué.
En la mayoría de las revistas,
a los revisores de revistas se les hacen
diferentes versiones de las siguientes
dos preguntas sobre los manuscritos revisados:
1) ¿Es verídico? En otras
palabras, ¿son los datos que aporta
el trabajo suficiente como para poder
apoyar las conclusiones como las explicaciones
más probables de la realidad? 2)
¿Resulta interesante? Esto es,
¿encontrarán los lectores
de esta revista las conclusiones lo suficientemente
emocionantes como para convencerles de
que la revista merece la pena ser leída?
Es la respuesta a la segunda pregunta,
la que se sustenta sobre factores más
intangibles, la que acapara la mayor parte
de los desacuerdos que surgen entre los
editores de las revistas y los autores.
En algunas revistas,
particularmente en aquellas con una alta
tasa de recepción de manuscritos
y una tasa baja de aceptación de
los mismos, los editores deben tomar la
decisión de si un manuscrito es
digno o no del tiempo y el esfuerzo de
los revisores. Basados en su experiencia
con otros manuscritos de un área
específica se preguntan: asumiendo
que este trabajo sea verídico,
¿resulta también interesante?
Es en esta fase cuando una carta de presentación
bien escrita, adjunta al manuscrito, puede
marcar toda la diferencia. Una explicación
de por qué las conclusiones son
interesantes y referencias a quiénes
(obviedades aparte) encontrarán
que el trabajo vale la pena, puede servir
para convencer al editor de que el manuscrito
bien merece pasar a la fase de revisión.
Una buena carta de
presentación también sugiere
revisores apropiados. Cuanto más
amplio sea el contenido de la revista
(y el espectro de sus probables lectores),
más generales deberían ser
los autores a la hora de pensar en los
investigadores más adecuados para
revisar sus manuscritos. El editor escoge
revisores con la experiencia necesaria
para responder las dos preguntas citadas
anteriormente. Una vez más, suele
ser la respuesta a la segunda cuestión
la que convencerá al editor de
si un manuscrito debería ser publicado.
El editor confía en revisores con
un estándar de "interés"
semejante al suyo. Al mismo tiempo, sin
embargo, siempre está al acecho
de nuevos revisores susceptibles de ser
incluidos en su lista de expertos.
A la luz de los comentarios
de los revisores, el editor debe decidir
qué hacer con cada trabajo. Típicamente,
la respuesta no es un simple sí
(luz verde para publicar) o no (rechazo).
La respuesta más común es
una versión de lo siguiente: "Este
trabajo versa sobre un área interesante
y describe algunas averiguaciones intrigantes.
No obstante, no se ha realizado el experimento
clave que hubiese permitido dar el gran
salto a una conclusión convincente.
Es ésta conclusión la que
haría que este trabajo fuese de
un gran interés". El editor
deberá entonces decidir si está
de acuerdo con el revisor y, a continuación,
tratar de encontrar un modo de convencer
al autor de que tal experimento clave
realmente merece ser realizado si desea
respaldar su manuscrito. Es la respuesta
de los autores a este razonamiento la
que típicamente determina si el
manuscrito es finalmente aceptado para
publicación. Si el experimento
clave es imposible (podría ser
que no se tuviesen ni los reactivos ni
la tecnología necesaria para ello),
el autor puede simplemente optar por presentar
el manuscrito en otro sitio y probar suerte
con una tanda diferente de revisores o
con una revista con una filosofía
diferente acerca de lo que es "interesante".
Sin embargo, típicamente los autores
saben cuál es el experimento clave,
están precisamente trabajando en
ello, y tanto puede que quieran como que
no quieran incluirlo en este manuscrito
en particular.
Habiendo estado en
ambos lados del proceso de revisión
de manuscritos, uno de los fenómenos
más interesantes que observé
fue la suposición, por parte de
los autores, de que pueden descubrir quién
ha revisado su trabajo y quién
ha debido de ser responsable de que éste
fuese rechazado. Como editor, me sorprendió
comprobar cuán frecuentemente estas
suposiciones eran incorrectas. En una
ocasión, un autor me dijo que sabía
que el Dr. X había rechazado su
trabajo porque el Dr. X había alardeado
de haber conseguido que su trabajo no
entrase en la revista. Lo comprobé
y constaté que tal Dr. X no había,
en ningún caso, revisado dicho
trabajo. También he visto a gente
desacreditar a los revisores en base a
impresiones, aparentemente falsas, de
"parcialidad". Los competidores
cercanos a uno a menudo no son los mejores
revisores, pero suelen ser idóneos
para hacer comentarios acerca del interés
que pudiese tener el solucionar un problema
específico. La asistencia a congresos
científicos también me permitió
conocer, de modo informal, a autores y
autores potenciales, y explicar las decisiones
y medidas de la revista que hubiésemos
tomado. Pronto aprendí el valor
de hablar cara a cara con los autores
de los trabajos rechazados.
Hace unos años,
abandoné mi puesto de editora para
incorporarme a los Institutos Nacionales
de Salud (NIH). En la actualidad, dirijo
el proceso de revisión de manuscritos
para el programa de investigación
interna del Instituto Nacional de Salud
Mental.
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