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Todavía
me identifico con este pensamiento...
¡Yo también aspiraba a ser
escritora! Sin embargo, la realidad me
condujo a explorar las posibilidades que
encierra el campo de la edición.
Busqué en Internet y encontré
un espíritu de mi estirpe en California
que compartía mi amor y respeto
por el lenguaje y que trabajaba para una
empresa de edición. Me animó
a presentarme en el mercado laboral como
escritora / editora. En otoño de
1999, recibí un correo electrónico
de uno de los editores jefe de su compañía
preguntándome si estaría
interesada en editar un trabajo sobre
la evolución. Así comenzó
a forjarse una amistad y una asociación
empresarial rentable como editora freelance
(o autónoma).
Al principio, los
proyectos que me asignaban, muy ocasionalmente
por otra parte, tendían a ser cortos.
Tras varias entregas exitosas, mi jefe
comenzó a encargarme trabajos científicos
de un nivel científico superior.
La edición no constituía
el grueso de mis ingresos mensuales, era
más que nada un complemento a éstos,
pero me ayudaba a que en casa no faltase
nunca el pan, y como sostiene Stephen
King, esta premisa basta para poder considerarse
un profesional. En una primera fase, todos
mis encargos de edición eran de
corte científico (genética,
evolución, histología...)
pero pronto me surgieron las primeras
oportunidades de edición de artículos
económicos y de temática
diversa: spam (o correo electrónico
no deseado), gestión empresarial,
medicina alternativa, crimen geriátrico...
Conforme iba construyendo mi propia reputación,
crecían también tanto mi
confianza como mi repertorio temático.
La edición
es algo que tengo en las venas. Provengo
de una familia dedicada, desde hace ya
varias generaciones, al mundo de la enseñanza
y tengo una buena formación en
historia, lengua inglesa y otros idiomas.
Mi licenciatura científica (me
gradué en genética, además
de en ciencias de la educación)
me ayudó a desarrollarme a nivel
de vocabulario, claridad de expresión
y creatividad. Recuerdo uno de mis primeros
trabajos de edición - un informe
sobre un estudio en torno al comportamiento
de los peces - que requería cierta
dosis de corrección de formato
y estilo. Aunque yo no era la responsable
de la parte de estadística del
proyecto (los números no son mi
fuerte), encontré un error substancial
en los datos que afectaban a las conclusiones
a las que llegaba el cliente. Se lo comuniqué
y le salvé de un mal trago.
Poco después
de comenzar mi andadura profesional como
editora freelance, empecé
a considerar la posibilidad de dedicarme
única y exclusivamente a la edición.
En aquel entonces, todavía complementaba
mis ingresos de autónoma con la
docencia y otras ocupaciones ocasionales,
y realmente tenía poco tiempo para
mi propio desarrollo profesional. Sin
embargo, me mantuve constante y firme
en mi anhelo de ir dando pasos dentro
del mundo editorial. En enero del 2001,
creé mi propia empresa, Gray
Wolf Editing Services, y me hice miembro
de la Asociación
de Editores de Canadá. Anuncié
mis puntos fuertes y mi experiencia en
el campo de la edición científica
y pronto comencé a recibir consultas
de todo tipo.
A principios de la
primavera, me contrató un catedrático
de la University of Western Ontario para
que me encargase de la edición
de una serie de trabajos de Bioética
de sus alumnos de segundo año de
Medicina. Tras una primera fase de revisión
y corrección de estilo, pasé
al grueso de mi labor: el formato. Los
títulos y subtítulos, las
notas a pie de página, la numeración,
la indización, las referencias
bibliográficas...: aprendí
mucho de este trabajo porque tuvo mucho
de "nuevo". Otro proyecto interesante
fue una foto-revista, todo un desafío
que me obligó a desarrollar otras
muchas destrezas y habilidades. Acabamos
de enviar la versión final a la
imprenta... Ahora que está lista
para sentencia, la veo casi como un fruto
del amor.
Sentí un orgullo
tremendo poniendo mi granito de arena
para que el trabajo de los estudiantes
presentase su mejor cara. Los cambios
pequeños no sólo pueden
medirse en términos de tamaño.
Corregí capítulos y versículos
de citas bíblicas, comprobé
las fuentes originales y llamé
por teléfono a los alumnos si veía
que faltaba alguna referencia bibliográfica
necesaria. Localizar a los alumnos nunca
es tarea fácil. Durante las vacaciones
de verano, en particular, es prácticamente
imposible. Sin embargo, los esfuerzos
valieron la pena. Los trabajos eran creativos,
provocadores, personales y, en ocasiones,
hasta polémicos. Me di cuenta,
mientras estaba inmersa en este proyecto,
de que había logrado mi objetivo
de ser remunerada por trabajar en algo
que realmente me gustaba.
Mi evaluación
de mi desarrollo profesional de los últimos
años quedaría incompleta
si no mencionase el aspecto de la independencia.
En 1994, poco después de graduarme,
había pocos trabajos para profesores,
así que creé dos pequeños
negocios: uno de venta independiente de
productos cosméticos y otro de
venta al por mayor de joyería hecha
a mano por los indios americanos. El trabajo
en sí nunca fue tan gratificante
como el sentimiento de auto-dependencia
y control sobre mi agenda diaria. Ambas
empresas no duraron más de un año;
ganaba poco y mis esfuerzos, objetivamente,
no valían la pena. Sin embargo,
me sirvieron para darme cuenta de algo:
había probado el sabor de la independencia
y ¡vaya si me gustaba! La edición
freelance también me ha proporcionado
la oportunidad de ser independiente en
este sentido.
En este momento
de mi vida, me encuentro en un cruce de
caminos. Si me surgiese la oportunidad
de ser profesora a jornada completa, consideraría
la oferta muy seriamente. Me encanta dar
clase. No obstante, la atracción
que la edición ejerce sobre mí
no es nada desdeñable. Tengo ganas
de seguir estableciendo contactos, de
buscar nuevos mercados, de hacerme más
conocida dentro del gremio y de confeccionarme
un plan empresarial más claramente
definido. ¿Hacer lo que me gusta
y por encima ser pagada por ello? No puedo
pensar en ninguna otra empresa que valga
más la pena.
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