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El atractivo de la edición:
"en busca de mi camino profesional"

TRICIA GRAY
LONDON, ONTARIO (CANADÁ)

01/02/02

 

 

Tras varios años dedicados a la docencia (en concreto, a las sustituciones en un colegio) y a múltiples trabajillos con contrato a tiempo parcial, un buen día me senté y me pregunté: "Si me pudiesen pagar por hacer algo que me encantase, ¿a qué me dedicaría?". Me acordé de una fila de cómic de Snoopy que, cuando era estudiante, pegué en mi casillero del instituto. En ella, el perrito protagonista se enorgullecía de tener todo lo necesario para poder llegar a ser un autor conocido, capaz de escribir un bestseller cada noche después de cenar: un taco de folios en blanco, ilusión y talento.

Todavía me identifico con este pensamiento... ¡Yo también aspiraba a ser escritora! Sin embargo, la realidad me condujo a explorar las posibilidades que encierra el campo de la edición. Busqué en Internet y encontré un espíritu de mi estirpe en California que compartía mi amor y respeto por el lenguaje y que trabajaba para una empresa de edición. Me animó a presentarme en el mercado laboral como escritora / editora. En otoño de 1999, recibí un correo electrónico de uno de los editores jefe de su compañía preguntándome si estaría interesada en editar un trabajo sobre la evolución. Así comenzó a forjarse una amistad y una asociación empresarial rentable como editora freelance (o autónoma).

Al principio, los proyectos que me asignaban, muy ocasionalmente por otra parte, tendían a ser cortos. Tras varias entregas exitosas, mi jefe comenzó a encargarme trabajos científicos de un nivel científico superior. La edición no constituía el grueso de mis ingresos mensuales, era más que nada un complemento a éstos, pero me ayudaba a que en casa no faltase nunca el pan, y como sostiene Stephen King, esta premisa basta para poder considerarse un profesional. En una primera fase, todos mis encargos de edición eran de corte científico (genética, evolución, histología...) pero pronto me surgieron las primeras oportunidades de edición de artículos económicos y de temática diversa: spam (o correo electrónico no deseado), gestión empresarial, medicina alternativa, crimen geriátrico... Conforme iba construyendo mi propia reputación, crecían también tanto mi confianza como mi repertorio temático.

La edición es algo que tengo en las venas. Provengo de una familia dedicada, desde hace ya varias generaciones, al mundo de la enseñanza y tengo una buena formación en historia, lengua inglesa y otros idiomas. Mi licenciatura científica (me gradué en genética, además de en ciencias de la educación) me ayudó a desarrollarme a nivel de vocabulario, claridad de expresión y creatividad. Recuerdo uno de mis primeros trabajos de edición - un informe sobre un estudio en torno al comportamiento de los peces - que requería cierta dosis de corrección de formato y estilo. Aunque yo no era la responsable de la parte de estadística del proyecto (los números no son mi fuerte), encontré un error substancial en los datos que afectaban a las conclusiones a las que llegaba el cliente. Se lo comuniqué y le salvé de un mal trago.

Poco después de comenzar mi andadura profesional como editora freelance, empecé a considerar la posibilidad de dedicarme única y exclusivamente a la edición. En aquel entonces, todavía complementaba mis ingresos de autónoma con la docencia y otras ocupaciones ocasionales, y realmente tenía poco tiempo para mi propio desarrollo profesional. Sin embargo, me mantuve constante y firme en mi anhelo de ir dando pasos dentro del mundo editorial. En enero del 2001, creé mi propia empresa, Gray Wolf Editing Services, y me hice miembro de la Asociación de Editores de Canadá. Anuncié mis puntos fuertes y mi experiencia en el campo de la edición científica y pronto comencé a recibir consultas de todo tipo.

A principios de la primavera, me contrató un catedrático de la University of Western Ontario para que me encargase de la edición de una serie de trabajos de Bioética de sus alumnos de segundo año de Medicina. Tras una primera fase de revisión y corrección de estilo, pasé al grueso de mi labor: el formato. Los títulos y subtítulos, las notas a pie de página, la numeración, la indización, las referencias bibliográficas...: aprendí mucho de este trabajo porque tuvo mucho de "nuevo". Otro proyecto interesante fue una foto-revista, todo un desafío que me obligó a desarrollar otras muchas destrezas y habilidades. Acabamos de enviar la versión final a la imprenta... Ahora que está lista para sentencia, la veo casi como un fruto del amor.

Sentí un orgullo tremendo poniendo mi granito de arena para que el trabajo de los estudiantes presentase su mejor cara. Los cambios pequeños no sólo pueden medirse en términos de tamaño. Corregí capítulos y versículos de citas bíblicas, comprobé las fuentes originales y llamé por teléfono a los alumnos si veía que faltaba alguna referencia bibliográfica necesaria. Localizar a los alumnos nunca es tarea fácil. Durante las vacaciones de verano, en particular, es prácticamente imposible. Sin embargo, los esfuerzos valieron la pena. Los trabajos eran creativos, provocadores, personales y, en ocasiones, hasta polémicos. Me di cuenta, mientras estaba inmersa en este proyecto, de que había logrado mi objetivo de ser remunerada por trabajar en algo que realmente me gustaba.

Mi evaluación de mi desarrollo profesional de los últimos años quedaría incompleta si no mencionase el aspecto de la independencia. En 1994, poco después de graduarme, había pocos trabajos para profesores, así que creé dos pequeños negocios: uno de venta independiente de productos cosméticos y otro de venta al por mayor de joyería hecha a mano por los indios americanos. El trabajo en sí nunca fue tan gratificante como el sentimiento de auto-dependencia y control sobre mi agenda diaria. Ambas empresas no duraron más de un año; ganaba poco y mis esfuerzos, objetivamente, no valían la pena. Sin embargo, me sirvieron para darme cuenta de algo: había probado el sabor de la independencia y ¡vaya si me gustaba! La edición freelance también me ha proporcionado la oportunidad de ser independiente en este sentido.

En este momento de mi vida, me encuentro en un cruce de caminos. Si me surgiese la oportunidad de ser profesora a jornada completa, consideraría la oferta muy seriamente. Me encanta dar clase. No obstante, la atracción que la edición ejerce sobre mí no es nada desdeñable. Tengo ganas de seguir estableciendo contactos, de buscar nuevos mercados, de hacerme más conocida dentro del gremio y de confeccionarme un plan empresarial más claramente definido. ¿Hacer lo que me gusta y por encima ser pagada por ello? No puedo pensar en ninguna otra empresa que valga más la pena.


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