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Cuando
tenía dieciséis años,
Dña. Taylor, mi profesora de inglés,
me escribió en la parte de atrás
de uno de los trabajos de redacción
escrita que le pasé para corregir:
"Iba a decirle que este relato es
tan bueno como cualquiera de los cuentos
infantiles que uno puede encontrar en
la biblioteca, pero el giro inesperado,
tan adulto, del final, me hizo cambiar
de opinión. Querido alumno, ¿ha
considerado la posibilidad de hacerse
periodista?". Me emocionó
la idea de que, efectivamente, tuviese
la capacidad de sorprender, pero también
la de que pudiese escribir.
Nunca había
ni considerado siquiera la carrera de
periodismo; mi sueño era ser veterinario.
Por lo tanto, a la hora de escoger asignaturas
en Secundaria, me centré en la
biología, la química, las
matemáticas y la física.
Luego llegaron mis primeras experiencias
en el mundo laboral. Tras dos años
en el quirófano de un veterinario,
observando cómo se le hacían
autopsias a gatos, cómo se le ponía
anestesia a los perros o cómo se
le cincelaban los dientes a los caballos,
cambié de opinión acerca
de la profesión. Realmente no era
lo mío. Aunque estaba contento
con el conjunto de asignaturas de ciencias
que había escogido para mis A-levels
(en el sistema educativo británico,
el examen de acceso a la universidad que
se hace a los 18 años), en ese
momento me encontré con que no
sabía claramente qué es
lo que quería hacer con mi vida
profesional.
Mientras preparaba
los A-levels, colaboré en el desastroso
periódico escolar. Descubrí
que me gustaba escribir artículos:
las reseñas sobre la última
obra de teatro del colegio no me fascinaban,
pero un artículo que describiese,
por ejemplo, cómo el Día
de Valentín comenzó siendo
un festival pagano rozando el límite
de lo perverso, sí.
Llegó el momento
de la gran decisión: ¿qué
quería estudiar en la universidad?
Me gustaban la biología y la química,
pero las matemáticas me costaban
demasiado, así que opté
por la bioquímica. La época
universitaria me encantó: encontré
la confianza necesaria para ser yo mismo,
hice amigos y aprendí a ser independiente.
Nunca pensé en qué tipo
de trabajo desempeñaría
al terminar; si hubiese tenido un poco
más de sentido, habría aprovechado
para trabajar para alguno de los periódicos
estudiantiles (periódicos decentes,
en esta ocasión). La bioquímica,
como titulación académica,
también me gustó. La encontré
interesante e incluso tuve la oportunidad
de trabajar en un laboratorio en Italia
durante cinco meses. No obstante, cuando
estaba a punto de terminar la carrera,
no tenía ni la más mínima
idea de lo que quería hacer después.
Exploré varios
caminos diferentes, entre otros el de
la edición científica; solicité
varios puestos e incluso me ofrecieron
uno como editor ayudante para la revista
Current Biology. Pero me dio la
sensación de que los editores ayudantes
tenían que revisar muchos textos
por muy poco dinero. Al mismo tiempo,
me ofrecieron la posibilidad de hacer
un doctorado trabajando para el Kennedy
Institute of Rheumatology y ¡pagaban
más! Ya había trabajado
en un laboratorio y me había gustado,
mi supervisor parecía agradable
y el lugar de trabajo tenía buena
pinta. ¿Podía ser que la
investigación académica
fuese lo mío?
Cuando llevaba un
año de doctorado ya sabía
que ese tipo de vida no me iba, pero iba
tirando confiando en que las cosas antes
o después mejorarían. Pasó
otro año y llegué a odiarlo,
pero me faltaba demasiado poco para rendirme.
Busqué entretenimientos y estímulos
fuera del trabajo para compensar mi aburrimiento
diario.
Me interesaba la
Terrence Higgins Trust (THT), una
asociación sin ánimo de
lucro centrada en los problemas del SIDA
y del virus VIH, y comencé a formarme
con ellos para poder ayudar y aconsejar
a los afectados por esta enfermedad. En
ese momento, también descubrí
que la THT estaba buscando a gente que
quisiese colaborar en la elaboración
de un boletín informativo para
voluntarios. Comencé a escribir
mensualmente para esta publicación,
redactando artículos sobre las
últimas novedades en tratamientos,
información sobre infecciones secundarias
y entrevistas con expertos.
Esta experiencia
me cautivó -¡me encantaba
este trabajo! Unos seis meses antes de
finalizar mi doctorado, comencé
seriamente a buscar trabajos en los campos
de la redacción y la edición.
El único lugar en el que se podía
(y puede) encontrar trabajos de este tipo
es en el Media
Guardian. Solicité más
de sesenta trabajos y obtuve dos entrevistas.
Desengáñense: ¡no
es tarea fácil!
Una de las entrevistas
era para un trabajo como editor ayudante
en un periódico de comercio titulado
Laboratory
News. El proceso de solicitud
era laborioso porque exigía responder,
en formato de artículo, a tres
preguntas. Sólo seis personas tuvieron
la perseverancia necesaria para solicitar
el puesto, y al final me lo ofrecieron
a mí. (La gente que me entrevistó
me comentó más adelante
que yo fui el único que se rió
de sus bromas. Como íbamos a trabajar
en equipo, mis empleadores tenían
que estar seguros de que se llevarían
bien conmigo tanto a nivel personal como
profesional).
En Laboratory
News, tuve la oportunidad de hacer
un poco de todo, así que así
comenzó mi formación en
el campo editorial. Las tareas que tenía
que realizar incluían encargar
artículos a otros escritores, escribir
los míos propios, elaborar perfiles
de productos, dirigir el diseño
de la publicación, pensar en maneras
de aumentar los ingresos por publicidad
y entrevistar a científicos.
Cuando trabajaba
para Laboratory News, comencé
a escribir informes de gestión
para otra empresa en mi tiempo libre.
Era una actividad sencilla y tediosa,
pero lucrativa... Mi labor consistía
en convertir una enorme pila de información
en un informe con los puntos más
relevantes, que la empresa luego vendía
a los directores ejecutivos.
Los amigos y los
amigos de los amigos son fuentes de conocimientos
sobre oportunidades para obtener experiencia
en redacción y edición.
La oportunidad de redactar informes de
gestión fue el resultado de un
contacto que hice en mi época doctoral
con alguien que se había trasladado
a una agencia de organización de
congresos. Asimismo, una oportunidad que
tuve de publicar unos cuantos artículos
en la revista T3
me surgió porque mi pareja conocía
al editor. Incluso escribí reseñas
sobre obras de teatro para un portal web
a cambio de entradas gratuitas. Ya lo
ve... ¡Láncese y obtenga
experiencia!
Después de
dos años ya era vice-editor, y
sabía a ciencia cierta que incluso
llegando a ser editor mi trabajo variaría
poco, así que comencé a
buscar otro desafío en el que pudiese
aplicar mis recién adquiridas habilidades.
Encontré un anuncio de empleo (de
nuevo, en el Media Guardian) para
un editor ejecutivo para la revista The
Biochemist (la revista para los
socios de la Biochemical Society).
Pedían ser licenciado en bioquímica,
un posgrado en algún área
relacionada con la bioquímica y
dos años de experiencia en una
editorial. Habría hecho el tonto
si no lo hubiese solicitado.
En la actualidad,
llevo poco más de un año
como director ejecutivo de The Biochemist.
Me encanta la revista y todos los retos
que supone. Encargo artículos específicos
a científicos. A continuación,
se pulen y editan para hacerlos accesibles,
en la medida de lo posible, para todos
los lectores: probablemente ésta
sea mi tarea más difícil.
También tenemos artículos
que describen el trabajo de la Biochemical
Society en sus múltiples facetas:
organización de congresos, proyectos
educativos y grupos de presión
en el Parlamento representando a científicos.
Yo dirijo el diseño de la revista
(aunque no soy yo el que, de hecho, la
diseña) y hasta ahora también
he sido responsable de producción.
La publicidad también es una actividad
importante y trabajo codo a codo con nuestra
agencia para aumentar los ingresos. La
revista ha experimentado algunos cambios
desde mi llegada y ha sido gratificante
escuchar a la gente decir lo mucho que
ha mejorado.
Así que, aunque
mi formación es científica,
mi carrera profesional se desarrolla en
el mundo editorial. Lo genial es que,
sin la formación que adquirí,
no podría haber desempeñado
el trabajo del que ahora me honro. Es
la relación perfecta.
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