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Del laboratorio a la palabra escrita: el punto de vista sobre la edición científica de un editor

STEPHEN SIMPSON

SCIENCE
CAMBRIDGE (REINO UNIDO)

01/02/02

Antes de incorporarme al equipo editorial de Science, había soportado, en no pocas ocasiones, con cierto grado de estoicismo, la angustia que acompaña a la presentación del fruto de mi propia investigación con vistas a su publicación. Los apuros de última hora por terminar el trabajo a tiempo, el estrés asociado a la preocupación por mandarlo a la revista adecuada, los ritos de embalaje previos a su envío por mensajería y luego, por supuesto, la espera agonizante. Para mí, a veces las revistas eran algo así como "agujeros negros", que absorbían cargamento precioso y después lo volvían a expulsar bien junto con una carta de "lo siento, no hay esperanza..." o con un listado interminable de experimentos, aparentemente imposibles, sugeridos por un revisor que parecía no haber captado la razón de ser del estudio en cuestión. Tal es la frustración que tan a menudo va asociada a los esfuerzos por ver trabajos publicados. No obstante, ocasionalmente, los revisores sí que dan luz verde a un artículo y lo aceptan para su publicación: me atrevería a decir que la mayoría de los científicos trabajan para cosechar momentos de este tipo...

Ahora que estoy en el otro lado del muro, ¿qué papel desempeño exactamente en este misterioso proceso de publicación?

Los editores de Science hacen, por supueto, precisamente eso: editar. Yo dedico sobre un 15% de mi tiempo a "mejorar" manuscritos. Frecuentemente, mi tarea también consiste en guiar a los autores de modo que puedan reducir trabajos larguísimos a unas tres hojas de revista relativamente inteligibles. Debo admitir que me resulta muy gratificante ver un artículo impreso, especialmente aquellos para los que he trabajado; pero en cualquier caso, ésta es sólo la última fase de un proceso intensivo de revisión que me consume una porción importante de mi rutina diaria.

Con cada trabajo, mi primera tarea es llevar a cabo una evaluación inicial del mismo. Como parte de este proceso, suelo remitir los manuscritos a miembros de la Junta de editores/revisores de Science. Los criterios que empleamos para decidir si un trabajo en cuestión es merecedero de una revisión en mayor profundidad son: 1) si el trabajo parece representar un avance científico significativo; 2) si es probable que interese a los lectores de la revista. Dado que Science representa todas las disciplinas científicas, hay un espacio muy limitado en la revista para cada materia, y consecuentemente es mucha la competitividad: casi tres cuartos de los manuscritos presentados no consiguen saltar este primer obstáculo.

La obtención de revisiones de un manuscrito implica ponerse en contacto con dos o tres expertos en el campo, algunos de los cuales pueden haber sido sugeridos por la junta y otros por los propios autores. En la medida de lo posible, trato siempre de utilizar árbitros que, por experiencias pasadas, me consta que me van a ofrecer evaluaciones constructivas. Una vez un trabajo atraviesa la fase de revisión y vuelve a mi mesa de trabajo, considero los comentarios de los revisores y hago circular el manuscrito por las manos de otros compañeros para obtener otros comentarios pertinentes. Luego llega la hora de tomar la decisión. ¿Se publica o no el trabajo? Ésta es una de las partes de mi labor como editora que me resultan más atractivas: aunque el trabajo recibe input de múltiples direcciones, al final es el editor encargado de éste el que toma la decisión final de si va o no a ser publicado. En este respecto, siempre tengo en mente el hecho de que la investigación impresa en las páginas de una revista como Science puede llegar a tener un impacto considerable en su campo. Siempre soy consciente de esta posición de responsabilidad a la hora de decidir qué manuscritos (un 10% de los recibidos) llegarán a la fase de publicación.

Tras tomar una decisión personal en relación a un trabajo concreto, mi siguiente tarea es presentárselo a mis colegas en la reunión semanal de editores que se celebra entre las dos oficinas principales de Science, en Washington, D.C. (EE.UU.) y en Cambridge (Reino Unido), mediante vídeo conferencia. Este encuentro, o esta "reunión espacial", como la llamamos afectuosamente entre nosotros, permite a cada editor explicar la ciencia que se esconde detrás de cada trabajo que ha pasado la fase de revisión, además de detallar las impresiones que de dicho trabajo han expresado tanto revisores como miembros de la junta, y en última instancia justificar por qué se merece un espacio dentro de la revista. Estas reuniones son, para mí, realmente intensas, dada la amplitud del repertorio de temas tratados: en una semana cualquiera, uno puedo oír hablar de temas tan diversos como la vida de un neutrino, las pruebas a favor de la existencia de agua en Marte, la memoria de los elefantes o el crecimiento de una célula nerviosa.

¿Qué se requiere para ser editor en la revista Science? En primer lugar, todos los de la plantilla estamos en posesión de títulos universitarios superiores, habitualmente doctorados, y provenimos de entornos de investigación en los que hemos publicado nuestro propio trabajo. Como inmunólogo, mi labor investigadora se centraba en la biología de los linfocitos-T: clave en la lucha contra las infecciones, en la destrucción de tumores y en el rechazo de trasplantes. Mi fascinación por este tema comenzó a fraguarse durante mi etapa de estudiante de zoología en la universidad de Nottingham (Reino Unido). Tras licenciarme, viajé un poco y después decidí hacer el doctorado en el National Institute for Medical Research en Mill Hill, en el Norte de Londres. Tras doctorarme, me fui a los Estados Unidos, donde pasé más de cinco años investigando en uno de los hospitales asociados a la Facultad de Medicina de Harvard, en Boston. Tras breves estancias posdoctorales en Dublín y en el Reino Unidos, comencé a trabajar en Science, como editor a cargo del área de inmunología. A estas alturas, había desarrollado un gran interés por comunicar avances científicos y siempre había tenido en mente la idea de buscar puestos que me permitiesen desarrollar esta vocación, sin dejar de estar a la vanguardia de la investigación. Me considero un afortunado en la medida en que mi trabajo actual me permite, precisamente, una mezcla única de todos estos elementos.

Una parte crucial de mi trabajo consiste en mantenerme al día de los últimos avances importantes de mi campo. Aparte de hojear toda lo escrito sobre la materia, una forma útil de realizar esta labor es visitar laboratorios y asistir a reuniones y congresos por todo el mundo. Tengo así la posibilidad de conocer sitios nuevos, a la vez que ejercito el cerebro, adquiriendo continuamente ideas frescas. El estar siempre actualizado en mi área de especialidad es importante porque necesito poder comprender, en detalle, la ciencia que se presenta en los trabajos que leo y en las conversaciones que mantengo con científicos.

Por supuesto, esto no quiere decir que todos los trabajos (ni todos los científicos) son inherentemente comprensibles, así que también es importante ejercitar la paciencia. Esto es igual de importante en otros aspectos del trabajo. Por ejemplo, a menudo tengo que comunicar el rechazo de un trabajo a personas que, en ocasiones con razón, no están de acuerdo con la decisión tomada, o al menos se sienten decepcionados. Creo que es importante escuchar a estos autores y hablar de sus preocupaciones -¡quizás intervengan aquí mis propias experiencias de rechazo y frustración!

El papel del editor es mucho más variado de lo que jamás imaginé y en este mi primer año y medio en Science me he visto inspirado por las numerosas oportunidades que se me han brindado para contribuir en la presentación de los descubrimientos científicos que publicamos. Estas experiencias como editor me han permitido seguir aprendiendo: no sólo he desarrollado una visión mucho más amplia de la inmunología; también soy ahora más consciente que nunca de la importancia de la comunicación clara, del respeto por la naturaleza humana y de las buenas relaciones públicas.

 


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