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La edición científica: una elección profesional inteligente

MOIRA VEKONY
REINO UNIDO

1 DE FEBRERO, 2002

 

Hace no tanto tiempo, alguien me preguntó: "¿Qué es lo que hizo que quisiese ser editora?". Respondí: "La verdad es que nunca pretendí ser editora; nunca me lo propuse...". Ojalá pudiese decir que llegué a donde estoy tras una cuidadosa planificación de objetivos, pero no. El camino que me ha traído a mi actual puesto profesional ha sido, en ocasiones, pedregoso. Diría que ha sido el resultado de una serie de acontecimientos azarosos. Pero no me quejo, ¡cómo iba a hacerlo!: las cosas no me habrían podido salir mejor de haberlas planificado con antelación. Los últimos cinco años de mi carrera profesional, esto es, los años dedicados a la edición científica free-lance, han sido los más gratificantes de los 20 que han pasado desde que me licencié. De hecho, si entonces me hubiese propuesto ser editora, es probable que no lo hubiese conseguido, porque no hubiese podido contar ni con el bagaje científico ni con las experiencias adquiridas a lo largo de los 15 años que dediqué a la investigación en el sistema académico británico.

Y eso es precisamente lo que separa a los niños de los hombres en el mundo de la edición científica. Cualquier persona inteligente puede aprender ortografía y sintaxis (por supuesto, unos necesitarán más tiempo que otros). Pero se requiere una cierta perspicacia para poder detectar huecos y omisiones de palabras en los textos académicos y de investigación - y en mi caso, los años consagrados al laboratorio me han aportado esa imprescindible destreza.

Me crié y eduqué en el Reino Unido, país en el que el estudiante debe tomar decisiones bastante importantes en relación a las asignaturas que desea estudiar, a la tierna edad de 14 años. Dudé entre la rama lingüística y la científica, y por alguna razón que todavía desconozco al final opté por las ciencias. Me licencié en microbiología y virología en la Universidad de Warwick (Reino Unido). La virología era mi pasión y soñaba con una carrera investigadora que me permitiese, en última instancia, ser profesora universitaria. A la licenciatura le siguió un Doctorado en virología molecular (después de cientos de horas en el laboratorio y seis meses escribiendo la tesis), tras el cual conseguí una beca posdoctoral en oncología, para investigar el papel de los virus papiloma humanos en el cáncer cervical, en un hospital en la región británica de Midlands. A continuación disfruté otra beca posdoctoral para investigación sobre el sida, y justo después de terminar, conseguí una plaza de profesora en una facultad de Medicina, donde simultaneaba la docencia (daba clase de medicina preclínica) y la investigación en el campo de las enfermedades de la piel.

Parte del sueño - el conseguir una plaza universitaria - se había hecho realidad. Sin embargo, el sistema académico británico había sufrido algunos cambios sustanciales en los últimos 20 años, desde mi época de estudiante, y por una serie de razones me di cuenta de que no quería seguir trabajando en el laboratorio los próximos treinta años. Comencé a buscar una alternativa que fuese igual de "intelectual". Siempre se me había dado bien escribir; tras doctorarme había escrito una quincena de artículos de investigación que habían sido publicados en diversas revistas. Aparte de eso, escribir me gustaba (algo poco habitual entre los de mi gremio y posición). De hecho, lo prefería a realizar experimentos (a estas alturas de mi vida, ya se me estaban haciendo tediosos y repetitivos). Se me imponía un cambio.

Hice mis primeros pinitos en el mundo editorial auto-enseñándome las técnicas básicas de corrección de textos ajenos y aprendiendo a señalar las erratas con tacto. A continuación, me puse en contacto con varias editoriales británicas en búsqueda de empleo. La suerte estuvo de mi lado y firmé mi primer contrato en 1995 con una editora de revistas científicas, con sede en Oxford, que, valorando mi currículum, decidió darme una oportunidad a modo de prueba como editor de una revista de microbiología. Todo salió bien y a ese trabajo le sucedieron otros contratos laborales.

El grueso (cerca del 80%) de mi actual volumen de trabajo consiste en editar artículos para revistas; el 20% restante son libros de texto y otras publicaciones. En una semana típica, podría editar textos de bioquímica, virología, microbiología, dermatología y medicina general: materias de las que tengo unos conocimientos profundos. Dependiendo del cliente, el trabajo puede abarcar desde formatear y ordenar textos consistentes y bien escritos a (en el peor de los casos) la completa reformulación de los textos de autores no-angloparlantes o a cuestionar la validez de las conclusiones extraídas. Este problema suele ser más acuciante en las revistas en las que los propios científicos-autores no se revisan los textos entre ellos; los manuscritos para revistas que operan con un sistema de revisión de este tipo son, generalmente, de una calidad literaria y científica muy superior.

Los autores pueden llegar a ser incapaces de "separarse" de su trabajo: tras meses o incluso años en el laboratorio, su objeto de estudio puede llegar a hacérsele tan familiar que simplemente son incapaces de presentarlo de forma clara al no iniciado en el tema. Es parte de mi trabajo el detectar las omisiones, las incoherencias y, a veces, incluso los fallos de los manuscritos. Porque los hay: yo he detectado unidades y cifras incorrectas, errores ortográficos en los nombres de fármacos y de personas, párrafos omitidos en la descripción de metodologías y, en una ocasión, incluso un procedimiento de tinción incorrecto. Un editor se quedó estupefacto cuando le señalé un error en un libro de virología en el que estaba trabajando. "Normalmente no obtenemos tal nivel de perspicacia por parte de nuestros revisores", me dijo. Los autores también suelen ser bastante agradecidos, especialmente los que no tienen el inglés como lengua materna: tengo una colección de correos electrónicos que releo cuando el trabajo se me hace particularmente cuesta arriba.

Durante el proceso de revisión, también me esfuerzo por leer el manuscrito desde el punto de vista del lector, haciéndome preguntas del tipo: "¿Qué quiero aprender de este artículo?", "¿Se justifican las conclusiones?", "¿Están bien presentadas?" y "¿Tienen sentido las cifras y las tablas?". No podría contestar a ninguna de estas preguntas adecuadamente sin mi "vida anterior". Sería tan ignorante como el estudiante de licenciatura que desea aprender a partir de los artículos y libros de texto que estoy ayudando a producir.

El flujo de trabajo de mi empresa no ha arreciado desde ese primer trabajo de prueba que tuve en 1995. En la actualidad, gozo del privilegio de poder decidir qué trabajos acepto. Parte del secreto de mi "éxito" radica en el hecho de que puedo rechazar aquellos encargos en las que dudo que pueda hacer una labor de primera categoría. Cuando pienso en mi época de estudiante de licenciatura, cuando luchaba por comprender determinados artículos de investigación y los libros de texto básicos de cada asignatura, no puedo evitar sentirme maravillado, ahora que soy una pequeña parte del proceso que los produce. Cuando abandoné el mundo académico en 1997, un colega me preguntó: "¿Crees que serás feliz leyendo los trabajos de investigación de otros en lugar de estar redactando los tuyos?". La respuesta a esa pregunta es, sin duda, un rotundo sí.

Pueden ponerse en contacto con Moira Vekony en el siguiente correo electrónico: DunaScripts@aol.com

 


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