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Y
eso es precisamente lo que separa a los
niños de los hombres en el mundo
de la edición científica.
Cualquier persona inteligente puede aprender
ortografía y sintaxis (por supuesto,
unos necesitarán más tiempo
que otros). Pero se requiere una cierta
perspicacia para poder detectar huecos
y omisiones de palabras en los textos
académicos y de investigación
- y en mi caso, los años consagrados
al laboratorio me han aportado esa imprescindible
destreza.
Me crié y
eduqué en el Reino Unido, país
en el que el estudiante debe tomar decisiones
bastante importantes en relación
a las asignaturas que desea estudiar,
a la tierna edad de 14 años. Dudé
entre la rama lingüística
y la científica, y por alguna razón
que todavía desconozco al final
opté por las ciencias. Me licencié
en microbiología y virología
en la Universidad de Warwick (Reino Unido).
La virología era mi pasión
y soñaba con una carrera investigadora
que me permitiese, en última instancia,
ser profesora universitaria. A la licenciatura
le siguió un Doctorado en virología
molecular (después de cientos de
horas en el laboratorio y seis meses escribiendo
la tesis), tras el cual conseguí
una beca posdoctoral en oncología,
para investigar el papel de los virus
papiloma humanos en el cáncer cervical,
en un hospital en la región británica
de Midlands. A continuación disfruté
otra beca posdoctoral para investigación
sobre el sida, y justo después
de terminar, conseguí una plaza
de profesora en una facultad de Medicina,
donde simultaneaba la docencia (daba clase
de medicina preclínica) y la investigación
en el campo de las enfermedades de la
piel.
Parte del sueño
- el conseguir una plaza universitaria
- se había hecho realidad. Sin
embargo, el sistema académico británico
había sufrido algunos cambios sustanciales
en los últimos 20 años,
desde mi época de estudiante, y
por una serie de razones me di cuenta
de que no quería seguir trabajando
en el laboratorio los próximos
treinta años. Comencé a
buscar una alternativa que fuese igual
de "intelectual". Siempre se
me había dado bien escribir; tras
doctorarme había escrito una quincena
de artículos de investigación
que habían sido publicados en diversas
revistas. Aparte de eso, escribir me gustaba
(algo poco habitual entre los de mi gremio
y posición). De hecho, lo prefería
a realizar experimentos (a estas alturas
de mi vida, ya se me estaban haciendo
tediosos y repetitivos). Se me imponía
un cambio.
Hice mis primeros
pinitos en el mundo editorial auto-enseñándome
las técnicas básicas de
corrección de textos ajenos y aprendiendo
a señalar las erratas con tacto.
A continuación, me puse en contacto
con varias editoriales británicas
en búsqueda de empleo. La suerte
estuvo de mi lado y firmé mi primer
contrato en 1995 con una editora de revistas
científicas, con sede en Oxford,
que, valorando mi currículum, decidió
darme una oportunidad a modo de prueba
como editor de una revista de microbiología.
Todo salió bien y a ese trabajo
le sucedieron otros contratos laborales.
El grueso (cerca
del 80%) de mi actual volumen de trabajo
consiste en editar artículos para
revistas; el 20% restante son libros de
texto y otras publicaciones. En una semana
típica, podría editar textos
de bioquímica, virología,
microbiología, dermatología
y medicina general: materias de las que
tengo unos conocimientos profundos. Dependiendo
del cliente, el trabajo puede abarcar
desde formatear y ordenar textos consistentes
y bien escritos a (en el peor de los casos)
la completa reformulación de los
textos de autores no-angloparlantes o
a cuestionar la validez de las conclusiones
extraídas. Este problema suele
ser más acuciante en las revistas
en las que los propios científicos-autores
no se revisan los textos entre ellos;
los manuscritos para revistas que operan
con un sistema de revisión de este
tipo son, generalmente, de una calidad
literaria y científica muy superior.
Los autores pueden
llegar a ser incapaces de "separarse"
de su trabajo: tras meses o incluso años
en el laboratorio, su objeto de estudio
puede llegar a hacérsele tan familiar
que simplemente son incapaces de presentarlo
de forma clara al no iniciado en el tema.
Es parte de mi trabajo el detectar las
omisiones, las incoherencias y, a veces,
incluso los fallos de los manuscritos.
Porque los hay: yo he detectado unidades
y cifras incorrectas, errores ortográficos
en los nombres de fármacos y de
personas, párrafos omitidos en
la descripción de metodologías
y, en una ocasión, incluso un procedimiento
de tinción incorrecto. Un editor
se quedó estupefacto cuando le
señalé un error en un libro
de virología en el que estaba trabajando.
"Normalmente no obtenemos tal nivel
de perspicacia por parte de nuestros revisores",
me dijo. Los autores también suelen
ser bastante agradecidos, especialmente
los que no tienen el inglés como
lengua materna: tengo una colección
de correos electrónicos que releo
cuando el trabajo se me hace particularmente
cuesta arriba.
Durante el proceso
de revisión, también me
esfuerzo por leer el manuscrito desde
el punto de vista del lector, haciéndome
preguntas del tipo: "¿Qué
quiero aprender de este artículo?",
"¿Se justifican las conclusiones?",
"¿Están bien presentadas?"
y "¿Tienen sentido las cifras
y las tablas?". No podría
contestar a ninguna de estas preguntas
adecuadamente sin mi "vida anterior".
Sería tan ignorante como el estudiante
de licenciatura que desea aprender a partir
de los artículos y libros de texto
que estoy ayudando a producir.
El flujo de trabajo
de mi empresa no ha arreciado desde ese
primer trabajo de prueba que tuve en 1995.
En la actualidad, gozo del privilegio
de poder decidir qué trabajos acepto.
Parte del secreto de mi "éxito"
radica en el hecho de que puedo rechazar
aquellos encargos en las que dudo que
pueda hacer una labor de primera categoría.
Cuando pienso en mi época de estudiante
de licenciatura, cuando luchaba por comprender
determinados artículos de investigación
y los libros de texto básicos de
cada asignatura, no puedo evitar sentirme
maravillado, ahora que soy una pequeña
parte del proceso que los produce. Cuando
abandoné el mundo académico
en 1997, un colega me preguntó:
"¿Crees que serás feliz
leyendo los trabajos de investigación
de otros en lugar de estar redactando
los tuyos?". La respuesta a esa pregunta
es, sin duda, un rotundo sí.
Pueden ponerse
en contacto con Moira Vekony en el siguiente
correo electrónico: DunaScripts@aol.com
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