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Hace muchos años, hablando con
un colega que trabaja para una editorial
educativa sobre lo diferentes que eran
los currículums académicos
y laborales de todos los del gremio, coincidimos
en describir el mundo editorial como "la
profesión accidental". Pocas
personas dicen: "Cuando sea mayor
quiero trabajar en una editora" o
"Me encantaría ganarme la
vida como editor". Sin embargo, es
un campo en el que han aterrizado muchos
conocidos míos muy formados tras
seguir el cauce natural de sus intereses
personales.
No creo que uno tenga
más probabilidades de caer en el
mundo editorial habiendo estudiado una
carrera de ciencias que habiendo estudiando
historia o inglés, pero la formación
científica tampoco le garantiza
a uno el éxito en el terreno industrial.
Personalmente, conozco a muchas personas
con Masters y Doctorados en ciencias que
han disfrutado de exitosas y gratificantes
carreras profesionales en el campo editorial
y en particular en el mundo editorial
educativo.
¿Cómo
llega uno "ahí" y qué
supone? Los caminos son múltiples
y variados. Por ejemplo, en mi caso, a
mi llegada a Canadá en el año
1969 (tras completar un Máster
de Zoología en la Universidad de
Kansas) ocupé simultáneamente
dos puestos laborales: uno como profesora
ayudante a tiempo parcial en el departamento
de zoología de la Universidad de
Toronto; otro como editora ayudante, también
a tiempo parcial, para un catedrático
editor de una revista académica.
Al poco tiempo, vi un anuncio en un periódico
local que decía que una importante
editora internacional necesitaba, para
su sede canadiense, un gestor de proyectos
para los niveles de educación secundaria
y superior en el área de ciencia
y tecnología. No me resistí
a solicitar el trabajo, aún creyendo
que las probabilidades de que alguien
sin contactos en el país pudiese
conseguir una vacante de este tipo fuesen
mínimas.
Debo admitir que,
cuando daba clase de biología y
química a alumnos de Bachillerato
(High School) en Iowa y Connecticut
(EE.UU.), antes de comenzar mis estudios
de posgrado, me encantaba producir mis
propios materiales pedagógicos.
Asimismo, conocía personalmente
a un profesor de física que se
había ido a Nueva York a trabajar
a una editora. Podía, pues, imaginarme,
aunque sólo fuese a grandes rasgos,
cómo sería el mundo editorial
educativo. En cualquier caso, me dieron
el puesto, así que no había
marcha atrás.
¿Y qué
he hecho desde entonces? Cuando la mayoría
de la gente piensa en los editores, asume
que nos dedicamos a perfeccionar los manuscritos
de los autores: a eliminar los errores
de ortografía, a poner las comas
que faltan, etc. Éstas, precisamente,
son las tareas que realizan los correctores
(en inglés, copy editors),
tan esenciales dentro de cualquier editora
que se precie. Creo que muchos de nosotros
desearíamos ver mejor representada
la labor de estos profesionales en muchas
de las publicaciones que leemos hoy en
día. Sin embargo, los puestos editoriales
no se limitan, en ningún caso,
a los de corrección, y en particular
para los individuos con conocimientos
en disciplinas académicas específicas.
En base a mi experiencia,
la mayoría de los editores con
formación científica prefieren
la que podríamos denominar "edición
o revisión de estilo"
(en inglés, developmental editing).
La distinción entre corrección
y edición de estilo es importante.
La mayor parte de las editoriales son
muy precisas en cuanto a lo que se debe
hacer con los manuscritos y usted necesitará
saber a qué se refieren con cada
término. Algunas organizaciones
editoriales tales como la Asociación
de Editores de Canadá han elaborado
listas de definiciones. En el recuadro
lateral podemos ver algunas de las tareas
editoriales más habituales.
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Corrector (en inglés,
copy editor)
A los novatos interesados en la
corrección les aconsejamos
que hagan unos cuantos cursos
específicos antes de tratar
de introducirse en el campo. Hay
editoriales, organizaciones
de editores y muchas universidades
que ofrecen cursos del tipo "cómo
corregir" o "los siete
pasos de la edición",
así como cursillos generales
de tanto edición de libros
como de revistas. A menudo estas
sesiones tienen lugar en horario
nocturno o los fines de semana.
Le sugiero que haga dos o tres
cursos de éstos, por lo
general cortos y económicos,
porque comenzar y hacerse un hueco
en la profesión no es fácil.
Estará luchando por conseguir
puestos que también estarán
en el punto de mira de muchos
candidatos titulares de Masters
y Doctorados. Le ayudará,
pues, el mostrar que ha estado
suficientemente motivado como
para formarse específicamente
para la tarea.
Revisores
de estilo (en inglés,
developmental editor)
Además de buenas habilidades
de redacción, los revisores
de estilo requieren de diplomacia,
respeto por los autores (mientras
se esfuerzan por que el texto
final "quede bien")
y de la capacidad de visualizar
un marco que ayude a los autores
a dar forma a su texto. Pocos
autores nóveles pueden
prescindir de la revisión/corrección
de sus escritos y la mayoría
aprenden con el tiempo siempre
y cuando el editor haga su labor
de mejora del texto original de
forma agradable y considerada.
Gestores
de proyectos (en inglés,
acquisition editor)
Por lo general, los editores responsables
de adquisiciones tienen la labor
de decidir qué proyectos
editoriales tienen futuro y presentar
pruebas a favor de la viabilidad
de los mismos. Estos profesionales
también negocian los acuerdos
con los autores y en determinadas
ocasiones pueden contratar a correctores
y a revisores de estilo para la
supervisión de los proyectos.
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Abandoné la
empresa neoyorquina después de
once años y cree mi propia pequeña
empresa, especializada en recursos educativos
para profesores de ciencias, matemáticas
y tecnología, y en la producción
ocasional de obras de psicología,
salud y divulgación científica.
Hace unos cuatro años, sin embargo,
una importante compañía
nos encargó que elaborásemos
un nuevo programa canadiense para la asignatura
general de ciencias de Educación
Secundaria (grados 7 - 10) y para las
asignaturas de biología, química
y física de Bachillerato o lo que
en Estados Unidos se denomina High-School
(grados 11-12). Esta oportunidad derivó
en una experiencia personal realmente
interesante.
Para poder llevarla
a cabo con plenitud, decidí tomarme
un año de permiso en mi propia
empresa. En mi nuevo papel de gestora
de proyectos, hice lo que pude para encontrar
buenos autores, revisores de estilo, correctores
y revisores capaces de ayudarme a producir
recursos de gran calidad en poco tiempo.
Para los niveles educativos más
bajos, encontré que los editores
buenos, con experiencia y sin formación
específica en ciencias eran los
candidatos ideales, siempre y cuando el
autor de la obra en cuestión se
caracterizase por su buena redacción.
Debo decir, no obstante, que éste
no es siempre el caso, ni mucho menos.
No se me ocurriría poner en duda
las cualidades docentes e investigadoras
de muchos profesores de educación
secundaria y universitaria, pero desde
el punto de vista de la expresión
escrita debo decir que no son pocos lo
que dejan mucho que desear. Sin embargo,
sus ideas y sus enfoques deben ser expresados,
de ahí que a menudo entren en escena
en el proceso editorial los profesionales
de la edición de estilo, que se
encargarían de pulir ese estilo
"perfeccionable".
Para los niveles
superiores (grados 11 y 12; Bachillerato,
en el sistema educativo español)
del programa de ciencias que estábamos
desarrollando, contraté primordialmente
a licenciados titulares de Masters y Doctorados
sin experiencia editorial previa. El trabajo
supuso un reto para todos ellos, ya que
tuvieron que aprender a tener en cuenta
múltiples consideraciones en ese
su papel de perfeccionadores del estilo
de los autores. Una de sus tareas fue,
por ejemplo, detectar cualquier prejuicio
de tipo étnico, socioeconómico,
racial o de género que pudiese
estar presente en el texto original. Pero
su labor iba mucho más allá;
en efecto, son muchos los factores que,
unidos, hacen que un material escrito
"funcione": el nivel de interés
de la temática tratada, la claridad
y el orden en la exposición de
los contenidos y, sobre todo, la habilidad
del redactor para ponerse en el lugar
del estudiante.
Me gustaría
concluir con una idea. Es para mí
una enorme satisfacción el poder
observar y supervisar la evolución
de los recursos educativos, desde su fase
embrionaria, ideológica, hasta
la obtención del producto final.
En mi trabajo actual ya no experimento
esa emoción, esa inmediatez, intrínseca
a docencia; ese segundo en el que se ve
que el alumno, de repente, "entiende".
No obstante, el saber que, en parte gracias
a ti, estudiantes y profesores cuentan
con buenos materiales de aprendizaje,
verdaderas reservas de información
e ideas, es algo que me llena de alegría
y orgullo.
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