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La inteligencia del cuerpo

JEFF AARONSON
ESTADOS UNIDOS

12/07/96

 

 

Comencé mi andadura profesional en el campo de la bioinformática allá en el otoño de 1991, aunque como tantos otros de mi gremio, me formé originalmente en informática. Me licencié por la Universidad de Columbia en 1987 y obtuve un Master por la Universidad de Pensilvania en 1989. Proseguí, en esta última universidad, con estudios de doctorado a tiempo parcial, a la par que gestionaba un laboratorio de lenguaje natural en el departamento de informática y ciencias de la información. Me interesaban principalmente las áreas de representación y razonamiento del conocimiento, y durante mi etapa pre-doctoral me dediqué sobre todo a desarrollar una explicación computacional para el razonamiento del sentido común.

Aunque disfrutaba con la ciencia, como tal, me desencantó la vida de estudiante pre-doctoral. La financiación constituía siempre un problema, y no estaba satisfecho con el progreso que iba realizando como investigador a tiempo parcial. No perdí la ilusión por obtener el título de doctor - de hecho, era muy consciente de que se me cerrarían muchas puertas en el futuro sin él. No obstante, sentía que la tesis tenía que dejar de ser mi prioridad. Necesitaba un cambio y un nuevo reto con el que entusiasmarme.

Más o menos por aquella época, mi Universidad fundó el Laboratorio de Informática y Biología Computacional (CBIL), entre otras cosas para proporcionar apoyo informático a su Centro del Genoma, que estudia el cromosoma 22. Los directores del citado laboratorio eran biólogos doctores que habían cursado Masters en informática en la misma Universidad de Pensilvania de forma simultánea a la realización de sus post-docs. Un buen día, vi un anuncio de empleo en el periódico de la facultad que se adaptaba bien a mis habilidades e intereses. El CBIL necesitaba contratar a alguien con experiencia en representación del conocimiento, con el objeto de diseñar módulos automatizados de aprendizaje y razonamiento para llevar a cabo inferencias a partir de gigantescas bases de conocimientos y todo ello con vistas a estudiar la regulación génica. Las características del dominio me resultaban muy familiares. Al igual que con el razonamiento del sentido común, el objetivo es razonar, con efectividad, sobre bases de datos de enormes dimensiones.

Mi intuición de que el puesto era adecuado para mí se confirmó el día de la entrevista. La regulación génica se puede entender como el ente inteligente que está detrás de cada cuerpo en correcto funcionamiento, controlando los niveles de expresión de genes diferentes en células diferentes durante las distintas etapas de desarrollo. La idea de que estaría estudiando la inteligencia del cuerpo, en lugar de la inteligencia de la mente, me resultó profundamente atractiva. También encontré muchos vínculos concretos entre las exigencias del puesto ofertado y mi trayectoria profesional previa como informático. Por ejemplo: yo tenía mucha experiencia en el área de razonamiento analógico, una técnica poderosa cuando es aplicada a sistemas biológicos homólogos, y como la homología está enraizada en la teoría evolucionista, tenemos aquí una analogía brutal. Asimismo, en mi etapa de estudiante pre-doctoral, me había dedicado durante algún tiempo a investigar el problema de estabilizar la memoria en redes neuronales recurrentes. Desarrollé un método para "refrescar" la memoria decadente, que consistía en impedir que el conocimiento que fluyese por los vínculos recurrentes se disipase a través de las brechas, los "huecos", de las secuencias de datos. Esta técnica concreta tiene una gran relevancia datos genómicos, donde los elementos de interés biológico son subsecuencias separadas por "huecos" en la secuencia subyacente de amino ácidos o ácidos nucleicos.

Empecé a trabajar para el CBIL en noviembre de 1991. Mi tarea giró, fundamentalmente, en torno a la transformación de datos. Me sorprendió lo difícil que podía llegar a ser la identificación y la extracción de los objetos de datos que deseábamos estudiar, de las bases de datos públicas. Nuestra actividad científica se centraba, sobre todo, en el desarrollo de modelos de estructuras génicas para la normalización de datos, y de lenguajes de consulta capaces de operar sobre la forma normalizada, extrayendo rasgos genéticos e identificando genes de interés.

Una vez transformados los datos, se podía proceder al análisis de forma relativamente sencilla. Esta fue una lección importante, y el tiempo que invertí manejando los datos me sirvió de excelente introducción a la disciplina. Los muchos meses que pasé manipulando, buscando y extrayendo secuencias y textos de varias bases de datos de biología molecular me proporcionaron una visión muy amplia y profunda de las fortalezas y debilidades de muchas de las fuentes de datos más importantes de este campo.

Tras siete años trabajando en un contexto universitario, tenía claro que la vida académica no iba conmigo. En aquel entonces, la industria farmacéutica comenzaba a responder ante la explosión de datos genómicos, y varias empresas empezaban a prepararse internamente para beneficiarse económicamente de estas informaciones y facilitar las primeras etapas del proceso de descubrimiento de fármacos. En la primavera de 1994, me incorporé al departamento de bioinformática del Laboratorio de Investigación Merck, división de Merck & Co. Inc, con sede en Whitehouse Station (Nueva Jersey, EE.UU.).

La ingeniería de datos siempre estará en el corazón de la bioinformática, pero en un entorno industrial, la ingeniería de software también es necesaria desde el punto de vista investigador. El vasto volumen de datos existentes hace que, para el biólogo, la identificación del sub-conjunto de datos relevantes para su área de investigación sea una actividad realmente impráctica. El papel de la bioinformática consiste en permitir al biólogo centrarse directamente en los datos que le son relevantes, presentar dichos datos de forma integrada, completa e intuitiva, y proporcionarle métodos sencillos para llevar a cabo diversos análisis detallistas (downstream). Esto exige que muchos esfuerzos se focalicen hacia la resolución de problemas de escala. El tiempo mejor invertido es aquel que se consagra a la elaboración de técnicas normalizadas de integración de datos, al trabajo de minería de datos (data mining) sobre corpus inmensos y al proporcionamiento de un entorno de datos con valor añadido a multitud de proyectos y cientos de usuarios de laboratorios de investigación.

En la actualidad, me he vuelto a matricular en el programa doctoral CIS de la Universidad de Pensilvania, y estoy trabajando sobre una tesis de biología computacional. Mi empresa, Merck, ha apoyado mi decisión. En 1994, la Universidad de Pensilvania estableció un programa interdisciplinar de formación en biología computacional con el fin de introducir y formar a informáticos y biólogos en este campo emergente. Animo fervientemente a otros estudiantes a que consideren programas de este tipo. Esté uno más inclinado hacia lo teórico o hacia lo aplicado, son muchas las áreas de investigación que pueden encontrarse dentro de la bioinformática. Es un campo emocionante, en continua expansión y queda muchísimo trabajo por hacer en lo que se refiere a la conversión de datos en información. Y lo más importante: le garantizo que habrá un trabajo esperándole cuando se gradúe.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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