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El camino menos trillado

 

SHILPA TAWARI Y NADINE ROBITAILLE

INTERNATIONAL DEVELOPMENT RESEARCH CENTRE

OTAWA, CANADÁ

 

06/09/02

 

 

Es alucinante a dónde me ha traído la ciencia.

 

No me refiero a la luna, ni a las profundidades del océano. Pero sí al Everest, y a un bosque de nubes, y a un lugar al que jamás pensé que llegaría: al área del desarrollo.

 

Cuando era pequeña y vivía en Canadá, soñaba con trabajar en África como médico. Esta aspiración no tenía nada que ver con un interés mío por la medicina. Simplemente pensaba que, si de verdad quería ir al continente africano, tendría que ser o bien como profesora o bien como sanitaria.

 

En la adolescencia, dediqué parte de mi tiempo libre a trabajar con los niños de la calle, y la idea de dedicarme profesionalmente a algo que me permitiese interactuar con otras personas me interesaba mucho. No obstante, como tantos otros jóvenes, no tenía nada claro cómo lograr mi objetivo, así que acabé optando por estudiar ciencias, por ser ésta una de las asignaturas que mejor se me daban en el instituto.

 

Escogí la Universidad de Queen´s para realizar mis estudios, y dentro de ella, el departamento de ciencia medioambiental y la especialidad de biología medioambiental. Mi primer año de carrera estuvo repleto de horas de reflexión y duda. ¿Me estaba formando para ser bióloga?¿O más bien para ser geógrafa? ¿Economista? ¿Profesora? ¿Química? Cambiaba de asignaturas cada dos por tres en un intento impaciente por encontrar respuestas para todas estas preguntas.

 

Fue durante el primer curso en el que tuve tanto asignaturas teóricas como prácticas, cuando se me encendió, por fin, bien adentro, una mecha de entusiasmo, gozo y curiosidad por la biología, que decidí nutrir de todos los modos posibles. Se me avivó la llama en un proyecto de campo en Costa Rica, en mi tercer año de carrera. Esta oportunidad me permitió comprender mejor las múltiples interconexiones que se dan dentro del mundo de los seres vivos. De todas formas, aunque el laboratorio me gustaba, ytambién el hecho de que la biología medioambiental me permitiría, un día, trabajar al aire libre, pronto descubrí que las plantas y los animales no me fascinaban ni la mitad que las personas.

 

Recuerdo que me solía sentar en la biblioteca de la facultad para leer la prensa y me decía a mí misma: “Existe un mundo enormísimo ahí fuera, y yo estoy viendo apenas un trocito, aquí aislada en esta biblioteca de Kingston”. Sabía que quería viajar y participar más de ese mundo que tanto me fascinaba.

 

Tuve mi primera experiencia en desarrollo el verano entre primero y segundo de carrera. Pasé cuatro semanas en el Este de la República Checa colaborando en un proyecto de desarrollo patrocinado por la Canadian Federation of Students. Allí trabajé junto a un grupo de checos, británicos, franceses, estadounidenses, italianos y holandeses en la reconstrucción de un local social y en el establecimiento de un programa de actividades específico para la gente joven de la zona. La experiencia, además de divertida y emocionante, fue extremadamente enriquecedora, desde el punto de vista del aprendizaje adquirido. Conocí a personas maravillosas y tuve la ocasión de exponerme a una cultura de la que tenía muy pocos conocimientos previos. Fue el comienzo de una historia de amor con el campo del desarrollo.

 

Comencé a visitar ferias de empleo y a hablar con orientadores profesionales para averiguar cómo podría saber más acerca de las salidas posibles para alguien con mi formación académica y mi perfil de intereses. No obstante, fue en 1998, cuando, de visita por el Centro Internacional de la Universidad de Queens, vi un anuncio en un tablón que hablaba sobre un programa de voluntariado juvenil, patrocinado por la Agencia Canadiense de Desarrollo Internacional y la ONG World Literacy of Canada. Despertó mi interés, así que lo solicité.

 

Tuve la maravillosa suerte de ser aceptada así que nada más terminar mi licenciatura, me fui a la India, donde trabajé dos meses para World Literacy of Canada. Mi trabajo consistía fundamentalmente en proyectos pro-atribución de poder, específicos para mujeres Dalit. Los Dalits ocupan el escalón más bajo de la compleja pirámide de castas de la India. Restringidos desde el momento de su nacimiento a una vida de discriminación y limitaciones sociales, los Dalits constituyen prácticamente un 25% de la población de esta enorme nación.

 

Mi formación y mis habilidades lingüísticas me permitieron establecer más vínculos con las personas que conocí y su cultura que las que jamás hubiera imaginado. A pesar de tener ascendencia india (mis padres emigraron a Canadá en los setenta), de hablar hindi y de haber viajado al país en alguna ocasión anterior, no pude ahorrarme el shock cultural inicial. Nunca había entrado en contacto directo con el sistema de castas y me costó mucho asumirlo. Aunque nací hindú y fui, por lo tanto, parte del sistema de castas, lo encontré opresivo y deshumanizante para aquellos ubicados dentro del mismo.

 

Trabajando al lado de estas mujeres, me di cuenta de lo afortunada que soy por el mero hecho de haber nacido en Canadá, y por tener tantas oportunidades, tantas opciones. También siento un gran respeto y admiración por estas mujeres que han heredado una cruz tan dura, pero que sin embargo hacen todo lo posible por ver siempre el lado positivo de las cosas. Esta experiencia fortaleció mi decisión de trabajar con y para otros, pero todavía no tenía claro cómo podría utilizar mi formación científica para alcanzar este objetivo.

 

Mientras trataba de encontrar una lucecita que me señalase el camino, me surgió la oportunidad de pasar cuatro meses en Paraguay, con la Fundación Moesis Bertoni (FMB), una ONG internacional afiliada al World Wildlife Fund y al World Conservation Union. Mi colaboración con la FMB me permitió profundizar en el área de la conservación, no sólo desde la perspectiva biológica, sino también desde la social: como una temática relevante dentro del Tercer Mundo. Trabajé junto a conservacionistas y biólogos paraguayos en torno a una serie de asuntos clave que afectan a las zonas protegidas, y sobre sus repercusiones en las comunidades rurales. Pude ser testigo de la relación Norte-Sur en temas relacionados con la conservación y el desarrollo.

 

Fue el hecho de que científicos sociales y biólogos estuviesen trabajando juntos en el mismo proyecto, y con el mismo objetivo, lo que me llevó a dislumbrar el vínculo entre biología y desarrollo. Hasta ese momento, pensaba que el desarrollo y el medio ambiente eran dos campos estanco; independientes el uno del otro. No había presenciado cómo los recursos naturales y el medio ambiente son componentes vitales de cualquier programa de desarrollo. Cuando hube comprendido esta relación, me di cuenta de que mi educación sí que tenía algo que aportar al área del desarrollo.

 

Tras esta revelación, me tiré a la piscina sin guardar la ropa. Aproveché un trecking por Argentina y Chile para ponerme en contacto con varias ONGs, lo que me llevó a solicitar, y finalmente a conseguir, un puesto como ayudante de campo en un proyecto de Earth Watch en Costa Rica, para estudiar el manakin de cola larga. Mi formación en biología, junto a mi experiencia en desarrollo, me ayudaron a lograr este objetivo profesional.

 

Estábamos en Monte Verde, en Costa Rica, una región conocida como “el bosque de las nubes”, por las nubes bajas y densas, tan típicas de la zona, que a menudo te impiden hasta ver las copas de los árboles. Algunas mañanas, cuando abría la ventana de mi cabaña, situada en la cima de una colina, las nubes entraban, literalmente, en mi cuarto, con una entrañable parsimonia. Era simplemente alucinante.

 

Tras todas estas experiencias tan especiales, decidí que quería formarme académicamente en esta área, pero dudaba que pudiese encontrara una universidad que me permitiese ligar desarrollo y ciencia en un solo programa de estudios. Irónicamente, había pasado toda mi vida a un tiro de piedra del programa ideal, pero sólo lo descubrí estando en Paraguay.

 

El Master en estudios medioambientales de la Universidad de York era el curso ideal para mí, ya que me permitía explorar el área del desarrollo como parte integral del currículum científico, así que me arriesgué, jugué todas mis cartas a una y solicité solamente este programa. Sabía que era allí, y a ningún otro sitio, a donde quería ir. Afortunadamente, la suerte y la providencia se pusieron de mi parte y fui admitida.

 

Cuando estaba en pleno transcurso del Master, descubrí todavía otro vínculo más: el puente entre la biología y las ciencias sociales. Muchas de mis asignaturas eran de sociología y antropología, y pude adentrarme en el terreno de la ecología política, lo que supuso dar un paso adelante más dentro de la biología.

 

El Master también me ofreció la experiencia única e irrepetible de vivir y estudiar en Nepal, país hacia el que siempre había sentido una atracción particular. Recuerdo el momento en el que me fue comunicado que la Canadian International Development Agency (CIDA) me había concedido un premio a la investigación innovadora (galardón que pueden solicitar todos los estudiantes de Master interesados en llevar a cabo su investigación en un país en vías de desarrollo), y pensar “¡Dios mío, me voy a Nepal! ¡Me voy a estudiar a Nepal!”. Estaba tan contenta y emocionada que tuve que recordarme a mí misma, una y otra vez, que no iba a despertarme de un momento a otro.

 

Trabajé un total de cinco meses en Nepal, llevando a cabo mi proyecto de investigación en dos comunidades Sherpa en la región del Everest, analizando los factores socio-económicos relacionados con la actividad forestal de la zona. Una vez más, estaba aplicando la biología medioambiental al campo del desarrollo. Ahora, el hecho de que la biología desempeñe un papel importante en el desarrollo me parece algo totalmente obvio, pero no caí en ello hasta que me hube adentrado en el desarrollo por otra ruta.

 

Desde que obtuve mi título de Master, he tenido la suerte de encontrar empleo en las dos agencias de desarrollo canadienses más importantes: la CIDA y el International Development Research Centre (IDRC). Trabajé un año en el CIDA como técnica medioambiental júnior para la región asiática, y desde febrero de este año, hago prácticas en la Oficina Regional del IDRC en Nueva Delhi. En agosto y septiembre, me iré a Bangladesh, donde estudiaré las perspectivas de las mujeres sobre los recursos naturales y sus aplicaciones en la región montañosa del Chittagong. Confío en que será otra experiencia inolvidable e incomparable en desarrollo.

 

No estoy diciendo que todo sea un camino de rosas. Hace poco, tuve que ser evacuada de Delhi, cuando se le prohibió viajar a todos los empleados del gobierno canadiense. De vuelta en Canadá durante un periodo de un mes, reconozco que disfruté como una niña pudiendo pasear apaciblemente cada mañana para llegar a la oficina, parándome diariamente a tomar un café en el Starbucks de la esquina. Mis mañanas en Delhi suelen comenzar de forma considerablemente diferente: me las apaño para llegar a la parada de rickshaws, sorteando como puedo al tráfico caótico de vacas, perros callejeros, coches, bicicletas, motos y peatones. Una vez en la parada, tengo que regatear el precio del viaje con el conductor, antes de arrancar hacia la oficina.

 

A pesar del caos que me rodea en Delhi, ahora mismo lo considero ya mi hogar y la verdad es que me encanta. Los retos a los que me enfrento diariamente me estimulan y me reafirman en mi decisión de trabajar en el campo del desarrollo. Me apasiona mi trabajo y quiero seguir en este camino.

 

Veo que cada vez estoy utilizando más principios de las ciencias sociales en mi trabajo. En la actualidad, estoy considerando la posibilidad de hacer un doctorado en antropología en Inglaterra, en una escuela de Estudios Orientales y Africanos, y en un periodo de cinco años, me encantaría estar trabajando en una ONG o en un centro de investigación. En lo que respecta a África, sigue siendo un objetivo, sólo que ahora lo veo mucho más cercano en el horizonte.

 

Nunca crea que está encasillado por lo que haya estudiado a nivel pre- o postgrado. Si algo le interesa, sepa que existen múltiples caminos para llegar a Roma. Y créanme, algunas de ellos son realmente espectaculares.


 

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