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La ciencia en el mundo en vías de desarrollo: construyendo alianzas para el futuro

 

JOSEFINA COLOMA Y EVA HARRIS

DEPARTAMENTO DE ENFERMEDADES INFECCIOSAS

FACULTAD DE SALUD PÚBLICA

UNIVERSIDAD DE CALIFORNIA, BERKELEY, Y EL INSTITUTO DE CIENCIAS SOSTENIBLES DE SAN FRANCISCO, CALIFORNIA

 

27/09/02

 

¿Qué podrían tener en común un astronauta de Costa Rica, un inmunólogo molecular y un químico estructural argentino, todos ellos de renombre dentro de sus campos? El hecho de estar viviendo y trabajando fuera de sus países de origen. Es ésta una situación que podríamos calificar de habitual: expertos en campos científicos diversos aterrizan en los Estados Unidos o en Europa con el fin de avanzar en sus carreras laborales y pierden el contacto con sus homólogos en sus respectivas naciones. Nosotras, las autoras, nos podemos incluir dentro de este grupo, pero hemos optado por seguir formando parte del mundo en vías de desarrollo como “científicas internacionales” y nos hemos comprometido a devolver a nuestros países parte de lo que hemos podido cosechar en el Norte. En este artículo nos centramos en América Latina, porque es allí donde tenemos más experiencia, pero los asuntos que planteamos son comunes a la mayoría de los países del Tercer Mundo.

La marcha científica de los países en desarrollo es muy diferente a la investigación que tiene lugar en el Primer Mundo. A menudo, debido al constante encogimiento de las economías y los presupuestos nacionales, la investigación básica no es una opción. Los investigadores se enfrentan a obstáculos enormes: recursos financieros, materiales y humanos limitados; aislamiento científico; y falta de títulos y carreras profesionales superiores, apoyo institucional, formación técnica, herramientas para la investigación e información científica actualizada.

 

Irónicamente, el acceso limitado a los recursos en el periodo de formación de un científico tiene, no pocas veces, una consecuencia positiva: los investigadores se fuerzan a ser más creativos. El verbo utilizado más frecuentemente es algunos países es, no lo olvidemos, “resolver”. Hemos aprendido a improvisar y a utilizar materiales comunes y herramientas simples en lugar de otras más sofisticadas, a encontrar soluciones en cosas de uso diario y a adaptar protocolos para convertirlos en enfoques de bajo coste útiles en todos los lugares (1). El reciclado y la reutilización de los materiales de laboratorio, la adaptación de los instrumentos y la maquinaria de trabajo y la sustitución de los reactivos son algunos de los rasgos característicos de los laboratorios de los países en desarrollo.

 

El progreso de la ciencia en el Tercer Mundo ha alcanzado distintos niveles en las diferentes naciones. En América Latina, a pesar de la proximidad entre los países y la existencia de culturas semejantes, cada país ha desarrollado (o no ha desarrollado) su capacidad científica de forma individual. Ningún país latinoamericano podría clasificarse dentro del grupo de los países “científicamente desarrollados”; pero Cuba y Brasil se consideran “científicamente competentes”, mientras que Argentina, Chile, Méjico, Colombia, Venezuela, Costa Rica y Bolivia estarían en el grupo de países “en desarrollo científico”. Lamentablemente, todas las demás naciones se definirían como “países científicamente retrasados” (2).

 

Una manera de fortalecer la base científica de los países en desarrollo es a través de colaboraciones y convenios. El objetivo fundamental de la política de alianzas que defendemos es forjar la capacidad científica del continente, a la vez que se desarrolla investigación de alto nivel y relevancia local, conducente a la obtención de publicaciones de alta calidad. Lo vemos como un proceso vertical (de abajo a arriba); se trataría de que los beneficios recayesen, en primer lugar, en científicos individuales y en pequeños grupos, y que luego se extendiesen a las organizaciones y agencias gubernamentales.

 

A través de nuestras respectivas carreras académicas y nuestra organización sin ánimo de lucro: el Instituto de Ciencias Sostenibles (Sustainable Sciences Institute o SSI), nos hemos embarcado en un proyecto a largo plazo, que comenzamos a idear hace quince años cuando, mediante nuestro trabajo independiente en varios países latinoamericanos, nos dimos cuenta de que, en la práctica, los numerosos recursos destinados a ciencia básica y aplicada en los Estados Unidos y Europa apenas lograban mejorar los estándares de salud en el resto del mundo. En 1988, una de nosotras (Harris) comenzó un programa de transferencia tecnológica en biología molecular, aplicado concretamente a enfermedades infecciosas, y conoció a la otra (Coloma) cuando presentaba su trabajo en un congreso en Cuba. Coloma, ecuatoriana doctoranda de la Universidad de California en Los Ángeles, sintió la necesidad de hacer lo mismo que Harris en su país. Juntas, organizamos una serie de talleres prácticos de diagnóstico molecular en Ecuador. El programa creció, se extendió por otros países de la zona y también obtuvo visibilidad en el mundo desarrollado mediante múltiples publicaciones y presentaciones (3). Años más tarde, el trabajo fue reconocido mediante la entrega del MacArthur Genious Award a Harris, premio que sería utilizado para fundar el SSI en 1998. Elena Peñaranda, con una larga trayectoria en el mundo académico y en los Centros de Control y Prevención de la Enfermedad en Atlanta (Georgia) se unió al SSI en el año 2000 como directora científica.

 

Como parte de nuestro programa, hemos organizado talleres prácticos de diagnóstico, epidemiología y control de enfermedades infecciosas para más de quinientos investigadores y educadores en salud pública, en veinte países en desarrollo. También hemos ayudado a desarrollar y financiar varios proyectos científicos, de relevancia local, y hemos proporcionado material, suministros, contactos y asesoramiento técnico a numerosos investigadores (4). Como resultado de estos esfuerzos, hemos fomentado y mantenido acuerdos de colaboración y convenios con varios grupos académicos y gubernamentales de América Latina y ahora estamos comenzando a extender el programa por el continente africano. Gracias a iniciativas como la nuestra, y a alguna otra semejante, a la que también habría que dar crédito, hoy por hoy podemos encontrar científicos de primera clase o pequeños centros de excelencia en los denominados “países científicamente retrasados”, como el Laboratorio Nacional de Virología en nicaragua o un equipo investigador universitario en Paraguay.

 

No obstante, el camino no ha estado falto de piedras. Las instituciones latinoamericanas están plagadas de relaciones jerárquicas que son muy difíciles de quebrar. Muchos jóvenes investigadores están frustrados por su incapacidad para avanzar en sus carreras profesionales porque tanto ellos como sus conocimientos de conceptos y técnicas modernas son considerados amenazantes por las estructuras de poder. La escasez de recursos frecuentemente exacerba las rivalidades políticas y personales. A menudo se requieren años de trabajo para lograr crear un clima de confianza mutua en el que los convenios verdaderos y productivos puedan desarrollarse.

 

Está claro que Internet ha tenido un efecto transformador en la medida en que ha reducido el aislamiento científico de los científicos en países de desarrollo, facilitando la comunicación, y sirviendo de biblioteca virtual. No obstante, las tasas de suscripción de las publicaciones científicas son prohibitivas para muchos científicos e instituciones. Una manera sencilla de aumentar la base de conocimiento de estos lugares es subvencionar estas suscripciones. Hay muchas otras formas de iniciar actividades que catalizarán colaboraciones con el “Sur”. Por ejemplo, cuando éramos doctorandas, cada una de nosotras recolectó decenas de miles de dólares de material y suministros de nuestras respectivas universidades y de las empresas de biotecnología locales y las mandamos a laboratorios de varios países en desarrollo. Los estudiantes de postgrado o los técnicos de laboratorio pueden ofrecerse a impartir seminarios breves de forma voluntaria o a dar conferencias coincidiendo con sus viajes a otros lugares. La mejor vía de comenzar una colaboración puede ser tutelar a jóvenes investigadores pre- y postdoctorales, pero es esencial que la cooperación continúe a lo largo de la fases de retorno a sus respectivos países y de entrada en el mercado laboral. Las becas de reincorporación y el compromiso de apoyo científico a medio y largo plazo son elementos fundamentales para animar a los científicos a regresar y a permanecer en sus países de origen.

 

Finalmente, como científicas del área de la biomedicina, estamos convencidas de que un enfoque sostenible, bien priorizado, de la investigación requiere que los esfuerzos investigadores sirvan a la sociedad y estén orientados hacia el bien público. Creemos firmemente que la construcción de una base y una capacidad científica y técnica en los países en desarrollo ayudará a los científicos locales a definir y a escoger sus propias alternativas de desarrollo; a obtener nativos cualificados para crear mano de obra local; a fundar instituciones adecuadas para el desarrollo; y, finalmente, a tener una voz más equitativa en asuntos de índole internacional.

 

Referencias:

1. Harris, E. (1999). A Low-Cost Approach to PCR: Appropriate Transfer of Biomolecular Techniques. New York: Oxford University Press (disponible online).

2. Wagner, C. S., Brahmakulam, I., Jackson, B., Wong, A., Yoda, T. (2001). Science and Technology Collaboration: Building Capacity in Developing Countries. Santa Monica: RAND Publications (disponible online).

3. Harris, E. (1996). Developing essential scientific capability in countries with limited resources.Nat. Med. 2, 737-739.

4. Harris, E. and Tanner, M. (2000). Health technology transfer. Brit. Med. J. 321, 817-820.


 

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