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África se electriza

 

ASHTON APPLEWHITE

ESTADOS UNIDOS

 

27/09/02

 

 

 

Lea este artículo en inglés.

Sten Bergman no es fácil de localizar. A caballo entre Washington D.C. – su “hogar” actual - y el continente africano, en el que pasa casi todo su tiempo, este experto en energía rural recorre, en avión, una media de 300000 km. al año. Y eso sin contar los trayectos polvorientos que atraviesa para alcanzar los destinos finales de cada uno de sus viajes: esa infinidad de aldeas minúsculas, remotas, que él querría ver surtidas de energía eficiente y a bajo coste.

 

Como representante de la Agencia Sueca para el Desarrollo, ante la “Iniciativa de Energía Renovable y Energía para las Zonas Rurales de África” del Banco Mundial, Bergman es responsable de ayudar a establecer “un nuevo modelo para la electrización rural en África”, tarea que implica, esencialmente, identificar las necesidades de cada zona, decidir qué tecnología energética de bajo coste serían la más adecuada para cada una, y explicarle las características e implicaciones de dichas tecnologías a ministros, líderes regionales, empresas de servicios públicos y “al hombre de la calle”, señala Bergman. Y sí: todo ello exige horas y horas en carretera.

Afortunadamente, Bergman siempre ha tenido dentro el gusanillo viajero. Fue, de hecho, este afán suyo por conocer mundo, combinado con un fuerte impulso a hacer el bien, el que, para empezar, le condujo a este empleo tan singular.

Raíces energéticas tradicionales

Gran parte de la trayectoria académica y profesional de Bergman se semeja mucho a la de cualquier otro ingeniero especializado en asuntos energéticos. Nacido en Västaras (Suecia), en 1972 recibió su Máster en Ingeniería eléctrica por el Chalmers Institute of Technology de Gotemburgo, y empezó a trabajar en Asea Atom, el “Westinghouse sueco”, como él le llama.

Como ingeniero encargado de sistemas de control nuclear, Bergman supervisó el arranque de la segunda y la tercera planta nuclear del país, ambas basadas en nuevos diseños “made in Suecia”. (En plena retirada sueca de la industria nuclear, uno de los reactores, el Barsebäck 1, cerró, pero el decomiso de los doce restantes ha quedado paralizado, ya que hasta la fecha todavía no se han encontrado buenos sustitutos rentables económicamente).

De Asea Atom, Bergman saltó a Sydkraft, la empresa energética del Sur del Suecia. Allí empezó a trabajar en el campo de la energía eólica, poniendo en funcionamiento, en 1980, el molino de viento más grande del país. Conocido como el “Maglarp”, este prototipo 3-MW tenía hélices de 37 metros de largo. A continuación, Bergman trabajó para ABB Relays, donde diseño sistemas de relevo para proteger el cableado eléctrico ante posibles fallos energéticos. “Todas las estaciones generadoras, estaciones transformadoras y líneas eléctricas, tienen sistemas de protección, hasta entonces basados en relevos mecánicos”, explica. Como jefe de especulación en I+D, Bergman ayudó a sacar adelante la siguiente generación de relevos basados en microprocesadores.

Un despertar

En 1988, Bergman viajó a Japón por motivos laborales, y se quedó prendado con la cultura y tecnología del país. Al año, le ofrecieron un puesto de agregado de ciencia y tecnología en la embajada sueca en Tokio y decidió dejar su trabajo en ABB y aceptarlo. Y así comenzó un periodo de cuatro años en el que se dedicó a hablar sobre tecnología japonesa a los ejecutivos suecos de visita en Japón. En su tiempo libre, aprovechó para conocer el continente asiático: Malasia, Filipinas, Tailandia... Bergman tenía ganas de “conocer sus gentes, probar sus platos, ver la alta y la baja tecnología, comprender la historia y la cultura”.

Fue en su paso por las Islas Filipinas cuando Bergman se encontró, frente a frente, con las peores caras de la pobreza. “Vi a gente que vivía en chozas tan endebles, que bastaba que soplase un viento un poco fuerte, para que se quedasen a cielo descubierto”, recuerda. Empezó a pensar en cómo aplizar sus conocimientos para ayudar a los más desfavorecidos.

En 1993, y a través de una organización con sede en Viena denominada SOS Children´s Villages, Bergman apadrinó a un niño tibetano de diez años del Sur de la India. Más adelante, iría a visitarlo, lo que le llevó a iniciar una campaña para comprar ordenadores para el colegio de su ahijado. Inspirado por este episodio, comenzó un proyecto para construir una escuela en otra aldea, Umtata, en la que también trabajaba SOS, en el Este de Sudáfrica.

África intrigó a Bergman, con su abundancia de recursos y su potencial subdesarrollado. “Decidí que, de surgirme alguna oportunidad para trabajar en África, la aceptaría”, dice. Unas cuantas semanas más tarde, encontró una oferta de empleo en un periódico sueco: “Lo solicité ese mismo día”.

Un nuevo modelo

Contratado en 1999 por el Banco Mundial, Bergman lleva ya casi tres años trabajando como especialista energético senior en temas de tecnología para la “Iniciativa de Energía Renovable y Energía para las Zonas Rurales de África” que apoya la institución financiera. La filosofía detrás de este proyecto supone un cambio radical con respecto a las maneras más tradicionales de abordar el tema del desarrollo. En lugar de optar por un sistema energético centralizado en torno a grandes empresas de servicios y bancos, la iniciativa trata de promover el establecimiento por parte del sector privado de redes de suministro pequeñas, independientes, en regiones remotas.

El continente africano tiene una imperiosa necesidad de energía. En las zonas rurales de Uganda, por ejemplo, sólo un 1% de los hogares tienen electricidad, e incluso en una de sus ciudades más grandes, Arua, unas 40000 personas no tienen suministro eléctrico. Muchas familias utilizan pequeños generadores de diésel para tener algo de luz en sus tiendas y poder poner sus molinos en funcionamiento, gastando entre 50 céntimos y un dólar por kilovatio-hora (comparado con los cinco céntimos que se paga por la misma unidad de energía en los Estados Unidos). “Los más pobres, los que sólo se pueden permitir keroseno para alumbrar sus hogares y carbón para cocinar, gastan un 30% de sus ingresos en energía”, señala Bergman.

Bergman dedica gran parte de su tiempo a analizar las diversas tecnologías energéticas y a determinar cuáles son compatibles con las fuentes de generación y las insfraestructuras locales. El continente ofrece muchas alternativas energéticas posibles: a saber, hidráulica, eólica, biomásica y solar. “Muchos lugares tienen sol casi ocho horas diarias, 358 días al año, así que los sistemas solares sencillos se adecúan bastante bien a las características del terreno”, comenta.

“Me gusta evaluar todas las variables – políticas, logísticas y económicas – y sólo después tratar de elaborar programas energéticos que se ajusten de la mejor manera posible a todas estas capas de realidad”, dice Bergman. En el caso de Arua, llegó a la conclusión de que sus ocho pequeños ríos eran idóneos para el establecimiento de un esquema de diques. El plan inicial es comenzar con dos ríos, y generar así hasta 5 MW de electricidad, y después ir ampliando el sistema gradualmente. Se espera que haya inversión y participación local, además de internacional, en el proceso.

Menos es más

No es difícil convencer a los ciudadanos para que acepten estos proyectos a pequeña escala (umeme en Swahili), pero persuadir a las empresas de servicios ya es otra historia. Durante muchos años, las empresas anergéticas africanas se han dedicado a solicitar enormes donaciones para poder construir redes sofisticadas capaces de soportar los altos picos de consumo energético que se anticipaban para las siguientes tres décadas. A menudo, estas redes simplemente calcaban las occidentales. “El cableado eléctrico de Burkina Faso se construyó siguiendo al pie de la letra especificaciones francesas, de forma que las líneas pudiesen soportar... ¡el peso de las aumulaciones de nieve!”, exclama Bergman, con sorna.

“Nosotros proponemos dejar un lado estos estándares chapados en oro y decimos: “Pensemos en diez años vista, y veamos qué se podrá permitir la gente””, explica. El mundo desarrollado, por ejemplo, utiliza cables eléctricos de tres fases, cuya instalación ronda los 40000$ / km., para transportar megavatios en lugar de kilovatios. Las empresas africanas estaban usando la misma tecnología, hasta que Bergman supo que en los albores del proceso de electrización de los Estados Unidos, las granjas del Medio Oeste solían estar conectadas con cables de una sola fase. “Cuando se tiene un único hilo de aluminio de una sola fase y se utiliza la tierra como conductor de vuelta, es posible ahorrar hasta un 90% en costes”, observa. En otras palabras, la electricidad pasa a ser algo que todo el mundo se puede permitir. La actualización del cableado a tres fases podría hacerse en un futuro, conforme aumentase la demanda.

No sólo luz

Bergman y su equipo también están esforzándose por mejorar las infraestructuras hidráulicas, sanitarias y de comunicaciones que una comunidad puede permitirse una vez tiene electricidad. Los móviles, por ejemplo, han sido una bendición para los pescadores del lago Victoria. “Una vez completada la captura del día, llamen por teléfono a los tres puertos y atracan en el que les ofrece el mejor precio por la mercancía”, dice Bergman. También está colaborando con colegios, y en programas de formación pedagógica, para instalar Internet y servicios de telefonía – e incluso de telemedicina – mediante redes de radio y satélite.

“Básicamente, detrás de esta iniciativa africana está la idea de canalizar recursos eléctricos a actividades con un beneficio económico”, explica Bergman. Con este objetivo en mente, sus colegas y él están ayudando a muchos a obtener mejores soldadoras y máquinas de coser, enseñándoles a usarlas, y creando cauces para que las pequeñas empresas puedan obtener micro-créditos con los que expandir sus negocios. Repartir bombillas está muy bien, dice, “pero no genera dinero”.

Broker energético

A lo largo de su trayectoria profesional, Bergman se ha topado con muchas empresas energéticas pequeñas realmente innovadoras. Sustainable Control Systems, por ejemplo, con sede en Nottingham (Inglaterra), fabrica un aparato denominado “PowerProvider” (o “proporcionador de energía”) que Bergman está considerando emplear en Tanzania y Uganda. Es una alternativa barata al contador de luz casero. “Se desconecta si el consumidor gasta más de lo que le permite la tarifa plana a la que está suscrito, y vuelve a conectarse tan pronto el usuario regresa a los niveles de consumo permitidos”, dice Bergman. También impide el robo energético.

Una vez finalice su contrato con el Banco Mundial el mes que viene, Bergman confía en seguir trabajando como broker de manera freelance. “Probablemente funde mi propia empresa, con el objetivo de seguir procurando que los países en desarrollo tengan acceso a la tecnología adecuada”, dice. Sobran las oportunidades: el Banco Mundial estima que unos 2000 millones de personas de todo el mundo siguen sin tener electricidad. “Estas tecnologías”, dice Bergman, “son una auténtica fuente de esperanza, a nivel global, porque en la medida en que se puedan reducir sus costes de manera significativa, más personas podrán tener electricidad a lo largo de sus vidas”.

Artículo traducido del original, publicado en NextWave con el permiso de IEEE Spectrum Careers, el portal web de desarrollo profesional de la revista Spectrum del Institute of Electrical and Electronics Engineers (IEEE).


 

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