Hoy en día, el mundo parece dividido entre los entusiastas y los escépticos de la tecnología. Los entusiastas ven en los nuevos avances puertas abiertas a la información y al conocimiento; a nuevas invenciones en medicina y agricultura; y por ende, al comienzo del fin de la pobreza. Los escépticos consideran que las nuevas tecnologías son irrelevantes para las vidas diarias de los pobres del planeta: “¿Necesita Internet el hombre que lucha por poder llevar a su hijo al colegio y tener un hospital al que acudir en caso de necesidad?”. Otras tecnologías, como la biotecnología, son tachadas como peligrosas tanto para la salud humana como para el medioambiente. Y para muchos, el progreso tecnológico es una herramienta para los ricos y no para los pobres. Su impacto socioeconómico, dirían ellos, es negativo. No son pocos los que opinan que es el mercado global el que impulsa los avances en la tecnología, enriqueciendo a las corporaciones, y contribuyendo a estrujar todavía más a los más necesitados.
Aunque les parezca curioso, estoy de acuerdo con ambas posturas. La revolución tecnológica actual ha amplificado el repertorio de vías para tratar de solventar algunos de los problemas más urgentes derivados de la pobreza. No obstante, todavía nos queda mucho camino por recorrer antes de poder desarrollar las aplicaciones o encontrar respuestas a muchos de los interrogantes que plantean los escépticos.
Analicemos algunos de los asuntos más contenciosos...
En primer lugar: ¿los pobres necesitan Internet? ¡Sí! Hoy por hoy tenemos ya muchas pruebas, de todos los rincones del mundo – de Brasil a la India, pasando por Senegal -, de las múltiples ventajas que entraña la red de redes. Internet tiene la facultad de otorgar poder a sus usuarios. Cuando los granjeros, por ejemplo, obtienen acceso a información sobre precios, pueden comenzar a romper el monopolio de los mercaderes locales; la formación a distancia permite el acceso sin barreras a la educación de calidad... La gente también puede hacer uso de Internet para movilizarse políticamente, como se hizo en el movimiento popular que desafío al ex-presidente Estrada, en Filipinas.
Dicho esto, Internet seguirá siendo una herramienta de los ricos, irrelevante en gran medida para la gran mayoría de los pobres, a menos que se desarrolle la tecnología necesaria para satisfacer las necesidades de estos últimos. Lo que se requiere no es sólo infraestructura, sino conseguir que ordenadores sin infraestructura, precisamente – aparatos sin cables: a pilas, por ejemplo – lleguen a las aldeas por una fracción de su precio de mercado. Pero este escenario exige una política pública proactiva; es muy poco probable que las macro-empresas tecnológicas inviertan en este tipo de productos, en la medida en que los pobres representan una parte ínfima de su mercado de ventas.
En segundo lugar: ¿es la biotecnología una solución al hambre mundial o es un demonio que debería ser, al contrario, eliminado? Estas dos posiciones extremas han estado echando leña, durante los últimos años, a este debate polémico. Necesitamos desarrollar una “tercera vía” con medidas más severas para hacer frente a los riesgos y a su vez desatar de lleno el potencial de la biotecnología como medio para mejorar la imperante necesidad de productividad de los granjeros pobres. La comunidad científica ha de hacer por mejorar sus conocimientos acerca de los riesgos de la biotecnología para la salud y el medioambiente. No obstante, el desarrollo de sistemas para la gestión de estos riegos también es esencial. Los riesgos son, muy a menudo, específicos de una ubicación o región determinada, de aquí que sea necesario poder conocer y evaluar las amenazas e implementar las correspondientes normas de seguridad a nivel de cada país individual. En la medida en que son las propias personas implicadas las que, en última instancia, habrán de tomar sus propias decisiones acerca de los riesgos a los que accederán a someterse o no, caso por caso, el acceso a la información - víael etiquetado de productos, por ejemplo - es fundamental.
La tecnología no es, en ningún caso, una solución mágica para erradicar el hambre o solventar el problema de la pobreza mundial. Son muchos los factores socioeconómicos profundamente arraigados que han de ser superados, pero en cualquier caso, la tecnología dirigida a elevar los niveles de productividad también puede ser de gran ayuda. La mitad de la población “pobre” del planeta (los 1200 millones de personas que viven con menos de un dólar al día) son granjeros que viven en regiones con climas inciertos y que cultivan productos tales como la casava o el sorgo. En la actualidad, sus medios tradicionales de vida están viéndose muy amenazados, y se ha avanzado poco con vistas a mejorar su productividad. La Revolución Verde que consiguió doblar o triplicar la productividad de los granjeros cultivadores de arroz, maíz o trigo, pasó `por encima de ellos sin tocarlos.
Tercera pregunta: ¿por qué vía de desarrollo tecnológico se debería apostar: por la indígena o la moderna? Ésta es una disyuntiva falsa. No lo dudo: el advenimiento de la innovación tecnológica puede suponer una amenaza para los métodos y los conocimientos indígenas, pero la actitud rígida de rechazo hacia todo tipo de tecnologías modernas no beneficia ni a la tradición ni a las comunidades humanas implicadas. El justo modo de proceder debería ser una amalgama entre las ventajas de la metodología científica moderna y el conocimiento autóctono, en aras de crear tecnología innovadora reconciliadora. Un equipo de científicos vietnamitas, por ejemplo, lleva unos años llevado a cabo investigación en el tratamiento de la malaria, y de ella han salido una serie de fármacos que encarnan una mezcla de la mejor ciencia moderna y una dosis de conocimientos bien establecidos dentro de la tradición indígena. Que no quede por decir que muchos países también tienen que empezar a protegerse contra la bioprospección y a introducir nuevas disposiciones para proteger los conocimientos autóctonos.
La necesidad de nuevos partenariados
Sería un error trágico rechazar el vasto potencial de las nuevas tecnologías en la lucha contra algunos de los problemas más acuciantes vinculados a la pobreza: variedades de alimentos resistentes a la sequía y a las pestes para los granjeros dejados de lado por la Revolución Verde, tratamientos para múltiples enfermedades tropicales, tales como la malaria o la enfermedad del sueño, ordenadores sin cables y a bajo precio capaz de romper con el aislacionismo de las comunidades rurales que dependen de la radio y de la boca a boca; y suministros de energía económicos para tantas y tantas personas de países en vías de desarrollo que hasta la fecha siguen utilizando estiercol y leña.
No obstante, el mercado global, que es el que dirige los caminos de la tecnología, no está teniendo en consideración los beneficios del progreso tecnológico para los más necesitados; al contrario, no hace sino ignorarlos, en la medida en que las naciones en desarrollo no constituyen un mercado propiamente dicho. La inversión privada se orienta hacia los mercados ya existentes: de los más de mil productos farmacéuticos que se pusieron a la venta desde 1975, sólo trece estaban dirigidos a tratar males tropicales. Otro dato significativo: únicamente un exíguo 10% de la investigación médica mundial se centra en las enfermedades que afectan a un 90% de la población del planeta. En 1995, de cada 100 dólares del PIB agrícola, los países industrializados invirtieron 2.70 en I+D público en agricultura, y los países en desarrollo una media de tan solo 62 céntimos.
El sector público no ha respondido al potencial que tiene la ciencia y la tecnología para contribuir al desarrollo humano. Durante los últimos diez años, el gasto público se ha estancado, mientras que el privado ha aumentado considerablemente: de unos 400.000 millones de dólares en 1990 a más de 500.000 millones en 1998. La inversión privada en investigación agrícola supuso un total de unos 10.000 millones de dólares a lo largo de este periodo; como contraste, el dato de que el Grupo Consultivo para la Investigación Agrícola Internacional – la primera red de instituciones de investigación especializadas en investigación agrícola para países en desarrollo -no pudo ni alcanzar la cifra de los 400 millones invertidos.
Aunque no cabe duda de que, sin intervención alguna, el mercado global no invertirá en tecnología para la reducción de la pobreza, no hay gobierno que pueda hacer frente, en solitario, al déficit de inversión pública en las nuevas tecnologías más urgentemente necesitadas. Se requieren iniciativas innovadoras tomadas a nivel internacional capaces de canalizar las tecnologías hacia la satisfacción de estas necesidades imperiosas. Los países más avanzados, las instituciones financieras internacionales y el sector privado podrían y deberían unir sus fuerzas y crear incentivos y nuevos convenios de I+D. El sector público no puede cargar con esta cruz en solitario, ya sólo porque gran parte del know-how está en manos de los titulares de patentes y de científicos, y porque gran parte de los recursos financieros provienen de donaciones filantrópicas privadas. Las empresas pueden sacarle partido a los resultados de los trabajos de investigación, desarrollando productos y sacándolos al mercado. La Iniciativa Internacional Vacuna para el SIDA (International AIDS Vaccine Initiative) es un ejemplo excelente de este tipo de actuaciones. Han de desarrollarse nuevos modelos y métodos para la movilización de los recursos. ¿Por qué no animar, por ejemplo, a más billonarios de países desarrollados, a que dirijan los esfuerzos investigadores en determinados sentidos, tal y como lo hace la Fundación Gates? Las compañías de alta tecnología también podrían dedicar un porcentaje de sus beneficios a la investigación en productos no comerciales, tal y como lo propuso recientemente el jefe de investigación de Novartis.
Después de todo lo dicho, soy de los que opino que la solución a largo plazo en el área de la innovación tecnológica para las prioridades de desarrollo vendrá del Sur. Y no, no estoy haciendo castillos en el aire: ésta es una realidad como una casa. De hecho, a diferencia de lo que se cree habitualmente, en muchos países del Tercer Mundo prevalece un dinamismo espectacular. La actividad investigadora de varios países en vías de desarrollo está produciendo resultados dignos del mejor de los laboratorios de Occidente: en los últimos años, hemos sido testigos de como ha salido a la luz una vacuna para la meningitis en Cuba, un tratamiento para la malaria en Tailandia, un ordenador personal sencillo por un precio módico ($300) en Brasil... En boca del jefe del laboratorio brasileño en cuestión: “Nos dimos cuenta de que el Primer Mundo no compartía nuestro problema; jamás encontraríamos una empresa sueca o suiza dispuesta a solucionárnoslo. Teníamos que sacarnos nuestras propias castañas del fuego”.
Para concluir: la tecnología no es inherentemente buena o mala; sus resultados dependen de su utilización. La prueba de fuego a la que podríamos someterla es a la pregunta de si empoderará a la población implicada permitiéndole utilizar el conocimiento colectivo mundial, y ser protagonistas del aumento del mismo. El gran reto del nuevo siglo es garantizar este empoderamiento para toda la humanidad, no sólo para unos pocos afortunados. Y la solución pasa, básicamente, no por la caridad, sino por la política: incentivos a nivel nacional y global, nuevas normas y abundancia de recursos.
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