A poco que se conoce a Leppan, uno se da cuenta de que, tal y como reza el refrán popular, no ha de juzgarse el libro por su portada.
Lo digo porque el rostro de Leppan a menudo porta una expresión adormecida, como de aburrimiento; y sin embargo, dentrás de ella se esconde un dinamismo desbordante y una gran mordacidad. Su currículum incluye temporadas en las que fue ingeniero, piloto de carreras y revolucionario. Al verlo, nadie podría adivinar que es africano y que, en un momento dado, se vio forzado a abandonar su país como refugiado político.
Nacido y criado en Sudáfrica, Leppan creció durante el apartheid y fue testigo de los muchos cambios que experimentó su país. Sus padres participaron activamente en la campaña contra la independencia de Sudáfrica con respecto a Gran Bretaña, y el joven Wardie no fue ajeno a esta influencia. Cuando tenía nueve años, realizó el que sería el primer acto político de su vida.
Estaba en el colegio. Con vistas a promover un cierto patriotismo en el alumnado, todos los niños recibieron banderitas y unos lazos con medallas de bronce cosidas, para que se pusieran en el uniforme. “Conseguí que todos los niños juntasen sus banderas en el camino de entrada al colegio y que las quemasen”, dice, con la actitud indiferente propia del adolescente; con el tono que la mayoría de nosotros emplearíamos para hablar del día que robamos una galleta o nos fumamos ese primer pitillo detrás de unos arbustos. “Por supuesto, me pegaron; y casi me expulsaron del colegio”, dice como si nada.
Afortunadamente, este episodio no puso fin a su trayectoria académica y, terminada su etapa de Secundaria, pasó a la universidad, donde estudió una materia práctica que, no obstante, le interesaba poco: “Desde que era pequeño, me fueron encauzando hacia la ingeniería porque se me daban bien las matemáticas y la física, y porque decía que quería ser piloto de carreras y diseñar mis propios vehículos”, dice.
“Tan pronto llegué a la universidad, en mi primer año, me di cuenta de que lo último que quería ser era ingeniero. Pero por aquel entonces estaba muy metido en política y sabía que no podría quedarme muchos años más en Sudáfrica; tendría que irme. El título de ingeniería de la universidad en la que estudiaba estaba reconocido a nivel internacional, así que llegué a la conclusión de que lo mejor sería que continuase con lo empezado”.
No obstante, Leppan hizo mucho más que simplemente “soportar” la carrera y terminarla a duras penas. Su rendimiento fue tal que, hacia el final de sus estudios, le ofrecieron la oportunidad de obtener un Máster en Ingeniería por la Carleton University, de Ottawa. Rechazó la plaza y se fue a Europa, donde hizo realidad uno de sus sueños infantiles, dedicándose profesionalmente, y con cierto éxito, durante una temporada a ser piloto de carreras.
Aunque a Leppan le atraía la velocidad, no podía – dice – comparar este interés con la necesidad que sentía de mejorar las cosas en su país. “Simplemente creo que siendo deportista o atleta profesional en la vida, uno se queda corto. Comía, bebía, entrenaba... pero me obsesionaba la idea de contribuir poner fin al apartheid”.
Tras unos años en Europa, regresó a Sudáfrica y retomó sus actividades políticas, pero no sin pagar un precio por ello. “Me esforcé mucho por promover los sindicatos entre los trabajadores negros, y con ello me metí en un problema gordo, porque por aquel entonces era ilegal. Así que tuve que abandonar rápidamente el país”.
Tal y como lo había anticipado muchos años antes, su título de ingeniero fue, para él, como una especie de tarjeta capaz de “sacarle de la cárcel sin pagar fianza”. Se puso en contacto con la Carleton Universityy preguntó si la oferta que le habían hecho en el pasado para estudiar un Máster seguía abierta. Pronto haría sus maletas y pondría rumbo a Canadá.
Aparte de seguir las materias del currículum académico de su Máster, Leppan se matriculó en algunas asignaturas de postgrado del Norman Paterson School of International Affairs (NPSIA). Le gustaron tanto que, uno vez hubo completado su título de ingeniería, pasó a hacer un segundo Máster en el NPSIA, y se embarcó así en la que sería una larga travesía de más de veinte años en el campo del desarrollo. “Digamos que podría decirse que fue mi actividad política la que me empujó hacia esta área”, señala.
Antes de conseguir su actual puesto de trabajo, Leppan tuvo que trabajar durante muchos años en otros campos - seguridad alimentaria, gestión de recursos comunitarios, desarrollo de recursos marítimos - tanto en Canadá como en el extranjero (inclusive un periodo de seis años en Sudáfrica). Él considera que este rodaje, agotador pero importantísimo, es necesario para forjar cualquier carrera profesional en desarrollo.
“Es fundamental obtener experiencia fuera del propio país de origen. Uno aprende a discernir los temas importantes que afectan a cada región, y a ponerse en el lugar de su gente. Pero tener una buena formación general también es esencial. Uno puede haber estudiado biología, por ejemplo, pero ha de haber seguido cursos que le hayan expuesto al impacto político, ecológico y social del desarrollo”.
Leppan ha sido testigo de un giro hacia este enfoque más interdisciplinar del desarrollo durante los veinte años que ha estado trabajando en el campo de los recursos naturales. Cada vez más, dice, las agencias tienden a contratar a personas de un más amplio repertorio de disciplinas, y con trayectorias académicas de lo más variadas, lo que redunda en una mayor riqueza de perspectivas a la hora de abordar cualquier problema.
“En la década de los ochenta, hablar de desarrollo era hablar de soluciones técnicas, sin analizar sus impactos”, señala. “En la actualidad, las agencias, y en particular el IDRC, están mucho más centradas en los enfoques interdisciplinares”.
Como veterano que es, Leppan se ha topado y ha superado ya, muchas de las ideas equivocadas en torno al desarrollo. Demasiado a menudo, dice, la gente tiende a creer que el desarrollo es una calle de un solo sentido: que nosotros aquí en el Norte somos los profesores, y que los del Sur han de aprender nuestro modo de hacer las cosas.
“Y sin embargo, yo creo que las cosas no son así, en absoluto. Tenemos mucho que aprender del Sur”, dice Leppan. “Lo que podemos hacer es ayudarles a obtener recursos que les permitan hacer lo que necesitan y lo que quieren, en lugar de dictarles lo que deberían hacer”.
No hay duda alguna de que esto es lo que Leppan estaba llamado a hacer. Cuando le pregunto qué es lo que estaría haciendo, de no haber caído en el campo de desarrollo, me encuentro con que le cuesta encontrar una respuesta. Tras una larga pausa, masculla: “¿Enseñanza, quizás?”. “O quizás algo relacionado con los servicios sociales”. Se nota que no se ha parado demasiado a pensarlo.
Por cierto, Leppan sigue yendo a las carreras... pero ahora sólo de karts.
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