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¿Sabe? Es gracioso como una sola pequeña decisión puede tener un impacto dramático en tu vida. Hace tan solo un año creía estar en el camino profesional ideal: llevaba ya dos años matriculada en un programa de doctorado en la Duke University, estudiando el comportamiento animal (un tema que me apasionaba), había aprobado mi primera tanda de exámenes con éxito y estaba dedicada en cuerpo y alma a un proyecto de tesis que me exigía pasar mis meses de verano buceando en arrecifes de coral en el Caribe. ¿Por qué, se preguntarán ustedes, estoy ahora trabajando para un consorcio medioambiental sin ánimo de lucro en la cuenca de la Bahía de Chesapeake? Pues porque a veces, uno ha de frenar y evaluar su presente, el rumbo que lleva su vida y lo que desea, de verdad, ser “de mayor”.
Desde que tenía doce años supe que me doctoraría en biología y que estudiaría en profundidad algún organismo marino exótico oriundo de los trópicos. Hasta que no inicié mis estudios doctorales, no me di cuenta de las siguientes dos cosas: (1) las decisiones que se toman a los doce años no siempre son válidas, y (2) aunque el comportamiento del pez damisela de tres lunares bien podría mantenerme fascinada durante un periodo de al menos cuarenta años, podría también no ser lo suficientemente gratificante como para servir de objetivo último de toda una vida. Al final de mis días en la tierra, ¿dejaría el mundo en mejores condiciones de como lo encontré al llegar? Algunos argumentarían a favor del sí, pero yo decidí aplicar mis habilidades como científica a las áreas de recuperación y protección medioambiental, para tratar de cambiar un poco las cosas para bien. Así que me trasladé a la cuenca de la Bahía de Chesapeake, donde se están haciendo esfuerzos monumentales por minimizar el impacto de la actividad humana en este ecosistema de 64.000 millas cuadradas.
Empecé a trabajar en Chesapeake en 1994, como becaria investigadora de la Oficina del Programa para la Bahía de Chesapeake, dirigida por la Agencia estadounidense para la Protección Medioambiental (EPA). El denominado “Programa de la Bahía de Chesapeake” (Chesapeake Bay Program) reúne en una sola organización a múltiples agencias, que coordinan los esfuerzos llevados a cabo a nivel federal, estatal y local a favor de la recuperación y protección de este ecosistema. A través de esta experiencia profesional, pude obtener información de primera mano acerca de cómo la EPA y otras agencias gubernamentales enfocan la gestión de un entorno natural tan amplio como la Bahía de Chesapeake. También aprendí a desarrollar planes para la gestión de pesqueras, a diseñar pasajes para los peces sobre los embalses y a llegar a acuerdos entre organizaciones con prioridades muy diferentes.
En la actualidad, estoy ya en posesión de mi título de Master por la Duke University, y trabajo para el Consorcio de Investigación de Chesapeake, una organización que proporciona apoyo al Programa de la Bahía de Chesapeake. Mi cargo oficial es (¿están preparados?) Coordinadora de proyectos especiales para el Comité asesor científico- técnico del Programa de la Bahía de Chesapeake. Básicamente, apoyo las actividades de un grupo de científicos e ingenieros que proporcionan asesoramiento científico al resto de técnicos del Programa de la Bahía. Se centran en temas muy variados: desde en el agotamiento de los nutrientes de la Bahía, a los residuos tóxicos presentes en ésta, la modelización informática o el estado de las poblaciones de peces.
Debido a la multiplicidad de asuntos de gran complejidad que son diariamente abordados por el comité, mi rutina de trabajo apenas es predecible. Por ejemplo, reviso y edito informes técnicos publicados por el comité, asisto a reuniones de otros comités del Programa de la Bahía de Chesapeake para identificar asuntos emergentes que requieren evaluación científica o técnica, y publico un boletín mensual sobre las problemáticas más relevantes vinculables a la cuenca de la Bahía de Chesapeake. También soy responsable de la coordinación de una serie de seminarios diseñados para facilitar los debates entre científicos, gestores de proyectos, el mundo de la industria y el gran público. En éstos, actúo de interfaz entre la comunidad científica y los jefes encargados de la recuperación de la Bahía.
La transición de la ciencia pura, académica, a la burocrática y medioambiental, no siempre me ha resultado sencilla; digamos que tiene su truco. En la ciencia pura, el énfasis está en aumentar nuestro conocimiento de un tema concreto. La recuperación medioambiental es más un ejercicio de resolución de problemas, a menudo acondicionado por el objetivo de lograr un cambio determinado. No deja de sorprenderme, una y otra vez, la complejidad de las temáticas que entran dentro del ámbito de actuación de las ciencias medioambientales; la respuesta obvia a un problema no siempre constituye la mejor solución. Piense por ejemplo en la Pfiesteria. En 1997 se culpó a las flores de este microorganismo tóxico de matanzas masivas de peces y de diversas problemáticas sobre la salud humana. Existen algunas indicaciones de que el goteo de nutrientes procedentes de las tierras de cultivo podrían estar exacerbando la floración de esta alga de la cuenca. “Por lo tanto”, me podrían decir ustedes, “los granjeros deberían reducir la cantidad de nutrientes que, por decirlo de alguna manera, están indirectamente introduciendo en la Bahía”. No obstante, la implementación de estrategias de reducción de nutrientes pone a muchos granjeros en un aprieto económico considerable, y por lo tanto, podrían tener un impacto económico negativo en las regiones afectadas. Esto saca a colación el tema de quién debería pagar las prácticas de gestión propuestas. Mientras tanto, las floraciones venideras de la Pfiesteria podrían tener un efecto devastador sobre los mariscos de la Bahía de Chesapeake y su industria turística. La cadena de argumentos no tiene fin... La solución más evidente no sólo no es necesariamente la mejor sino que también es muy posible que la mejor solución no sea nada obvia. Como sucede tantas otras veces, el caso de la Pfiesteria no es sólo un asunto medioambiental, sino que también tiene implicaciones económicas y políticas.
¿Cuáles son los aspectos positivos de trabajar en la protección y la recuperación de la Bahía de Chesapeake? Son muchos. Disfruto con el desafío de analizar problemáticas complejas, y el variadísimo repertorio de temas que tienen que ser tenidos en consideración. Mi papel como facilitadora entre científicos y jefes rellena un vacío importante dentro de la compleja organización centrada en torno a lo que hoy es un ecosistema severamente degradado. Y resulta gratificante formar parte de un equipo que está haciendo tanto para recuperar un recurso natural que importante para muchas personas.
Desde muchos puntos de vista, echo de menos mi vida académica. Aquí no nos centramos de igual modo en la teoría científica, ni en aprender por aprender. Es un mundo mucho más práctico. Y ya no puedo conseguir excusas baratas para irme de buceo al Caribe.
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