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El
inicio de mis estudios universitarios
también implicó, no obstante,
que abandonase mis estudios musicales,
tras siete años compaginando colegio
y conservatorio (toco el acordeón).
Se imponía que optase por una cosa
o la otra. La decisión me resultó
más sencilla de lo que podría
parecer a primera vista: sabía
que probablemente no tuviese toda la constancia
y tenacidad que se necesita para ganarse
la vida como acordeonista, así
que opté por la vía ingenieril.
Lo que jamás hubiese ni intuido
entonces es que mi interés por
la física y las matemáticas
me llevarían de nuevo al mundo
de las notas y los pentagramas.
En septiembre de
1993, comencé mi licenciatura en
ingeniería de telecomunicaciones
en la Universidad
Pública de Navarra, en Pamplona
(España). Durante los siguientes
cinco cursos académicos, cursé
múltiples asignaturas, tanto teóricas
como prácticas, en áreas
tales como electrónica, fotónica,
recepción y procesamiento de señales,
además de en disciplinas más
generales como álgebra y cálculo.
Como la mayoría de mis compañeros,
pensaba que, tras graduarme, pasaría
a procurarme un buen trabajo en una empresa
de lo mío.
Hacia el final de
mi quinto año de carrera, no obstante,
decidí solicitar una beca de la
AECI
(Agencia Española de Cooperación
Internacional), entidad que organiza,
entre otras cosas, intercambios de estudiantes,
investigadores y profesores entre universidades
de España y Sudamérica.
Tuve así la oportunidad de pasar
dos meses y medio en la Corporación
Tecnológica de Bolivar, en
Cartagena de Indias (Colombia), donde
asistí a más cursos de ingeniería
de telecomunicaciones, y donde también
tuve ocasión de conocer a bastantes
doctorandos involucrados en diversas áreas
de investigación. Esta corta introducción
al mundo del Tercer Ciclo hizo que yo
también tuviese ganas de probarlo.
Regresé al
Departamento
de Ingeniería eléctrica
y electrónica de mi universidad
en Pamplona para finalizar mi proyecto
fin de carrera en procesamiento de señales.
Mientras que algunos científicos
que trabajan en esta área se centran
en las herramientas matemáticas
empleadas en el procesamiento de la información,
mi trabajo consistía en hacer uso
de algunas de estas herramientas para
averiguar qué es lo que va ocurriendo
en un proceso natural dado. Durante ese
curso académico, también
decidí formar parte de otro proyecto
de investigación en el mismo departamento.
Terminé mi
proyecto fin de carrera en noviembre de
1999 y unos meses más tarde, decidí
proseguir con estudios de doctorado en
el mismo Departamento de ingeniería
eléctrica y electrónica.
Mi trabajo con los dos proyectos de procesamiento
de señales ya me había dado
una idea de cómo sería la
vida del investigador, y la verdad es
que me gustaba. Además, lo consideré
un buen modo de conseguir quedarme unos
años más en Pamplona, cerca
de mi familia.
Partiendo de mis
conocimientos sobre procesamiento de señales
aplicadas, mi investigación predoctoral
también entraría en relación
con un campo aparentemente lejano, que
siempre me había apasionado: el
de la música. Todo esto surgió
porque un profesor del departamento de
física estaba estudiando la voz
cantora desde el punto de vista acústico,
pero también vio potencial para
el estudio de las técnicas de canto
desde el punto de vista del procesamiento
de señales. Este profesor en cuestión
me ayudó a darle el empujón
inicial a este proyecto, y trabajamos
en estrecha colaboración durante
sus primeros meses de vida.
Así, de la
primavera del 2000 al verano de 2004,
me dediqué a estudiar la generación
del vibrato vocal, utilizando el
procesamiento de señales para relacionar
matemáticamente lo que es percibido
acústicamente con lo que de hecho
sucede en la garganta del cantante. El
vibrato constituye una técnica
musical muy importante para el cantor
clásico porque le ayuda a ajustar
el tono de una nota con la melodía;
también es útil para los
que escuchan, ya que impide que pierdan
la sensibilidad tras haber oído
durante mucho tiempo el mismo sonido.
Desde un punto de vista acústico,
las variaciones percibidas en el tono,
el timbre y la fuerza de la voz, que caracterizan
el vibrato, son debidas a variaciones
en la amplitud y la frecuencia de sus
harmónicos. Y por supuesto, todo
esto comienza dentro del aparato fonador
humano, que no deja de ser un generador
de señales acústicas que
depende de los pulmones y de los movimientos
de las cuerdas vocales.
El principal objetivo
de mi trabajo ha sido tratar de determinar
de qué modo el aparato fonador
da lugar a los rasgos característicos
del vibrato vocal. Para lograrlo, realicé
múltiples grabaciones de voces
de canto en colaboración con el
conservatorio local y varios cantores
aficionados. También recibí
consejos de expertos en la materia, que
me ayudaron a comprender las implicaciones
fisiológicas de la producción
de la voz.
El tema me resultó
de lo más interesante por múltiples
razones. En primer lugar, me dio la inesperada
oportunidad de darle una finalidad práctica
a mis años de formación
musical, ya que este proyecto no sólo
se basa en conceptos matemáticos,
sino también musicales. A pesar
de que no era imprescindible tener conocimientos
de música para poder llevar a cabo
esta investigación, gracias a que
los tenía, pude analizar el tema
desde una perspectiva diferente. Y de
manera más general, este tema me
ha permitido combinar mis intereses científicos
y musicales, y ha dado fe de que las matemáticas,
que muchos perciben como uno de loas campos
científicos más abstractos,
pueden ser aplicadas en el mundo de las
artes.
En la actualidad,
estamos empezando a trabajar en colaboración
con una escuela de música, con
el fin de aplicar nuestras herramientas
matemáticas en el proceso de aprendizaje
de los cantores. La idea es utilizar nuestro
modelo matemático para detectar
las imperfecciones en la voz cantora que
tradicionalmente eran detectadas por al
profesor, basándose en su experiencia.
Estas imperfecciones pueden ser de técnica
musical o deberse a patologías
fónicas. La aplicabilidad de mi
investigación (en el contexto de
un proyecto de investigación más
amplio) fue reconocido por el Centro
Europeo de Empresas e Innovación
de Navarra con el Premio a la Mejor
Transferencia de Resultados de Investigación.
Ahora que he
finalizado mi doctorado, y que dejaré
de recibir financiación a finales
de este año, estoy tratando de
decidir cuál ha de ser mi próximo
paso profesional. Aunque siempre tengo
la posibilidad, como ingeniera, de pasarme
a la industria, la verdad es que me gustaría
permanecer en el campo de la investigación,
en España. Esto no será
fácil debido a ciertas dificultades
de orden práctica. El sistema universitario
español está tratando de
impedir que los estudiantes investigadores
permanezcan en la misma universidad donde
se doctoraron, durante, por lo menos,
los dos años posteriores a su doctoramiento,
y las entidades financiadoras nacionales
e internacionales parecen dispuestas a
impulsar, ante todo, la movilidad de los
investigadores postdoctorales en el extranjero.
En teoría, estas medidas son positivas;
estoy de acuerdo en que, si uno pudiese
olvidar su vida privada y, en el caso
de las mujeres, el tic tac del reloj biológico
(tengo casi veintinueve años),
estas medidas serían una buena
apuesta para formar a científicos
competentes y bien cualificados. Sin embargo,
está claro que nos cuesta más
a las personas pasar por alto nuestras
vida privadas, que a los gobiernos.
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