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Su jefe de doctorado: ¿adversario temerario o súper tutor? 1º Parte

PHIL DEE

REINO UNIDO

15/06/01



 

Algunos de los que estén leyendo ahora mismo este artículo llevarán unos cuantos meses sin ver, literalmente, a su tutor de doctorado; otros, por el contrario, se sentirán como pan y chocolate a su lado. En cualquier caso, nos encontremos próximos o distantes al jefe, hay algo que pocos podrían poner en duda: el tener una buena relación de trabajo con él / ella resulta esencial. En gran medida, uno consigue introducirse en el mundo científico "real" gracias al tutor. Al igual que para las citas románticas, existen una serie de "normas" para sacar lo mejor de su "ser querido" del mundo académico. En esta columna analizaremos las tres primeras normas que preparan el terreno para una relación exitosa.

Regla 1, la de partida: recuerde que su jefe está de su parte

Uno de los dogmas del doctorando dice lo siguiente: "aquel que se aísla de su jefe, no produce". He visto como esto sucedía en una ocasión y no resulta nada agradable. El individuo en cuestión se enfadó con su tutor y, al final, consiguió perder todo el contacto que tenía con él. Una jugada poco inteligente, diría.

Así que si quiere evitar acabar trabajando en la biblioteca local, necesitará: 1) entregar su tesis (¡sorpresa!) y 2) mantener una relación por lo menos razonablemente buena con su jefe para poder satisfacer el punto 1. También deberá poder contar con su tutor a medio / largo plazo para poder acceder a su red de contactos y así mejorar enormemente sus posibilidades de encontrar un buen empleo. El que le hayan ofrecido una beca a usted en lugar de a otros muchos "posibles" indica que su jefe "vio" algo en usted que le atrajo. Quizás se pregunté si hay posibilidades de que su jefe conserve su interés hacia usted tras tres años de investigación no necesariamente de primera clase (esta pregunta es especialmente pertinente si su tutor tiene muchos estudiantes bajo su cargo). La respuesta es que rotundamente sí, siempre y cuando se trabaje la relación día a día.

Regla 2: cuente con él

Conforme adquiera confianza en sí mismo y en su trabajo, se encontrará liberándose de la carga de tener que contrastar todo con su jefe antes de proceder a hacer nada, pero ojo con esta cuesta resbaladiza, y en particular si su jefe se encuentra lejos geográficamente hablando. En ocasiones, han pasado días, e incluso semanas, sin que mi jefe supiese lo que estaba haciendo. Incluso para un "trabajólico" como yo, la tentación inconsciente es siempre la de abandonarme en este sentido. Este mal hábito conduce a que el estudiante desarrolle una falsa sensación de independencia ("Tengo suficiente tiempo y la situación está bajo control") y a que el tutor desarrolle una falsa sensación de seguridad ("No tengo noticias suyas así que asumo que todo va por buen camino"). El mantener informado regularmente a su tutor, aunque sólo sea vía email, es el mejor modo de centrar su atención en todo lo mucho, o lo poco, que ha conseguido avanzar desde la última vez que se puso en contacto con él. También es una buena oportunidad para ver qué opina de las nuevas ideas que le van surgiendo. El proponerse escribir este email, o tener esta conversación, una vez por semana, en un día prefijado, le obligará a trabajar ordenadamente con vistas a este objetivo. No hay temor comparable al temor de tener que decir: "No he hecho absolutamente nada desde la semana pasada". Además, a los jefes les encanta este tipo de correos electrónicos: les aporta la (¿falsa?) ilusión de que están en control. N.B. Dígale sólo aquello que esté seguros que quiere oír. La aplicación regular y disciplinada de esta regla redunda en tanto estudiantes más satisfechos ("Informando a mi jefe de mis avances de forma regular, parece que consigo que el proyecto vaya adelante") como en jefes más satisfechos ("No tengo que confiar en que mis pupilos estén progresando; me consta que lo están haciendo").

Regla 3: averigüe qué es lo que hace vibrar a su jefe

Si quiere conseguir que su relación funcione de forma realmente eficaz, necesitará averiguar con qué tipo de animal científico está tratando. Todos sabemos que detrás de la fachada, a menudo reservada, de cualquier científico, se esconde un ajetreo neuronal constante. ¿Pero es su jefe un activista agresivo, en constante búsqueda de un nuevo reto experimental, o es, por el contrario, un perfeccionista más prudente, que sólo mueve pieza al siguiente nivel cuando todo el resto está en su sitio? Descubrir en qué tipo de personalidad encajaría su tutor será, en gran medida, el resultado de un largo proceso de ensayo error, pero valdrá la pena. Le evitará, quizás, tropezar dos veces en la misma piedra.

Si los hubiera, charle discretamente con los "veteranos" del laboratorio para sacar información acerca de cómo es su relación con su jefe (con el suyo, quiero decir); no obstante, la chicha de esta regla número tres es extremadamente sutil: tiene que ver con SU relación personal con el mismo. Tras suficientes conversaciones (y correos electrónicos) con su tutor, podrá destilar información esencial acerca de su carácter. Por ejemplo, yo he aprendido que tengo la habilidad de confundir radicalmente a mi jefe salvo que escoja con muchísimo cuidado las palabras que empleo. Todavía no acabo de ver cómo de "No creo que valga la pena repetir ese experimento" se puede interpretar "Lo repetiré inmediatamente", pero he aprendido a utilizar frases claras, transparentes, incapaces de conducir a error. En efecto, tendrá que identificar si sus habilidades comunicativas y personales son compatibles con las de su jefe, y si no es así, hacer lo posible por atenuar las posibles diferencias. Como estudiante, es suya, y no de los tutores, la responsabilidad de lograr este equilibrio. Finalmente, no caiga en el error de minusvalorar a su tutor. Después de todo, los jefes de investigación han logrado llegar a donde están tras años de trabajo, taladrando las profundidades de la Naturaleza, así que no olvide respetarlos un poco y dese su tiempo para rasgar su superficie.

 

 

 

 

 

 

 

 

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