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Regla
1, la de partida: recuerde que su jefe
está de su parte
Uno de los dogmas
del doctorando dice lo siguiente: "aquel
que se aísla de su jefe, no produce".
He visto como esto sucedía en una
ocasión y no resulta nada agradable.
El individuo en cuestión se enfadó
con su tutor y, al final, consiguió
perder todo el contacto que tenía
con él. Una jugada poco inteligente,
diría.
Así que si
quiere evitar acabar trabajando en la
biblioteca local, necesitará: 1)
entregar su tesis (¡sorpresa!) y
2) mantener una relación por lo
menos razonablemente buena con su jefe
para poder satisfacer el punto 1. También
deberá poder contar con su tutor
a medio / largo plazo para poder acceder
a su red de contactos y así mejorar
enormemente sus posibilidades de encontrar
un buen empleo. El que le hayan ofrecido
una beca a usted en lugar de a otros muchos
"posibles" indica que su jefe
"vio" algo en usted que le atrajo.
Quizás se pregunté si hay
posibilidades de que su jefe conserve
su interés hacia usted tras tres
años de investigación no
necesariamente de primera clase (esta
pregunta es especialmente pertinente si
su tutor tiene muchos estudiantes bajo
su cargo). La respuesta es que rotundamente
sí, siempre y cuando se trabaje
la relación día a día.
Regla 2: cuente
con él
Conforme adquiera
confianza en sí mismo y en su trabajo,
se encontrará liberándose
de la carga de tener que contrastar todo
con su jefe antes de proceder a hacer
nada, pero ojo con esta cuesta resbaladiza,
y en particular si su jefe se encuentra
lejos geográficamente hablando.
En ocasiones, han pasado días,
e incluso semanas, sin que mi jefe supiese
lo que estaba haciendo. Incluso para un
"trabajólico" como yo,
la tentación inconsciente es siempre
la de abandonarme en este sentido. Este
mal hábito conduce a que el estudiante
desarrolle una falsa sensación
de independencia ("Tengo suficiente
tiempo y la situación está
bajo control") y a que el tutor desarrolle
una falsa sensación de seguridad
("No tengo noticias suyas así
que asumo que todo va por buen camino").
El mantener informado regularmente a su
tutor, aunque sólo sea vía
email, es el mejor modo de centrar su
atención en todo lo mucho, o lo
poco, que ha conseguido avanzar desde
la última vez que se puso en contacto
con él. También es una buena
oportunidad para ver qué opina
de las nuevas ideas que le van surgiendo.
El proponerse escribir este email, o tener
esta conversación, una vez por
semana, en un día prefijado, le
obligará a trabajar ordenadamente
con vistas a este objetivo. No hay temor
comparable al temor de tener que decir:
"No he hecho absolutamente nada desde
la semana pasada". Además,
a los jefes les encanta este tipo de correos
electrónicos: les aporta la (¿falsa?)
ilusión de que están en
control. N.B. Dígale sólo
aquello que esté seguros que quiere
oír. La aplicación regular
y disciplinada de esta regla redunda en
tanto estudiantes más satisfechos
("Informando a mi jefe de mis avances
de forma regular, parece que consigo que
el proyecto vaya adelante") como
en jefes más satisfechos ("No
tengo que confiar en que mis pupilos estén
progresando; me consta que lo están
haciendo").
Regla 3: averigüe
qué es lo que hace vibrar a su
jefe
Si quiere conseguir
que su relación funcione de forma
realmente eficaz, necesitará averiguar
con qué tipo de animal científico
está tratando. Todos sabemos que
detrás de la fachada, a menudo
reservada, de cualquier científico,
se esconde un ajetreo neuronal constante.
¿Pero es su jefe un activista agresivo,
en constante búsqueda de un nuevo
reto experimental, o es, por el contrario,
un perfeccionista más prudente,
que sólo mueve pieza al siguiente
nivel cuando todo el resto está
en su sitio? Descubrir en qué tipo
de personalidad encajaría su tutor
será, en gran medida, el resultado
de un largo proceso de ensayo error, pero
valdrá la pena. Le evitará,
quizás, tropezar dos veces en la
misma piedra.
Si los hubiera, charle
discretamente con los "veteranos"
del laboratorio para sacar información
acerca de cómo es su relación
con su jefe (con el suyo, quiero decir);
no obstante, la chicha de esta regla número
tres es extremadamente sutil: tiene que
ver con SU relación personal con
el mismo. Tras suficientes conversaciones
(y correos electrónicos) con su
tutor, podrá destilar información
esencial acerca de su carácter.
Por ejemplo, yo he aprendido que tengo
la habilidad de confundir radicalmente
a mi jefe salvo que escoja con muchísimo
cuidado las palabras que empleo. Todavía
no acabo de ver cómo de "No
creo que valga la pena repetir ese experimento"
se puede interpretar "Lo repetiré
inmediatamente", pero he aprendido
a utilizar frases claras, transparentes,
incapaces de conducir a error. En efecto,
tendrá que identificar si sus habilidades
comunicativas y personales son compatibles
con las de su jefe, y si no es así,
hacer lo posible por atenuar las posibles
diferencias. Como estudiante, es suya,
y no de los tutores, la responsabilidad
de lograr este equilibrio. Finalmente,
no caiga en el error de minusvalorar a
su tutor. Después de todo, los
jefes de investigación han logrado
llegar a donde están tras años
de trabajo, taladrando las profundidades
de la Naturaleza, así que no olvide
respetarlos un poco y dese su tiempo para
rasgar su superficie.
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