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Una pareja perfecta: en búsqueda del tutor ideal

MARK SINCELL
ESTADOS UNIDOS

23/03/01

 

 

Escoger tutor es como escoger "cónyuge", y quiero decir "cónyuge" en su sinfín de interpretaciones modernas. Las consecuencias de ambas elecciones son, sin duda, semejantes: el tutor o cónyuge perfecto siempre será una fuente de gozo en los buenos momentos y de consuelo en los malos. Pero escoja mal y se encontrará, inevitablemente, rezando por que le rescate la muerte para así poner punto y final a su sin vivir al lado de ellos.

Cuando preparaba este artículo, releí varias guías dirigidas al estudiante de posgrado esperando encontrar algunos consejos sabios que transmitirles. No suelo hacer esto, pero en esta ocasión me pareció que valdría la pena. Esto se debe a que mi propia experiencia con tutores ha sido, hasta la fecha, bastante penosa (en menos de dos años tuve tres diferentes) y no me sentía plenamente cualificado para dar sermones a nadie sobre cómo tomar este tipo de decisiones tan importantes. De hecho, me sentía un poco como Elizabeth Taylor (sin el maquillaje ni el joyas, por supuesto) dando consejos sobre la búsqueda de la media naranja. Así que me dirigí a los "expertos" en la materia.

Sus consejos son sorprendentemente consistentes. Todos coinciden en que, antes de tomar la decisión final, es preciso hablar con varios posibles tutores del departamento, además de con los estudiantes que estén bajo la supervisión de cada uno de ellos. También sugieren que el interesado trate de esbozar su pequeño plan de trabajo con cada uno de los tutores potenciales. En algunos departamentos, y en particular en los de ciencias biológicas, lo habitual es que se formalicen rotaciones por varios laboratorios. Tras este rotatorio, tanto estudiantes como profesores suelen tener una idea mucho más precisa de quién va a poder trabajar mejor en cada área.

El investigador posdoctoral permanente

Prácticamente todos los departamentos cuentan con un investigador posdoctoral permanente, y la mayoría tiene unos cuantos. Por una u otra razón, los investigadores posdoctorales permanentes han "decidido" privarse de titularidad y se dedican, año tras año, a llevar a cabo investigación del más alto nivel al amparo de una universidad. Los investigadores posdoctorales permanentes casi nunca imparten clase, y su salario suele tener forma de beca. Dejando a un lado su situación personal, pueden ser una fuente inestimable de información "desde dentro", particularmente cuando se trata de encontrar a un buen tutor. Es más que probable que los buenos investigadores posdoctorales lleven muchos años en el departamento y que, de este modo, hayan sido testigos de las ideas y venidas de estudiantes y tutores. Así que saben cuáles son los tutores que ayudan a aupar a sus estudiantes y cuáles son expertos en convertir las vidas de sus pupilos en verdaderos infiernos.

Si acaba de incorporarse a un centro y todavía no conoce a mucha gente, sepa que existen muchas formas de "detectar" a los investigadores posdoctorales permanentes. Puede navegar en la página web de su departamento, entrar en el enlace "Gente" (o "Nosotros", o algo equivalente) y luego hacer clic en "Investigadores asociados" o algún otro eufemismo por el estilo. (Generalmente, esta categoría se ubica, dentro de la página web, justo debajo de "Personal docente" y justo encima de "Investigadores posdoctorales" y "Estudiantes de posgrado", jerarquía que también refleja su estatus dentro del departamento). Si este rastreo no les conduce a ningún nombre, pregunte al personal administrativo departamental. Los investigadores posdoctorales suelen llevarse bien con la administración. Y si todo esto falla, asista a unos cuantos seminarios y observe dónde se sienta cada uno. Los investigadores posdoctorales permanentes siempre se sientan en el mismo sitio o, como bien le indicarán, en su sitio.

 

Una vez culminado el estudio del terreno, el quid de la cuestión es: ¿cómo tomar la decisión final? ¿Debería optar por una tesis garantizada en el laboratorio de ese catedrático establecido tan tradicionalista o desafiar a los poderes de facto y trabajar codo a codo con ese carismático turco?

Los autores de los libros consultados no proporcionan respuesta alguna a preguntas como ésta, y tampoco lo haré yo. No puedo hablar en nombre de los demás autores, pero la razón que justifica mi negativa es que no creo que exista una sola respuesta. Cualquiera de las dos opciones podría funcionar a las mil maravillas. O no. Nadie ni nada podrá decirle jamás qué tutor le conviene más. Al igual que en el matrimonio, todo puede decirse que se reduce a una cuestión de química.

Mi primera relación tutor - pupilo, por ejemplo, fue un poco como un matrimonio concertado. Me habían otorgado una beca para trabajar en una tesis con alguien del Space Telescope Science Institute. El único requisito para poder disfrutarla era escoger un científico de la plantilla como tutor. Opté por un carismático teórico australiano con un pedigrí científico excelente e intereses investigadores semejantes a los míos. En papel y en conversación parecía ideal. Pero en el campo investigador nunca congeniamos. Ninguno de los proyectos que iniciamos consiguió atrapar mi imaginación y, no por casualidad, tampoco ninguno llegó a culmen. Al final, decidimos separarnos y seguir siendo amigos. Fue éste mi divorcio académico número uno.

Al poco tiempo de mi retorno a la soltería, me comprometí con un cosmólogo húngaro. Su trabajo tenía mucha matemática e informática, dos de mis puntos fuertes en aquella época, y conseguimos avanzar mucho en un proyecto a pequeña escala sobre los movimientos de las galaxias en el universo cercano. Como valor adicional, descubrí que ambos compartíamos un enorme interés por la música. Él había incluso grabado unos cuantos álbumes con una banda de rock húngara en los años setenta. Pero, aún así, nuestra relación estaba destinada al fracaso. Los países de la Europa del este no eran lo abiertos que son ahora y una serie de problemas con su visado convirtieron su mes de vacaciones en Hungría en un paréntesis de año y medio. El proyecto se hundió irremediablemente durante el periodo de separación, y lo nuestro terminó diluyéndose de igual modo. Este fue mi segundo divorcio académico.

Al llegar a este punto, decidí dejar a un lado la investigación de forma temporal y centrarme en finalizar un trabajo para una asignatura que me quedaba por cursar. En una de las clases de esta materia, sin embargo, me topé con un profesor... diferente. En lugar de leer a partir del libro, nos desafiaba con nueva información, siempre pertinente, de otras obras más avanzadas. Y reemplazaba los ejemplos, un tanto anticuados, del libro de texto con otros casos, nuevos y diferentes, del "mundo real". Me intrigó y le sugerí la posibilidad de llevar a cabo un proyecto, a modo de prueba, bajo su paraguas. Dijo que sí y así fue como entablé mis primeros diálogos con el que sería mi tercer y último tutor.

Como sucede en la mayoría de las relaciones, no faltaron personas a mi alrededor diciéndome que había cometido un grave error. Y siendo justos, hay que reconocer que algo de razón tenían. Mi tutor era, en ocasiones, de trato difícil. (Incluso admitió que de vez en cuando tenía reyertas con otros miembros del cuerpo docente con el fin de evitar tareas dentro del comité). Sin embargo, de algún modo, la combinación funcionó y comenzamos a sacar adelante trabajos. Incluso después de defender mi tesis y trasladarme a otra universidad como investigador posdoctoral trabajamos juntos en otro proyecto nuevo que dio sus frutos hasta el día que decidí abandonar la investigación académica.

Así que, como ven, necesité tres matrimonios académicos para dar con el tutor adecuado. ¿Y qué pueden sacar ustedes de esta mi experiencia?

En primer lugar, un consejo: a la hora de escoger tutor (o cónyuge) siga los dictados de su corazón. Haga, por supuesto, todas las investigaciones "de campo" que necesite, preseleccione unos cuantos buenos candidatos y emplee la lógica para eliminar los que no le convienen; pero cuando le toque sacar una carta, confíe en su intuición.

Y ahora que ya tiene centro donde realizar su tesis (se supone) y tutor... Sólo le queda una cosa por hacer: encontrar un tema de investigación. Casi nada..., pero esto lo dejamos para un próximo artículo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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