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Cuando
preparaba este artículo, releí
varias guías dirigidas al estudiante
de posgrado esperando encontrar algunos
consejos sabios que transmitirles. No
suelo hacer esto, pero en esta ocasión
me pareció que valdría la
pena. Esto se debe a que mi propia experiencia
con tutores ha sido, hasta la fecha, bastante
penosa (en menos de dos años tuve
tres diferentes) y no me sentía
plenamente cualificado para dar sermones
a nadie sobre cómo tomar este tipo
de decisiones tan importantes. De hecho,
me sentía un poco como Elizabeth
Taylor (sin el maquillaje ni el joyas,
por supuesto) dando consejos sobre la
búsqueda de la media naranja. Así
que me dirigí a los "expertos"
en la materia.
Sus consejos son
sorprendentemente consistentes. Todos
coinciden en que, antes de tomar la decisión
final, es preciso hablar con varios posibles
tutores del departamento, además
de con los estudiantes que estén
bajo la supervisión de cada uno
de ellos. También sugieren que
el interesado trate de esbozar su pequeño
plan de trabajo con cada uno de los tutores
potenciales. En algunos departamentos,
y en particular en los de ciencias biológicas,
lo habitual es que se formalicen rotaciones
por varios laboratorios. Tras este rotatorio,
tanto estudiantes como profesores suelen
tener una idea mucho más precisa
de quién va a poder trabajar mejor
en cada área.
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El
investigador posdoctoral permanente
Prácticamente
todos los departamentos cuentan
con un investigador posdoctoral
permanente, y la mayoría
tiene unos cuantos. Por una u otra
razón, los investigadores
posdoctorales permanentes han "decidido"
privarse de titularidad y se dedican,
año tras año, a llevar
a cabo investigación del
más alto nivel al amparo
de una universidad. Los investigadores
posdoctorales permanentes casi nunca
imparten clase, y su salario suele
tener forma de beca. Dejando a un
lado su situación personal,
pueden ser una fuente inestimable
de información "desde
dentro", particularmente cuando
se trata de encontrar a un buen
tutor. Es más que probable
que los buenos investigadores posdoctorales
lleven muchos años en el
departamento y que, de este modo,
hayan sido testigos de las ideas
y venidas de estudiantes y tutores.
Así que saben cuáles
son los tutores que ayudan a aupar
a sus estudiantes y cuáles
son expertos en convertir las vidas
de sus pupilos en verdaderos infiernos.
Si acaba de
incorporarse a un centro y todavía
no conoce a mucha gente, sepa que
existen muchas formas de "detectar"
a los investigadores posdoctorales
permanentes. Puede navegar en la
página web de su departamento,
entrar en el enlace "Gente"
(o "Nosotros", o algo
equivalente) y luego hacer clic
en "Investigadores asociados"
o algún otro eufemismo por
el estilo. (Generalmente, esta categoría
se ubica, dentro de la página
web, justo debajo de "Personal
docente" y justo encima de
"Investigadores posdoctorales"
y "Estudiantes de posgrado",
jerarquía que también
refleja su estatus dentro del departamento).
Si este rastreo no les conduce a
ningún nombre, pregunte al
personal administrativo departamental.
Los investigadores posdoctorales
suelen llevarse bien con la administración.
Y si todo esto falla, asista a unos
cuantos seminarios y observe dónde
se sienta cada uno. Los investigadores
posdoctorales permanentes siempre
se sientan en el mismo sitio o,
como bien le indicarán, en
su sitio.
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Una vez culminado
el estudio del terreno, el quid de la
cuestión es: ¿cómo
tomar la decisión final? ¿Debería
optar por una tesis garantizada en el
laboratorio de ese catedrático
establecido tan tradicionalista o desafiar
a los poderes de facto y trabajar codo
a codo con ese carismático turco?
Los autores de los
libros consultados no proporcionan respuesta
alguna a preguntas como ésta, y
tampoco lo haré yo. No puedo hablar
en nombre de los demás autores,
pero la razón que justifica mi
negativa es que no creo que exista una
sola respuesta. Cualquiera de las dos
opciones podría funcionar a las
mil maravillas. O no. Nadie ni nada podrá
decirle jamás qué tutor
le conviene más. Al igual que en
el matrimonio, todo puede decirse que
se reduce a una cuestión de química.
Mi primera relación
tutor - pupilo, por ejemplo, fue un poco
como un matrimonio concertado. Me habían
otorgado una beca para trabajar en una
tesis con alguien del Space Telescope
Science Institute. El único requisito
para poder disfrutarla era escoger un
científico de la plantilla como
tutor. Opté por un carismático
teórico australiano con un pedigrí
científico excelente e intereses
investigadores semejantes a los míos.
En papel y en conversación parecía
ideal. Pero en el campo investigador nunca
congeniamos. Ninguno de los proyectos
que iniciamos consiguió atrapar
mi imaginación y, no por casualidad,
tampoco ninguno llegó a culmen.
Al final, decidimos separarnos y seguir
siendo amigos. Fue éste mi divorcio
académico número uno.
Al poco tiempo de
mi retorno a la soltería, me comprometí
con un cosmólogo húngaro.
Su trabajo tenía mucha matemática
e informática, dos de mis puntos
fuertes en aquella época, y conseguimos
avanzar mucho en un proyecto a pequeña
escala sobre los movimientos de las galaxias
en el universo cercano. Como valor adicional,
descubrí que ambos compartíamos
un enorme interés por la música.
Él había incluso grabado
unos cuantos álbumes con una banda
de rock húngara en los años
setenta. Pero, aún así,
nuestra relación estaba destinada
al fracaso. Los países de la Europa
del este no eran lo abiertos que son ahora
y una serie de problemas con su visado
convirtieron su mes de vacaciones en Hungría
en un paréntesis de año
y medio. El proyecto se hundió
irremediablemente durante el periodo de
separación, y lo nuestro terminó
diluyéndose de igual modo. Este
fue mi segundo divorcio académico.
Al llegar a este
punto, decidí dejar a un lado la
investigación de forma temporal
y centrarme en finalizar un trabajo para
una asignatura que me quedaba por cursar.
En una de las clases de esta materia,
sin embargo, me topé con un profesor...
diferente. En lugar de leer a partir del
libro, nos desafiaba con nueva información,
siempre pertinente, de otras obras más
avanzadas. Y reemplazaba los ejemplos,
un tanto anticuados, del libro de texto
con otros casos, nuevos y diferentes,
del "mundo real". Me intrigó
y le sugerí la posibilidad de llevar
a cabo un proyecto, a modo de prueba,
bajo su paraguas. Dijo que sí y
así fue como entablé mis
primeros diálogos con el que sería
mi tercer y último tutor.
Como sucede en la
mayoría de las relaciones, no faltaron
personas a mi alrededor diciéndome
que había cometido un grave error.
Y siendo justos, hay que reconocer que
algo de razón tenían. Mi
tutor era, en ocasiones, de trato difícil.
(Incluso admitió que de vez en
cuando tenía reyertas con otros
miembros del cuerpo docente con el fin
de evitar tareas dentro del comité).
Sin embargo, de algún modo, la
combinación funcionó y comenzamos
a sacar adelante trabajos. Incluso después
de defender mi tesis y trasladarme a otra
universidad como investigador posdoctoral
trabajamos juntos en otro proyecto nuevo
que dio sus frutos hasta el día
que decidí abandonar la investigación
académica.
Así que, como
ven, necesité tres matrimonios
académicos para dar con el tutor
adecuado. ¿Y qué pueden
sacar ustedes de esta mi experiencia?
En primer lugar,
un consejo: a la hora de escoger tutor
(o cónyuge) siga los dictados de
su corazón. Haga, por supuesto,
todas las investigaciones "de campo"
que necesite, preseleccione unos cuantos
buenos candidatos y emplee la lógica
para eliminar los que no le convienen;
pero cuando le toque sacar una carta,
confíe en su intuición.
Y ahora que
ya tiene centro donde realizar su tesis
(se supone) y tutor... Sólo le
queda una cosa por hacer: encontrar un
tema de investigación. Casi nada...,
pero esto lo dejamos para un próximo
artículo.
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