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El tutor predoctoral ideal: la perspectiva de un estudiante

W. T. LING
SINGAPUR

06/12/02


 

"¿Pero no se supone que tiene que averiguar estas cosas por sí mismo? ¡Ya es usted un estudiante de postgrado!".


Así me contestaba frecuentemente mi supervisor doctoral, como respuesta a mis - a menudo - desesperadas súplicas de soluciones inmediatas para mis problemas de investigación. No dudo de que fuese particularmente inquisitivo, pero he de reconocer que la contestación típica de mi supervisor siempre me resultó frustrante, acostumbrado como estaba a un sistema universitario en el que, a lo largo de toda la etapa de licenciatura, prácticamente todo se me había puesto en bandeja. Siempre teníamos apuntes y boletines a los que referirnos en caso de dudas, y si aún así no entendíamos algo, siempre podíamos acceder a las transparencias empleadas en las presentaciones de clase o simplemente hablar con los profesores, en las muchas horas de tutoría que tenían fuera del horario de clases.

No obstante, cuando comencé estudios de Tercer Ciclo, me encontré, de súbito, con que era enteramente responsable de mis propios proyectos académicos e investigadores. Y mi supervisor me dejó claro desde el principio que no estaba dispuesto a ponerme la comida en la boca. "Si fuese demasiado fácil", dijo, "entonces ¡poco valor tendría el doctorado!". Eso me dijo (afirmación que considero honorable) y he de decir que no son pocos los supervisores doctorales que opinan que sus estudiantes han de sacarse las castañas del fuego. Así que esta fue la cruda realidad con la que me topé, cuando no era más que un licenciado aún verde, recién iniciado en la vida de post-grado. Pero no fui el único que se vio en apuros: mis compañeros del laboratorio de al lado a menudo sufrían mis mismos problemas. Ninguno habíamos escogido a nuestros supervisores (como sucede tan frecuentemente), sino que fueron nuestros supervisores los que nos escogieron a nosotros, quizás basándose en su evaluación inicial de nuestra habilidad para trabajar de forma independiente bajo su paraguas. En calidad de supervisores predoctorales, su labor a menudo se ceñía a darnos directrices generales para nuestros respectivos proyectos. Gran parte de la responsabilidad por el desarrollo y el progreso de nuestras investigaciones recaía, y recae, principalmente en nosotros.

Entre los doctorandos impera, en líneas generales, un clima no oficial de grata cooperación y apoyo mutuo, particularmente cuando se trata de montar experimentos, emplear técnicas especializadas y operar con maquinaria delicada. Cuando nos topamos con problemas de tipo técnico y experimental, normalmente recurrimos al investigador inmediatamente superior a nosotros, desde el punto de vista de antigüedad en el laboratorio. Siguiendo la tradición académica más genuina, los doctorandos senior suelen estar encantados de trasmitir sus habilidades y experiencias. Ellos constituyen nuestra más habitual fuente de soluciones rápidas para nuestros problemas prácticos del día a día. Cuando se trata de problemas más complicados, normalmente son los investigadores postdoctorales los que nos dan la respuesta. Estos miembros senior del grupo de investigación hacen para nosotros las veces de segundos tutores.
Este tipo de control en escala parece que constituye una práctica establecida desde hace tiempo entre muchos miembros del profesorado, que han ejercido como supervisores de numerosos grupos de doctorandos y que, sin duda, demuestran plena confianza en la competencia del sistema. El jefe delega responsabilidades en el grupo de laboratorio y, debido a su apretada agenda e innumerables compromisos, una gran parte de las obligaciones diarias se transfieren a los investigadores postdoctorales y técnicos experimentados, que siempre están cerca. Según la opinión de dichos asistentes, la función del jefe es precisamente dirigir y aconsejar, sin interferir en la supervisión rutinaria ni en la organización del laboratorio y de la investigación. No tiene que estar presente todo el tiempo pero, nosotros, los estudiantes, debemos apañárnoslas solos y actuar correctamente. Así son las cosas, según dicen.

Sin embargo, a muchos de nosotros, que estamos empezando nuestra carrera científica, nos preocupa este sistema: necesitamos algo más que un jefe y un director para nuestros programas de investigación. Para nosotros, el supervisor ideal no sólo deberá contar con los conocimientos y experiencia necesarios, sino también mostrar entusiasmo por las tutorías y un interés personal en proporcionar asistencia a los alumnos. Esta persona deberá estar dispuesta a compartir tanto sus conocimientos y experiencias profesionales como sus nociones técnicas. Nunca está de más recordar que, en el caso de los estudiantes de postgrado, el asesoramiento y las tutorías son piezas clave del programa de estudios de Tercer Ciclo. Influyen directamente en la correcta realización de nuestros proyectos y en el tiempo que tardaremos en conseguir el título.

Los estudiantes están a menudo acostumbrados a un seguimiento cercano durante su etapa universitaria. Sin embargo, cabe la posibilidad de que el supervisor espere que utilicen sus propios recursos y esa perspectiva les asusta. No es raro encontrar estudiantes de primer año recorriendo la biblioteca, con aire impotente, intentando encontrar por si mismos toda la información básica que necesitan para, como mínimo, empezar sus trabajos de investigación. Algunos de los más desafortunados se han pasado meses sin hacer otra cosa; otros muchos han necesitado el mismo tiempo sólo para organizar sus experimentos porque han contado con poca ayuda práctica. Dichos estudiantes, casi completamente desorientados en el peor de los casos, acaban por perder el rumbo y por desperdiciar un tiempo muy valioso buscando un material que es, a fin de cuentas, irrelevante. Sin orientación práctica, los estudiantes a los que les hayan proporcionado únicamente las líneas generales del tema de investigación que deberán abordar, a menudo se sienten perdidos y aislados. Si, desde el principio, el supervisor pudiese ayudar a estos estudiantes a definir una línea de trabajo precisa, todo resultaría más fácil y eficaz.

Algunos supervisores consideran que cuando los estudiantes obtienen su primer título universitario, eso significa que ya están preparados para emprender proyectos de investigación, con una supervisión mínima o incluso inexistente. Sin embargo, la realidad es muy distinta: la formación que se proporciona en la mayoría de los programas universitarios no alcanza este nivel. Para la mayoría de estudiantes recién licenciados supone un gran reto tener que manejar instrumentos con los que no están familiarizados y dominar varios ensayos químicos en un corto espacio de tiempo. Los continuos cambios y actualizaciones que requieren los equipos de laboratorio modernos tampoco facilitan la tarea; por desgracia, no todos los estudiantes cuentan con la determinación necesaria para superar esa fase.

Por lo general se espera que cada nuevo estudiante de postgrado conozca los estándares y requisitos establecidos para el título en cuestión pero, a pesar de todo, el supervisor debería ayudarle, tanto a comprender perfectamente el problema de la investigación que se le ha asignado como a elaborar las hipótesis aplicables y los posibles resultados. Al inicio del programa, el supervisor y el alumno deberían establecer y aplicar un plan de trabajo factible entre los dos. Más adelante, los supervisores deberían ayudar en lo posible a los estudiantes para asegurarse de que están desarrollando sus capacidades de investigación y adquiriendo los conocimientos necesarios para emprender una carrera en este campo. Más en concreto, deberían esforzarse por conocer y valorar los objetivos e intereses de cada uno, ayudándoles a ganar confianza, iniciativa e independencia. Al mismo tiempo, deberían controlar los avances de la investigación procurando reunirse con los estudiantes de manera regular para analizar sus progresos.

No cabe duda de que, en un laboratorio de calidad, los miembros más experimentados del grupo de investigación pueden ayudar de manera fiable a los estudiantes; el supervisor seguirá siendo, no obstante, el responsable a quien deberán dirigirse, siempre que sea necesario, para plantear un problema, pedir una opinión o solicitar asesoramiento y apoyo intelectuales. Entre el supervisor y el alumno deberá existir una comunicación abierta, respeto mutuo, comprensión y empatía. En principio, el supervisor debería actuar en calidad de profesor experto, tutor e intermediario para catalizar el desarrollo profesional del alumno. El único límite para los logros del alumno serán entonces sus propias capacidades.

 

 

 

 

 

 

 

 

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