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Así
me contestaba frecuentemente mi supervisor
doctoral, como respuesta a mis - a menudo
- desesperadas súplicas de soluciones
inmediatas para mis problemas de investigación.
No dudo de que fuese particularmente inquisitivo,
pero he de reconocer que la contestación
típica de mi supervisor siempre
me resultó frustrante, acostumbrado
como estaba a un sistema universitario
en el que, a lo largo de toda la etapa
de licenciatura, prácticamente
todo se me había puesto en bandeja.
Siempre teníamos apuntes y boletines
a los que referirnos en caso de dudas,
y si aún así no entendíamos
algo, siempre podíamos acceder
a las transparencias empleadas en las
presentaciones de clase o simplemente
hablar con los profesores, en las muchas
horas de tutoría que tenían
fuera del horario de clases.
No obstante, cuando
comencé estudios de Tercer Ciclo,
me encontré, de súbito,
con que era enteramente responsable de
mis propios proyectos académicos
e investigadores. Y mi supervisor me dejó
claro desde el principio que no estaba
dispuesto a ponerme la comida en la boca.
"Si fuese demasiado fácil",
dijo, "entonces ¡poco valor
tendría el doctorado!". Eso
me dijo (afirmación que considero
honorable) y he de decir que no son pocos
los supervisores doctorales que opinan
que sus estudiantes han de sacarse las
castañas del fuego. Así
que esta fue la cruda realidad con la
que me topé, cuando no era más
que un licenciado aún verde, recién
iniciado en la vida de post-grado. Pero
no fui el único que se vio en apuros:
mis compañeros del laboratorio
de al lado a menudo sufrían mis
mismos problemas. Ninguno habíamos
escogido a nuestros supervisores (como
sucede tan frecuentemente), sino que fueron
nuestros supervisores los que nos escogieron
a nosotros, quizás basándose
en su evaluación inicial de nuestra
habilidad para trabajar de forma independiente
bajo su paraguas. En calidad de supervisores
predoctorales, su labor a menudo se ceñía
a darnos directrices generales para nuestros
respectivos proyectos. Gran parte de la
responsabilidad por el desarrollo y el
progreso de nuestras investigaciones recaía,
y recae, principalmente en nosotros.
Entre los doctorandos
impera, en líneas generales, un
clima no oficial de grata cooperación
y apoyo mutuo, particularmente cuando
se trata de montar experimentos, emplear
técnicas especializadas y operar
con maquinaria delicada. Cuando nos topamos
con problemas de tipo técnico y
experimental, normalmente recurrimos al
investigador inmediatamente superior a
nosotros, desde el punto de vista de antigüedad
en el laboratorio. Siguiendo la tradición
académica más genuina, los
doctorandos senior suelen estar
encantados de trasmitir sus habilidades
y experiencias. Ellos constituyen nuestra
más habitual fuente de soluciones
rápidas para nuestros problemas
prácticos del día a día.
Cuando se trata de problemas más
complicados, normalmente son los investigadores
postdoctorales los que nos dan la respuesta.
Estos miembros senior del grupo
de investigación hacen para nosotros
las veces de segundos tutores.
Este tipo de control en escala parece
que constituye una práctica establecida
desde hace tiempo entre muchos miembros
del profesorado, que han ejercido como
supervisores de numerosos grupos de doctorandos
y que, sin duda, demuestran plena confianza
en la competencia del sistema. El jefe
delega responsabilidades en el grupo de
laboratorio y, debido a su apretada agenda
e innumerables compromisos, una gran parte
de las obligaciones diarias se transfieren
a los investigadores postdoctorales y
técnicos experimentados, que siempre
están cerca. Según la opinión
de dichos asistentes, la función
del jefe es precisamente dirigir y aconsejar,
sin interferir en la supervisión
rutinaria ni en la organización
del laboratorio y de la investigación.
No tiene que estar presente todo el tiempo
pero, nosotros, los estudiantes, debemos
apañárnoslas solos y actuar
correctamente. Así son las cosas,
según dicen.
Sin embargo, a muchos
de nosotros, que estamos empezando nuestra
carrera científica, nos preocupa
este sistema: necesitamos algo más
que un jefe y un director para nuestros
programas de investigación. Para
nosotros, el supervisor ideal no sólo
deberá contar con los conocimientos
y experiencia necesarios, sino también
mostrar entusiasmo por las tutorías
y un interés personal en proporcionar
asistencia a los alumnos. Esta persona
deberá estar dispuesta a compartir
tanto sus conocimientos y experiencias
profesionales como sus nociones técnicas.
Nunca está de más recordar
que, en el caso de los estudiantes de
postgrado, el asesoramiento y las tutorías
son piezas clave del programa de estudios
de Tercer Ciclo. Influyen directamente
en la correcta realización de nuestros
proyectos y en el tiempo que tardaremos
en conseguir el título.
Los estudiantes están
a menudo acostumbrados a un seguimiento
cercano durante su etapa universitaria.
Sin embargo, cabe la posibilidad de que
el supervisor espere que utilicen sus
propios recursos y esa perspectiva les
asusta. No es raro encontrar estudiantes
de primer año recorriendo la biblioteca,
con aire impotente, intentando encontrar
por si mismos toda la información
básica que necesitan para, como
mínimo, empezar sus trabajos de
investigación. Algunos de los más
desafortunados se han pasado meses sin
hacer otra cosa; otros muchos han necesitado
el mismo tiempo sólo para organizar
sus experimentos porque han contado con
poca ayuda práctica. Dichos estudiantes,
casi completamente desorientados en el
peor de los casos, acaban por perder el
rumbo y por desperdiciar un tiempo muy
valioso buscando un material que es, a
fin de cuentas, irrelevante. Sin orientación
práctica, los estudiantes a los
que les hayan proporcionado únicamente
las líneas generales del tema de
investigación que deberán
abordar, a menudo se sienten perdidos
y aislados. Si, desde el principio, el
supervisor pudiese ayudar a estos estudiantes
a definir una línea de trabajo
precisa, todo resultaría más
fácil y eficaz.
Algunos supervisores
consideran que cuando los estudiantes
obtienen su primer título universitario,
eso significa que ya están preparados
para emprender proyectos de investigación,
con una supervisión mínima
o incluso inexistente. Sin embargo, la
realidad es muy distinta: la formación
que se proporciona en la mayoría
de los programas universitarios no alcanza
este nivel. Para la mayoría de
estudiantes recién licenciados
supone un gran reto tener que manejar
instrumentos con los que no están
familiarizados y dominar varios ensayos
químicos en un corto espacio de
tiempo. Los continuos cambios y actualizaciones
que requieren los equipos de laboratorio
modernos tampoco facilitan la tarea; por
desgracia, no todos los estudiantes cuentan
con la determinación necesaria
para superar esa fase.
Por lo general se
espera que cada nuevo estudiante de postgrado
conozca los estándares y requisitos
establecidos para el título en
cuestión pero, a pesar de todo,
el supervisor debería ayudarle,
tanto a comprender perfectamente el problema
de la investigación que se le ha
asignado como a elaborar las hipótesis
aplicables y los posibles resultados.
Al inicio del programa, el supervisor
y el alumno deberían establecer
y aplicar un plan de trabajo factible
entre los dos. Más adelante, los
supervisores deberían ayudar en
lo posible a los estudiantes para asegurarse
de que están desarrollando sus
capacidades de investigación y
adquiriendo los conocimientos necesarios
para emprender una carrera en este campo.
Más en concreto, deberían
esforzarse por conocer y valorar los objetivos
e intereses de cada uno, ayudándoles
a ganar confianza, iniciativa e independencia.
Al mismo tiempo, deberían controlar
los avances de la investigación
procurando reunirse con los estudiantes
de manera regular para analizar sus progresos.
No cabe duda de que,
en un laboratorio de calidad, los miembros
más experimentados del grupo de
investigación pueden ayudar de
manera fiable a los estudiantes; el supervisor
seguirá siendo, no obstante, el
responsable a quien deberán dirigirse,
siempre que sea necesario, para plantear
un problema, pedir una opinión
o solicitar asesoramiento y apoyo intelectuales.
Entre el supervisor y el alumno deberá
existir una comunicación abierta,
respeto mutuo, comprensión y empatía.
En principio, el supervisor debería
actuar en calidad de profesor experto,
tutor e intermediario para catalizar el
desarrollo profesional del alumno. El
único límite para los logros
del alumno serán entonces sus propias
capacidades.
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