|
Mi
progresión profesional podría
describirse, creo yo, como "bastante
típica" con respecto a la
de otras mujeres científicas de
mi generación: tuve unos comienzos
lentos en los que no sabía qué
quería hacer ni confiaba en que
pudiese llegar a ser una buena académica;
también padecía una falta
general de confianza en mis propias habilidades,
que se traducía en que no me atrevía
a auto-denominarme matemática (me
limitaba a describirme simplemente como
"profesora"); tuve que luchar
por un equilibrio necesario entre docencia
e investigación, y entablar una
lucha todavía más ardua
para compaginar vida familiar y maternidad
con un gran volumen de trabajo. Todas
estas circunstancias vitales han hecho
que haya germinado en mí un interés
en ayudar a otras mujeres, y especialmente
a otras matemáticas.
Una de los cauces
importantes que he elegido para servir
a otros es el tutelaje. A pesar de que
no me siento muy cómoda dando consejos,
sí que soy consciente de que soy
un ejemplo a seguir, un modelo, para muchos
de mis estudiantes, especialmente porque
no hay ni ha habido nunca otras catedráticas
en mi departamento. He sido asesora de
alumnos de matemáticas desde hace
ya muchos años y como tal, me he
esforzado porque los estudiantes estuviesen
siempre bien aconsejados en cuanto a asignaturas
y salidas profesionales. He organizado
por ejemplo, seminarios anuales sobre
temas tales como "Selección
de asignaturas para estudiantes de Matemáticas",
"Cómo solicitar estudios de
Tercer Ciclo y becas del NSERC" o
"Cómo superar una asignatura
de matemáticas de nivel avanzado".
De manera especial, trato de asegurarme
de que todas las estudiantes prometedoras
reciban el asesoramiento e impulso que
necesitan y que sepan cómo funciona
el sistema.
También he
trabajado para el Comité de Mujeres
en el campo de las Matemáticas
de la Sociedad Matemática Canadiense.
Me incorporé a este comité
en 1996 y hasta hace muy poco, y durante
un periodo de tres años, fui presidenta
del mismo. Entre nuestros proyectos cabría
resaltar un directorio de matemáticas
canadienses, con una página web
para cada mujer, y un póster con
los logros de las matemáticas canadienses
dedicadas a la investigación. Mi
trabajo en este comité me ha puesto
en contacto con un considerable número
de matemáticas, y en ellas he encontrado
una gran fuente de apoyo además
de un sentimiento arraigado de pertenencia
a un grupo.
Cuando comencé
mis estudios universitarios en la década
de los setenta, no sabía muy bien
qué hacer con mi vida. Sabía
lo que no quería ser (profesora,
secretaria o enfermera: las tres profesiones
más comunes entre mujeres), pero
aparte de eso, no tenía objetivos
claros. Me decanté por las matemáticas
por ser éste el campo de estudio
que, en líneas generales, más
me gustaba, pero tenía poca idea
de las salidas profesionales a las que
podría acceder una vez graduada,
y desde luego nunca pensé, por
aquel entonces, en que podría llegar
a ser catedrática de matemáticas.
Tras licenciarme en 1976, me casé,
viajé por Europa durante seis meses
y después me incorporé a
una empresa, donde, durante varios años,
me dediqué a aburridas tareas de
tipo administrativo. Lo odiaba y sabía
que, de aspirar a otro tipo de trabajo,
debería volver a la universidad,
pero no sabía si optar por una
especialidad dentro del campo de las matemáticas,
si formarme en otra área diferente,
o si matricularme en un MBA.
Lo que consiguió
que saliese de esta etapa de inercia fue
un cambio de ciudad de residencia y de
trabajo. Mi marido completó un
Master en informática y le ofrecieron
un puesto de profesor en la Universidad
de Lethbridge para un curso académico.
Resultó que también necesitaban
a una profesora ayudante para el departamento
de Matemáticas para ese mismo año,
y me ofrecieron la plaza. Muy a mi sorpresa,
descubrí que me encantaba la docencia...
Animada por el jefe de departamento, decidí
comenzar el doctorado. Mi marido también,
pero en informática, y tras pensárnoslo
mucho, nos trasladamos a Vancouver, donde
él se matriculó en la Universidad
de British Columbia y yo en la Simon Fraser
University (SFU).
Por aquel entonces,
no teníamos intención alguna
de regresar a Lethbridge. Sin embargo,
dos años más tarde, cuando
yo ya estaba en posesión del título
de Master, la Universidad de Lethbridge
nos ofreció empleo a los dos. Ya
estábamos lo suficientemente inmersos
en el mundo académico como para
darnos cuenta de lo difícil que
es conseguir que una pareja pueda trabajar
en el mismo sitio, así que decidimos
aprovechar esta oportunidad. Hubo, no
obstante, un precio a pagar. Mi marido
estaba ya muy metido en el doctorado,
pero todavía no lo había
terminado, y le ofrecieron un puesto titular
y la promesa de una excedencia en el futuro
para poder completar su tesis. A mí
me ofrecieron un puesto para un año,
con vistas a permanencia, siempre y cuando
obtuviese el título de Doctora.
Hablé con mi supervisor de la SFU
y me apoyó en mi decisión
de pasar a ser estudiante pre-doctoral
a tiempo parcial. De esta forma podría
dar clase en Lethbridge de septiembre
a abril y regresar a Vancouver los cuatro
meses siguientes de primavera y verano
para proseguir con mi investigación.
Después de tres cursos académicos,
solicitaría una excedencia de un
año para finalizar la tesis.
No tenía ni
idea de lo mucho que me costaría
llevar a término mi plan. Era demasiado
ingenua para saber lo dificilísimo
que es ser estudiante predoctoral a tiempo
parcial. Pasamos un periodo de tres años
desplazándonos anualmente de Lethbridge
a Vancouver, y viceversa, tras el cual
me dediqué todo un curso (1986-87)
de lleno a mi investigación. Finalmente,
en 1988, redacté y defendí
mi tesis. En retrospectiva, me doy cuenta
de que me perdí muchas cosas haciendo
el doctorado de este modo: falté
a muchas asignaturas extra, no asistí
a seminarios, ni salí con otros
compañeros de curso. No disfruté,
en definitiva, del ambiente estudiantil
de postgrado. Por otra parte, nuestra
apuesta tuvo su recompensa, y cuando nos
doctoramos, tanto mi marido como yo teníamos
trabajo, y en la misma institución,
situación que muchos de nuestros
amigos envidiaron.
Mi puesto, de todas
formas, todavía era temporal, habiendo
firmado un contrato de dos años
(1988-90). En 1989, no obstante, mi plaza
pasó a ser pre-titular. Tras años
y años siendo estudiante a tiempo
parcial y preocupándome de si habría
o no recortes presupuestarios y de si
sería o no recontratada cada curso,
llegué, ¡por fin!, a un escalón
medianamente estable en mi carrera profesional.
Nos compramos una finca, tuvimos una hija
(Alice, nacida en 1989) y nos preparamos
para disfrutar de la vida. Obtuve la ansiada
titularidad en 1992 y esta pasada primavera
conseguí mi cátedra.
La Universidad de
Lethbridge no hubiese sido, probablemente,
el primer destino por el que nos hubiésemos
decantado ni mi marido ni yo, si no fuese
por el problema que teníamos de
querer encontrar trabajo para los dos.
No obstante, la universidad se portó
siempre bien con nosotros y ahora nos
sentimos muy a gusto aquí. La universidad
es pequeña pero está creciendo
(en la actualidad tiene unos 6500 estudiantes)
y ofrece principalmente licenciaturas
con un enfoque liberal. El departamento
de matemáticas e informática
también es pequeño y acogedor.
Las clases tienen pocos alumnos y hay
mucha interacción entre profesor
y estudiante. Me encanta la enseñanza
y he podido dar muchas asignaturas diferentes,
unas quince en total, de matemáticas,
estadística e incluso una de programación.
Tengo la suerte de
haber alcanzado una etapa de mi trayectoria
profesional en la que tengo altas cotas
de libertad para elegir aquello en lo
que quiero trabajar. Le doy mucho valor
a mi carrera investigadora y, en este
sentido, he podido disfrutar de dos periodos
sabáticos (en el 2000-01 llegará
el tercero). También he podido
alcanzar un equilibrio entre docencia
e investigación con el que me siento
cómoda, y he tenido la oportunidad
de participar en algunos proyectos pedagógicos
no tradicionales. Por ejemplo, durante
los últimos cinco años he
impartido el curso Capstone, un seminario
multidisciplinar para estudiantes de 3º
y 4º curso orientado hacia el pensamiento
crítico y la integración
del conocimiento entre disciplinas.
Más recientemente,
diseñé y puse en práctica
un curso para estudiantes de Magisterio
(Educación Primaria) que no se
están especializando ni en ciencias
ni en matemáticas, y que por lo
tanto no tienen ninguna asignatura de
matemáticas en su currículo
académico, pero que acabarán
teniendo que dar alguna clase de matemáticas
en los colegios en los que finalmente
enseñen. Esta iniciativa ha sido
muy gratificante y tengo ganas de repetirla
pronto.
Además
de enseñar e investigar, he participado
activamente en varios comités y
áreas administrativas, algunas
de las cuales directa o indirectamente
relacionadas con mujeres. Siempre me ha
preocupado el hecho de que haya tan pocas
féminas, en conjunto, que optan
por la carrera académica, en general,
y por las matemáticas y otras ciencias
en particular; y he aprendido que muchos
de los problemas que creía que
sólo me afectaban a mí son,
de hecho, el común denominador
de muchas de las mujeres que se dedican
a mi disciplina.
|