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Sin embargo, culminado el doctorado, los siguientes pasos a dar en una trayectoria científica clásica son, habitualmente, un puesto posdoctoral en algún prestigioso laboratorio estadounidense, trabajar allí dos años sacrificando la vida privada, publicar todo lo posible, y finalmente regresar a casa para establecer un pequeño grupo de investigación propio. Fue cuando consideraba la posibilidad de solicitar un puesto en EE.UU. cuando caí en uno de los dilemas a los que suelen tener que hacer frente, antes o después, todas las científicas: ¿encaja la maternidad dentro de este exhaustivo planning profesional? Preocupada, empecé a buscar mi propio camino, ponderando las perspectivas laborales contra mi deseo de tener una vida privada y, algún día, una vida familiar.
Junto con el que entonces era mi amigo (y ahora mi esposo), tomé la decisión de quedarme en Berlín y solicité un interesante trabajo como científica en el laboratorio de investigación cardiológica Charité, de la facultad de Medicina de la Universidad Humboldt. Di un salto, así, hacia una nueva área científica, llena de desafíos, y tuve la oportunidad de establecer mi primer grupo investigador. Aunque la decisión que tomé iba en contra, hasta cierto punto, de la Ciencia, a lo grande, me permitió llevar a cabo el mejor "experimento" de mi vida: tener un bebé. Ya que un bebé, dicen, nunca encaja, decidí que lo haría encajar.
Tal y como anticipé, mi maternidad me causó, efectivamente, algunos problemas. Las primeras reacciones ante mi embarazo fueron múltiples: recibí desde felicitaciones sinceras a exclamaciones de lo más variadas (¡Dios mío!, entre otras). Al principio tuve que hacerme a la idea de que iba a ser madre. Pronto cambiaría todo: mi vida privada y la profesional. Pero cuanto más crecía mi barriga, más cambiaba mi perspectiva del mundo. Comencé a tomarme las cosas con más calma. Aunque el trabajo no me importaba menos que antes, dejé de darle tanta importancia a cada experimento fallido. Me volví mucho más relajada. Y de hecho, lo sorprendente fue que ¡los experimentos comenzaron a salirme mejor!
Cuando le prometí a mi jefe que regresaría al laboratorio poco después de dar a luz, aceptó a hacerme un contrato de un año a media jornada. Ahora tengo una maravillosa hija de seis meses, Nike, y un trabajo a tiempo parcial hasta diciembre. Volveré a trabajar a tiempo completo cuando Nike cumpla un año. Entonces, tendrá edad suficiente para ir a la guardería de la Charité. Estoy muy contenta con cómo me han salido las cosas: encontré la solución ideal para combinar un hijo y un trabajo. Me permite seguir en el mundo de la ciencia y, a la vez, tengo el privilegio de poder pasar un año entero disfrutando de mi hijita.
Una de las principales ventajas de mi trabajo es que tengo un horario muy flexible. Como ya no paso la mayor parte del tiempo en el laboratorio, son muchas las tareas que puedo hacer desde casa, conectada a Internet con la comunidad científica. Afortunadamente, mi marido también tiene una jornada de trabajo muy flexible, así que, para nosotros, los experimentos interminables y los seminarios de última hora del día, no constituyen mayor problema.
Por supuesto, mi forma de trabajar ha cambiado mucho: me he vuelto mucho más disciplinada y eficiente. Antes, en los tiempos de incubación tomaba cafés; ahora, aprovecho para escribir correos electrónicos o para hacer las llamadas telefónicas pendientes. Quizás me haya vuelto también más creativa: todavía encuentro tiempo para inspirarme y parir nuevas ideas; a veces incluso me surgen cuando estoy jugando con mi hija. En los próximos meses espero redactar, para su publicación, los frutos de mis últimos tres años de trabajo. También solicité una beca destinada, exclusivamente, a apoyar a mujeres científicas. Nike, mi bebé, me ha dado una lección valiosísima: aunque muchas partes del "gran puzzle" no pueden ser totalmente planificadas, las posibilidades de éxito aumentan con una actitud flexible y creativa.
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