| Me
permitiré un paréntesis al
respecto. La buena docencia, como tal, ya
sea en el campo de las ciencias o el de
las letras, parece ser una idea escurridiza
para la mayoría de los profesores
con los que me he topado en mi camino como
estudiante de posgrado. Antes de comenzar
mi diatriba, déjenme decirles que
creo que los profesores (al igual que los
padres) están entre las personas
más importantes del mundo. Nos ofrecen
su conocimiento y nos empujan para que aspiremos
a la excelencia; a menudo, son capaces de
inclinar la balanza a favor de que comencemos
a adorar, o a odiar, una determinada materia.
Lamentablemente, cuando son magníficos,
no reciben todo el reconocimiento que se
merecen, y solemos apresurarnos demasiado
para criticarlos cuando no son "perfectos".
Entonces, mi pregunta
es la siguiente: cuando he llegado a este
escalón tan alto en mi vida académica,
¿cómo es que los profesores
me siguen tratando como si tuviese cinco
años? Algunos nos entregan folios
y más folios de notas escritas
a mano de forma descuidada o poco menos
de un centenar de hojas de apuntes mecanografiados
(¡ecologistas!), sin apenas organización,
y luego nos las leen en clase como si
no pudiésemos hacerlo nosotros
mismos. Una minoría de mis profesores
son realmente buenos a la hora de transmitir
sus respectivos mensajes; algunos lo intentan
pero, en mi opinión, necesitan
ayuda desesperadamente. Otros parece que
dan clase sólo para oírse
a sí mismos. Yo lo denomino "darse
de conferenciantes", porque para
mi "la docencia" me involucra
y me ayuda a aprender algo nuevo. No tiene
nada que ver con el desperdiciar mi tiempo,
sintiéndome obligada a escuchar
recitales que se van por las ramas.
A finales del semestre
pasado, el jefe del Departamento (otro
que de vez en cuando se pone a divagar
en clase) nos dio un pequeño sermón
y nos dijo que deberíamos estar
agradecidos a los profesores por el hecho
de que dedican parte de su tiempo a impartirnos
su sabiduría. "Ellos no tienen
que enseñaros", dijo. Y continuó:
"En mi etapa predoctoral, estudiábamos
para los examen y luego los hacíamos.
Sólo una vez aprobado todo comenzábamos
a investigar. Deberíais apreciar
el hecho de que estas personas están
dándoles una parte de su
tiempo".
Me da la sensación
de que parte del profesorado sentía
que la promoción de primer año
de Doctorado estaba dando muestras de
irresponsabilidad y desagradecimiento
entregando los trabajos tarde, faltando
a clase y obteniendo calificaciones pobres
en los exámenes. Reconozco que
éste era el caso de algunos de
mis compañeros, pero para nada
de todos. Aparte, esta apelación
a la culpabilidad no funciona en un contexto
en el que los propios profesores, y los
antiguos alumnos, nos dicen que "las
notas de clase no importan".
Una parte de mi pensó:
"Vaya, pues parece que les importamos...".
Otra parte dijo: "Ya soy mayorcita;
puedo hacerme cargo de mis responsabilidades
sin que me estéis controlando cada
minuto...". Una tercera parte de
mí todavía piensa que algunos
de mis profesores se dedican simplemente
a ponerse delante de nosotros y a contarnos
historietas con el pretexto de compartir
con nosotros la anécdota ocasional
que acaricie sus respectivos egos. Pues
que lo sepáis...: me importan poco
vuestros viajes a Europa (salvo que, por
supuesto, tengan algún tipo de
relación con lo explicado en clase).
Muchos de mis profesores
son individuos genuinamente agradables.
Otros no lo son. Algunos nos dicen que
los estudiantes de posgrado somos aburridos
(¿acaso no es esto del mal gusto?).
A la mayoría de mis profesores
no sólo no les importa sino que
animan a que se les haga preguntas antes,
durante o después de las clases.
Algunos nos menosprecian por no hacer
los trabajos tan bien como, según
ellos, deberíamos. ¿Pero
de qué van? Que sepáis que
tengo muchas otras clases, además
de mis horas de investigación,
y que ya no estoy en el instituto, así
que ¡aire!
¿Así
que desde cuando están los profesores
preocupados ÚNICAMENTE por la investigación
y demasiado ocupados como para preocuparse
por que sus estudiantes reciban enseñanza
de calidad? ¿Acaso no son ellos
los que ponen las normas y nos obligan
a asistir a clase con la esperanza de
que "aprendamos" algo?
Me pregunto si su
tiempo (y el mío) no estaría
mejor aprovechado en sesiones de debate.
Acepto: denme sus apuntes de clase, las
obras de referencia y los ejercicios de
práctica relevantes y yo, en mi
propio tiempo, me organizaré para
trabajarlos y regresar con todas mis dudas
y preguntas a su despacho. ¿Por
qué seguir luchando contra mi narcolepsia
clase tras clase? Ellos se cansan de hablar
y yo de escuchar. ¡Venga! ¿No
somos todos adultos? Aparte, creo que,
en cualquier caso, a la mayoría
de los profesores se les dan mejor las
conversaciones con una sola persona o
con un grupo pequeño. Puedo hacer
preguntas y obtener respuestas más
directas, y el contexto me ayuda a entablar
relaciones interpersonales. ¿Y
qué les parece la idea de crear
también sesiones de refuerzo?
Y antes de que ustedes,
lectores, me pregunten eso de: "Bueno...,
¿y usted ha enseñado alguna
vez?", les diré que sí
- más o menos. Estuve a cargo de
un grupo de refuerzo de química
en mi último año de carrera.
Preparaba originales boletines de apuntes
para mis alumnos y los veía dos
veces a la semana durante un total de
dos horas (sin contar las horas de tutoría).
Sé que enseñar, y enseñar
bien, puede ser todo un desafío.
Recuerdo lo extenuada que me quedaba después
de aquellas sesiones de revisión
de dos horas de duración en las
que me esforzaba por que todos los estudiantes
participasen. Les animaba a que viniesen
a verme en las horas de tutoría,
calificaba exámenes y tablas de
ejercicios y, felizmente, sólo
uno de mis alumnos obtuvo tan sólo
una C (lo que equivaldría a un
"bien") como calificación.
El grupo era trabajador, así que
eso facilitó un poco mi tarea.
Sí, lo reconozco:
no estaba a cargo de ninguna materia troncal
para la que tuviese que crear un programa
coherente. Tampoco era yo la responsable
de su contenido. Pero sí que tenía
la responsabilidad de obtener una gran
cantidad de resultados y, siendo sinceros,
incluso cuando el contenido es extraordinario,
los resultados producidos cuentan. Nadie
quiere que su pizza le llegue fría,
y nadie quiere que las clases sean experiencias
soporíferas . Por lo que sí:
la respuesta a la pregunta es que sí
que he "enseñado", y
he disfrutado con ello.
Creo que eso es,
precisamente, otra parte del problema.
Dudo que muchos de mis profesores disfruten
con la docencia. No sé si a alguno
de ellos se les enseñó a
enseñar. Para unos cuantos, parece
ser un verdadero sufrimiento. Casi nunca
hablan de su investigación, aunque
algunos - por otra parte - están
dale que te dale sobre su tesis o sobre
su trabajo posdoctoral cuando deberían
estar enseñando otra cosa.
Gracias a Dios, éste
ha sido el último semestre de mi
vida en el que tendré que asistir
a clases. ¿Se pueden imaginar lo
aliviada que me siento?
¿Acaso no
es posible encontrar un punto intermedio
en el que todos estemos contentos? ¿O
puede que se trate sólo de los
profesores de mi Departamento?
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Las reglas del juego - ¡NO
MUESTRES TEMOR!
Cuando eres
el alumno nuevo del Departamento,
o si estás yendo a una
clase fuera de tu Departamento,
existen una serie de interacciones
interpersonales que se forjan,
necesariamente, día tras
día. Le conviene que los
profesores le conozcan y que les
caiga bien. Son ellos los que
redactarán y calificarán
sus exámenes de promoción,
los que llevan a cabo esa investigación
que en un futuro puede ser de
su interés y los que forman
parte de los comités de
posgrado. El tener interacciones
positivas con los profesores (incluso
con los que odia) puede ayudarle
a lo largo de toda su trayectoria
como estudiante.
Le guste
o no, la experiencia doctoral
es de naturaleza política.
El Departamento tiene el poder
de protegerle en su seno o de,
por el contrario, pedirle que
ahueque el ala sin un diploma
debajo del brazo. A la hora de
pedir firmas, solicitar cartas
de recomendación o de buscar
material de investigación,
los profesores son siempre las
personas a las que recurrir, le
agrade la idea o no. A continuación
les paso algunos consejos para
que estos encuentros con los profesores
tengas más gozos que sombras:
- No se
haga el sabihondo. Así
de sencillo. Le cueste o no
creerlo, ni yo ni usted lo sabemos
todo (y tampoco nuestros profesores)
y ese comportamiento de "yo
soy más inteligente que
usted", o peor aún,
la crítica pública
y despiadada de la manera de
dar clase de un profesor, no
es nada agradable, especialmente
cuando éste, o alguno
de sus colegas, está
lo suficientemente cerca como
para oír.
- ¡Estudie!
¡Inténtelo! Sus
profesores se darán cuenta
de ello y apreciarán
el hecho de que se está
tomando las cosas en serio.
- No copie.
Tuvimos algunos problemas con
este apartado en nuestro primer
año de Doctorado. Dejando
a un lado asuntos como la integridad
y la honestidad académica,
¿acaso no le parece penoso
que le pillen y que sus profesores
se enteren?
- Haga preguntas.
No hay nada malo en no saber
una respuesta o en no comprender
algo perfectamente. A menudo,
a los profesores se les da mejor
explicar cosas individualmente,
porque en este contexto es más
fácil saber qué
es lo que la persona sabe y
lo que no, en lugar de explicar
homogéneamente a todos
los alumnos de la clase, sea
cual fuere su nivel. Aparte,
la curiosidad forma parte de
la naturaleza intrínseca
de la etapa doctoral, así
que pregunte sin miedo.
- Benefíciese
del horario de tutorías.
Si los profesores están
poniendo parte de su tiempo
a su disposición para
poder responder sus preguntas,
no lo desperdicie. Aproveche
la oportunidad para conocer
a los profesores fuera del aula
y para que ellos le conozcan
a usted. No hay nada que odiase
más en mi etapa como
profesora que tener horas de
tutorías y que ningún
alumno viniese a visitarme.
- Asista
a las clases y a los laboratorios.
Puede que las odie, puede que
le seden cual tranquilizante,
puede que las considere una
pérdida de su precioso
tiempo, puede que considere
que puede aprenderlo todo en
casa, sin ayuda... Pero una
cosa es cierta: cuanto más
esté uno expuesto a un
tema, mayores son las probabilidades
de retenerlo. Aparte, los profesores
(por muy despistados que parezcan
algunos de ellos) se fijan siempre
en quién está
en clase y quién no.
- Compártase
a usted mismo. Sus profesores
le conocen mejor de lo que se
imagina. Hablan de usted en
las reuniones del profesorado,
observan su comportamiento en
clase... y toda esta información
se va acumulando en sus cerebros.
A algunos de mis compañeros
les sorprendió el que
ciertos profesores supiesen
sus nombres cuando les llamaron
en clase.
- Sonría
y salude. Sí, lo sé...,
algunas personas pueden ser
ocasionalmente extrañas,
desagradables, cerradas... Pero,
¿hay algo malo en esforzarse
por iniciar una conversación?
Pregunte cosas: qué tal
va un proyecto en particular,
cómo están los
niños... cualquier cosa
que haga saber a los profesores
que tanto usted como ellos están
vivos.
- Muestre
y espere respeto. Cuando muestra
respeto hacia los demás,
tiene muchas más probabilidades
de recibir respeto cuando se
lo merece.
Puede ponerse en contacto con
Micella en la siguiente dirección:
Micella_Phoenix_deWhyse@hotmail.com
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Las aventuras de
Micella Phoenix DeWhyse en el programa
de Doctorado.
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