| Siempre
he creído que, si trabajaba duro
y era constante, podría mantener
la cabeza sobre el nivel del agua y me las
apañaría para seguir adelante.
Parece que, por el momento, he llegado a
un impasse.
Suspendí mi
segundo y tercer examen eliminatorio.
Ahí está, ya lo he dicho.
Suspendí dos exámenes. Estoy
relativamente destrozada.
Creo que podría
haber aprobado el segundo. No hice caso
a mi intuición cuando respondía
a las preguntas. No más lejos que
llegué fue a empezar a responder
la pregunta que debería haber respondido.
Reconsiderando esa elección, arranqué
la página del cuaderno de examen
y empecé con otra pregunta. Después
del exámen, me llevé a casa
la página arrancada y vi como no
dejaba de mirarme desde la papelera. Parecía
decirme: "¡sabes que tendrías
que haberme terminado!". Y vaya si
tenía razón. Cuando cogí
los resultados del examen en mi buzón
a la semana siguiente y leí "el
profesorado ha decidido suspender...",
no me sentía especialmente feliz
con mi actuación, sobre todo después
de haber aprobado el primer examen.
Al principio no se
lo dije a nadie. Escondí los nervios.
No se lo dije a ninguno de mis compañeros
ni a los otros estudiantes de clases más
avanzadas. No quería su lástima.
No quería que me dijeran, "bueno,
lo siento mucho", mientras pensaban,
"me alegro de no haber sido yo".
No lo sabían y me hacia cierta
gracia que todos pensaran que había
aprobado y que, así, continuaran
los planes para la fiesta que tendríamos
cuando todos hubiésemos aprobado
las cuatro pruebas en tan sólo
cuatro intentos.
Al final se lo tenía
que decir a alguien, si no quería
derrumbarme y explotar. Lucille, una de
las estudiantes de doctorado de otro grupo,
tenía exactamente el mismo problema.
Confío en ella. Lucille me ha ayudado
y apoyado mucho mientras yo enloquecía
en silencio e intentaba reconstruir mi
autoestima.
Mientras estudiábamos
para el siguiente examen, se lo dije a
uno de mis compañeros, Bruce. Nos
llevamos relativamente bien y sentí
que podía confiarle todo el asunto.
Sólo se lo pude decir cuando casi
perdí la calma y le grite a todo
el mundo del grupo de estudio, "QUERÉIS
PARAR DE HABLAR DE LO BONITO QUE SERÁ
HABER TERMINADO. YO NO HABRÉ ACABADO
CUANDO LO HAGÁIS VOSOTROS. ¡CALLAOS!"
Respiro...
Y entonces suspendí
el tercer examen. Éste dolió
un poco más - salí más
confiada del tercer examen que del segundo
- por lo que me quedé algo más
que sorprendida. Fue un examen difícil.
Pero no aprobé y sí lo hizo
gente que sé que no había
estudiado o que no se había tomado
en serio los exámenes.
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Las reglas del juego: la batalla
con el propio ego
Bueno, no
hay mucho que pueda decir esta
vez ya que todavía no he
terminado de pensar sobre todo
esto. Si ustedes, lectores, tienen
algún consejo que darme
sobre cómo mantener alta
la motivación cuando están
hartos de pruebas y resultados,
me encantaría oírles.
Me aseguraré de que salga
en la columna del mes que viene
(manteniendo el anonimato si así
lo desean).
En lo que
respecta a lo aprendido sobre
cómo tratar de mantener
la cabeza sobre el nivel del agua,
les sugeriría lo siguiente
:
Seguir
intentándolo. Mi
actitud favorita es: "las
personas con éxito no son
siempre afortunadas, siguen intentándolo
hasta que sale bien". Bueno,
es lo que hago, aunque tal vez
debiera cambiar un poco mi punto
de vista.
Hay
que hablar con alguien.
Desvariar, despotricar, llorar,
gritar o hablar calmadamente con
alguien, con cualquiera, para
evitar sentirse completamente
solo y abandonado. Hay que identificar
a los amigos y familiares con
los que se puede hablar sin sentirse
un llorón todo el tiempo;
si esto no es posible, hay que
encontrar a alguien neutral que
pueda ofrecer una opinión
objetiva.
Tomarse
un respiro. De vez en cuando,
hay que escaparse de la situación.
Lo comprenda o no el supervisor,
se le debe hacer entender la necesidad
de un pequeño descanso.
Un fin de semana de 4 días
para recuperar la cordura resulta
mucho mejor que pretender atravesar
un muro de piedra que no se muestra
muy cooperativo.
Hacer
algo que traiga alegría.
Escuchar música, bailar
o leer, se debe hacer algo para
disfrutar y que no tenga nada
que ver con el trabajo o el estudio.
No hay que esperar a que llegue
nadie y levante; hay que hacerlo
por uno mismo.
Perdonarse
a uno mismo. Nadie es perfecto
y, una vez dejamos de intentar
serlo, aceptándonos a nosotros
mismos, nuestros defectos y demás,
la vida (y el doctorado) irá
a mejor.
No
hay que tomárselo de modo
personal. Por fortuna,
los profesores no van a cazarnos.
Se trata, simplemente, de una
tarea a completar y, cuanto menos
se piense que es un atestado de
nuestro valor en la vida, mejor.
Hay
que contar lo bueno y ponerlo
en perspectiva. Mis padres
siempre me han dicho, cuando estaba
enfadada por algo, eso de: "¿te
importará esto dentro de
20 años?". La mayor
parte de las veces, el asunto
en cuestión carece de importancia.
Y entonces intento recordar lo
que he conseguido y ya no me siento
tan pequeña.
Tengamos
presente que todo irá bien.
Aunque me disgusta que la gente
me diga esto, tengo que creerlo
antes de sentirlo. Todo funcionará,
aunque no necesariamente del modo
esperado.
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Como ya mencioné
en el "Capítulo
2" de esta crónica de
mi vida como estudiante de doctorado,
en nuestro programa se nos dan 10 oportunidades
para escapar de esta ratonera, con lo
que no debería de ser tan complicado,
¿no? Bueno..., sí y no.
La presión de los compañeros,
las dudas autoprovocadas y el dañado
orgullo tienen un papel en este drama.
Este tipo de cosas puede desatar el caos
en nuestra vida. Y cuando el resto de
los elementos de nuestra existencia no
va viento en popa, los errores manifiestos
pueden obsesionarnos de no tener algo
positivo que nos distraiga. Y, en mi caso,
quizás me los esté tomando
demasiado en serio.
Tras conversar con Jeff, mi supervisor,
al final compartí mis fracasos
con los compañeros con los que
estudiaba para el cuarto examen. Ya no
podía guardarlos más tiempo
dentro de mí, maldito sea el orgullo.
Me sentí algo mejor; mi concentración
y motivación a la hora de estudiar
para la próxima ronda han rebrotado.
No obstante, el remolino
de preguntas sobre dónde, qué,
cuándo, por qué se supone
que debo estar aquí no ha cesado.
Lo hilarante del caso es que, por primera
vez, me siento verdaderamente insegura
acerca de lo que me deparará el
futuro. Siempre me he guiado por un plan
(y un plan B) y, en general, las cosas
han funcionado bien por sí solas.
Me doy cuenta perfectamente de que tengo
un gran futuro por delante y de que "todo
irá bien", pero es difícil
creerlo cuando nada parece ir en buen
camino y uno siente que se tiene poco
control sobre lo que sucede. Siempre me
ha parecido que, si trabajaba un poco
más y me empeñaba un poco
más, las cosas irían bien
y obtendría los resultados que
necesitaba. Ahora, nada de eso... Este
verano ha sido realmente infernal. He
trabajado con tesón pero no he
logrado los resultados esperados en el
laboratorio. He estudiado mucho más
(aunque debo admitir que me distrajo un
poco el escándalo del capítulo
6) y, aun así, he suspendido.
Lo divertido es que
nunca he sido el tipo de persona que se
irrita por los resultados de los exámenes.
Recibía las noticias, y o bien
me afectaban un poco al comprobar que
la prueba en cuestión no me había
salido tan bien como pensaba, o era consciente
de la suerte que, en el fondo, había
tenido; pero en cualquier caso siempre
acababa sabiendo cuáles eran los
aspectos en lo que necesitaba mejorar.
En este caso, el problema estriba en que
no sé cuáles son mis fallos
no, por ende, cómo corregirlos,
o incluso si lo supiera, no creo que sirviera
de mucho de cara al próximo examen
eliminatorio. De todos modos, como dije
en el "Capítulo 3", no
es el fin del mundo. Tengo que seguir
esforzándome y darme un poco de
tiempo para superar este obstáculo.
Sigo pensando que
si tuviese "un sistema más
efectivo de apoyo local", las cosas
irían mejor. Reconozco que he formado
uno, pero no tan fuerte como el que tenía
en mis años de licenciatura. Puede
deberse, en parte, a que vivo sola; algo
que, aunque excelente para el espacio
personal, no lo es tanto para la factura
telefónica.Mi duda con respecto
a mi mismo es uno de los factores más
debilitadores que debo afrontar ahora.
En lugar de embrollarme en una batalla
con el mundo exterior, como mencioné
en el último capítulo de
esta crónica, la batalla es ahora
interior. El temor a lo desconocido nos
puede paralizar con pensamientos como
"¿qué pasa si no puedo?,
¿qué pasará si no
lo hago?, ¿qué haré?"
hasta que nos levantamos y seguimos la
marcha sin dejar que el tirano interior
se salga con la suya todo el tiempo.
Mis padres se han
portado increíblemente bien. Si
bien es probable que no hayan experimentado
las mismas cosas que yo, resulta estupendo
comprobar cuánto tratan de ayudarme
a poner las cosas en perspectiva, con
correos electrónicos llenos de
ánimo, llamadas telefónicas
por sorpresa y demás. Sí...,
con un poco de suerte sólo quedará
un semestre extra de agonía, pero
siempre podría ser peor.
Pueden ponerse
en contacto con la autora escribiéndole
a: Micella_Phoenix_deWhyse@hotmail.com.

Las aventuras
de Micella Phoenix DeWhyse en el programa
de Doctorado.
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