Agenda investigación | Investigación | Catalogadores | Becas y ayudas | Asociaciones | Jobs Net | Contacta | Versión en Portugués  
Google
Presentación del proyecto
  Rincón del doctorando
  Diario de una doctoranda   estadounidense
  Carrera investigadora
  Testimonios de   científicos en el   extranjero
  Mujeres científicas
  El rincón español
  El rincón latinoamericano
  Emigración
  Desarrollo profesional
  La ética en la ciencia
   · Biotecnología
   · Ciencia      medioambiental
   · Consultoría      empresarial
   · Cooperación      humanitaria
   · Derecho de patentes
   · Edición científica
   · Informática
   · Medicina alternativa
   · Nanotecnología
   · Traducción e      interpretación científica
   · Otras salidas
Las aventuras de Micella Phoenix DeWhyse en el programa de doctorado.

Capítulo 7: Crisis de confianza

MICELLA PHONIX DeWHYSE
ESTADOS UNIDOS

2 DE AGOSTO, 2002

"Al principio no se lo dije a nadie. Escondí los nervios. No quería su lástima. No quería que me dijeran, "bueno, lo siento mucho", mientras pensaban, "me alegro de no haber sido yo"."

Como la bolsa tras el boom de los noventa, ha estallado la burbuja de la confianza propia en mis posibilidades académicas y de investigación. Me resulta muy difícil de creer que hace tan sólo unos meses tan me sentía llena de vigor, dispuesta a enfrentarme a cualquier enemigo, supervisor, proyecto o examen. Ahora sólo quiero gritar, ¡PAREN EL MUNDO, QUE ME APEO! Los doctorandos más veteranos me cuentan que es normal tener un período de 6 meses en los que nada sale bien. Cuando pasan, dicen, de repente vuelves a brillar. Sinceramente espero que tengan razón, pues ver cómo mi autoestima se va por el retrete no es muy ameno.

Siempre he creído que, si trabajaba duro y era constante, podría mantener la cabeza sobre el nivel del agua y me las apañaría para seguir adelante. Parece que, por el momento, he llegado a un impasse.

Suspendí mi segundo y tercer examen eliminatorio. Ahí está, ya lo he dicho. Suspendí dos exámenes. Estoy relativamente destrozada.

Creo que podría haber aprobado el segundo. No hice caso a mi intuición cuando respondía a las preguntas. No más lejos que llegué fue a empezar a responder la pregunta que debería haber respondido. Reconsiderando esa elección, arranqué la página del cuaderno de examen y empecé con otra pregunta. Después del exámen, me llevé a casa la página arrancada y vi como no dejaba de mirarme desde la papelera. Parecía decirme: "¡sabes que tendrías que haberme terminado!". Y vaya si tenía razón. Cuando cogí los resultados del examen en mi buzón a la semana siguiente y leí "el profesorado ha decidido suspender...", no me sentía especialmente feliz con mi actuación, sobre todo después de haber aprobado el primer examen.

Al principio no se lo dije a nadie. Escondí los nervios. No se lo dije a ninguno de mis compañeros ni a los otros estudiantes de clases más avanzadas. No quería su lástima. No quería que me dijeran, "bueno, lo siento mucho", mientras pensaban, "me alegro de no haber sido yo". No lo sabían y me hacia cierta gracia que todos pensaran que había aprobado y que, así, continuaran los planes para la fiesta que tendríamos cuando todos hubiésemos aprobado las cuatro pruebas en tan sólo cuatro intentos.

Al final se lo tenía que decir a alguien, si no quería derrumbarme y explotar. Lucille, una de las estudiantes de doctorado de otro grupo, tenía exactamente el mismo problema. Confío en ella. Lucille me ha ayudado y apoyado mucho mientras yo enloquecía en silencio e intentaba reconstruir mi autoestima.

Mientras estudiábamos para el siguiente examen, se lo dije a uno de mis compañeros, Bruce. Nos llevamos relativamente bien y sentí que podía confiarle todo el asunto. Sólo se lo pude decir cuando casi perdí la calma y le grite a todo el mundo del grupo de estudio, "QUERÉIS PARAR DE HABLAR DE LO BONITO QUE SERÁ HABER TERMINADO. YO NO HABRÉ ACABADO CUANDO LO HAGÁIS VOSOTROS. ¡CALLAOS!" Respiro...

Y entonces suspendí el tercer examen. Éste dolió un poco más - salí más confiada del tercer examen que del segundo - por lo que me quedé algo más que sorprendida. Fue un examen difícil. Pero no aprobé y sí lo hizo gente que sé que no había estudiado o que no se había tomado en serio los exámenes.


Las reglas del juego: la batalla con el propio ego

Bueno, no hay mucho que pueda decir esta vez ya que todavía no he terminado de pensar sobre todo esto. Si ustedes, lectores, tienen algún consejo que darme sobre cómo mantener alta la motivación cuando están hartos de pruebas y resultados, me encantaría oírles. Me aseguraré de que salga en la columna del mes que viene (manteniendo el anonimato si así lo desean).

En lo que respecta a lo aprendido sobre cómo tratar de mantener la cabeza sobre el nivel del agua, les sugeriría lo siguiente :

Seguir intentándolo. Mi actitud favorita es: "las personas con éxito no son siempre afortunadas, siguen intentándolo hasta que sale bien". Bueno, es lo que hago, aunque tal vez debiera cambiar un poco mi punto de vista.

Hay que hablar con alguien. Desvariar, despotricar, llorar, gritar o hablar calmadamente con alguien, con cualquiera, para evitar sentirse completamente solo y abandonado. Hay que identificar a los amigos y familiares con los que se puede hablar sin sentirse un llorón todo el tiempo; si esto no es posible, hay que encontrar a alguien neutral que pueda ofrecer una opinión objetiva.

Tomarse un respiro. De vez en cuando, hay que escaparse de la situación. Lo comprenda o no el supervisor, se le debe hacer entender la necesidad de un pequeño descanso. Un fin de semana de 4 días para recuperar la cordura resulta mucho mejor que pretender atravesar un muro de piedra que no se muestra muy cooperativo.

Hacer algo que traiga alegría. Escuchar música, bailar o leer, se debe hacer algo para disfrutar y que no tenga nada que ver con el trabajo o el estudio. No hay que esperar a que llegue nadie y levante; hay que hacerlo por uno mismo.

Perdonarse a uno mismo. Nadie es perfecto y, una vez dejamos de intentar serlo, aceptándonos a nosotros mismos, nuestros defectos y demás, la vida (y el doctorado) irá a mejor.

No hay que tomárselo de modo personal. Por fortuna, los profesores no van a cazarnos. Se trata, simplemente, de una tarea a completar y, cuanto menos se piense que es un atestado de nuestro valor en la vida, mejor.

Hay que contar lo bueno y ponerlo en perspectiva. Mis padres siempre me han dicho, cuando estaba enfadada por algo, eso de: "¿te importará esto dentro de 20 años?". La mayor parte de las veces, el asunto en cuestión carece de importancia. Y entonces intento recordar lo que he conseguido y ya no me siento tan pequeña.

Tengamos presente que todo irá bien. Aunque me disgusta que la gente me diga esto, tengo que creerlo antes de sentirlo. Todo funcionará, aunque no necesariamente del modo esperado.

Como ya mencioné en el "Capítulo 2" de esta crónica de mi vida como estudiante de doctorado, en nuestro programa se nos dan 10 oportunidades para escapar de esta ratonera, con lo que no debería de ser tan complicado, ¿no? Bueno..., sí y no. La presión de los compañeros, las dudas autoprovocadas y el dañado orgullo tienen un papel en este drama. Este tipo de cosas puede desatar el caos en nuestra vida. Y cuando el resto de los elementos de nuestra existencia no va viento en popa, los errores manifiestos pueden obsesionarnos de no tener algo positivo que nos distraiga. Y, en mi caso, quizás me los esté tomando demasiado en serio.

Tras conversar con Jeff, mi supervisor, al final compartí mis fracasos con los compañeros con los que estudiaba para el cuarto examen. Ya no podía guardarlos más tiempo dentro de mí, maldito sea el orgullo. Me sentí algo mejor; mi concentración y motivación a la hora de estudiar para la próxima ronda han rebrotado.

No obstante, el remolino de preguntas sobre dónde, qué, cuándo, por qué se supone que debo estar aquí no ha cesado. Lo hilarante del caso es que, por primera vez, me siento verdaderamente insegura acerca de lo que me deparará el futuro. Siempre me he guiado por un plan (y un plan B) y, en general, las cosas han funcionado bien por sí solas. Me doy cuenta perfectamente de que tengo un gran futuro por delante y de que "todo irá bien", pero es difícil creerlo cuando nada parece ir en buen camino y uno siente que se tiene poco control sobre lo que sucede. Siempre me ha parecido que, si trabajaba un poco más y me empeñaba un poco más, las cosas irían bien y obtendría los resultados que necesitaba. Ahora, nada de eso... Este verano ha sido realmente infernal. He trabajado con tesón pero no he logrado los resultados esperados en el laboratorio. He estudiado mucho más (aunque debo admitir que me distrajo un poco el escándalo del capítulo 6) y, aun así, he suspendido.

Lo divertido es que nunca he sido el tipo de persona que se irrita por los resultados de los exámenes. Recibía las noticias, y o bien me afectaban un poco al comprobar que la prueba en cuestión no me había salido tan bien como pensaba, o era consciente de la suerte que, en el fondo, había tenido; pero en cualquier caso siempre acababa sabiendo cuáles eran los aspectos en lo que necesitaba mejorar. En este caso, el problema estriba en que no sé cuáles son mis fallos no, por ende, cómo corregirlos, o incluso si lo supiera, no creo que sirviera de mucho de cara al próximo examen eliminatorio. De todos modos, como dije en el "Capítulo 3", no es el fin del mundo. Tengo que seguir esforzándome y darme un poco de tiempo para superar este obstáculo.

Sigo pensando que si tuviese "un sistema más efectivo de apoyo local", las cosas irían mejor. Reconozco que he formado uno, pero no tan fuerte como el que tenía en mis años de licenciatura. Puede deberse, en parte, a que vivo sola; algo que, aunque excelente para el espacio personal, no lo es tanto para la factura telefónica.Mi duda con respecto a mi mismo es uno de los factores más debilitadores que debo afrontar ahora. En lugar de embrollarme en una batalla con el mundo exterior, como mencioné en el último capítulo de esta crónica, la batalla es ahora interior. El temor a lo desconocido nos puede paralizar con pensamientos como "¿qué pasa si no puedo?, ¿qué pasará si no lo hago?, ¿qué haré?" hasta que nos levantamos y seguimos la marcha sin dejar que el tirano interior se salga con la suya todo el tiempo.

Mis padres se han portado increíblemente bien. Si bien es probable que no hayan experimentado las mismas cosas que yo, resulta estupendo comprobar cuánto tratan de ayudarme a poner las cosas en perspectiva, con correos electrónicos llenos de ánimo, llamadas telefónicas por sorpresa y demás. Sí..., con un poco de suerte sólo quedará un semestre extra de agonía, pero siempre podría ser peor.

Pueden ponerse en contacto con la autora escribiéndole a: Micella_Phoenix_deWhyse@hotmail.com.

Las aventuras de Micella Phoenix DeWhyse en el programa de Doctorado.




--------------------------------
Copyright © 2003 Portal Universia S.A. Todos los derechos reservados
(Avda. de Cantabria s/n - Edif. Arrecife, planta 00.28660 Boadilla del Monte) - Madrid. España.
Contacta con nosotros: Usuarios | Empresas-Instituciones-Medios comunicación
Código Ético | Aviso Legal | Política de confidencialidad | Quiénes somos: Sala de Prensa