Nunca he estado tan tranquila desde que comencé el doctorado. Es extraño. Sé que me quedan toneladas de trabajo por hacer, pero la inseguridad relativa a si un día lograría terminar la tesis o no se ha desvanecido. No obstante, ahora se acecha un nuevo dilema: ¿qué diablos haré una vez graduada?
Algunos de nosotros comenzamos la etapa predoctoral con objetivos muy claros: regresar a la universidad, doctorarse y finalmente obtener un trabajo en el área favorita, amada, de especialización. Creíamos que, una vez graduados, seguiríamos sintiéndonos muy a gusto con la investigación y la disciplina elegidas; que nuestras perspectivas no cambiarían; y que adoraríamos cada fase del doctorado, al igual que nuestro supervisor.
Utopías aparte, si han ido siguiendo este diario – o no lo han hecho, pero han pasado por estudios de Tercer Ciclo – probablemente sepan, a estas alturas, que este escenario de rosas es muy poco realista. Por el contrario, uno se cuestiona siempre todo. A veces, el auto-examen de conciencia pasa a ser mórbido y patológico. Otras veces, el trabajo parece no tener sentido alguno. Y uno se pregunta: ¿y esto vale la pena?
Y conforme vas analizando tu situación, te preguntas se querrás seguir realizando investigación en tu campo, o en cualquier otro, una vez doctorado. Han sido tantos los palos a lo largo del proceso, que a lo mejor hasta has perdido las ganas de trabajar como científico o ingeniero. Sólo a lo mejor.
Y lo que es quizás peor: darte cuenta de que, aunque te gusta tu trabajo, hay alguna otra actividad profesional que crees que te gustaría un poco más.
¿Qué deberías hacer, y a dónde deberías dirigirte, si de repente te das cuenta de que tienes una pasión y un talento por una salida profesional no tradicional? ¿Te atreverías a “salir del redil” y defraudar a tus supervisores? ¿Y a tus padres? ¿O continuarías engañándote a ti misma, cegándote a tus propias necesidades? ¿Qué alternativas hay? ¿Seguir tirando, sin pasión, por el camino más trillado, cerrando los ojos a los carteles fluorescentes que te vas chillando, a un lado y a otro, que tienes otras opciones?
Fue como despertar de un sueño, dándome cuenta de que tengo que decidir cómo ir orientando mi vida ahora, y con bastante tiempo de antelación. Y la que tiene que decidir soy yo: las opiniones de los demás ya no me resultan terriblemente relevantes, como antaño.
Así que ahora que reconozco y “veo” el problema, estoy empezando a prepararme. Soy una persona completa, independiente; capaz de evaluar situaciones, buscar asesoramiento y tomar decisiones. De esto estoy segura, y la idea me llena de fuerza. No obstante, aunque soy capaz de ser asertiva, sé que decidir ahora sería un error porque todavía no tengo toda la información que necesito. Seleccionar una salida profesional sin haber examinado, en detalle, todo el abanico de opciones que se me brindan, sería de tontos. Intentaré ser, en todo momento, harto responsable y cuidadosa en cuanto a los pasos a tomar una vez doctorada.
Y por ello estoy comenzando el proceso… ya. Todavía me queda en torno a un año para graduarme, pero quiero asegurarme de tener bien agarradas las riendas de mi futuro profesional, y de que sé hacia dónde me quiero dirigir, una vez salga de aquí.
En teoría, las respuestas a la pregunta de qué hacer con el doctorado son obvias. Las posibilidades serían tres: la universidad, la industria y el gobierno, cada una con sus ventajas y desventajas estereotipadas. Ir más allá de estas generalizaciones abstractas requiere investigación individual. Así que yo hice un poco. Y esto es lo que aprendí.
En relación a la vertiente académica, si quieres formar parte del cuerpo docente de una universidad en la que se haga investigación, lo más probable es que necesites un fabuloso y largo postdoc en un laboratorio de prestigio (más aún: yo diría que esto es esencial), algunas publicaciones en revistas conocidas, bastante práctica en redacción de solicitudes de beca y contactos con los “importantes” de tu disciplina.
El problema mayor que le veo a la salida académica es el número de personas que están ahí fuera, al acecho de cada vacante. Muchos catedráticos operan desde el paradigma de que están formando a aquellos que les reemplazarán algún día, y consideran que cualquier desviación con respecto al paradigma constituye un sacrilegio. El problema es que están formando, paralelamente, a al menos media docena de sustitutos. Así que la competitividad es extrema, las responsabilidades muchas, y el ámbito universitario es uno de los pocos contextos laborales en los que, llegado al nivel más alto, no destacar puede supone el final de la carrera profesional. Las recompensas pueden ser enormes; de todas formas, lo repito, los puestos académicos no pueden ser tomados a la ligera.
En cuanto al sector industrial, en función de su disciplina y experiencia técnica, es probable que las perspectivas de empleo vayan mejorando en el corto-medio plazo. La economía parece que va despuntando, y la generación responsable del baby-boom comienza a jubilarse. Pero la deslocalización y la globalización siguen llevando las riendas del mercado. Si tiene capacidad de adaptación, una mente ágil y joven y mucha energía, ¿por qué no van a querer contratarle? Hacer un postdoc antes de incorporarse a la industria es opcional, dependiendo del tipo de trabajo que quiera hacer y la disciplina en la que se mueva. Puede que con su tesis le llegue de sobras, pero necesitará demostrar que puede producir y ser parte de un equipo – a algunos de nosotros no se nos da bien la convivencia con otros jugadores – para poder llegar a encajar y triunfar en el entorno industrial.
Para obtener un buen empleo en la industria se necesitan varias habilidades y estrategias de búsqueda de empleo. Pero lo más importante que debe saber del empleo industrial es que no hay un único mercado laboral, sino muchos, y que cada uno tiene sus propias condiciones y requisitos.
Otra posibilidad es buscar un puesto en un laboratorio gubernamental. Yo tiendo a pensar en el laboratorio gubernamental como un híbrido entre la universidad y la industria, con el matiz de que la investigación que en él se realiza está guiada por un interés público. Persisten los intereses monetarios y las limitaciones tradicionales asociadas a la industria, pero las restricciones financieras están ligadas al presupuesto federal, al igual que en la universidad. La investigación suele ser más académica, menos orientada al mercado y menos propietaria. La colaboración sigue siendo necesaria. No así la docencia.
Pero si han estado leyendo los artículos de Next Wave, de Science, como todo joven científico que se precie, sabrán que existe la posibilidad de embarcarse en una carrera alternativa. Y aquí es donde está mi dilema. Si, y de momento eso es todo: un “si”, voy a optar por una carrera alternativa, ¿para quién trabajaré? ¿Y cómo iré avanzando? ¿Qué oportunidades me brindará? ¿Deseo una carrera que me apasione, que absorba toda mi atención, o quiero un trabajo que pueda dejar atrás cada noche, al regresar a casa? ¿Qué niveles de flexibilidad y libertad existen en la universidad, la industria, el gobierno, o en alguna carrera no tradicional todavía no especificada? ¿Quiero tener relaciones y una familia? ¿Puedo encontrar un entorno que apoye un equilibrio sensato entre trabajo y todo lo demás? ¿O tendré que crearme mi propia situación?
¿Cómo diablos le explicaré mis opciones a mis compañeros del laboratorio, y especialmente a mi supervisor? ¿Cómo evalúo mis intereses? ¿No me llegaba el doctorado para conseguir un trabajo? ¿Qué destrezas necesitaba para hacer la transferencia al mundo laboral? ¿Y qué otras credenciales? ¿Cómo voy a hacer que esto funcione? ¿Podré retornar a algo más técnico si decido abandonar el laboratorio? ¿Valieron de algo el tiempo y la angustia invertida con el doctorado?
Como pueden ver, cuando queda todavía más de un año para que termine, mi fase de tranquilidad ha llegado a su fin y comienza la segunda parte de mi película personal de terror. Tengo decisiones importantes que tomar, y no puedo dilatarlas demasiado en el tiempo. Puede que haya entrado en el doctorado sin saber exactamente qué me encontraría; puede que haya escogido un campo de investigación sin saber exactamente cuáles eran mis intereses reales; puede que haya tardado su tiempo en comprender lo importantes que pueden llegar a ser tanto supervisores como tutores, o la batalla psicológica que entrañaría este título por el que estoy luchando.
Pero no quiero tropezar en mi próximo paso profesional. La decisión que tome será meditada y cuidadosamente estudiada. Lo que no quiere decir que será, necesariamente, la decisión adecuada. Pero haré, eso sí, todo por mi parte para acertar.
A diferencia de algunos de mis colegas, no he caído en una fase de inercia, de sedación, que inevitablemente se interrumpiría cuando se me terminase la financiación o cuando tuviese lugar algún otro acontecimiento desafortunado. Estoy despierta, soy consciente de mi presente, y mis ojos están abiertos. ¿Qué sé? Que me merezco ser más feliz; que me merezco estar más sana, y que tengo mucho que contribuir al mundo. Durante los próximos meses, haré un rastreo en profundidad de los recursos que aporta Next Wave, y compartiré mis averiguaciones con ustedes.
Y por favor, por favor, si alguien tiene alguna historia personal, alguna anécdota, cómica, de terror o pedagógica, sobre cómo reencauzarse en la vida finalizado el doctorado, ¡soy todo oídos! Si quieren, se las publicaré (con su permiso, ¡por supuesto!). Mi dirección de correo electrónico es:micelle_phoenix_dewhyse@hotmail.com. Se trata, en el fondo, de llegar del punto A al… bueno, a algún sitio, y creo que me ha llegado la hora de averiguar qué pinta tiene ese “algún sitio”. ¿Están listos para la gran aventura? ¡Yo sí!
|