La cita anterior aparece en la obra “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad, aunque sin la pequeña modificación de servidora: me he tomado la licencia de reemplazar el sujeto de la frase original (“la vida”) por “la etapa predoctoral”. Me parece que esta afirmación logra describir, con gran elocuencia, la etapa en la que me encuentro en mi trayectoria académica: algo parecido (deduzco) al infierno.
Creo que he llegado a un punto de mi programa de Tercer Ciclo en el que he comenzado a perder el contacto con la razón y la realidad. Lo único que me importa es la travesía que he iniciado: obtener datos y apañármelas para ir introduciéndolos en algún tipo de relato coherente. Algunas veces esto supone pasarse la noche entera en el laboratorio, concluyendo experimentos. Otras, no me queda otra que esconderme en la biblioteca, para estar al abrigo de las interrupciones y los problemas de mi supervisor o de mis compañeros.
Admito que me empieza a asustar mi comportamiento...
Brilla el sol en mi espejo retrovisor
Después de las vacaciones tenía las pilas cargadas, estaba motivada y preparada. Preparada para hacer todo lo necesario para alejarme lo máximo posible del laboratorio. Pero, de manera gradual, me las apañé para reinstalarme en mi rutina del desasosiego. Y ahora, lo único que me importa es mi trabajo. Estoy irascible y, ante todos los planes que impliquen sociabilizarme y estar con gente, respondo con actitudes del tipo “sal de mi vista salvo que puedas ayudarme” o “no me robes ni un segundo de mi tiempo”. Sólo el laboratorio existe; todo lo demás es irreal.
Relájate, me dicen. Lo intento. Las cosillas que solían molestarme del “mundo exterior” ya ni me afectan... o más bien, me afectan sólo si me distraen de mi trabajo. Un investigador postdoctoral llega una hora tarde al laboratorio para montar un experimento que tenemos que hacer conjuntamente. Me estreso. Descargo fuerzas negativas. Me irrita el que ahora se apure para terminar cuanto antes. Sé perder el tiempo sola, gracias. No necesito ayuda. En las conversaciones casuales del día a día siento que pierdo el Norte. Estoy aburrida, amargada; no le veo sentido al diálogo. ¿Estoy siendo antisocial? Sin lugar a dudas. ¿Soy más consciente que nunca de mis deseos y necesidades particulares? Definitivamente.
Dentro del túnel
A comienzos de mes, y a pesar de todo mi esfuerzo, mis experimentos se pusieron de acuerdo para no funcionar, para ponerse en huelga. Y esto después de pasar entre 16 y 20 horas dentro del edificio, noche incluida, y de echarme cabezaditas entre ensayo y ensayo. Al principio traté de convencerme de que no era cierto – eso no podía estar pasándome a mí – pero, eventualmente, entré en razón y me di cuenta de que, efectivamente, los experimentos no estaban yendo a ninguna parte. La poca motivación que me quedaba se desvaneció y la desesperación conquistó todas y cada una de mis células.
Definición de “furia del laboratorio”
Furia del laboratorio: sustantivo. La locura que surge instantáneamente a partir de los resultados de un experimento o cálculo, o de un comentario de un supervisor o co-investigador.
Nadie menciona jamás la furia del laboratorio, ni su primo carnal, la envidia del laboratorio. Es uno de esos temas de los que, aparentemente, no se debe hablar. Porque estoy segura de que no soy la única que la ha experimentado. Pensaba que no tenía ni un hueso de envidia dentro de mi esqueleto, y sin embargo no se pueden imaginar lo verde que me puedo poner cuando a un compañero le salen bien, muy bien, las cosas. La furia a la que me refiero no se traduce necesariamente en ningún tipo de manifestación externa (esto es, no tiro nada ni pego a nadie, ni a mí misma). Viene a ser un sentimiento profundo de ahogo, sin atisbo alguno de esperanza; un pensar que “las cosas no van a mejorar nunca”.
Uniones disfuncionales
Dos personas estresadas en una oficina nunca podrán componer un hogar feliz. Laura, mi compañera de oficina, también está en fase bélica. Su conflicto personal parece estar relacionado con Jeff (mi supervisor) y su insistencia en encontrar motivos de discusión con ella. Laura quiere graduarse – diría que no puede esperar ni un día más – y yo pienso que se lo merece. Pero su lucha con Jeff se ha convertido en una auténtica guerra. ¿Y adivinen quién está en medio del bombardeo? Exacto, han dado en el clavo: yo, Micella. Y ya me estoy hartando: mi tiempo, mi espacio personal y mi paciencia han sido ya muy pisoteados.
Paralelamente, en la olla tenemos otro conflicto a punto de ebullición - entre nuestro laboratorio y otro – relacionado con determinados materiales de trabajo. Es un tema que viene de lejos pero que ha ido adquiriendo protagonismo estas últimas semanas mediante una serie de emails punzantes, conversaciones acaloradas e insultos aquí y allá. No tengo tiempo para estas tonterías, y tampoco paciencia. He de pensar en mi futuro. Pretendo triunfar en las ciencias, y no quiero ser uno de los muertos que quedan rezagados en los bordes del camino.
Nunca pensé que la vida de doctoranda pudiese ser tan horrorosa. Una cosecha de inextinguibles remordimientos. La lucha continua por conseguir materiales, por ser comprendido, por reafirmarte como ser humano y no sólo como abeja obrera... El esfuerzo mayúsculo por seguir creyendo que al final del arco iris habrá un caldero de algo – no necesariamente de oro -se le puede antojar a uno tan duro, que a veces es fácil perder el contacto con la propia humanidad. Bienvenidos a la cara oscura de ésta mi vida.
Aguantando amarras
Por fin descubrí por qué no me estaban funcionando los experimentos. Alteré algunas variables y pronto comenzaron – quejumbrosamente – a salirme bien. Pero la furia del laboratorio no remitió hasta pasado un tiempo. El nerviosismo había tomado posesión de mi cuerpo. Mi enfado – hacia mi proyecto, mi asesor, yo misma y mis decisiones – se intensificaba día tras día. Los pequeños éxitos de los demás sólo lograban distraerme de mi cometido. ¿Qué hacer en estas circunstancias? El único consejo que puedo darle a los que estén pasando o hayan pasado por lo mismo es que se aseguren de que sus compañeros de laboratorio escondan todo aquello que pudiese ser utilizado como arma en su contra.
No, en serio... Puedo oírles a todos ustedes, lectores, diciéndome: “Pero vamos... Micella, no deje que le afecten tanto las cosas”. Esta máxima funciona para algunas personas y en momentos específicos. Hasta hace poco a mí también me valía. Pero esta actitud no es el mejor antídoto para la furia del laboratorio; de hecho, puede tener el mismo efecto que el alcohol sobre las llamas. Hablando de alcohol, a algunas personas las borracheras ocasionales les ayudan a olvidar (yo, personalmente, prefiero no tener que echar mano a esta droga). Los juegos de azar, la televisión, el ejercicio... son otras actividades a las que recurren no pocos para ahogar la frustración y el sentimiento de desesperanza asociado a la vida predoctoral, al proyecto de tesis y a las grises perspectivas futuras.
El reto para todos los que tenemos que trabajar día sí, noche también, mientras que muchos de nuestros amigos tienen un cómodo horario de ocho a cinco es conseguir eliminar de nuestra rutina todo aquello que no nos conduce a lograr NUESTRO objetivo. Sí, no lo niego: es mucho más fácil hacerlo cuando uno no tiene que relacionarse con compañeros de trabajo y profesores, ni pelearse por material, espacio en el despacho, o lo que sea, pero así es la vida de dura, amigos. El laboratorio es el lugar donde transcurre la mayor parte de nuestra vida. Pero no debemos esperar que sean personas del laboratorio las que se preocupen de nosotros, nos ayuden, nos hagan sentir bien. Tenemos la obligación de buscar fuentes de confort, amigos y confidentes, en otros contextos. Necesitamos un punto de referencia distinto al laboratorio desde el cual podamos poner nuestra vida en perspectiva, bien para cambiar alguna cosa, bien para dejarla como está (y así no distraernos).
No lo olviden, amigos: este episodio negro de mi vida también pasará...
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