Agenda investigación | Investigación | Catalogadores | Becas y ayudas | Asociaciones | Jobs Net | Contacta | Versión en Portugués  
Google
Presentación del proyecto
  Rincón del doctorando
  Diario de una doctoranda   estadounidense
  Carrera investigadora
  Testimonios de   científicos en el   extranjero
  Mujeres científicas
  El rincón español
  El rincón latinoamericano
  Emigración
  Desarrollo profesional
  La ética en la ciencia
   · Biotecnología
   · Ciencia      medioambiental
   · Consultoría      empresarial
   · Cooperación      humanitaria
   · Derecho de patentes
   · Edición científica
   · Informática
   · Medicina alternativa
   · Nanotecnología
   · Traducción e      interpretación científica
   · Otras salidas
Las aventuras de Micella Phoenix DeWhyse en el programa de Doctorado

Capítulo 31: Micella se motiva


MICELLA PHOENIX DeWHYSE

ESTADOS UNIDOS

24/09/04

 

 

 

He experimentado, recientemente, un abrupto cambio en mi estado anímico. He dejado atrás los campos de la apatía, por los que tanto paseé durante mi tercer año de doctorado, y digamos que estoy encendiendo a tope mis motores.

 

Me he dado cuenta de que no tengo tiempo que perder; que ha llegado la hora de terminar este periodo de mi vida (con el título de doctora en la mano, por supuesto). Así que no me queda otra que ponerme las pilas.

 

 

He aterrizado en esa etapa de la vida predoctoral de la que alguien me habló hace unos cuantos años: estoy a disgusto con todo y con todos y lo único que deseo es terminar lo antes posible y pasar página. Bienvenidos al cuarto año de doctorado, ese curso extraño en el que la gente te pregunta: “¿y cuánto le queda para terminar?”, y darías lo que fuera por estrangularles. Tienes que redactar trabajos, mantener contentos a los tutores, formar a los doctorandos novatos, impartir clases, organizar tutorías para los estudiantes de licenciatura... y lo único que deseas realmente es terminar tu tesis, defenderla e irte.

Sí: eso es, en éste comienzo de mi cuarto año de doctorado, puedo decir que, por fin, he encontrado la motivación que tanto necesitaba.

He llegado a ese punto en el que reconozco que he perdido el interés por los estudiantes nuevos que llegan al departamento. Aunque se uniesen a mi grupo de investigación, sólo tendría que estar poco tiempo con ellos, así que ¿por qué molestarme en dedicarles una gran cantidad de horas? Un consejo aquí y allá, claro que sí... pero implicarme en sus vidas, no creo que me valga mucho la pena. Dentro de poco mi etapa de doctoranda también pasará a la historia.

Creo que el punto de inflexión en mi estado anímico lo marcaron mis vacaciones: el apartarme un poco del laboratorio y enfrentarme a mi familia y amigos, todos los cuales tienen ya “vidas reales”. Antes de tomarme este paréntesis, había llegado a un punto de apatía extrema, me compadecía de mí misma y odiaba cada una de las muchas horas que pasaba en la facultad o en el trabajo, preguntándome si algún día encontraría el entusiasmo necesario para terminar la tesis y largarme. Me avergüenza reconocer esto, pero sé que no debo de ser la única doctoranda que pasa por estas etapas de angustia y depresión.

Por todas estas razones, decidí tomarme unos días libres: necesitaba cambiar de aires, sin más, así que me fui a casa para relajarme un poco. Allá encontré lo que necesitaba, pero también lo que no quería, necesariamente, en ese preciso momento: familiares preguntándome, en más de una ocasión, eso de “entonces, ¿te falta mucho?”.

Además de someterme a este tipo de interrogatorios, pude ver a algunos de mis antiguos amigos de la carrera. Algunos siguen estudiando, pero la mayoría han superado ya esta fase contingente, esta etapa en la que impacientemente esperas que comience, por fin, tu vida de verdad. Debo admitir que verlos no me deprimió, como pensé que me sucedería: al contrario, me infundieron fuerzas para regresar a mis lecturas y a mis experimentos con fuerza y terminar, de una vez por todas.

La verdad es que estoy alucinada con cómo ha cambiado mi actitud hacia el doctorado en tan solo unos años. Releyendo los capítulos 1 y 2 de este diario, apenas puedo reconocerme en esa joven ilusionada que no tenía ni la más mínima idea del huracán que se le venía encima.

Sin embargo, la chica (o sea, yo) no tenía mala intuición, y debo decir que he conseguido llegar a esta última etapa del maratón con menos cicatrices que algunos de mis compañeros. Entonces tampoco sabía que el doctorado iba a entrañar tantas oportunidades de crecimiento personal. ¡Tantas pequeñas crisis – véanse los capítulos 3, 7, 13, 15, 19 y 20 - en tan poco tiempo!

Mis amistades del primer año o han madurado o han pasado a mejor vida. Para aquellos de ustedes que acaben de empezar el doctorado, les diría que se den al menos un semestre y medio para conocer a gente, y que sólo después decidan cuáles de estas amistades incipientes desean conservar y tener cerca, y cuáles no dejarán nunca de ser personas “conocidas”, sin más. De todas formas, también es reconfortante tener “conocidos” (¡no quiero minusvalorar esta categoría de relaciones interpersonales!): el encontrarse con gente por el campus o por la callesiempre resulta agradable. Dicho esto, no me importan nada comer sola o ir al cine sola de vez en cuando: en el fondo, cuantos menos horarios tenga que coordinar, mejor.

Digamos que estoy en una etapa de mi trayectoria vital en la que, muy dentro de mí, sé que mi situación es temporal, así que ya no busco permanentemente oportunidades de evasión. No necesito hacer algo con alguien cada fin de semana. Me he vuelto muy prudente en relación a qué hacer - y con quién - en mi tiempo libre. “¿Esta actividad me hará sonreír o sólo conseguirá irritarme?”, me pregunto siempre – porque ya no tengo minutos que perder. El trabajo pendiente se me acumula y tengo un título esperándome a la vuelta de la esquina.

Todavía no tengo ni la más mínima idea de lo que hacer al terminar (capítulo 1). Podría conseguir una plaza en una universidad, pero dudo mucho que cayese semejante breva en un centro con un departamento de investigación de renombre. Otra posibilidad es que trabaje en el área de la política científica y educativa. O en una organización sin ánimo de lucro. También podría unirme a alguna iniciativa de alguna universidad, encaminada a mejorar la formación y la educación de los científicos a todos los niveles.

Me gusta la gente, a veces... y pensar que puedo ayudar a las personas a llegar a ser su mejor “yo”. Ojalá encuentre una salida profesional que me deje hacer esto a diario.

Sigo implicada en mi “comunidad”. Me he esforzado por mantener el contacto con todas las oficinas del campus que están relacionadas con lo que soy (una doctoranda), lo que hago (ciencia e ingeniería) y con quien soy (una mujer de color). Esta tarea consume una parte considerable de mi tiempo, pero me mantiene conectada con lo que sucede en el campus y en los demás departamentos de la universidad. Además, gracias a ella, he terminado ejerciendo de tutora con varios estudiantes; y también he conseguido mentores de fuera de mi departamento, con los que me puedo expresar con gran libertad cuando siento claustrofobia dentro del mío.

Mi vida social ha evolucionado con el tiempo. Nunca he sido la típica persona que se quedan sentada esperando a que los amigos le llamen a la puerta... Hoy por hoy, digamos que tengo a gente a la que llamar y con quien salir. Mi lucha diaria consiste en ser paciente con mi trabajo de investigación, hacerlo bien y terminarlo. Debo admitir que no he sido la doctoranda ideal. Al final del día, siempre me quedan cosas por leer, por hacer, por reflexionar. En determinados periodos, me he esforzado por hacer las cosas lo mejor posible. En otros no. ¿Pero quién es perfecto todo el tiempo? Yo no, amigos, yo no. Pero ahora me ha llegado la hora de ser una estudiante diez. Ahora que mi vida social está lejos de ser una prioridad para mí, ha llegado el momento de empezar la maratón, de trabajar como nunca lo he hecho... y desaparecer del mapa.

En cuanto al laboratorio, éste también ha pasado por ciclos funcionales y disfuncionales, más o menos como yo. Ahora mismo, de hecho, estamos pasando por una etapa - ¡a la que nos ha costado llegar! - en la que todos los del equipo conseguimos reírnos y gastarnos bromas mutuamente en las reuniones comunes, y hasta disfrutamos de la compañía mutua. Todavía nos queda trabajo por hacer en este sentido, pero en conjunto parece que el equipo se ha cohesionado de forma lenta pero segura.

Y aquí estoy yo, comenzando mi cuarto curso, que se me antoja largo y duro. Tengo que redactar y defender dos propuestas antes de poder comenzar, “oficialmente”, la tesis (aunque, por supuesto, en realidad ya he redactado una parte importante del trabajo). En este momento concreto, las cosas están yendo bien y estoy consiguiendo muchos datos interesantes, que siempre se agradecen. Confío en sacar otra publicación pronto.

Si está leyendo este capítulo del diario y es más joven que yo, o incluso si es mayor que yo pero todavía no ha llegado a este nuevo estado anímico, más optimista, en el que yo me he instalado, no pierda la esperanza. El color verde le sorprenderá cualquier día de estos en el horizonte.

A los lectores que no estén familiarizados con este diario sobre mi vida predoctoral que se publica en NextWave, les aconsejo que lean los capítulos 1-8 para conocer en detalle los “gozos” de mi primer curso y los capítulos 27-30, que versan sobre las habilidades comunicativas que nunca nos han enseñado, pero que son fundamentales para triunfar en cualquier postgrado y en la vida en general. Cuídense mucho, buena suerte y deséenme la misma buena fortuna. Todos la necesitamos.

 

 

--------------------------------
Copyright © 2003 Portal Universia S.A. Todos los derechos reservados
(Avda. de Cantabria s/n - Edif. Arrecife, planta 00.28660 Boadilla del Monte) - Madrid. España.
Contacta con nosotros: Usuarios | Empresas-Instituciones-Medios comunicación
Código Ético | Aviso Legal | Política de confidencialidad | Quiénes somos: Sala de Prensa