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Las aventuras de Micella Phoenix DeWhyse en el programa de Doctorado

Capítulo 30: Lecciones sobre la mala gestión (sí: más comunicación)


MICELLA PHOENIX DeWHYSE

ESTADOS UNIDOS

26/03/04

 

 

 

Bueno... como habrán podido deducir de capítulos anteriores de este diario, éste ha sido un año de esos que realmente ponen a uno a prueba. Hoy he decidido volver a someterme a un proceso de auto-inspección y evaluación crítica. En esta ocasión, analizaré la relación entre la comunicación y el tutelaje y la docencia.

He llegado a un cruce de caminos interesante dentro de mi trayectoria vital; a la crisis “del primer cuarto de vida”, si quieren. Una parte de mí no puede dejar de analizar el pasado y de preguntarse cómo he llegado a donde estoy. Otra parte de mi ser reflexiona constantemente acerca de cómo puedo ser una mejor persona, una mejor científica, una mejor tutora, una mejor amiga. Y la tercera y última parte de mí está bien clavada en el caos de mi presente, tratando de averiguar:

  • qué cosas me han salido bien,
  • qué cosas me ha salido mal, y
  • de qué cosas no tengo ni idea.

De verdad... a veces me da la sensación de que tengo muchos más puntos en los apartados b) y c) que en el a)... pero si algo es cierto es que si, a pesar de todo, sigo aquí, contándoles mi historia, es porque algo he tenido que hacer correctamente.

En el último capítulo de este diario, les dije que creía que tenía la comunicación de mi entorno laboral relativamente bajo control. Pues resulta que no. Esta vez, las chispas no surgieron ni en mi relación con mi supervisor Jeff, ni con ninguno de los investigadores pre- y postdoctorales del grupo. La bomba estalló – no se lo van a creer – con un estudiante de licenciatura...

Ben lleva unos dos años en el laboratorio. Nos ha dejado caer, una y otra vez, que no tiene intención alguna de comenzar el doctorado, pero le gusta la investigación, así que pasa tiempo entre nuestras cuatro paredes, participando en experimentos, haciendo trabajillos curiosos, trabajando los veranos, etc. Hay que reconocer que es bueno en lo que hace.

Como yo era la doctoranda “a cargo” de Ben, siempre venía a mí con preguntas, problemas, dilemas del tipo “¿y cómo hago tal cosa?”, locuras, dramas y asuntos semejantes. Sabía que podía contar con él para sacar trabajo adelante en el laboratorio, llevar a cabo experimentos, “ayudar” en general. Pero el tiempo fue pasando, y Ben y yo comenzamos a distanciarnos. No sucedió nada específico; simplemente dejamos de congeniar como al principio. Cuando finalmente dejé de ignorar nuestra precaria situación interpersonal y me pregunté y le pregunté qué estaba pasando entre nosotros, se fue desvelando el misterio, y aprendí otra lección más.

Básicamente, Ben se sentía frustrado con su trabajo. No tenía claros ni el fin, ni la dirección, ni los objetivos de su colaboración en el departamento. Ahora veo que su situación se deterioró cuando cambió su proyecto; no se le establecieron objetivos claros y sólidos. Yo creía que había oído y comprendido lo que Jeff mencionó en las reuniones de grupo y otras tantas veces de pasada, pero parece ser que no. También pensaba que Jeff se había reunido con él para hablar de lo que iba a hacer a partir de ese momento. Algo me dice que Jeff había dado por sentado que yo había hablado con Ben, y como persona a cargo de él, quizás debiera haberlo hecho, pero digamos que todo esto sucedió en un momento en el que estaba preocupada por demasiadas cosas. Sé que es una mala excusa pero, ¡vamos!, nadie me ha enseñado a dirigir a otras personas mientras que hago el doctorado.

Como Ben nunca se me acercó con una actitud que me invitase a escucharle y responderle (el protestar como un niño de dos años, decir palabras feas y salir de la habitación airoso, preguntándose por qué “voy por ahí de prepotente”, no es el modo ideal de iniciar una conversación conmigo), nunca llegamos a tratar su problemática hasta que le miré a los ojos y le pregunté qué estaba yendo mal.

No es que Ben y yo nunca hablásemos; hablábamos – sobre su vida, sus asuntos, sus lo que sea – pero nunca de trabajo. Creo que en parte debido a mi propia frustración con mi proyecto y mi vida de doctoranda. A veces simplemente no me apetece hablar de temas profesionales con nadie, y punto, y especialmente con alguien que también tiene dudas acerca de lo que está haciendo y para qué. Tengo suficiente con mis propias comedurías de cabeza... Digamos que no necesito empacharme también con las suyas.

Una vez asumí la situación de Ben y comencé a analizar lo que le estaba sucediendo, nuestra relación empezó a progresar. Contuve mis ganas de ponerle un celofán en la boca, saltar, gritar, de ridiculizarme... y juntos redescubrimos algunos aspectos interesantes de nuestro proyecto de investigación. Gané una mayor apreciación de su frustración, y él dio muestras de respetar más la mía. Nuestra relación sigue siendo precaria, pero considerando que desde que se ha licenciado, ha pasado poco tiempo por el departamento, quién sabe, en el fondo, qué será de su vida.

La verdad es que no tenía ni idea de que ésta mi etapa predoctoral iba a ser tal escuela de aprendizaje. Esperamos que con este episodio, que podríamos titular “Ben”, haya puesto fin a mi cuota de dolor y sufrimiento este trimestre. Ya apenas podría soportar más.

Las reglas del juego – Lecciones de mala gestión de la comunicación

Amigos, digamos que he sacado bastantes lecciones de este intento de co-dirigir, simultáneamente, mi trabajo y el de otro. En esta ocasión, no puedo decir que la historia haya tenido un final totalmente feliz, pero ¿qué es la vida sin su dosis de errores de los que aprender? Puede que la siguiente información sea útil para los profesores que estén, por primera vez, a cargo de un grupo; o para los estudiantes que tengan a otros pupilos más jóvenes a su cargo; o incluso para los propios pupilos. El hecho de que ellos sean los “consejeros” y ustedes “los aconsejados” no quiere decir necesariamente que ellos sean más sabios que usted.

A evitar:

Nunca pierda de vista su objetivo: si Ben hubiese sido constante en este sentido, habría mantenido la concentración y el interés en su trabajo. Pero en su lugar, se dejó llevar por las frustraciones de los pequeños detalles de su proyecto, y las ramas le impidieron ver el bosque. Puede que una solución sea no asignar proyectos a estudiantes jóvenes, hasta que uno no esté preparado para asumir esta responsabilidad mutua.

No deje que pase demasiado tiempo: el hablar semanalmente o incluso a diario con sus nuevos compañeros de equipo para ver qué dificultades se están encontrando en sus quehaceres puede ser esencial cara sus primeros éxitos o fracasos. A mí, particularmente, mis reuniones semanales con Jeff me ayudaron enormemente; empezaré a tener hábitos semejantes (reuniones o informes) con otros estudiantes con los que trabajo. No obstante, las reuniones como tal no bastan; uno ha de tomarse esos encuentros con seriedad y trabajar duro para mantener bien abiertas las líneas de comunicación.

No permita que se cultiven los malos sentimientos: estén o no relacionados con temas profesionales, nublan el cielo y lo cargan de resentimiento y hostilidad. La próxima vez que intuya un desarreglo en mi relación con alguien, me enfrentaré directa y francamente a la situación en aras de resolverla lo antes posible (hasta ahora, he sido un as a la hora de sortear e ignorar la dificultad).

Asegúrese de que hay un aprendizaje: aunque no tiene por qué hacerle exámenes o tests diarios a sus estudiantes sobre lo que van haciendo cada día, el asegurarse de que tienen una buena base de conocimientos y de que están al día en su trabajo resulta esencial si lo que se quiere es mantenerlos estimulados y que su trabajo avance. Como yo creía que Ben no expresaba demasiado interés, y sabía que no quería empezar el doctorado, digamos que no invertí demasiados esfuerzos en él. Pero debería haberlo hecho.

No permita que la desilusión se infiltre en su camino: generalmente, el doctorando ya tiene bastantes problemas propios, como para preocuparse de los de otro. Pero esta implicación es co-sustancial al hecho de ser un científico, y es parte, también, del compendio de elementos que le dan sabor y sentido a la experiencia pre-doctoral.

Esto es todo de momento, amigos. Llevo ya treinta capítulos escritos en este diario, y estoy a punto de comenzar mi cuarto año de doctorado. ¿Conseguiré terminarlo? A estas alturas, ¡confío en que sí!

Pueden hacerme llegar todos sus comentarios y sugerencias a través del siguiente correo electrónico: micella_phoenix_dewhyse@hotmail.com

 

 

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