Agenda investigación | Investigación | Catalogadores | Becas y ayudas | Asociaciones | Jobs Net | Contacta | Versión en Portugués  
Google
Presentación del proyecto
  Rincón del doctorando
  Diario de una doctoranda   estadounidense
  Carrera investigadora
  Testimonios de   científicos en el   extranjero
  Mujeres científicas
  El rincón español
  El rincón latinoamericano
  Emigración
  Desarrollo profesional
  La ética en la ciencia
   · Biotecnología
   · Ciencia      medioambiental
   · Consultoría      empresarial
   · Cooperación      humanitaria
   · Derecho de patentes
   · Edición científica
   · Informática
   · Medicina alternativa
   · Nanotecnología
   · Traducción e      interpretación científica
   · Otras salidas
Las aventuras de Micella Phoenix DeWhyse en el programa de Doctorado

Capítulo 29:

Comunicación (3º parte)



MICELLA PHOENIX DeWHYSE
ESTADOS UNIDOS

23/07/04

 

 

Atrás ha quedado el mes de junio pero todavía no puedo pasar capítulo y abandonar el tema de la comunicación, en el que he ahondando en las dos últimas entradas de este diario. Mis propios fracasos a la hora de expresarme (y los fracasos de las personas con las que convivo) me han obligado recientemente a dejar el apartamento que compartía y a cambiarme a un estudio individual. He aquí cómo comenzó todo...

El mes pasado, describí algunas maneras “efectivas” para comunicarse con los compañeros de estudios; uno de los modos consistía en observarlos con el fin de determinar cómo éstos interactúan en sus relaciones con los demás. Ahora debo matizar que esta vía no es perfecta; a veces podemos malinterpretar las cosas.

Además, si podemos interpretar a los demás de este modo, es obvio que ellos también pueden hacer lo mismo con nosotros. Todos comunicamos “mensajes” a través de nuestro modo de proceder y de comportarnos en cada situación... inclusive mensajes que quizás no querríamos compartir. Y en ocasiones, la gente no los interpreta correctamente.

Como la mayoría de las personas, yo tiendo a comportarme de un modo determinado, a presentar un porte específico, el que siento en un momento dado. Un ejemplo de ello es mi look “Estoy cansada, harta de trabajar, no me apetece hacer nada”. Hace poco he descubierto que esta actitud a veces se interpreta como “Apártate de mí; estoy enfadada”. No tenía ni idea de que esto pudiese ocurrir.

La comunicación eficaz, sea verbal o corporal, y nos guste o no, exige altas dosis de tiempo y esfuerzo. Si no está dispuesto a poner el tiempo y el esfuerzo que se requieren para forjar una relación productiva con sus compañeros de trabajo o de apartamento, lo más probable es que no logre crear un entorno laboral / hogareño gratificante. Aún poniendo todo el tiempo y el esfuerzo de nuestra parte, no tenemos el éxito garantizado, pero sí que aumentan nuestras posibilidades de obtener lo que deseamos.

En lo que a comunicación se refiere, en el trabajo diría que en conjunto he sacado un aprobado (no ha habido grandes desastres); pero en casa... ya es otra historia.

En casa podría haber hecho las cosas mucho mejor. Podría haber tenido un horario de trabajo más razonable y pasado más tiempo conociendo a mis compañeros de apartamento. Pero las exigencias del laboratorio tomaron prioridad frente a las de casa (tareas de limpieza, cocina, convivencia, etc.) y cada noche, al llegar al apartamento, me quitaba la máscara que había cargado todo el día y me volvía un ser irritable, cansado y muy poco amigable. Dentro de casa, nunca me sentí cómoda dentro de mi propia piel; jamás, por ejemplo, llevé a ella a ningún amigo, ni organicé ningún plan casero divertido.

Para mí, casa era sinónimo de lugar en el que desplomarme agotada al término de cada jornada; también de almacén para todas mis pertenencias. Para muchos de nosotros, doctorandos, esto es precisamente, lo que tiene que ser el hogar: un refugio en el que podemos ser nosotros mismos, en el que no tenemos que conseguir nada ni preocuparnos por si estamos o no pisando el karma de alguien. Eso es lo que yo quería, pero no lo que conseguí. La vida en el apartamento acabó siendo otra fuente de estrés; la llevaba a cuestas como quien tiene que transportar otro saco de harina más, otra preocupación, otro ramillete de relaciones conflictivas.

En el trabajo, me preocupo constantemente por estar a flote en cuestiones de convivencia. Estoy al tanto de quién está enfadado/a con quién y de qué personas están teniendo dificultades con su proyecto, sé de qué suministros estamos cortos y qué maquinaria funciona mejor y peor... y - ¡oh, sí! – también gestiono como puedo mi propio trabajo y la evolución del proyecto que me ha sido encomendado. Pero todas estas tareas de responsabilidad sumadas, una a una, fatigan enormemente: cuando llegaba a casa, no podía asumir ni una más.

Mis prioridades no eran las mismas que las de mis compañeros de apartamento; algunas cosas no me preocupaban tanto como a ellos y punto. Debo admitir que soy relativamente inconsciente de determinadas cosas. Si no he tenido que hacer algo antes, en toda mi vida (cortar el césped, por ejemplo), generalmente soy incapaz de percibir esta necesidad. No se trata de apatía, ni de crueldad, ni de falta de interés: simplemente no he aprendido a concebir tal cosa como importante. Una vez comprendo la gravedad de una situación, puedo enfrentarme a ella, pero no antes. Es un poco como aquel episodio entre Dadphe y Jeff que les describí en este diario: ella le dijo qué sentía y él era consciente de ello, pero no llegó a comprenderlo realmente hasta que sucedió ése algo drástico que reorganizó sus prioridades.

Conocer nuestras propias prioridades y motivos además de las prioridades y los motivos de las personas con la que trabajamos (¡y vivimos!) ayuda a comunicarse de manera más eficaz. A la hora de forjar nuevas amistades, siempre ayuda saber quiénes somos. Yo ahora sé que necesito espacio y tiempo para pura y llanamente “vegetar”, sin tener que preocuparme por mi aspecto o por si alguien está interpretando el hecho de que me meta en mi cuarto nada más entrar en casa por enfado u hostilidad, en lugar de por simple agotamiento. También sé que no me gusta que me muevan mis cosas de sitio; si quieren que mueva algo, pregúntenmelo; lo moveré, sin mayor problema.

Si le dice a alguien directamente que algo es importante para usted, y el por qué, se establecen una serie de expectativas que todo el mundo puede comprender. Si la persona en cuestión le ha escuchado y comprendido, tiene todo el derecho a enfadarse y a hablar con ellos (no a atacarles) si usted considera que le han fallado. Si después de esta conversación, sigue teniendo problemas, los recordatorios en buen tono siempre vienen bien: algunas personas responden a ellos, otras no. Si todas estas medidas no funcionan, puede ondear, hacia arriba y hacia abajo, una bandera roja de emergencia. Los enfrentamientos personales y el comportamiento pasivo – agresivo no hacen sino agravar las situaciones. El esforzarse por navegar como un adulto maduro no es lo más sencillo del mundo, pero “optar por la autopista” es muy preferible a acabar formando parte de una película de terror. Y bueno… si después de poner todos los medios, las cosas siguen sin funcionar, siempre le queda la última opción de tirar para adelante y trasladarse a otro pasto.

No podemos presuponer que todos somos sensibles a lo mismo. No es cierto. Somos seres humanos; somos diferentes; nos hemos criado en hogares y culturas diferentes. Tendemos a olvidarlo y a asumir que, por el mero hecho de ser adultos, deberíamossaberlo. Respuesta incorrecta: a menudo no lo sabemos, y el andar por ahí sufriendo una situación desconocida no logra si aliviar el estrés propio ni el de los demás.

¿Cuántas veces se ha desvivido por un problema – alguien ha dejado, una vez más, un instrumento encendido o terminado el bote de mostaza – que podría haber sido evitado de manera sencilla y agradable, antes de llegar a ese estado de enfado en el que bien podría cometer una atrocidad? Olvidamos o ignoramos comportamientos que sabemos que nos molestan, bien porque queremos ser agradables o porque pensamos que nuestras necesidades son razonables y que la otra persona debería simplemente saberlo.

Por supuesto, uno también puede llevar las cosas a un extremo a la hora de explicitar sus deseos, necesidades y expectativas. Algunas personas se aseguran de que todo el mundo a su alrededor sepa qué es lo que quieren y necesitan, y van por ahí esperando que todo se acomode a ellos. Ya saben a qué me refiero: “Las cosas tienen que hacerse a mi manera”. Esta actitud no promueve un entorno laboral u hogareño gratificante. A veces es necesario llegar a acuerdos. Los pequeños deslices han de ser tolerados con gracia.

La comunicación eficaz exige esfuerzo. Tenemos que estar dispuestos a invertir el tiempo que se requiere para comprender a otros y que los otros nos comprendan, tanto en el laboratorio como en casa.

En cuanto a mí, las situaciones a las que me he tenido que enfrentar, en el apartamento y en el laboratorio, me han dejado extenuada. Los estudios todavía no pueden pasar a mejor vida, pero ya veo la luz al final del túnel. En cuanto a mi lugar de residencia, ya he encontrado otra casa en la que vivir, sola: ya no tendré que compartir alquiler, ni cubiertos, ni el frasco de mostaza... Nadie se volverá a ofender ante mi cara de “estoy cansada”. Dentro de muy poco, las únicas relaciones interpersonales que tendré que encarar serán las profesionales, y hasta que me gradúe, creo que serán suficientes. Deséenme suerte, amigos, y buena suerte también para todos ustedes.

Pueden hacerme llegar sus comentarios, sugerencias, riñas y mensajes de compasión o ánimo a través del siguiente correo electrónico: micella_phoenix_dewhyse@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

--------------------------------
Copyright © 2003 Portal Universia S.A. Todos los derechos reservados
(Avda. de Cantabria s/n - Edif. Arrecife, planta 00.28660 Boadilla del Monte) - Madrid. España.
Contacta con nosotros: Usuarios | Empresas-Instituciones-Medios comunicación
Código Ético | Aviso Legal | Política de confidencialidad | Quiénes somos: Sala de Prensa