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Las aventuras de Micella Phoenix DeWhyse en el programa de Doctorado

Capítulo 23: El doctorado y la soltería



MICELLA PHOENIX DeWHYSE

ESTADOS UNIDOS

30/01/04

 



Ya sólo quedan unas semanas para que llegue uno de mis días menos preferidos del año, el de San Valentín, así que hoy he decidido reflexionar un poco acerca de los gozos y las sombras de mi vida como doctoranda soltera, solterísima, y de lo que esto supone para mi futuro.

El día de San Valentín no está precisamente entre mis favoritos por una serie de razones. Lo que más me molesta es que el mundo / la sociedad / los medios de comunicación te acribillen con la idea de que yo, como persona, tendría mucho más valor si formase parte de una pareja. En el pasado, he hecho lo posible por neutralizar los mensajes subliminales del día V organizando fiestas anti-V y enviándoles tarjetas de San Valentín a otros solteros.

Como doctoranda en general, y más concretamente como doctoranda en el ámbito de las ciencias, soy tremendamente consciente de que las decisiones que he tomado me han puesto en una situación singular en el plano personal (además de en el profesional). Durante las vacaciones, me di cuenta de que a mi edad mis padres ya estaban casados. Tardaron unos años en tener hijos así que desde el punto de vista reproductivo todavía no me siento un lastre. Por lo general parece que nosotros, los jóvenes, estamos posponiendo la vida adulta, y que la prolongación de la etapa educativa constituye uno de los métodos más efectivos para ello.

Estoy haciendo todo lo posible por ignorar mi reloj biológico. A veces funciona, a veces no. No soy ambivalente en cuanto al matrimonio y los hijos: ambos son objetivos importantes en mi vida. En lo que no siempre se piensa cuando se comienza el doctorado es en que la decisión de regresar a la facultad - y en particular, cuando uno todavía no ha encontrado a su príncipe azul - puede retrasar o impedir el progreso social, por mucho que avance la carrera profesional.

En mi departamento, hay unos cuantos estudiantes casados, además de algunos solteros. No hay conflicto de ningún tipo entre los casados o con noviazgo formal, por una parte, y los solteros, por otra. La relación entre estos dos grupos es, por lo general, pacífica, e incluso amistosa. No obstante, sí que se observan algunas diferencias importantes en la manera que tenemos unos y otros de comportarnos. Los casados, digamos que se han acomodado en la vida que están construyendo en común. Siempre tienen a alguien con quien ir al cine o a cenar, o a quien aferrarse al llegar a casa cada noche, y se preocupan menos por lograr objetivos de tipo social fuera de la facultad. Sus vidas y rutinas diarias están comparativamente más reguladas. A diferencia del resto de nosotros, estos individuos casados probablemente no dediquen ni unos minutos de su tiempo a preguntas como:

¿Encontraré alguna vez q alguien con quien salir, por no decir casarme? ¿Me he convertido en un ser menos deseable por el hecho de subordinarme a las exigencias del doctorado, descuidar mi aspecto (ya saben que los doctorandos vestimos de forma ligeramente desastrosa el 90% del tiempo) y minimizar mi vida social?

Los solteros de mi departamento trabajan a horas intempestivas, responden a anuncios personales, esperan conocer a gente en congresos o en la misma ciudad, y se preguntan si al final todo el esfuerzo que han puesto en el título académico habrá valido la pena, teniendo en cuenta los muchos sacrificios que podrían acabar haciendo. Persiste el temor de que ellos - nosotros - terminaremos quedándonos solos, panorama que no es en ningún caso agradable se tenga el éxito que se tenga en la vida profesional. Pero una vez más, puede que sólo sea yo la que piense así. Algunos de mis amigos me dicen que los solteros sólo necesitamos, en definitiva, a una persona más, y que esa persona puede aparecer en el momento menos pensado. No obstante, cuando vives en una zona en la que las oportunidades de conocer a gente se reducen a la mínima expresión (y más en este momento), cuesta ver las cosas desde esta perspectiva.

Una de las últimas cosas que le digo a la gente cuando la conozco es lo que hago. Tengo que esperar a que se sientan cómodas conmigo como persona antes de confesarles que soy científica y doctoranda. Al llegar a ese punto, a menudo me encuentro con miradas desconcertadas, y me veo obligada a decir eso de: "Sí, lo sé, soy una empollona; pasemos a otro tema". Creo q a veces sorprendo a la gente cuando descubren que tengo la suficiente cultura general como para mantener una conversación sobre política, sociedad o religión, y a la vez estudiar ciencias. No intento ni quiero ser intimidante o elitista con respecto a lo que hago, pero honestamente, esa es la percepción que veo que la gente tiene de los científicos en general, antes de conocerme.

Quizás sea esto lo que haga que resulte tan difícil tener vida social; uno queda etiquetado de "ñoña sabelotodo" y, dependiendo de la situación, la gente te mira como si estuvieses en un escaparate o esperan que seas una persona incapaz de cometer errores mentales. Y a la vez, se presupone que careces de habilidades sociales. Acabas cansándote de ponerte la máscara y regresas al laboratorio, porque te mueres por doctorarte y por llegar a ser, algún día, una persona "normal". Y además, los experimentos no te juzgan.

A menudo creo que la situación es un poco más difícil para las mujeres que para los hombres. La sociedad silenciosamente estipula que las mujeres no deben ser, ni deben querer ser, científicas excepcionales. Esta situación ha cambiado últimamente, pero si se analiza la composición, por sexos, de los departamentos de ciencias e ingenierías de las universidades, uno deduce que las mujeres optan, conscientemente, por permanecer en la universidad y sacrificar la familia, o bien por abandonar el mundo académico para hacer tiempo para la familia, si es que deciden tener hijos. En el gremio científico, las mujeres con familias son escasísimas.

No obstante, me da la sensación de que para la mayoría de los hombres la decisión de tener o no tener familia no supone una causa de preocupación. Se casan, sus mujeres tienen hijos, y ellos continúan solicitando becas, investigando y avanzando en sus vidas profesionales. Una pregunta sobre la que he reflexionado (y sufrido) mucho es: ¿qué campo me permitirá tener éxito tanto en lo profesional como en lo personal, sin sentirme culpable por querer ser buena en ambos planos? Parece que las mareas están cambiando y que cada vez hay más profesiones dispuestas a acomodar a mujeres que quieren ser madres sin renunciar a la posibilidad de ir subiendo peldaños profesionales. La gran pregunta que yo me hago ahora es: ¿podré encontrar a alguien con quien compartir mi vida?

Salir con alguien del departamento está fuera de cuestión. Mis compañeros son demasiado cotillas y, en cualquier caso, ¿de verdad me interesa salir con otro científico? No las tengo todas conmigo y, además, ya he sido testigo de suficientes rupturas departamentales como para querer añadirle ese tipo de estrés a mi vida (de estrés, creo que ya estoy bien servida). Afortunadamente, mis padres todavía no han empezado con conversaciones de tipo "¿así que cuándo te nos casas?"; saben que estoy en esto para largo. Creo, sin embargo, que algunos de sus amigos han tratado de emparejarme con sus hijos o sobrinos cuando voy a casa por vacaciones. La verdad es que no deja de hacerme gracia.

Me da la sensación de que hay una carencia de hombres casaderos (léase solteros, sanos, atractivos y compatibles) en la zona en la que vivo: es mi recompensa por haber escogido una ciudad pequeña sin ninguna metrópolis urbana próxima. Y luego está el factor tiempo. ¿Cuántas personas que no se estén doctorando comprenden la cantidad de tiempo y devoción que exige el estar consagrado a un proyecto, día sí, día también? ¿Y todo lo que supone el tener que organizar experimentos, analizar datos, leer artículos... mientras te vas volviendo ligeramente loco? El tiempo que se pasa con otro es tiempo que no se pasa en el laboratorio, y todo esto probablemente repercuta también en menos tiempo de sueño... y creo que ya estoy lo suficientemente irritada.

Aunque refunfuñe, debo reconocer que la soltería también tiene sus ventajas. No tengo que tener en cuenta los sentimientos, los estados de ánimo ni los caprichos de nadie a la hora de tomar mis decisiones. Tampoco tengo que llegar a acuerdos. Si me apetece pizza, puedo tomarla. Puedo elegir también a dónde irme de vacaciones, ser la sal de la fiesta, quedarme en casa con una manta y un libro, ver la película que quiero ver... y, afortunadamente, tengo suficientes amigos con los que hacer estas cosas si lo que quiero es rebajar mis niveles de asilamiento.

Estar satisfecha con mi ida actual es ya de por sí difícil como para añadir otra persona a la ecuación, así que simplemente practicaré hacerme a mí feliz. Si Dios quiere, algún día compartiré esa felicidad con alguien... Mientras tanto, feliz día de San Valentín, o de anti-San Valentín (lo que quiera que desee celebrar) de parte de una Micella sólidamente instalada en la soltería.

Y ahora, me desvisto de toda vergüenza... Si desea salir conmigo, o preguntarme lo que sea, escríbame a micella_phoenix_dewhyse@hotmail.com. Y dicho esto, ¡sonría!
Es bueno para el organismo y quizás logre atraer a alguien...

 

 

 

 

 

 

 

 

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