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El
día de San Valentín no está
precisamente entre mis favoritos por una
serie de razones. Lo que más me
molesta es que el mundo / la sociedad
/ los medios de comunicación te
acribillen con la idea de que yo, como
persona, tendría mucho más
valor si formase parte de una pareja.
En el pasado, he hecho lo posible por
neutralizar los mensajes subliminales
del día V organizando fiestas anti-V
y enviándoles tarjetas de San Valentín
a otros solteros.
Como doctoranda en
general, y más concretamente como
doctoranda en el ámbito de las
ciencias, soy tremendamente consciente
de que las decisiones que he tomado me
han puesto en una situación singular
en el plano personal (además de
en el profesional). Durante las vacaciones,
me di cuenta de que a mi edad mis padres
ya estaban casados. Tardaron unos años
en tener hijos así que desde el
punto de vista reproductivo todavía
no me siento un lastre. Por lo general
parece que nosotros, los jóvenes,
estamos posponiendo la vida adulta, y
que la prolongación de la etapa
educativa constituye uno de los métodos
más efectivos para ello.
Estoy haciendo todo
lo posible por ignorar mi reloj biológico.
A veces funciona, a veces no. No soy ambivalente
en cuanto al matrimonio y los hijos: ambos
son objetivos importantes en mi vida.
En lo que no siempre se piensa cuando
se comienza el doctorado es en que la
decisión de regresar a la facultad
- y en particular, cuando uno todavía
no ha encontrado a su príncipe
azul - puede retrasar o impedir el progreso
social, por mucho que avance la carrera
profesional.
En mi departamento,
hay unos cuantos estudiantes casados,
además de algunos solteros. No
hay conflicto de ningún tipo entre
los casados o con noviazgo formal, por
una parte, y los solteros, por otra. La
relación entre estos dos grupos
es, por lo general, pacífica, e
incluso amistosa. No obstante, sí
que se observan algunas diferencias importantes
en la manera que tenemos unos y otros
de comportarnos. Los casados, digamos
que se han acomodado en la vida que están
construyendo en común. Siempre
tienen a alguien con quien ir al cine
o a cenar, o a quien aferrarse al llegar
a casa cada noche, y se preocupan menos
por lograr objetivos de tipo social fuera
de la facultad. Sus vidas y rutinas diarias
están comparativamente más
reguladas. A diferencia del resto de nosotros,
estos individuos casados probablemente
no dediquen ni unos minutos de su tiempo
a preguntas como:
¿Encontraré
alguna vez q alguien con quien salir,
por no decir casarme? ¿Me he convertido
en un ser menos deseable por el hecho
de subordinarme a las exigencias del doctorado,
descuidar mi aspecto (ya saben que los
doctorandos vestimos de forma ligeramente
desastrosa el 90% del tiempo) y minimizar
mi vida social?
Los solteros de mi
departamento trabajan a horas intempestivas,
responden a anuncios personales, esperan
conocer a gente en congresos o en la misma
ciudad, y se preguntan si al final todo
el esfuerzo que han puesto en el título
académico habrá valido la
pena, teniendo en cuenta los muchos sacrificios
que podrían acabar haciendo. Persiste
el temor de que ellos - nosotros - terminaremos
quedándonos solos, panorama que
no es en ningún caso agradable
se tenga el éxito que se tenga
en la vida profesional. Pero una vez más,
puede que sólo sea yo la que piense
así. Algunos de mis amigos me dicen
que los solteros sólo necesitamos,
en definitiva, a una persona más,
y que esa persona puede aparecer en el
momento menos pensado. No obstante, cuando
vives en una zona en la que las oportunidades
de conocer a gente se reducen a la mínima
expresión (y más en este
momento), cuesta ver las cosas desde esta
perspectiva.
Una de las últimas
cosas que le digo a la gente cuando la
conozco es lo que hago. Tengo que esperar
a que se sientan cómodas conmigo
como persona antes de confesarles que
soy científica y doctoranda. Al
llegar a ese punto, a menudo me encuentro
con miradas desconcertadas, y me veo obligada
a decir eso de: "Sí, lo sé,
soy una empollona; pasemos a otro tema".
Creo q a veces sorprendo a la gente cuando
descubren que tengo la suficiente cultura
general como para mantener una conversación
sobre política, sociedad o religión,
y a la vez estudiar ciencias. No intento
ni quiero ser intimidante o elitista con
respecto a lo que hago, pero honestamente,
esa es la percepción que veo que
la gente tiene de los científicos
en general, antes de conocerme.
Quizás sea
esto lo que haga que resulte tan difícil
tener vida social; uno queda etiquetado
de "ñoña sabelotodo"
y, dependiendo de la situación,
la gente te mira como si estuvieses en
un escaparate o esperan que seas una persona
incapaz de cometer errores mentales. Y
a la vez, se presupone que careces de
habilidades sociales. Acabas cansándote
de ponerte la máscara y regresas
al laboratorio, porque te mueres por doctorarte
y por llegar a ser, algún día,
una persona "normal". Y además,
los experimentos no te juzgan.
A menudo creo que
la situación es un poco más
difícil para las mujeres que para
los hombres. La sociedad silenciosamente
estipula que las mujeres no deben ser,
ni deben querer ser, científicas
excepcionales. Esta situación ha
cambiado últimamente, pero si se
analiza la composición, por sexos,
de los departamentos de ciencias e ingenierías
de las universidades, uno deduce que las
mujeres optan, conscientemente, por permanecer
en la universidad y sacrificar la familia,
o bien por abandonar el mundo académico
para hacer tiempo para la familia, si
es que deciden tener hijos. En el gremio
científico, las mujeres con familias
son escasísimas.
No obstante, me da
la sensación de que para la mayoría
de los hombres la decisión de tener
o no tener familia no supone una causa
de preocupación. Se casan, sus
mujeres tienen hijos, y ellos continúan
solicitando becas, investigando y avanzando
en sus vidas profesionales. Una pregunta
sobre la que he reflexionado (y sufrido)
mucho es: ¿qué campo me
permitirá tener éxito tanto
en lo profesional como en lo personal,
sin sentirme culpable por querer ser buena
en ambos planos? Parece que las mareas
están cambiando y que cada vez
hay más profesiones dispuestas
a acomodar a mujeres que quieren ser madres
sin renunciar a la posibilidad de ir subiendo
peldaños profesionales. La gran
pregunta que yo me hago ahora es: ¿podré
encontrar a alguien con quien compartir
mi vida?
Salir con alguien
del departamento está fuera de
cuestión. Mis compañeros
son demasiado cotillas y, en cualquier
caso, ¿de verdad me interesa salir
con otro científico? No las tengo
todas conmigo y, además, ya he
sido testigo de suficientes rupturas departamentales
como para querer añadirle ese tipo
de estrés a mi vida (de estrés,
creo que ya estoy bien servida). Afortunadamente,
mis padres todavía no han empezado
con conversaciones de tipo "¿así
que cuándo te nos casas?";
saben que estoy en esto para largo. Creo,
sin embargo, que algunos de sus amigos
han tratado de emparejarme con sus hijos
o sobrinos cuando voy a casa por vacaciones.
La verdad es que no deja de hacerme gracia.
Me da la sensación
de que hay una carencia de hombres casaderos
(léase solteros, sanos, atractivos
y compatibles) en la zona en la que vivo:
es mi recompensa por haber escogido una
ciudad pequeña sin ninguna metrópolis
urbana próxima. Y luego está
el factor tiempo. ¿Cuántas
personas que no se estén doctorando
comprenden la cantidad de tiempo y devoción
que exige el estar consagrado a un proyecto,
día sí, día también?
¿Y todo lo que supone el tener
que organizar experimentos, analizar datos,
leer artículos... mientras te vas
volviendo ligeramente loco? El tiempo
que se pasa con otro es tiempo que no
se pasa en el laboratorio, y todo esto
probablemente repercuta también
en menos tiempo de sueño... y creo
que ya estoy lo suficientemente irritada.
Aunque refunfuñe,
debo reconocer que la soltería
también tiene sus ventajas. No
tengo que tener en cuenta los sentimientos,
los estados de ánimo ni los caprichos
de nadie a la hora de tomar mis decisiones.
Tampoco tengo que llegar a acuerdos. Si
me apetece pizza, puedo tomarla. Puedo
elegir también a dónde irme
de vacaciones, ser la sal de la fiesta,
quedarme en casa con una manta y un libro,
ver la película que quiero ver...
y, afortunadamente, tengo suficientes
amigos con los que hacer estas cosas si
lo que quiero es rebajar mis niveles de
asilamiento.
Estar satisfecha
con mi ida actual es ya de por sí
difícil como para añadir
otra persona a la ecuación, así
que simplemente practicaré hacerme
a mí feliz. Si Dios quiere, algún
día compartiré esa felicidad
con alguien... Mientras tanto, feliz día
de San Valentín, o de anti-San
Valentín (lo que quiera que desee
celebrar) de parte de una Micella sólidamente
instalada en la soltería.
Y ahora, me desvisto
de toda vergüenza... Si desea salir
conmigo, o preguntarme lo que sea, escríbame
a micella_phoenix_dewhyse@hotmail.com.
Y dicho esto, ¡sonría!
Es bueno para el organismo y quizás
logre atraer a alguien...
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