|
El
ritmo de trabajo ha sido dolorosamente
lento, especialmente porque no estoy ni
la mitad de interesada en el proyecto
que cuando empecé a trabajar en
él hace más de nueve meses.
Esto puede deberse a los pocos frutos
cosechados. También puede ser porque
mi supervisor, Jeff, no para de modificar
el proyecto y de marearme, aconsejándome
que deje un tema en concreto de lado en
el momento en el que no está satisfecho
con los progresos realizados en otro campo,
para después pedirme que lo vuelva
a retomar. Sé que podría
solucionar este asunto concreto hablando
con Jeff, pero en estos momentos, por
lo que sea, falta de tiempo y de espacio
personal quizás, debo reconocer
que, en su lugar, opto por evitarle. Me
gusta poder entrar en su despacho para
darle alguna buena noticia, pero si ningún
buen resultado que comunicar, ni pregunta
alguna, prefiero solucionar mis problemas
en solitario.
Siempre he sido muy
independiente; mis padres, desde niña,
me decían que tenía una
personalidad tipo A. Si me atasco con
algo, de todas formas, no me supone ningún
problema el pedir ayuda. Pero es que Jeff
simplemente no me deja en paz. Supongo
que le debería estar agradecida
por tomarse tantas molestias conmigo,
demostrando así que mi trabajo
le importa, pero da la sensación
de que le importa demasiado, y de que
su estado de ánimo y su comportamiento
dependen de los progresos que yo haya
realizado en su proyecto.
¿Por qué
no le cuento todo esto a Jeff? Porque
el trabajo en el que estoy trabajando
es la niña de sus ojos: el proyecto
para el que está solicitando una
importante suma de fondos para investigación.
Necesita resultados. Pronto. Soy la única
que está trabajando en este proyecto
y Jeff no es la persona más paciente
del mundo.
Dice que quiere que
vaya a verlo para mostrarle mis progresos,
pero no puedo soportar esos gruñidos
que hace, mientras uno diría que
piensa algo así como: "Si
fuese yo quien estuviese trabajando en
este proyecto, ya estaría terminado".
"Oye, perdóname por ser la
pobre, desafortunada estudiante de doctorado
a la que usted escogió para trabajar
en su proyecto preferido", pienso
por dentro. Sé que debería
pasarme por su despacho más a menudo,
precisamente dada mi falta de experiencia,
pero creía que los estudios doctorales
tenían que ver con aprender y con
enseñarse a uno mismo, y con agotar
todas las posibilidades habidas y por
haber antes de recurrir a la ayuda del
tutor, porque es así como se obtiene
la experiencia. ¿Estoy confundida,
acaso? ¿O es que me lo debería
haber pensado dos veces antes de haberme
ofrecido a trabajar para un profesor universitario
nuevo, no titular, desesperado por obtener
financiación?
Así que ahora estoy permanentemente
ansiosa. Cuando no estoy trabajando, siento
que debería estar manos a la obra.
Me he descuidado bastante y sus efectos
comienzan a hacerse visibles. Me da la
sensación de que no podré
poner un punto y final a este comportamiento
sacrificado, obnubilado, hasta que no
obtenga resultados en el proyecto y esté
satisfecha con ellos (lo que, traducido,
viene a significar: cuando Jeff esté
cómodo, tenga suficientes datos
para su propuesta para la obtención
de fondos y me deje en paz). Y la verdad
es que me encantaría poder compartir
mi frustración con Jeff pero, teniendo
en cuenta las vibraciones que me transmite,
no sé si sería lo correcto...
Un día de estos comeré con
uno de mis mentores y no olvidaré
pedirle consejo. He escrito en un capítulo
anterior sobre la necesidad de encontrar
el equilibrio entre el trabajo y el "yo":
debo reconocer que todavía no he
marcado ni un punto en este sentido.
Siempre somos demasiado
exigentes con nosotros mismos. La cara
que pone Jeff cada vez que comparamos
los progresos realizados con lo que esperaríamos
haber obtenido, expone su frustración,
que comprendo.
Sin embargo, dudo
que él comprenda la mía.
Soy una estudiante de segundo año
de doctorado y la única persona
que está trabajando en este proyecto:
un proyecto que, por otra parte, no me
pertenece, que no ha salido de mí.
No estoy disfrutando el ritmo del proyecto
y sé que no me puedo cambiar a
otro porque éste está siendo
utilizado para tratar de conseguir fondos,
y el grupo de investigación no
es lo suficientemente grande como para
poder pasarle el proyecto a otro compañero,
sin más. A veces, la vida es un
asco.
Para no terminar
este episodio con un tono mortecino, les
comunicaré que, aunque todavía
no me lo puedo creer, parece ser que,
en principio, he recibido las dos becas
que he solicitado. Lamentablemente, todavía
tengo que resolver algunos problemillas
porque la secretaría de la Universidad
se ha liado con algunos trámites
burocráticos.
Bueno, ahora de vuelta
al trabajo... Tengo posters que preparar
para los congresos que tendrán
lugar los próximos meses, resultados
que obtener y el imperativo de mantener
intacta mi cordura...
Lo siento: esta semana
no tengo apartado de "Las reglas
del juego", aunque si alguien tiene
sugerencias para tratar la ansiedad y
enfrentarse a los profesores no titulares,
soy toda oídos. Me encantará
poder incluir sus comentarios al respecto
en mi próximo artículo.
Hasta entonces...
Las
aventuras de Micella Phoenix DeWhyse en
el programa de Doctorado.
|