|
Bueno,
pues hé aquí las buenas
noticias: ¡los he terminado!
De alguna manera,
pensé que estaría más
exultante de lo que estoy. De todas formas,
dentro de un mes o así, cuando
los nuevos estudiantes de primer año
comiencen a hacer sus exámenes
y yo no, estoy segura de que me sentiré
liberada, o algo por el estilo.
Ahora que lo pienso,
me pregunto por qué no estaré
más contenta... Quizás sea
porque sé que todavía tendré
que superar otras pruebas antes de pasar
a la siguiente fase del doctorado. ¿Y
después qué? Más
obstáculos, sin duda. Si no aquí,
en el mundo académico, en cualquier
otro sitio para otras personas.
Tengo la sospecha
de que un día querré trabajar
para mí misma...
El año 2002
ha sido, sin duda, uno que preferiría
olvidar. Si me hubiesen dicho hace un
año que iba a experimentar tanto
estrés en los exámenes,
puede que hubiese huído a tiempo.
Si hubiese sabido que mis colegas de promoción
iban a terminar antes que yo, puede que
me hubiese encogido de vergüenza.
Y si hubiese intuido que iba a sufrir
una verdadera crisis de confianza en el
camino (véase el capítulo
7) que me haría cuestionarme el
sentido de todo lo que hago y mi habilidad
para completar las tareas de cada momento,
me imagino que hubiese evitado tal experiencia.
Aunque preferiría
dejar este año tal cual, tranquilito,
en los anales de mi vida, he aprendido
cosas sobre mí que vale la pena
repetir, incluso aunque no esté
particularmente orgullosa de algunas de
ellas. Por ejemplo:
- El estrés
me vuelve loca y malhumorada. El apetito
se me descontrola; me atacan los nervios;
tengo un aspecto horroroso; estoy cansada;
no puedo dormir, y cuando lo logro,
sueño cosas extrañas.
Todo muy entretenido, considerando que
nunca había experimentado semejantes
dosis de ansiedad. Como la situación
sólo se merece el calificativo
de intolerable, estoy tratando de encontrar
un ritmo que reduzca el efecto del poderosísimo
estrés académico.
- Las obsesiones
fastidian. Es alucinante como un sólo
pensamiento puede poseerte, hipotecar
tu mente e impedir la concentración
en nada que la requiera. Mis obsesiones
preferidas eran las preguntas de examen,
que me perseguían, una y otra
vez. Tratas de echarlas fuera pero,
cuando menos te lo esperas, ahí
las tienes de nuevo, saludándote.
- Soy más
débil de lo que creía.
No son los exámenes en sí
los que me hacen sentir magnífica,
o por el contrario, en el borde de la
desesperación: soy yo la que
escojo una opción o la otra.
Pero es gracioso comprobar como la espera
a la papeleta de resultados de un examen
determinado puede lograr que tu estómago
dé piruetas y que tu mente se
doble en las direcciones más
insospechadas tratando de averiguar
si contestaste bien o mal a tal pregunta,
si te aprobarán y quién
tendrá que suspender para que
tú puedas aprobar.
- Soy más
fuerte de lo que creía. Al final,
los efectos de los exámenes y
de la vida estudiantil en general no
son tan profundos. Todavía tengo
intactas todas mis facultades (o eso
creo...): como, duermo, y aunque a veces
cuesta, sigo levantándome cada
mañana para seguir intentándolo.
No me he rendido, aunque reconozco que
he pensado en ello. Sigo tirando hacia
adelante, paso a paso, día a
día, y aprecio mis pequeños
logros.
- Aprobar todos
los exámenes sin obstáculos
no me hubiese garantizado una mayor
felicidad. Uno de mis compañeros
de clase, por ejemplo, decidió
abandonar los estudios después
de las vacaciones, a pesar de haber
aprobado todos sus exámenes a
la primera.
Las
reglas del juego. Consejos para los exámenes
globales
Además de compartir las lecciones
que aprendí sobre mí misma,
me gustaría añadir algunas
cosas a los consejos que ofrecí
en el capítulo 3 para aquellos
entre ustedes que estén en plena
temporada de exámenes:
Cuando
encuentre un método de estudio
que le funcione, séale fiel.
Aunque encantada de haber aprobado el
primer examen, no podía dejar a
un lado el pensamiento de que le había
dedicado más tiempo y esfuerzo
que el necesario. Me confié y para
el siguiente examen no estudié
ni tanto ni con la misma intensidad. A
posteriori aprendí que ese constante
repaso que llevé a cabo en la primera
prueba me enseñó más
que todas las posteriores preparaciones
de exámenes juntas.
Escuche
su interior, 1º parte.
Jeff, aún siendo un tutor decente,
no dejaba de ser un novato en el departamento
y en el fondo no sabía apenas nada
del proceso de exámenes. Parte
del problema al comienzo de la temporada
de pruebas eliminatorias es que hasta
cierto punto nos disuadió del estudio
porque creía que, eventualmente,
todos aprobaríamos. Así
que me relaje en mi trabajo personal y
acabé sintiéndome culpable
en dos frentes. Por una parte, no creía
que estuviese obteniendo suficientes resultados
en el laboratorio. Por otra, me sentía
mal conmigo misma por no estudiar lo suficiente
y al mismo tiempo quería mantener
una buena relación con mi tutor.
Si hubiese sabido que la recuperación
me iba a costar tantos meses y tanto sudor,
me hubiese puesto manos a la obra con
mayor antelación. Al fin y al cabo
se trata de mi vida, y soy yo la que tengo
que vivir conmigo y mis decisiones cada
noche al llegar a casa. Está bien
el tener un tutor agradable pero ¿a
quién debo complacer antes, a él
o a mí?
Escuche
su interior, 2º parte.
El echar mano a la vieja excusa, esa de
"Oye, siempre hay algo que no se
sabe", para evitar el leer y estudiar
con detalle todos los apuntes de clase
no fue una buena idea. Sí, siempre
hay cosas que no se saben, pero hubiese
aumentado mis probabilidades de aprobar
el segundo y el tercer examen si hubiese
analizado minuciosamente todo el material.
Usaba la excusa de "tengo trabajo
de laboratorio" para no estudiar
más y la del volumen de material
para justificar su inutilidad. Pero al
final, ¿a qué me condujo
mi inactividad? A que el proceso de exámenes
se me alargase seis meses más.
Espero sinceramente
que mi inclinación a la amnesia selectiva
tome las riendas y me ayude a olvidar las
partes "incómodas" de la
pasada temporada de exámenes y a
recordar las lecciones aprendidas, para
que me acompañen en las próximas
fases del doctorado y más allá.
Sé que no soy, en absoluto, un modelo
a seguir, pero espero que esta breve introspección
personal genere, por su parte, un semejante
deseo de auto-exploración.
Estoy realmente contenta
de haber superado esta serie de obstáculos...
De acuerdo, lo reconozco: tengo moratones
en las rodillas y en la espinilla y no
ha sido una carrera perfecta porque he
tirado algunas vallas. Pero bueno, ¿acaso
no dice el refrán popular que lo
que no nos mata nos hace más fuertes?
Hasta la próxima...
Puede ponerse
en contacto con Micella enviando un correo
electrónico a: Micella_Phoenix_deWhyse@hotmail.com

Las aventuras de
Micella Phoenix DeWhyse en el programa
de Doctorado.
|