NextWave preguntó:
Si las investigaciones sobre vectores génicos pueden utilizarse no sólo para mejorar la terapia génica, sino también – potencialmente – como ayuda en el proceso de desarrollo de armas biológicas, ¿deberían los científicos preocuparse por las impliaciones potenciales de sus investigaciones genéticas (tal y como lo sugirió Joseph Rotblat el 19 de noviembre de 1999 en un artículo de la revista Science?
“No creo que haya que recurrir a la terapia génica para desarrollar armas biólogicas”, dijo Varmus, señalando que organismos ya existentes, como el antrax o la viruela, por ejemplo, ya constituyen armas más que potentes. Sugirió que el enfoque adecuado para la reducción de las amenazas de bioterrorismo pasaba por disminuir, por medios políticos, las probabilidades de una eventual utilización de armas biológicas. También habló de la necesidad de realizar más investigaciones encaminadas a detectar las mismas.
“Todavía no hemos explotado al máximo el poder de la ciencia en el área del diagnóstico - muy temprano y muy rápido - de las enfermedades infecciosas”, dijo Varmus, añadiendo que tales diagnósticos representan “el factor determinante más crucial en una correcta gestión de un incidente con armamento biológico”. Asimismo, mencionó que la inversión en tecnologías tales como métodos, basados en chips, para el análisis express de sangre o muestras de tejidos, con vistas a la detección de partículas de antrax o viruela, podrían acelerar el desarrollo de herramientas de diagnóstico semejantes para otras enfermedades habituales.
[Leer la respuesta de Bill Joy]
Kevin McKenna, un editor del The New York Times, preguntó:
¿Cree que el proceso de patentado está funcionando hoy ... de maneras óptimas para la promoción de la innovación y la producción de terapias y herramientas de diagnóstico?
En este sentido, Varmus habló largo y tendido sobre la necesidad de elevar el listón en lo relativo al tipo de objetos que deberían ser protegidos vía patentes: “Cuando se descubre algo que puede ser útil para el desarrollo de productos comercialmente exitosos: sí, claro, debería ser protegido”. Pero las herramientas de investigación son otra historia. Varmus dice que invirtió “muchas energías” durante su periodo a cargo de los NIH animando a los investigadores a compartir sus herramientas. Varmus se refirió, a modo de ejemplo, a unos investigadores postdoctorales excesivamente ambiciosos que se negaron a que sus herramientas de investigación saliesen de las cuatro paredes de su laboratorio hasta que no recibiesen, por escrito, la garantía de que, si en el futuro, alguien conseguía crear un producto vendible en el mercado gracias a su tecnología, ellos recibirían la compensación correspondiente. “Una locura”.
“Muchos” de los amigos de Varmus son millonarios gracias a la Ley de Bayh-Dole, de la década de los 80, que permite a los investigadores con financiación federal patentar sus descubrimientos. “Pero esto no debería inspirar a toda una generación de científicos a ser desproporcionadamente agresivos a la hora de compartir sus herramientas investigadoras”, dijo. “No estoy defendiendo una reconsideración de la Ley de Bayh-Dole; pero sí que creo que tiene que haber más debates y conversaciones acerca de sus implicaciones”. La ley, a fin de cuentas, sí que ha logrado aquello para lo cual se pensó: animar a las empresas privadas a invertir en el desarrollo de nuevas tecnologías y fármacos. “Se trataría, en última instancia, de lograr un equilibrio”.
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