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Variantes de malas relaciones con el científico supervisor
La queja más habitual relativa a la supervisión o al tutelaje es la falta de él. Los postdocs se incorporan al laboratorio y, tras haber sido informados acerca de sus quehaceres, se encuentran con que están solos. “Mi jefe solicitó una beca para un proyecto del que no sabía ni sabe absolutamente nada, sólo porque había mucha financiación disponible para esa línea de investigación”, dice Rosa. “Y ahora me encuentro con que estoy trabajando sola en algo nuevo, con cero supervisión y sin ningún tipo de asesoramiento, mientras que él continúa con el trabajo que hacía antes”.
No obstante, mientras que algunos postdocs se sienten abandonados a su suerte, muchos darían lo que fuese por que les dejasen a su aire. Annabel, en la actualidad en su segundo postdoc, habla resentida de su anterior supervisora. “Estaba siempre, incansablemente, encima de mí”, dice. A pesar de que Annabel tenía más de cinco años de experiencia en el campo, su supervisora comprobaba siempre todo lo que hacía. “Si empezaba a preparar una disolución, inmediatamente comenzaba a darme un sermón sobre iones; si iba al congelador industrial, me acompañaba y hablaba sobre la importancia de cerrar la puerta inmediatamente. Insistía en reeducarme de forma continua”. Otro postdoc, Jefferson, dice que su supervisor le seguía cada vez que salía del laboratorio para ver a dónde iba y qué estaba haciendo.
La afirmación de que los postdocs tienen largos horarios de trabajo parece estereotipada, pero a menudo es cierta, y algunos supervisores lo requieren. “No he podido tomarme unas vacaciones en tres años”, dice Shayla. “Mi supervisor me dice que, como todavía no tengo hijos, me tengo que sacrificar ahora si deseo prosperar en mi carrera profesional”. Todas esas horas de trabajo suelen darle tiempo a los postdocs para desarrollar nuevas ideas pero, para su desilusión, esas ideas no siempre son bienvenidas. Algunos supervisores, nos cuentan los postdocs, diseñan todos los experimentos, y exigen a los postdocs que no se salgan nada de sus pautas a la hora de realizarlos, con lo que les dejan sintiéndose técnicos sobre-formados.
A algunos postdocs se les pide que sirvan a otros, en el laboratorio, aparte de a sus supervisores postdoctorales. “Yo soy una servidora excepcional”, dice Lajwanti. Su jefe es un clínico y quiere que todos los becarios postdoctorales se establezcan como científicos médicos. Con este objetivo en mente, a los becarios postdoctorales se les pide que trabajen para los Doctores en Medicina. “Trabajo muchísimo para que los becarios postodoctorales en Medicina puedan ser los primeros autores citados, u obtener autoría cuando en realidad, no contribuyeron nada al trabajo”. Todo lo cual ayuda a su supervisor a demostrar que está ofreciendo extraordinarias oportunidades de formación, de forma que pueda mantener su input de financiación para actividades de formación por parte de los NIH. “Al final, todo se reduce a política y a una lucha por estar delante de los demás”, dice Lajwanti. “Y los postdocs están ahí para servir la causa”.
Grandes expectativas
“Llevo más de cuatro años en este laboratorio”, dice Donald, “y todavía no he podido publicar nada”. “Mi jefe publicó algo en Science en una ocasión y ahora no quiere saber nada de ninguna otra revista. No me para de decir que tenemos que seguir haciendo más y más experimentos”. Aunque reconoce la importancia de las publicaciones en revistas muy conocidas, en este momento, Donald publicaría en cualquier sitio. “Me gustaría poder comenzar a buscar un puesto como profesor en una universidad, pero nadie me tomará en serio, ya que no he publicado nada como postdoc”. Donald ha considerado colaboraciones laterales con compañeros de su gremio, que podrían ayudarle a darle un pistoletazo de salida a las publicaciones de su propio laboratorio, pero su jefe se lo tienen prohibido. Le ha dicho que se centre en su propia investigación y que “deje de ayudar a la competencia”.
Escribir, escribir, escribir...
Las buenas habilidades de expresión escrita son claves para cualquier científico que se precie, pero los postdocs raramente tienen la oportunidad de redactar artículos. “Mi supervisora siempre me dice que yo escriba la sección de metodología, y que ella se encarga de todo lo demás”, dice Mohammed. “Me ha dicho que lo acepte sin más, como si se tratase de una división de tareas impuesta por la divinidad, y que ya escribiré cuando logre un puesto titular”.
Otros supervisores animan a los postdocs a que escriban, pero luego no se preocupan por leer lo que han escrito. “Mi jefe me pidió que comenzase a redactar un artículo, pero tras dos semanas, me enteré de que él también lo estaba redactando”, dice Ricardo. Su jefe mostró muy poco interés por leer lo que Ricardo había escrito. Esta falta de crítica constructiva es bastante habitual: con los malos asesores, o bien no hay retroalimentación alguna, o todo está “bien” (aunque eso siga suponiendo que haya que repetir el artículo o el experimento otras diez veces).
“Para mí, escribir nunca supuso un problema”, dice Bianca. Se espero de ella que se encargase de redactar todo lo que había por redactar, inclusive la solicitud de beca R01, mientras que su jefe viajaba por el mundo asistiendo a congresos. “Le dije que escribiría la solicitud si luego me hacía instructora, y me dijo que adelante”. El jefe de laboratorio consiguió la financiación que buscaba, pero ahora no tiene intención alguna de promocionarla. “Dice que tengo que conseguir mis propios dólares si quiero ser un miembro del cuerpo docente”.
Al menos, dice, tuvo la oportunidad de aprender más acerca de becas. Según muchos postdocs, los jefes de laboratorio apenas les ponen al corriente en temas de convocatorias de ayudas, financiación y gestión de proyectos en general.
Humillación
Muchos postdocs recuerdan haber sido llamados tontos, y humillados delante de otros miembros del laboratorio. A veces el abuso va más allá de lo puramente psicológico. El acoso sexual también se da, como nos recuerda Kaija. A su llegada a los Estados Unidos, uno de sus tutores, casado y con hijos, le empezó a proponer cenas y escapadas románticas (“La vida es tan corta que, ¿quién se va a enterar?”). Le tocaba las rodillas cuando hablaban sobre los experimentos. Protestó y el hombre dejó de tocarle y comenzó a llamarle “mi amiga la intocable”. Temerosa de que se empezase a rumorear sobre ella, o que incluso fuese despedida, se guardó todo para sí, pero empezó a imprimir todos los correos electrónicos que él le mandaba como pruebas. En uno de ellos le invitaba a que “fuesen juntos a una playa e hiciesen el amor”. La mañana siguiente, cuando le dijo que “había soñado con que se habían dormido juntos”, Kaija consultó el tema con defensor del pueblo, y presentó una denuncia oficial.
Salarios de pena
Es posible que esos conflictos de personalidad fuesen más fáciles de soportar si los salarios fuesen más altos. “A mí me pagaron 15000 € justo antes de que la universidad fijase el salario postdoctoral mínimo en 34000 €”, dice Wen-Ji. “Sabía que mi jefe estaba explotándonos, pero a la vez pensaba que estaba en una institución de mucho renombre, y que antes o después conseguiría un puesto mejor”.
Un céntimo ahorrado
Algunos supervisores incluso esperan que sus postdocs mientan y roben. “Cuando tomo materiales del centro de provisiones de nuestro edificio, mi tutor no quiere que firme la retirada de material, de forma que no tenga que pagarlo”, dice Gong-Yo. En lugar de comprar instrumental de trabajo, le pide que busque otros laboratorios del campus en los que pueda realizar experimentos de forma gratuita.
“Mi ex-jefe era tan cutre... Tenía que fregar bien y re-utilizar todos los artículos desechables”, dice Dorothy. También debía trabajar con aparatos rotos y a la vez presentar buenos resultados. Cuando le anunció su decisión de cambiarse a otro laboratorio, su jefe se lo tomó muy mal, y se negó a incluirla en la lista de autores de todas las publicaciones que pudiesen salir de su trabajo hasta la fecha.
Falta de profesionalidad
“En todos los sitios cuecen habas; hay tutores malos en todos los sitios; en todas las profesiones, cada uno es responsable de su propia carrera profesional y de aprender a relacionarse con este tipo de gente”, dice Anna. Antes de meterse en el ámbito científico, nos cuenta, trabajaba para un hombre que le pedía que llevase faldas más cortas y que se tiñese el pelo de rubio más claro. “Al final, me di cuenta de que era, simplemente, un viejo verde”. Una vez aprendes a ignorarlo, dice, puedes empezar a trabajar con mayor efectividad. Muchos científicos, señala, carecen de experiencia y madurez a la hora de enfrentarse a problemas vinculados al lugar de trabajo o a conflictos de personalidad. “Todos nos beneficiaríamos de una mayor profesionalidad en el ámbito científico”.
Trabajar duro y chitón
El chantaje y el temor a las represalias es lo que motiva a los postdocs a seguir trabajando con malor supervisores. Las cartas de referencia y recomendación son tan importantes, que una mala de un tutor concreto podría arruinarles la vida profesional. “En mi caso, me sentí tan explotado, en términos de horas dedicadas al trabajo y de salario, que decidí dejar el laboratorio y comenzar estudios de postgrado de Medicina (medical school), para hacerme médico”, dice Steven. “Pero a mi tutor le pareció tan mal, que mandó cartas a todos los medical schools de los Estados Unidos, describiéndome como una persona altamente indeseable”. Steven acabó teniendo que estudiar en el extranjero, ya que ningún centro estadounidense le abrió sus puertas.
¿Qué hacer?
Los postdocs esperan, de sus mentores y tutores, que les sirvan de guía en su trabajo, les revisen sus resultados de forma regular, y les enseñen a redactar artículos, diseñar experimentos y a gestionar proyectos, y muchos de ellos,de hecho, lo hacen. Según un sondeo realizado por Sigma Xi entre la población postdoctoral, la satisfación por la experiencia de tutelaje por parte de los supervisores es, en conjunto, bastante alta; con tan sólo un porcentaje de un 3-6% que reporta haber sido víctima o testigo de discriminación o acoso.
No obstante, no lo olvidemos, hay manzanas podridas por el mundo adelante... que con tal de conseguir lo que quieren y cubrirse las espaldas, optan por bloquear carreras prometedoras.
El mejor consejo es, por supuesto, y en primer lugar, tratar de evitar a un mal supervisor. Sea diligente y prudente, hable con otros postdocs sobre sus experiencias, y rechace ofertas de supervisores que le parezcan cuestionables. Aunque fuesen científicos excepcionales, vincularse con ellos probablemente no valga la pena.
Dicho esto, no siempre es posible evitar a un mal supervisor. Si se da cuenta de que está trabajando en el laboratorio de uno, la solución más inteligente probablemente sea que comience a buscar otro sin mayor dilación. Tal y como lo expresó un postdoc desafortunado: “Puede que no podamos cambiar a los tutores, pero si que podemos optar por no trabajar con ellos”.
Livia Puljak es postdoc en la Universidad de Texas, Southwestern, en Dallas. Las historias a las que se refiere en este artículo no se circunscriben, no obstante, ni mucho menos, a este centro. Los nombres, el género y las identidades de las víctimas han sido modificados. |